Celebración de la Pasión del Señor

Homilía de
Mons. D. BRAULIO RODRÍGUEZ PLAZA
Arzobispo metropolitano de Toledo
Primado de España

braulio19042019

S.I. Catedral Primada de la Asunción, Toledo
Viernes Santo, 19 de abril de 2019

Hermanos:

No hacen falta muchas palabras, tras la escucha del 4º cántico del Siervo de Dios, las oraciones y súplicas de Cristo al que podía salvarlo de la muerte, a gritos y con lágrimas, que la carta a los Hebreos nos narra, y, sobre todo la Pasión según san Juan, tan intensa y profunda.

Cristo ha muerto y, sin embargo, lo celebramos en esta Acción Litúrgica. Ya no tenemos Misa hasta el Tercer Día del Triduo: hoy, mañana y el comienzo del Día Tercero, en la gran Vigilia Pascual.

¿Qué es esto? ¿Ficción? ¿Dar vuelta a una muerte que ocurrió hace XX siglos, de modo cansino, siempre lo mismo? Si un cristiano piensa eso, blasfema. Podemos entender que así entiendan la muerte quienes no conocen a Cristo o quienes nada quieren saber de Él. Nosotros no, hermanos. Tenemos que saber por qué ha muerto Cristo.

No ha muerto por rebelde a Roma, o por no estar de acuerdo con el lobby de Sumos Sacerdotes, escribas y los nobles de Jerusalén (que formaban juntos, el Tribunal del Sanedrín). No ha muerto por motivos políticos, por querer cambiar el orden social, o por liderar una revuelta o revolución de los más pobres. Ha muerto porque, en boca de Caifás, “conviene que muera un solo hombre por el pueblo”. Sí, por todo ese pueblo, por toda la humanidad, porque “todo está cumplido” misteriosamente, hasta que la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.

Ahora, a nosotros, en una oración peculiar del Viernes Santo, nos queda rezar con toda intensidad por todo el mundo, en esta oración universal. Y nos queda agradecer en plegaria silenciosa nuestra salvación. Y adorar a la Santa Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo, Jesús, el Redentor.

Dejadme decirme a mí mismo primero, y a todos cuantos estáis en esta celebración aquí en la Catedral o en otros medios, algo que llevo en el corazón. Lo expresaré con los llamados Improperios que se cantarán enseguida durante la adoración de la Cruz. Es algo que el Señor nos echa en cara: “¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? ¿Respóndeme?”.

¿Me ha ofendido en algo el Señor, para preparar una cruz al Salvador? “¿Qué más puedo hacer por ti?”, dice Jesús. Yo te planté como viña mía, escogida y hermosa. ¡Qué amarga te has vuelto conmigo! Para mi sed me diste vinagre, con la lanza traspasaste el costado a tu Salvador”.

Escuchemos en nuestro corazón tanto desamor con quien ha dado su vida por mí y mis hermanos. “¿Deseas descubrir el valor de la sangre de Cristo? Mira de donde brotó y cuál es su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues, muerto ya el Señor –dice el Evangelio- uno de los soldados se acercó con la lanza y le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del Bautismo: sangre, como figura de la Eucaristía.

Con estos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el Bautismo y la Eucaristía, que han brotado de su costado. Del Costado de Jesús se formó, pues la Iglesia, como del costado de Adán, fue formada Eva” (San Juan Crisóstomo, Catequesis).

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