Santa Misa en el Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

adolfo_escudo

HOMILÍA EN EL DOMINGO DE RESURRECCIÓN
Misa del día de Pascua

Lecturas bíblicas: Hch 10,34a.37-43; Sal 117,1-2.16-17.22-23; Col 3,1-4; Jn 20,1-9

Queridos hermanos y hermanas:

La felicitación pascual llena de gozo a la Iglesia, todos nos transmitimos unos a otros el deseo de una feliz Pascua de Resurrección. El Señor ha vencido a la muerte y el sepulcro está vacío. La noticia llena de alegría a los discípulos que antes estaban tristes, tal como el Señor lo había prometido: «Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre (…) Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo» (Jn 14,19-20; 16,20b). La resurrección ha descubierto a los discípulos el sentido de estas palabras que la noche de la última Cena les resultaban enigmáticas y no podían comprender, aunque Jesús les había hablado de su subida a Jerusalén para padecer la pasión y la cruz.

Hasta tres veces les había anunciado proféticamente la subida a Jerusalén para padecer la pasión y la cruz, y al tercer día resucitar. Dice san Lucas: «Ellos no comprendieron nada de esto; no captaban el sentido de estas palabras y no entendían lo que decía» (Lc 18,31). Cuando Jesús resucitado se hace el encontradizo de los dos discípulos que iban de camino a Emaús, Jesús tuvo que escuchar hasta qué puntos estaban abatidos y desconcertados, faltos de fe. Después de contarle el fracaso de Jesús y su muerte, comentan sin creer nada de lo sucedido que algunas mujeres del grupo los han sobresaltado diciendo que habían encontrado el sepulcro vacío y habían contado la visión de unos ángeles, pero que a él no le habían visto. Jesús tiene que reprenderles: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?» (Lc 24,25-26).

Hemos escuchado el relato del evangelio de san Juan: María Magdalena fue al sepulcro al amanecer y vio la losa quitada y corrió a comunicárselo a Simón Pedro y el otro discípulo, que la tradición deja ver que se trata de Juan. Corrieron también ellos y vieron «las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte» (Jn 20,6-7). El sepulcro, ciertamente, estaba como María Magdalena decía: estaba vacío, aunque por sí solo no probaba la resurrección, tenían una clave de comprensión que les llevaba a la fe. El Señor les había dicho que padecería la pasión y la cruz, pero que resucitaría. Aun así, les costaba comprender, sólo el discípulo amado «vio y creyó» (Jn 20,8). El evangelio habla de este «otro discípulo» como de aquel que comprende porque tiene la fe que Jesús con su palabra y sus signos de salvación, con su cercanía personal y su amistad, conviviendo con ellos ha generado en sus corazones.

Los demás no comprenden sin las apariciones, y por eso Jesús se apareció a María Magdalena, a Simón Pedro y a los apóstoles. San Pablo dice que se apareció a los Doce y a también a Santiago el hermano del Señor y «a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales la mayor parte viven y otros murieron»; y finalmente, se le apareció también a él, «el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios» (cf. 1 Cor 15,5-8).

San Pedro en el discurso del libro de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado dirá que estas apariciones les han convertido en testigos de la resurrección elegidos por Dios, para dar fe de que Dios ha nombrado a Jesús «juez de vivos y muertos» y añade: «El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados»(Hch 10,42-43). La fe en la resurrección de Jesús es causa de nuestra salvación, con ella nos llega el perdón de los pecados, que nos comunica el bautismo en el nombre de Jesucristo. Este es el contenido de la predicación de la Iglesia ofrecida al mundo como evangelio de gracia y salvación, de perdón y de vida eterna para cuantos lo acogen.

La carta de san Pablo a los Colosenses nos invita a ser consecuentes con la fe que profesamos. No dejemos que las pasiones del mundo llenen nuestro corazón y enajenen nuestra mente: el poder, las riquezas y la vanidad de la vida. Jesús nos invita a tener presente que no hemos de atesorar tesoros en la tierra, sino tener el espíritu abierto a nuestro destino final en el cielo y la vida de Dios, que hemos sido llamados a participar. En el escenario de nuestra vida terrena la carcoma, la herrumbre y el tiempo terminan por corroer todo lo nuestro, cuando no lo roban los ladrones. Por eso, recordemos las palabras de Jesús: «Haceos tesoros en el cielo (…) Porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Mt 6,21). Es lo que nos dice el san Pablo y hemos escuchado hoy:«Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios» (Col 3,1).

Es legítimo, queridos hermanos, que aspiremos a mejor este mundo, más aún, debemos hacerlo siguiendo el mandato del Señor de poseer la tierra, pero estamos llamados a una vida superior que es la que rige nuestra vida en este mundo histórico. No podemos vivir como si no hubiéramos conocido el anuncio de la vida eterna y el ofrecimiento que de ella nos hace Jesucristo resucitado, que nos anticipa en su cuerpo glorioso, iluminando nuestra vida terrena y llenándola de sentido.

Con María, la madre amada a la que Jesús entregó desde la cruz al discípulo creyente, que esperó con fe el desenlace que Dios tenía previsto a los sufrimientos de la pasión y la cruz, y aceptó en el silencio creyente de su corazón la sepultura de Jesús, hasta verlo de nuevo resucitado y glorioso, esperemos nosotros también contemplar un día su gloria. Con Simón Pedro y los apóstoles, con María Magdalena y las santas mujeres, y con todos cuantos le seguían amando y lloraron la muerte de Jesús y se sintieron confundidos y tristes una vez sepultado, para después alegrarse en el reencuentro con Cristo resucitado, alegrémonos también nosotros. Con ellos, dejemos que el Resucitado llene nuestro corazón de gozo para anunciar al mundo el evangelio de la vida.

Deseémonos unos a los otros hoy unas felices fiestas de Pascua y demos testimonio ante el mundo de la esperanza que tenemos, la esperanza que ilumina nuestra propia vida y se funda en la resurrección de Cristo.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
21 de abril de 2019

✠ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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