Santa Misa de la Cena del Señor

Homilía de
Mons. D. CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE
Obispo de Segorbe-Castellón

casimiro18042019

S.I. Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, Segorbe
Jueves Santo, 18 de abril de 2019

HOMILÍA DE JUEVES SANTO EN LA MISA “IN COENA DOMINI”

¡Amados todos en el Señor!

1. Con esta Eucaristía ‘en la Cena del Señor’ comenzamos el Triduo Pascual, el centro del año litúrgico. En estos tres días santos revivimos los acontecimientos centrales de nuestra fe cristiana y de la historia de la humanidad: la pasión, la muerte y la resurrección de Jesucristo.

En esta tarde de Jueves Santo, el Señor nos reúne en asamblea santa para “celebrar aquella misma memorable Cena en que Cristo Jesús antes de entregarse a la muerte confió a la Iglesia el Banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la alianza eterna”. Estas palabras de la oración colecta nos introducen en el núcleo del misterio que hoy celebramos.

En la tarde de aquel primer Jueves Santo, Jesús se ha reunido con los Apóstoles en el Cenáculo para celebrar la Pascua. Y “sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). En Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, Dios mismo se acerca a sus criaturas, los hombres, porque los ama hasta el extremo de entregar su vida por ellos. Los ama también en su caída, en su pecado, y no los abandona a sí mismos. Antes de la Cena, Jesús baja de su gloria divina. Se desprende de las vestiduras de su gloria divina y se viste con ropa de esclavo. Se arrodilla ante sus discípulos, se arrodilla ante nosotros y desempeña el servicio del esclavo; lava sus pies y nuestros pies sucios, para que puedan y podamos ser admitidos a la mesa de Dios, para hacerles y hacernos dignos de sentarnos a su mesa, algo que por nosotros mismos no podríamos hacer jamás.

2. Después, en aquella misma Cena, anticipando la muestra suprema de su amor al día siguiente, la entrega de su cuerpo y el derramamiento de su sangre en la Cruz por nosotros y para el perdón de nuestros pecados, “el Señor Jesús… tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía’. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: ‘Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía’” (1 Cor 11, 23-25). Aquel pan queda milagrosamente transformado en el Cuerpo de Cristo, y aquel cáliz que ya no contiene vino, sino la sangre de Cristo; son el anuncio y anticipo de la entrega de su cuerpo y el derramamiento de su sangre en la Cruz. Jesús instituye así el sacramento de la Eucaristía y del Sacerdocio para perpetuar por todos los tiempos la ofrenda de sí mismo por amor en la Cruz.

Siguiendo el mandato de Jesús, “haced esto en memoria mía”, en cada santa Misa actualizamos este acontecimiento histórico decisivo. El sacerdote se inclina, ante el altar, sobre los dones eucarísticos, para pronunciar las mismas palabras de Cristo. Y el pan y el vino quedan, como entonces en la última Cena, transformados en el Cuerpo y a Sangre del Señor. La Eucaristía es el sacramento que perpetúa por todos los siglos la ofrenda libre, total y amorosa de Cristo en la Cruz para la vida del mundo. Una memoria que es actualización del sacrificio redentor, presencia real del Señor y banquete de comunión con Él y los hermanos en la espera de su venida al final de los tiempos. En la Eucaristía, los creyentes recibimos el efecto salvador del sacrificio en la Cruz y el alimento para el camino, como firmeza para nuestra fe, fuelle para nuestra esperanza y fuerza para nuestro amor. Desde entonces, la Iglesia actualiza sacramental, pero realmente en cada Eucaristía el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo para el perdón de los pecados, para la reconciliación con Dios y los hermanos, para la participación en la comunión con Dios, que es fuente de comunión con los hermanos. Desde aquel Jueves Santo, la Iglesia, que nace del misterio pascual de Cristo, vive de la Eucaristía; se deja revitalizar y fortalecer por ella en su vida y en su misión, y sigue celebrándola hasta que vuelva su Señor. Por eso, después de la consagración nos unimos a la aclamación del sacerdote: ‘Este es el Misterio de nuestra fe’, con las palabras: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven , Señor, Jesús!’.

La Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia, de nuestra Iglesia diocesana, de cada comunidad cristiana, de toda familia cristiana y de todo cristiano. No hay Eucaristía sin Iglesia, pero, antes aún, no hay Iglesia, ni comunidad cristiana, ni familia cristiana ni cristiano sin Eucaristía. Como dijeron los mártires de Abitinia en el siglo IV, los cristianos no podemos existir ni vivir sin la Eucaristía. Ser cristiano sólo es posible permaneciendo vitalmente unidos a Cristo, como el sarmiento a la vid, participando con frecuencia en la Eucaristía y acercándose a la comunión. Jesús nos ama, nos espera y sale a nuestro encuentro en cada Eucaristía para unirse a nosotros, para atraernos a sí. Y nosotros, ¿tenemos verdaderamente deseo de él? ¿Sentimos en nuestro interior el impulso de ir a su encuentro en la Eucaristía? ¿Anhelamos su cercanía, ese ser uno con él, que se nos regala en la Eucaristía? ¿O somos, más bien, indiferentes, distraídos, ocupados totalmente en otras cosas? Por las parábolas de Jesús sobre los banquetes, sabemos que él conoce la realidad de que hay puestos que quedan vacíos, la respuesta negativa, el desinterés por él y su cercanía. Los puestos vacíos en el banquete nupcial del Señor, con o sin excusas, son para nosotros, ya desde hace tiempo, no una parábola sino una triste realidad.

Jesús también tenía experiencia de aquellos invitados que vendrían, sí, pero sin ir vestidos con el traje de boda, sin alegría por su cercanía, como cumpliendo sólo una costumbre y con una orientación de sus vidas completamente diferente. La comunión eucarística exige la fe, pero la fe requiere obras de amor, de lo contrario también como fe está muerta. El mismo Señor dice hoy a sus discípulos: “Vosotros estáis limpios, pero no todos” (Jn 13, 10). El Señor desea estar a la mesa juntamente con nosotros, de convertirse en nuestro alimento, pero hemos de acercarnos a su mesa y recibirlo limpios de pecado. El amor del Señor no tiene límites, pero nosotros podemos ponerle un límite. Lo que hace nos hace indignos para unirnos al Señor en la comunión es el rechazo del amor de Dios y de su voluntad, de sus mandamientos, el no querer ser amado, el no amar. Esto ocurre cuando, como en el caso de Judas, sólo cuentan el poder y el éxito; cuando la avaricia y el dinero son más importantes que Dios y su amor; cuando se vive en la mentira, cuando no amamos a los hermanos como Jesús nos pide, cuando no sabemos perdonar ni aceptamos el perdón. Por ello antes de comulgar es necesario examinarse y dejarse lavar los pies, los pecados, por el mismo Jesús, presente en el sacerdote.

3. Si comulgamos dignamente quedaremos transformados por el amor de Cristo, para vivir, amar, servir, sufrir y morir como Cristo. En esta celebración repetiremos el gesto que Jesús hizo al comienzo de la Última Cena: el lavatorio de los pies. Al lavar los pies a los Apóstoles, el Maestro les propone una actitud amor hecho servicio como norma de vida: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 13-14).

“Lavarnos los pies unos a otros” es cada obra buena hecha en favor del prójimo, especialmente en favor de los que sufren y los que son poco apreciados. El Señor nos invita a bajar, a aprender la humildad y la valentía de la bondad; y también a estar dispuestos a aceptar el rechazo, actuando a pesar de ello con bondad. Pero más profundamente lavarnos los pies unos a otros significa sobre todo perdonarnos continuamente unos a otros, volver a comenzar juntos siempre de nuevo, aunque pueda parecer inútil; significa purificarnos unos a otros aceptándonos mutuamente; purificarnos unos a otros dándonos recíprocamente la fuerza de la palabra de Dios e introduciéndonos en el Sacramento del amor divino.

Cristo mismo dice de sí que “no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos” (Mc 10, 45). El amor alcanza su cima en el don que hace la persona de si misma, sin reservas, a Dios y a sus hermanos. El Maestro mismo se ha convertido en un esclavo, y nos enseña que el verdadero y profundo sentido de su existencia es el servicio y entrega por amor. Este es el secreto para edificar un mundo, cuya razón de ser no nos puede ser revelada sino por Dios mismo. Con su gesto, Jesús muestra a los Apóstoles y a todos sus seguidores, de todos los tiempos, cuál debe ser el máximo honor para sus discípulos: El honor del servicio por amor a Dios y al hombre. Será verdadero discípulo de Cristo quien lo imite en su vida, haciéndose como Él solícito en el servicio a los demás, especialmente a los necesitados de nuestras obras de amor, también con sacrificio personal. La actitud del servicio humilde es la actitud propia de los cristianos. La Eucaristía no es sólo ‘estar con Jesús’, sino ‘dejarse llevar’ con Él para ‘darse’ como Él.

5. En la Eucaristía está escrito y enraizado el mandamiento nuevo: el mandamiento del amor: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros” (Jn 13, 34). Jueves Santo es, por ello, con razón el día del Amor fraterno. Después de ver y oír a Jesús, después de haber comulgado el sacramento del amor, salgamos de esta celebración con el ánimo y las fuerzas renovadas para ser fermento de fraternidad. La Eucaristía pide superar las barreras del egoísmo, del rencor y del odio. La Eucaristía llama a vivir la caridad con el necesitado, con el olvidado. A veces bastará con una mirada, con un gesto, con una mano que se abre. Otras tendremos que buscar el diálogo y ofrecer o pedir perdón.

Abramos nuestros corazones y participemos con fe en el gran misterio de la Eucaristía. Dejémonos unir al Señor y transformar por Él comulgando su Cuerpo. Y aclamemos junto con toda la Iglesia: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”. Amén

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