Celebración de las Pasión del Señor

Homilía del
Card. D. CARLOS OSORO SIERRA
Arzobispo metropolitano de Madrid

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S.I. Catedral de Sta. María la Real de la Almudena, Madrid
Viernes Santo, 19 de abril de 2019

Queridos hermanos obispos, don Santos, don Juan Antonio, don José y don Jesús. Queridos hermanos sacerdotes. Excelentísimo señor deán. Cabildo catedral. Queridos sacerdotes. Queridos seminaristas. Hermanos y hermanas todos.

Yo creo que es importante para nuestra vida acoger todo lo que acabamos de escuchar. Y quizás en la contemplación del crucifijo, que tenéis delante de vosotros también, podemos entender mejor estas palabras que nos ha regalado Cristo.

A mí me impresiona una poesía de Teresa de Jesús, que la dedica precisamente a la cruz, y dice así:

Cruz, descanso sabroso de mi vida
vos seáis la bienvenida.
Oh bandera, en cuyo amparo
el más flaco será fuerte,
oh vida de nuestra muerte,
qué bien la has resucitado;
al león has amansado,
Pues por ti perdió la vida:
vos seáis la bienvenida.

Quien no os ama está cautivo
y ajeno de libertad;
quien a vos quiere allegar
no tendrá en nada desvío.
Oh dichoso poderío,
donde el mal no halla cabida,
vos seáis la bienvenida.

Vos fuisteis la libertad
de nuestro gran cautiverio;
por vos se reparó mi mal
con tan costoso remedio;
para con Dios fuiste medio
de alegría conseguida:
vos seáis la bienvenida.

Teresa de Jesús tiene una experiencia profunda del amor de Dios, manifestada en Jesucristo nuestro Señor.

Vamos a contemplar hoy, en silencio, a Jesús muerto en la cruz, porque ocupa el centro del Viernes Santo. Aquí, en la cruz, descubrimos el gran amor de Dios al mundo. A nosotros.

El Señor muere por nosotros para que de una vez entendamos quién es Dios y comprendamos quiénes somos nosotros, y a quién debemos nosotros la vida.

Jesús, lo habéis escuchado, se encuentra absolutamente solo. Agonizando en la cruz. Previamente, habéis visto que han pasado muchos personajes por la vida de nuestro Señor. Muchos personajes, que podríamos ser también cada uno de nosotros, queridos hermanos. Nos podríamos identificar con tantos de los que han aparecido en el relato de la Pasión. ¿A quién buscáis? Es una pregunta que hoy el Señor nos hace a nosotros también. ¿A quién buscáis? ¿Qué queréis para ser felices? ¿Qué deseáis para que nuestra vida, nuestras relaciones, nuestro mundo, se pueda arreglar? ¿Matar la vida? ¿O acoger la vida de Él en nosotros?.

Ya lo habéis visto: Jesús no deja de reconocer quién es. ¿A quién buscáis? A Jesús. Yo soy. Ellos venían porque sospechaban que hacía mal, y hacía daño su presencia. Pedro en aquel momento intervino, pero quizá por conveniencia; no porque él buscase de verdad lo que el Señor quería regalarle, y regalarnos a todos: su amor, su vida, su entrega. Pedro buscaba otras cosas. Y por eso intervino. Y por eso nos dice el texto que sacó la espada. Sacó la espada. Pero entre estos personajes también estaba el que le entregó. Y entre estos personajes estaba, como os decía, Pedro. Que negó al poco tiempo de haber hecho esta participación para que no detuviesen al Señor. Pero cuando ya está detenido, lo niega, no lo conoce. ¿Qué buscaba Pedro? ¿Qué buscamos nosotros, queridos hermanos? Pero también el Sumo Sacerdote que interrogó a Jesús acerca de la doctrina del Señor y de los discípulos, una doctrina que se resumía fundamentalmente  en lo que nos ha dicho el Señor: amaos los unos a los otros como yo os he amado. ¿Qué buscáis? ¿Qué buscamos? Y Pedro sigue negando al Señor.

Exactamente no solo el pueblo judío, sino aquel que había venido representando al César, Pilatos, lo llevan ante él y le pregunta a Jesús: ¿Tú eres rey? ¿Tú dices que eres rey? Soy rey. Para esto he venido. ¿Qué buscáis, queridos amigos? ¿Qué buscamos? ¿A alguien que gobierne nuestra vida, y no cualquiera? ¿A alguien que ha sido capaz de amarnos tanto que ha muerto por nosotros? ¿O buscamos a alguien que nos organice a su manera y a sus conveniencias?.

Exactamente igual pasó de nuevo otra vez, cuando llevaron al Señor a los Sumos Sacerdotes. Y, fijaos, el pueblo, cuando pregunta Pilatos a quién quieren matar, si a Barrabás, que ha hecho daño, que ha cometido un crimen, o a Jesús el Nazareno, que ha pasado haciendo el bien. ¿A quién buscáis? A Jesús no le quedó nada. Terminó quitándole hasta la ropa que tenía. Quedó en la desnudez absoluta por amor a todos nosotros. Fiándose absolutamente en Dios su Padre. Confiando la vida a Dios para enseñarnos a nosotros también lo que tenemos que buscar.

Y aparecen personajes ya muerto Jesús, como José de Arimatea, o Nicodemo… que habían tenido una experiencia gozosa del Señor en sus vidas, y no eran precisamente de los que más le seguían: uno había tenido un encuentro fortuito e interesado, y de noche, porque no se atrevía a hacerlo de día, para que no pudiesen criticarlo. Y José de Arimatea, nos dice el Evangelio que era discípulo clandestino de Jesús. Iba cuando no le viese nadie.

Queridos hermanos: ¿a quién buscamos? ¿Lo habéis escuchado? Jesús, agonizando en la cruz, lanzó ese grito: tengo sed. Ese grito que se dirige a cada uno de nosotros: tiene la sed del amor. Del amor que no tenemos. Estamos ebrios de tantas aguas que nos matan y nos suicidan, y el Señor sufre la sed de nuestro amor y de nuestra vida. La sed de su gran deseo de dar vida al mundo. Jesús tiene sed de agua. Sí. Pero tiene sed de justicia, de paz, de reconciliación, de amor, de que los hombres tengamos vida verdadera, de que no estemos interponiéndonos los unos a los otros o deshaciéndonos los unos a los otros. Tiene sed.

Todo ha terminado. Jesús ha llevado la misión en el mundo, hasta el final. Está cumplido. Está cumplida su parte. De nuestra parte nos falta aún ese día a día, de cada historia humana, de cada historia de la humanidad.

Ante la muerte de Jesús, guardamos silencio, contemplamos y oramos. Y hoy recordamos, ante la muerte de Jesús y ante su Pasión, continua siempre, que hoy continúa también en los millones de seres humanos que padecen hambre, pobreza extrema en nuestro mundo, tragedias de divisiones, de rupturas, de enfrentamientos, muchas víctimas de sangrientos conflictos armados, poblaciones enteras que sufren… Hoy, Viernes Santo, nos acercamos a los crucificados de la humanidad. Pasamos por nuestros ojos las víctimas. Todas. Por todos murió nuestro Señor, también por nosotros. Pero para que los que vivamos seamos capaces de comprender el amor. El crucificado.

Nos ha dado el arma capaz de eliminar de este mundo todo esto. Oímos la voz de tanta gente: hombres, mujeres, niños, ancianos, enfermos.

En el Viernes Santo, se nos invita a mirar la cruz. Luego os voy a decir yo: mirad el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo. Y la respuesta: venid a adorarlo. ¿Qué significa besar la cruz, o tener un gesto de mirada sincera a la cruz? Pues que estamos besando, o señalando, o acogiendo en nuestro corazón las heridas del mundo. Las heridas de la humanidad. Besando a Cristo en la cruz entregamos al Señor nuestras propias heridas también. Que las tenemos. Porque no siempre buscamos la voluntad del Señor. Nuestras penas íntimas. Besar la cruz es besar a Cristo crucificado. Y acoger su beso. El que nos da a nosotros. Es un beso de amor, que nos reconcilia entre nosotros. Cristo nos dice a cada uno de nosotros: entrégame todo lo que te pesa, todo lo que te esclaviza, todo lo que te agobia, todo lo que entristece. Ponlo al pie de la cruz. Entrégame todo lo que te pesa demasiado. Yo te entrego mi vida.

Queridos hermanos: en el vía crucis que hice esta semana por 14 parroquias, comunidades, una en cada estación, el tema más constante en cada parroquia que yo iba diciendo también era este: mirad a Jesús en la cruz, y dejaos mirad por Él. ¿Sabéis cuál es el juicio de Jesús sobre cada uno de nosotros?. ¿Sabéis cual es el juicio sobre mí? Es su amor. Me dice que me quiere. Ante una persona, y en este caso ante Dios mismo, que me dice que me quiere, ¿yo voy a estar igual? Yo, ¿no voy a conmover mi vida?, ¿no voy a estimar y a contagiar mi vida de algo y de alguien que rehabilita? Entrégame todo lo que te pese. Lo que te esclaviza. Entrégamelo. Yo te entrego mi vida. Esto es lo que nos dice el Señor en el Viernes Santo. Y yo, queridos hermanos y hermanas, os invito, y me invito a mí mismo también, a acoger la vida de nuestro Señor.

Pensemos esto unos segundos en silencio.

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