Si hoy nos queremos, es que resucitó el Señor

Carta de
Mons. D. Gerardo Melgar Viciosa
Obispo de Ciudad Real

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Domingo 21 de abril de 2019

María Magdalena, que tanto quería a Jesús, porque le había perdonado tanto; va muy de mañana al sepulcro, busca a su Señor muerto, en el lugar donde lo habían enterrado la tarde anterior, en aquel sepulcro. La sorpresa fue tremenda: el Señor no está donde lo habían puesto, la losa del sepulcro está corrida y no acierta María magdalena a entender cómo ni qué ha podido suceder. Es necesario que Jesús se le aparezca para que lo reconozca y entienda lo que ha sucedido: ¡ha resucitado! (Cfr. Jn 24, 11-18)

La mujeres que van de madrugada al sepulcros a embalsamar el cuerpo del difunto Jesús van buscando un muerto y es necesario que un ángel les diga: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Jn 24, 6).

Aquellos dos discípulos de Emaús que vuelven a casa con la maleta llena de desilusión tampoco han entendido lo que les había dicho de que resucitaría al tercer día. Vuelven a casa como auténticos fracasados.

Ellos lo habían dejado todo y le habían seguido, pero lo han matado y se vuelven a su tarea anterior, avergonzados, lamentándose los dos, mano a mano.

Cuando aquel caminante que se une a su paso les pregunta qué ha sucedido estos días en Jerusalén, ellos van a responder: «Nosotros esperábamos que él fuera el futuro libertador de Israel. Y ya ves. Hace ya dos días que sucedió eso» (Lc 24, 21).

«¡Ha resucitado!» Esta es la gran noticia que escuchamos en la vigilia pascual. Esta es la realidad que celebramos hoy en el día más grande, en la fiesta más importante de Cristo y de los cristianos. La Pascua de Resurrección.

La resurrección de Cristo es la razón de nuestra fe. No seguimos a un muerto, sino a Cristo que, muriendo, ha vencido a la muerte, ha resucitado y está vivo en medio de nosotros.

Entonces se apareció a sus más íntimos: a sus discípulos, a las mujeres que le habían acompañado en su predicación, a su madre, que había sido la compañera fiel y silenciosa en todo su camino hacia la muerte en la cruz y en el calvario mismo.

Así, con su presencia, con sus apariciones, corroboraba lo que había expresado con sus palabras: «Al tercer día resucitará». Así hace renacer la esperanza en todos lo que le habían seguido.

Cristo no solo murió y resucitó hace veintiún siglos, Cristo sigue muriendo y resucitando hoy.

Cristo sigue haciéndose compañero de camino de tantos y tantos como caminan defraudados de todo hacia el Emaús de sus fracasos. Camina con los pobres, víctimas de las injusticias de los hombres; con tantos y tantos voluntarios que entregan su vida al servicio de estos necesitados, haciendo resurgir y resucitar en ellos la esperanza.

Camina en una sociedad que habla de muerte y propugna una cultura de muerte con la ley del aborto, la eutanasia y la poca valoración de la vida, y lo hace a través de todos cuantos valoran y defienden la vida.

Camina en medio de tantas familias a las que les ha alcanzado el paro, que han tenido que dejar su piso porque no tienen para pagar su hipoteca, a los que su sueldo no les llega hasta fin de mes. Y se hace presente y  resucita a través de todas esas personas que están empeñadas en denunciar la crisis de valores como sustrato de la crisis económica, en buscar nuevas iniciativas para solucionar la situación. Cristo se hace presente para ellos en tantos como son capaces de desprenderse de sus medios, de su dinero, de su tiempo, de lo que sea; y ayudan y se solidarizan y acompañan a estas familias.

Camina junto al joven que se ha metido en el mundo de la droga o del sexo; del joven que no ve sentido a la vida y decide terminar con ella. Camina junto a él a través de esa mano amiga tendida hacia él, para que el joven se agarre a ella, a través del testimonio creyente de alguien que con su vida ayuda a encontrar sentido a la misma a alguien que lo había perdido.

Cristo sigue muriendo hoy y sigue resucitando y haciéndose presente a través de sus seguidores, que siembran fe, amor y esperanza en los que la han perdido por medio de su fe, de su amor y de su esperanza personales.

Vivamos como auténticos resucitados, seamos compañeros resucitados de camino que nos ponemos al lado de los que se sienten muertos, fracasados, malheridos y olvidados.

Así nuestra resurrección con Cristo estará siendo ya una realidad en nuestra vida y un día resucitaremos gloriosos y definitivamente para gozar con el Señor Resucitado por toda la eternidad.

Si hoy nos queremos es que el Señor ha resucitado.

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✠ Gerardo Melgar Viciosa
Obispo de Ciudad Real

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