Santa Misa de la Cena del Señor

adolfo_escudo

HOMILÍA DE LA MISA EN LA CENA DEL SEÑOR

Lecturas bíblicas: Éx 12,1-8.11-14; Sal 115,12-13.15-18; 1 Cor 11,23-26; Jn 13,1-15

Queridos hermanos y hermanas:

La misa en la Cena del Señor colocada al comienzo del Triduo pascual contiene el tesoro de la gracia que dimana de aquel primer acto sacramental con el que Jesús instituyó la Eucaristía, el más grande y admirable sacramento de nuestra fe. Jesús, que había deseado celebrar ardientemente aquella comida pascual con sus discípulos antes de padecer (cf. Lc 22,15), les entregaba anticipado el sacramento del sacrificio redentor que iba a consumar en su crucifixión y muerte, al cual seguiría la glorificación de la resurrección.

Nunca llegaremos a ser conscientes del todo de la grandeza de este misterio de amor que es la Eucaristía, en el cual se hace presente el sacrificio de la cruz y, como canta el prefacio de la misa, el verdadero y único sacerdote, Jesucristo, «al instituir el sacrificio de la eterna alianza, se ofreció el primero [a Dios Padre] como víctima de salvación y nos mandó perpetuar esta ofrenda en conmemoración suya»[1].

La alianza que Dios hizo con el pueblo de Israel liberándolo de la esclavitud de Egipto, fue pactada con él en el monte Sinaí y se selló con el sacrificio de animales, cuya sangre derramó Moisés sobre el altar del sacrificio y luego asperjó al pueblo de manera ritual (cf. Éx 246-7). La sangre es la señal y el resultado del sacrificio, contiene para los hebreos la vida (cf. Dt 12,23), y es el gran signo de la comunión con Dios, como acabamos de ver en el pacto de la alianza. La sangre del cordero pascual inmolado por primera vez como cordero pascual y comido de pie con los panes ácimos sin fermentar, la noche en que Dios sacó a su pueblo de Egipto y perecieron todos los primogénitos de los egipcios, fue la señal de la alianza que Dios había de establecer en el desierto del Sinaí. En el monte santo Dios les entregó el decálogo, los mandamientos que darían identidad moral propia a Israel, mandamientos aceptados en el pacto de la alianza por el pueblo elegido.

La sangre de la alianza antigua fue sustituida por la sangre de Cristo, dando lugar a la alianza nueva y eterna, que alzamos en la copa de la Eucaristía y tomamos con el pan de la sagrada hostia. Son los signos sacramentales de la Eucaristía que por la acción del Espíritu Santo vienen a convertirse en el cuerpo y la sangre de Cristo. La Eucaristía se convirtió por voluntad de Cristo, dentro del designio de Dios para nuestra salvación, en el sacrificio pascual que celebramos cada domingo, día de la resurrección del Señor.

Dios envió a su Hijo nuestro Señor al mundo para que nos revelara el misterio de su amor por nosotros, le dio una misión que Jesús llevó a cabo hasta la muerte, y Dios aceptó la muerte de Jesús como sacrificio de amor que Jesús hizo de sí mismo por nuestra causa, para nuestra redención. El sacrificio de la cruz sucedió de una vez para siempre, pero se hace presente en la Eucaristía, cada vez que celebramos la muerte y resurrección del Señor hasta que él vuelva. El Segundo Concilio del Vaticano enseña con toda verdad: «La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que, mediante su carne, vivificada y vivificante, por medio del Espíritu Santo, da vida a los hombres»[2]. Por esto mismo, añade el Concilio que la Eucaristía es «fuente y culmen de la vida cristiana»[3].

Nuestra comunión con Dios ya no se realiza como en los tiempos de la alianza antigua de Moisés mediante sacrificios de animales, sino en la Eucaristía, por medio de la cual nos llega la vida divina que vivifica nuestra vida mortal. La Eucaristía es así el medio sacramental por el cual Dios santifica el mundo y nosotros le damos el culto espiritual que Dios ha querido. La misión evangelizadora de la Iglesia tiene como meta la Eucaristía.

San Pablo, que nos ha transmitido que la más antigua noticia sobre la Eucaristía, le dice a los corintios que la fracción del pan único, partido por nosotros y repartido a cuantos participan de la mesa santa, fue instituida verdaderamente por Cristo en la noche de la última Cena. La Eucaristía es contenido de la primitiva tradición apostólica, como hemos escuchado en la segunda lectura de la misa: «Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que él vuelva» (1 Cor 11,26). La Eucaristía es la proclamación de la muerte redentora del Señor es inseparable del anuncio de la resurrección de Cristo, y su confección ha sido confiada a los apóstoles y a sus sucesores, y entregada por medio de ellos a todos los sacerdotes, para que la celebren para vida de los fieles que son congregados en la Iglesia.

Con la institución de la Eucaristía, la esta misa que estamos celebrando «en la Cena del Señor» nos descubre la verdad que conocemos y que a veces se nos olvida: que el ministerio de los sacerdotes está al servicio de la predicación de la Palabra de Dios y de la Eucaristía, donde Cristo nos entrega su cuerpo y sangre como alimento de vida eterna. La asamblea de los fieles no puede darse a sí misma la Eucaristía, porque Cristo ha querido servirse de aquello a quienes llamó y consagró para este ministerio de salvación. El sacerdocio no es un derecho de nadie en la Iglesia, sino un don inmerecido. Es Cristo mismo el que ha determinado el ejercicio del ministerio sacerdotal en la Iglesia, y es él quien mandó a los apóstoles conmemorar su muerte y resurrección con las palabras que hemos escuchado tantas veces y que san Pablo recoge como contenido de la tradición de fe: «Haced esto en memoria mía» (1 Cor 11,24.25).

La Eucaristía y el sacerdocio como realidades santas contenidas en la tradición apostólica son inseparables del mandamiento del amor. Para ponerlo así de manifiesto, el evangelista san Juan no transmite en su evangelio la institución de la Eucaristía, que él da por conocida en las comunidades cristianas a las que escribe. El evangelista habla en su evangelio del pan de vida que es Jesús mismo mucho antes de hablar de la última Cena y dice que Jesús es verdadero maná y pan del cielo que el Padre nos da a comer como alimento de vida eterna, y por eso recoge aquellas palabras impactantes de Jesus: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6,51).

 El evangelio de san Juan quiere poner de manifiesto que la Eucaristía encuentra en el servicio de la caridad fraterna su propia culminación; y, para que mejor se pueda comprender el significado de la participación en la comida eucarística, nos ha transmitido el lavatorio de los pies de Jesús a sus discípulos. En este gesto desconcertante para los discípulos, Jesús les dice: «Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13,14).

El amor recíproco de los cristianos y su caridad para con todos será el distintivo que Jesús quiere para sean reconocidos por los hombres como discípulos suyos. La caridad cristiana, nuestro amor por los más pobres y necesitados, por cuantos viven alejados de la comunión de la Iglesia hace de la fe en Jesús la religión del verdadero amor. En un mundo tan lleno de sufrimiento y desavenencias, con tantos millones de seres humanos necesitados de pan y hogar, de trabajo y reconocimiento de la propia dignidad, nuestro amor a Dios y Cristo pasa por nuestro compromiso con los necesitados. La celebración eucarística del Jueves Santo tiene que ayudarnos, como cada vez que celebramos la Eucaristía, a amar de verdad a cuantos nos necesitan comprometiéndonos por un mundo mejor. Que así sea y nos ayude a conseguirlo la Madre del Señor, a la que el santo papa Juan Pablo II nos la presentó como mujer eucarística, que nos dio a Jesús y, por medio de ella, la mujer de la que Cristo recibió su cuerpo y nuestra humanidad[4], nos acerquemos con amor a cuanto hemos de llevar a Jesús y atraer a la comunión de la Iglesia.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
Jueves Santo
18 de abril de 2019

✠ Adolfo González Montes
Obispo de Almería


[1] MISAL ROMANO: Prefacio de la misa en la Cena del Señor.

[2] VATICANO II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbiterorum Ordinis, n. 5.

[3] VATICANO II, Constitución sobre la sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 11.

[4] Cf. SAN JUAN PABLO II, Carta encíclica sobre la Eucaristía en relación con la Iglesia Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), nn. 54 y 55.

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