Santa Misa Crismal

Homilía de
Mons. D. JULIÁN RUIZ MARTORELL
Obispo de Jaca

ruiz_martorell06032011

S.I. Catedral de San Pedro, Jaca
Miércoles Santo, 17 de abril de 2019

HOM. MISA CRISMAL 2019

1) Queridos hermanos sacerdotes: durante treinta años, también yo me reuní con los demás sacerdotes en torno a nuestros obispos para renovar las promesas sacerdotales y para vivir con especial intensidad esta celebración. Conozco vuestros problemas e inquietudes, comparto vuestros desvelos y preocupaciones. Nuestro ministerio tiene pleno sentido en los días de luz, pero también en las jornadas de sombra y silencio. Hoy se despierta en nosotros la viva conciencia de un amor que nos visita, a pesar de nuestras contradicciones y debilidades. El amor de Dios nos visita para curarnos desde dentro, derrochando su gracia, encendiendo en nosotros el asombro y la gratitud por un amor envolvente y gratuito.

A todos nos acecha la posibilidad de un pavoroso incendio que calcine nuestras ilusiones y esperanzas. Una enfermedad, un desierto interior, una desolación profunda, un destino áspero, una desorientación intensa, pueden acabar quemando todo a nuestro alrededor en un período breve de tiempo. Todo se vuelve humo y ceniza. Todo se oscurece. La vida queda a la intemperie. En esos momentos, no nos dejemos robar la esperanza. Miremos juntos a Jesús. Escuchemos con atención sus palabras.

La lectura de Isaías nos enseña que también nosotros somos destinatarios privilegiados de la misión del Señor cuando somos pobres, cuando tenemos el corazón desgarrado, cuando nos sentimos cautivos de nuestras responsabilidades, prisioneros de lo que nos atenaza y oprime, desconsolados y afligidos. Porque es entonces cuando el Señor nos dice, como en el Evangelio: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”. Una Escritura que anuncia la buena noticia a los pobres, que cura los corazones desgarrados, que proclama la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, que proclama un año de gracia del Señor, que consuela a los afligidos.

Si a nuestro alrededor todo está cubierto de cenizas, el Señor nos dará “una diadema en lugar de cenizas, perfume de fiesta en lugar de duelo, un vestido de alabanza en lugar de un espíritu abatido”. Así seremos “Sacerdotes del Señor”, “ministros de nuestro Dios”.

La alianza que el Señor ha hecho con nosotros es perpetua. No depende de nuestras cualidades, aunque cuenta con nuestras actitudes. Por eso, podemos decir con el libro del Apocalipsis: “Al que nos ama, y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre, y nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos”.

Ha llegado el tiempo de la reconstrucción. Después de un pavoroso incendio en un bosque, un maestro invitaba a sus discípulos a plantar con urgencia nuevos árboles. Los discípulos le respondieron que se necesitaban centenares de años para que el bosque recuperara su aspecto original. A lo que el maestro respondió: “Por eso, no tenemos tiempo que perder”.

Las personas sencillas con las que convivimos son eco de Dios, mensaje de Dios, semillas de Buena Nueva. En sus vidas, con pocas letras, aprendemos el abecedario del evangelio vivido. Un evangelio probablemente poco ilustrado, sin notas a pie de página, sin citas de autores relevantes, pero evangelio muy vivo y actuante. Por las venas de las personas sencillas corre a raudales la sangre del evangelio.

Jesucristo es el Alfa y la Omega, la primera y la última letra del abecedario, y todas las demás letras. Con fatiga, con esfuerzo, cada día vais dando testimonio de que, realmente Cristo es vuestro abecedario. Con Cristo, por Él y en Él anunciáis la A de la amabilidad y del amor; la B de la bondad; la C del cariño y las comprensión; la D de la dulzura y de la delicadeza; la E de la esperanza y del esfuerzo; la S del silencio y de la soledad sonora; la T del trabajo, y la tenacidad; la V de la verdad; la Z del zambullirse en su amistad.

Nuestra tarea también la podemos sintetizar con las palabras del salmo: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”, ser testigos elocuentes, convencidos y convincentes, de la misericordia del Señor, de su actuación en la historia para convertirla en acontecimiento de salvación.

El comentario que Jesús realiza en la sinagoga de Nazaret es nítido: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. En primer lugar, nos habla de actualidad: es el “hoy” de nuestras circunstancias personales y diocesanas, el hoy de nuestra realidad parroquial y comunitaria, el hoy de nuestros retos y posibilidades, de nuestros desafíos y responsabilidades. Jesús menciona la Escritura como dibujo por escrito del proyecto de Dios en medio de nosotros, con nosotros y para nosotros. Y es una Escritura que se cumple, que alcanza su plenitud, que llega a su cumplimiento. No es sólo una proyección de buenos deseos. En Cristo se cumplen los antiguos oráculos de los profetas. En Cristo culmina el sendero iniciado por los patriarcas peregrinos. En Cristo se hacen realidad los textos sapienciales. Cristo es la poesía bíblica en persona. Cristo es el nombre de los salmos. Las experiencias de oración, de dolor, de sufrimiento, de regocijo, de alabanza, de silencio, de gratitud, que reflejan los salmos son también experiencias vitales y de plegaria que en Cristo, con Cristo y por Cristo, la Iglesia hace suyas en la oración. Y a este cumplimiento de la Escritura se accede a través de la escucha. Es preciso oír, mejor, escuchar, puesto que escuchar no es sólo percibir materialmente sonidos, sino captar con atención un mensaje que nos concierne y nos invita a caminar tras las huellas de Jesucristo.

2) Dentro de unos momentos renovaremos nuestras promesas sacerdotales. Renovar no significa repetir. Tampoco quiere decir “hacer de nuevo”. Renovar significa “hacer nuevas” las promesas, devolverles su brillo y esplendor.

Renovamos nuestra promesa de unirnos más fuertemente a Cristo y configurarnos con Él, renunciando a nosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los deberes que, por amor a Cristo, aceptamos gozosos el día de nuestra ordenación para el servicio de la Iglesia.

Renovamos nuestra promesa de permanecer como fieles dispensadores de los misterios de Dios en la celebración de la Eucaristía y en las demás acciones litúrgicas, y desempeñar fielmente el ministerio de la predicación como seguidores de Cristo, Cabeza y Pastor, sin pretender los bienes temporales, sino movidos únicamente por el celo de las almas

Pediremos a todo el pueblo que rece por nosotros para que el Señor derrame abundantemente sobre nosotros su bendición, de modo que seamos ministros fieles de Cristo Sumo Sacerdote, y conduzcamos al pueblo a Él, única fuente de salvación.

Y rezaremos también por mí, para que sea fiel al ministerio apostólico que se me ha confiado, y sea imagen, cada vez más viva y perfecta, de Cristo Sacerdote, Buen Pastor, Maestro y Siervo de todos.

Hoy renovamos la convicción del don que representa el sacerdocio que el Señor nos ha confiado. Benedicto XVI afirmó el 20 de diciembre de 2010: “Nos hemos dado cuenta nuevamente de lo bello que es el que seres humanos tengan la facultad de pronunciar en nombre de Dios y con pleno poder la palabra del perdón, y así puedan cambiar el mundo, la vida; qué hermoso el que seres humanos estén autorizados a pronunciar las palabras de la consagración, con las que el Señor atrae a sí una parte del mundo, transformándola en sustancia suya en un determinado lugar; qué bello poder estar, con la fuerza del Señor, cerca de los hombres en sus gozos y desventuras, en los momentos importantes y en aquellos oscuros de la vida; qué bello tener como cometido en la propia existencia no esto o aquello, sino sencillamente el ser mismo del hombre, para ayudarlo a que se abra a Dios y sea vivido a partir de Dios”.

3) En el centro de la liturgia de esta mañana está la bendición de los santos óleos, el óleo para la unción de los catecúmenos, el de la unción de los enfermos y el crisma para los grandes sacramentos que confieren el Espíritu Santo.

El óleo de los enfermos nos recuerda que tenemos ante nosotros la multitud de las personas que sufren: los hambrientos y los sedientos, las víctimas de la violencia en todos los continentes, los enfermos con todos sus dolores, sus esperanzas y desalientos, los perseguidos y los oprimidos, las personas con el corazón desgarrado. A propósito de los primeros discípulos enviados por Jesús, san Lucas nos dice: “Los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos” (Lc 9,2). El curar es un encargo primordial que Jesús ha confiado a la Iglesia, según el ejemplo que Él mismo nos ha dado, al ir por los caminos sanando a los enfermos. Contemplamos y agradecemos la capacidad sanadora de la fe que nos cura de la dureza de corazón, de la cerrazón egocéntrica y de la parálisis espiritual.

El óleo de los catecúmenos es un primer modo de ser tocados por Cristo y por su Espíritu, un toque interior con el cual el Señor atrae a las personas junto a Él. El óleo de los catecúmenos nos dice: no sólo los hombres buscan a Dios. Dios mismo se ha puesto a buscarnos. Dios se ha encaminado hacia nosotros. Dios sale al encuentro de la inquietud de nuestro corazón, de la inquietud de nuestro preguntar y buscar.

En tercer lugar, tenemos finalmente el más noble de los óleos eclesiales, el crisma, una mezcla de aceite de oliva y de perfumes vegetales. La liturgia de hoy vincula con este óleo las palabras de promesa del profeta Isaías: “Vosotros os llamaréis “Sacerdotes del Señor”, dirán de vosotros: “Ministros de nuestro Dios”” (Is 61,6). En el mundo que en gran parte no conocía a Dios, Israel debía ser como un santuario de Dios para la totalidad, debía ejercitar una función sacerdotal para el mundo. Debía llevar el mundo hacia Dios, abrirlo a Él. La unción con el santo crisma es signo sacramental del sello del don del Espíritu Santo.

4) Queridos hermanos sacerdotes: muchas gracias por vuestra generosidad. Muchas gracias por vuestra disponibilidad. Muchas gracias por vuestro espíritu de sacrificio. Muchas gracias por vuestra paciencia. Muchas gracias por vuestra austeridad. Muchas gracias por vuestra pobreza. Muchas gracias por la limpieza y transparencia de vuestros corazones.

Soy consciente de las limitaciones de nuestra pastoral. Todos conocemos el proceso avanzado de envejecimiento, de despoblación y de dispersión de nuestra diócesis. Conocemos las dificultades crecientes que encontramos cada día. Pero hoy decimos con fuerza: “Cantaré eternamente tus misericordias, Señor”. Nuestra misión consiste en cantar con la vida y contar en la vida las misericordias del Dios.

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