Santa Misa de la Cena del Señor

Homilía de
Mons. D. BRAULIO RODRÍGUEZ PLAZA
Arzobispo metropolitano de Toledo
Primado de España

braulio18042019

S.I. Catedral Primada de la Asunción, Toledo
Jueves Santo, 18 de abril de 2019

Hermanos:

Se nos invita a celebrar la Pascua en este mes que “será para vosotros el principal de los meses… el primer mes del año”. Se nos invita a renovar nuestra fe, nuestro bautismo en este Triduo Pascual; a renovar nuestra iniciación cristiana, con el ejemplo de Cristo. Es la gran fiesta cristiana, en la cual volvemos a pasar de la muerte a la vida, de nuestra vida sin el relieve de Cristo a una vida pujante de resucitado por los “sacramentos pascuales”, por la vida de Cristo en nosotros.

Hoy, primer día del Triduo Santo, Jueves Santo, escuchamos en san Juan: “Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Nosotros somos aquellos los que Cristo ha amado, somos hijos de Dios por su amor, pues entregó su vida hasta morir abandonado de casi todos, salvo su Madre y el discípulo amado. Sin la gracia de la justificación que Cristo nos ganó, no habría esperanza para nosotros.

Pero una inquietante pregunta recorre este día en que entramos en el Triduo Pascual: ¿Qué hemos hecho del mandamiento nuevo de Cristo? ¿Nos amamos, como Él nos ha amado? Juan Pablo II, en un primer viaje a Francia, preguntó: “¿Qué has hecho de tu Bautismo?”. ¿Es este mandamiento nuevo de Cristo el que ha generado en nosotros las virtudes que, por la fe, la esperanza y el amor, han creado en nuestras comunidades una forma distinta de tratar a los pobres, a los que más sufren? En nuestra manera de vivir las relaciones con los demás, de tratar la vida económica y la justicia social, ¿se nota que actuamos de manera diferente a los que para nada tienen en cuenta el amor de Cristo? ¿Cómo reaccionamos ante los inmigrantes, el trabajo no digno, el mal empleo, que trae peligros constantes para los trabajadores en riesgo por precariedad o por no poner medios suficientes para evitar trágicos accidentes?

Culpamos con frecuencia a quienes rigen los pueblos, las naciones, culpamos a los que manejan los medios y la comunicación, a los que influyen en la degradación del medio ambiente, los que incitan constantemente al consumo feroz, sin tener en cuenta a los demás. Culpamos con razón a quienes abusan de los menores, a los que propagan la pornografía, a quienes abortan. Pero, ¿cómo vivimos nosotros ese amor de Cristo que nos urge en nuestra familia, en nuestra parroquia, en nuestro barrio, pueblo o ciudad, donde podemos influir para que nazca otra manera de relacionarse los hombres y mujeres, sin odios, sin tener a los demás como enemigos? ¿Sentimos que la fraternidad que predicó Cristo necesita de mi concurso, de mi aportación?

Yo siento vergüenza, hermanos, de mi propia conducta; de no haber sido ejemplo para vosotros, hijos de esta Iglesia; de no haber vivido con mucho más rigor el amor de Cristo hacia los más pobres, cumpliendo su mandato nuevo, el que nos debería distinguir de los que viven “como si Dios no existiera”. Y pido perdón, y casi me cuesta ahora re-presentar ese amor de Cristo, que lavando los pies a los Doce, incluido Judas Iscariote, nos muestra hasta dónde llega su amor y su humillación, aun siendo Cordero inmaculado ofrecido por nosotros.

Pero debo lavar los pies y hacerlo delante de vosotros, no para daros solo ejemplo, sino para mostrar una vez más la misericordia y el amor del Padre de los cielos que es Jesucristo. Lo necesitamos, de verdad, hermanos. Y merece la pena seguir el camino de Cristo.

Os exhorto, pues, a vivir esta tarde-noche de Jueves Santo, tan especial, lejos de la superficialidad de los que tienen este día sólo como espectáculo, gastronomía o gusto estético. Horas santas, visitas a Cristo en los tabernáculos/monumentos, oración y petición de renovarnos ante el amor mostrado de Cristo. Pedid al Señor por el Santo Padre, por el resto de los Doce, los Obispos, por tantos que necesitan el amor de Dios, manifestado en Cristo. Os ayude la Madre Dolorosa que vive la Pasión de su Hijo y de sus hijos.

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