¡El Señor resucitó!

Carta de
Mons. D. Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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Domingo 28 de abril de 2019

Queridos fieles:

Creemos firmemente que Cristo, nuestro Señor, ha resucitado de entre los muertos porque aceptamos el testimonio primero de las mujeres y, después, el testimonio de los Apóstoles. En primer lugar, de Pedro y del otro discípulo, que la tradición ha identificado siempre con el mismo evangelista Juan, que vieron el sepulcro vacío.

El “otro discípulo” creyó, aún sin haber visto al Señor, desde el primer momento, «viendo los lienzos en el suelo y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a los lienzos sino plegado en un lugar aparte». Después todos los Apóstoles pudieron verlo en diversas ocasiones e incluso comieron y bebieron y con Él después de su resurrección; testimonio que nos trasmite la Iglesia a lo largo de los siglos: «hemos comido y bebido con Él después de su resurrección de entre los muertos» dice Pedro en casa del centurión romano Cornelio. Es el testimonio de los Apóstoles en el que se funda la fe de la Iglesia. Pero antes estuvo el testimonio de las mujeres.

«Por qué buscáis entre los muertos al que vive?» (Lc 24,5).

Resuena esta pregunta durante la Vigilia Pascual. Es la pregunta que dirigen -allí en el lugar mismo de la muerte, en el mismo sepulcro vacío -«dos hombres de vestidos resplandecientes»(Lc 24,4) a las fieles mujeres que «habían seguido al Señor desde Galilea, habían visto el sepulcro y cómo era colocado su cuerpo, habían comprado aromas y mirra y habían ido muy de mañana al sepulcro llevando los aromas que habían preparado» (Lc 23,55-56). Esto según el evangelio de san Lucas, que proclamamos anoche en la Vigilia Pascual. El evangelio de san Juan, que ha sido proclamado hoy, identifica a la principal de ese grupo de mujeres, a María Magdalena que va al sepulcro de madrugada cuando todavía estaba oscuro (cf. Jn 20,1). María Magdalena y estas benditas mujeres se comportaron como aquellas vírgenes, alabadas por nuestro Señor, que con sus lámparas bien repletas de aceite no habían sido sorprendidas por el retardo del esposo en llegar y, bien preparadas, entraron con él al banquete de bodas (cf Mt 25, 1-14).

La fe, la fidelidad, el agradecimiento de estas mujeres hacia el Señor, su amor hacia Él, que fue más allá de la muerte, encuentra la recompensa de ser las primeras en recibir el anuncio, la buena noticia por excelencia, de la resurrección.

Es un detalle de amor grandioso del Señor hacia estas mujeres fieles y –diría– hacia todas las mujeres.

En cambio, ¿por qué seguimos nosotros buscando entre los muertos? ¿Por qué sigo yo buscando entre los muertos? ¿Por qué me cuesta tanto aceptar esos artículos finales del Credo: “creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”?

¡Esta mañana santa de Pascua, este domingo principal entre todos los domingos, es crucial para nuestra fe y para toda nuestra vida!

¡Es, en esta mañana, cuando nos tenemos que decidir a no buscar ya más entre los muertos al que está Vivo! ¡La resurrección del Señor es la encrucijada de la historia de la humanidad, la de tu propia historia y la de la mía! ¡El Señor resucitó! ¡Hay esperanza después de la muerte!¡ Es el día de la verdadera y total liberación! ¡La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular!

Como cantamos anoche, en el pregón pascual, «Cristo, rotas las cadenas de la muerte, asciende victorioso del abismo». En el Aleluya solemne de este domingo de Pascua pregonamos la alegría y la certeza cierta – más que todas las demás certezas de la tierra – de la resurrección.

 La Iglesia celebra la Pascua con los sacramentos de la iniciación cristiana: bautismo y eucaristía.

Nuestra Madre la Iglesia nos anima a tener siempre encendida esa lámpara de la fe, que recibimos en el bautismo. La fe es el aceite para que esa lámpara no se apague nunca. Anoche renovamos nuestra adhesión a Cristo resucitado por la fe, expresada en la renovación de las promesas bautismales. La bendición del agua de la pila bautismal y la aspersión con ella nos recordaron y nos recuerdan nuestra muerte al hombre viejo – ¡a ese que llevamos siempre dentro y que sigue buscando entre los muertos! – y nuestro nacimiento a la vida nueva injertados en el Señor Resucitado.

La eucaristía, que celebramos, mantiene vivo el amor, porque Cristo no está muerto. Está realmente presente entre nosotros, inmolado y hecho alimento para mantener viva nuestra esperanza: ¡Ven Señor Jesús!

¡Amemos la Eucaristía! La Eucaristía es la presencia gozosa en medio de nosotros del Señor Jesucristo, nuestra Victima Pascual. Y cuando notemos que nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor vienen a menos vayamos a María, donde encontraremos siempre refugio y fuerza para recomenzar e ir de nuevo, sin dilaciones ni dormilonas, a comprar aceite para nuestra lámpara.

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 Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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