Santa Misa en el Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

Homilía de
Mons. D. BRAULIO RODRÍGUEZ PLAZA
Arzobispo metropolitano de Toledo
Primado de España

braulio21042019

S.I. Catedral Primada de la Asunción, Toledo
Domingo, 21 de abril de 2019

Queridos hermanos:

El aspecto de la basílica-catedral es magnífico: es Pascua y ya hemos cantado el cántico del triunfo de Cristo Resucitado, el Aleluya, que había enmudecido desde el miércoles de Ceniza. Os deseo, pues, una feliz Pascua.

Anoche, en la gran Vigilia Pascual, volvimos a celebrar la gloria pascual con el toque de las campanas con un signo típico de esta Catedral: uno de los seises llega hasta el Arzobispo con un cordero blanco, adornado con cascabeles. Es el Cordero pascual. Precisamente en esta Misa de Resurrección hemos escuchado a san Pablo decir a los cristianos de Corinto: “Ha sido inmolado Cristo, nuestra Pascua” (1Cor 5, 7). Es una exclamación en una carta que se remonta a veinte años después de la muerte y resurrección de Jesús.

He aquí, en una síntesis impresionante, la plena conciencia de la novedad cristiana. El símbolo central de la historia de la salvación –el Cordero Pascual– se identifica aquí con Jesús, llamado precisamente “Nuestra Pascua”. La pascua judía, memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto, prescribía el rito de la inmolación del Cordero, un cordero por familia, según la ley mosaica. En su pasión y muerte, Jesús se revela como el Cordero de Dios “inmolado” en la cruz para quitar los pecados del mundo; fue muerto en la hora en que se acostumbraba a inmolar los corderos en el Templo de Jerusalén.

El sentido de este sacrificio suyo, lo había anticipado Él mismo durante la Última Cena, poniéndose en el lugar –bajo las especies de pan y vino –de los elementos rituales de la cena de Pascua. Así, podemos decir que Jesús, realmente, ha llevado a cumplimiento la tradición de la antigua Pascua y la ha trasformado en su Pascua.

A partir de este nuevo sentido de la fiesta pascual judía, se comprende también la interpretación de san Pablo sobre los “ázimos”. El Apóstol se refiere a una antigua costumbre judía, según la cual en la Pascua había que limpiar la casa hasta las migajas de pan fermentado. Eso formaba parte del recuerdo de lo que había pasado con los antepasados en el momento de la huida de Egipto: teniendo que salir a toda prisa del país, llevaron consigo solamente panes sin levadura.

Pero al mismo tiempo, los Ázimos” eran un símbolo de purificación: eliminar lo viejo para dejar espacio a lo nuevo. Ahora, como explica san Pablo, también esta antigua tradición adquiere un nuevo sentido, precisamente a partir del nuevo “éxodo” que es el paso de Jesús de la muerte a la vida eterna. Y, puesto que Jesús, como el verdadero Cordero, se ha sacrificado a sí mismo por nosotros, también nosotros, sus discípulos –gracias a Él y por medio de Él– podemos y debemos ser “masa nueva”, “Ázimos”, liberados de todo residuo del viejo fermento del pecado: ya no más malicia y perversidad de nuestro corazón.

“Así, pues, celebremos la Pascua… con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad”. Esta es la exhortación de san Pablo con que termina la 2ª lectura de esta Misa. Es decir, abramos el corazón a Cristo muerto y resucitado para que nos renueve, para que nos limpie del veneno del pecado y de la muerte y nos infunda la sabia vital del Espíritu Santo: la vida divina y eterna.

En la Secuencia pascual, como un eco de las palabras del Apóstol, hemos cantado: “sabemos que estás resucitado, la muerte en ti no manda”. Sí, hermanos, éste es precisamente el núcleo fundamental de nuestra profesión de fe; éste es hoy el grito de la victoria que nos une a todos; y si Jesús ha resucitado, y por tanto está vivo, ¿quién podrá jamás separarnos de Él? ¿Quién podrá privarnos de su amor que ha vencido al odio y ha derrotado la muerte?

Que el anuncio de la Pascua se propague por el mundo con el jubiloso canto del Aleluya. Cantémoslo con la boca, cantémoslo sobre todo con el corazón y con la vida, con un estilo de vida “ázimo”, esto es, simple, humilde, y fecundo de buenas obras. ¡Resucitó de veras mi esperanza! Venid a Galilea, el Señor allí aguarda. El Resucitado nos precede y nos acompaña por las vías del mundo. Él es nuestra esperanza, Él es la verdadera paz del mundo. Alegraos, hermanos, con la Virgen, Madre del Salvador.

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