Santa Misa en el II Domingo de Pascua

Homilía de
Mons. Fr. Jesús Sanz Montes, OFM
Arzobispo de Oviedo

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Basílica Papal de Santa María la Mayor, Roma
Domingo, 28 de abril de 2019

Estamos celebrando este tiempo de pascua en el que los cristianos reconocemos con gratitud el triunfo de Jesús sobre la muerte, sobre toda expresión de muerte, por su resurrección. Se pone un aleluya en nuestros labios y tenemos ese canto durante los cincuenta días que dura la pascua como un himno ininterrumpido que narra el asombro agradecido de un sueño cumplido tras todas nuestras pesadillas.

Y este grupo de cristianos que en esta tarde celebramos la pascua en esta basílica romana de Santa María la Mayor, lo hacemos viniendo de nuestra tierra querida de Asturias. Preciosa iniciativa de la Fundación Valdés Sala y el Taller de canto Lolo Cornellana. Podría pensarse que nos la hemos fiado largo para venir desde tan lejos a celebrar aquí la pascua, como si allí no tuviésemos iglesias para celebrarla. El motivo, es que venimos con la misma letra que en todos los lares cantamos los cristianos, pero con una música distinta. Cada pueblo expresa los diversos momentos de la vida según su idiosincrasia con el murmullo de sus palabras y los sones de sus melodías. El amor humano, el sudor del trabajo, el contento de las alegrías, la mueca triste de nuestros pesares, la primavera de la infancia y mocedad y el otoño de los años que sin cesar acumulamos, sin que falte tampoco la expresión de nuestra fe en la religiosidad popular.

Todo eso tiene la letra de nuestros versos en los que contamos la historia que a diario escribimos en el libro de la vida, y la música de nuestros cantares con la que tatareamos la melodía de cuanto nos sucede. No hay momento ni circunstancia de nuestra vida que no haya sido objeto de esta letra y de esta música, con nuestros modos de expresarnos verbalmente y con las maneras de cantar cuanto acontece.

Así venimos aquí, a esta Roma corazón de la Iglesia y meta de peregrinación de tantos creyentes, con las letras y las músicas que desde Asturias hacemos presentes. Durante siglos, nuestro pueblo ha sabido expresar con sencillez y constancia la fe que de padres a hijos se iba transmitiendo con dulzura, con talento y con coraje. Las palabras de la liturgia eran invariables en su relato antiguo que nos remonta a los orígenes cristianos de haber sido salvados por la resurrección de Jesucristo. Pero la música la ponían nuestros astures creyentes a través de los instrumentos que estaban presentes en las tonadas de nuestra tierra que acompañaban tantos momentos de la vida con todos sus climas y las diversas estaciones. La gaita y el tamboril han acompañado en nuestro pueblo todas las sonrisas de nuestra algazara cuando hacíamos fiesta y todas las lágrimas de nuestros llantos cuanto tocaba abrazarnos ante las pruebas que nos desafiaban. Y con la misma gaita y el tamboril, hemos rezado a ese Dios cercano y amable que sabe brindar con nosotros en nuestros gozos y sabe conmoverse con nuestros pesares.

La misa de gaita quiere expresar todo esto, como durante siglos lo ha hecho nuestro pueblo de Asturias en todos sus rincones de villas y concejos, de riberas y valles. En esta tarde de pascua, aquí en Roma, y en esta emblemática basílica mayor de Santa María, tan vinculada a España por la historia y los avatares, queremos ser peregrinos como cristianos que venimos con los modos propios de la expresión de la fe que hemos heredado de nuestros mayores a través de los siglos.

El evangelio de este domingo nos habla del temor acartonado de aquellos discípulos que estaban encerrados a cal y canto, llenos de pánico. Jesús se presenta en medio de ellos para decirles en persona que la Paz ha vencido a la violencia, que la Vida ha triunfado sobre la muerte, que desde esas señales de muerte que eran sus cinco llagas Él los saludaba con la vida resucitada. El asombro con el que ellos recibieron tan inesperada visita lo atestigua el mismo relato: «Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor» (Jn 20, 20). Era salir de una horrible pesadilla, era ver con sus ojos el milagro de su Maestro con las promesas cumplidas, era recibir su paz en medio de todas las tormentas interiores y colectivas que les apenaban. Jesús a aquellos débiles y frágiles discípulos quiso invitarles a ver lo que ha sucedido, haciéndose testigos, continuadores de lo que Jesús simplemente comenzó: «como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20, 21). Lo ha recordado la primera lectura con una página sobre la primitiva comunidad cristiana.

Pero cuando llegó Jesús aquella mañana, no estaban todos. Faltaba Tomás, al que rápidamente le dijeron la gran noticia: «hemos visto al Señor» (Jn 20, 25). Pero tal anuncio era insuficiente para un Tomás que también “había visto” otras cosas: el proceso del Señor hasta su agonía y muerte en la cruz. No era fácil borrar de su recuerdo ese pánico que había hecho esconderse a sus compañeros. Por eso su resolución y su reto: yo lo que he visto ha sido cómo Él ha muerto. Y no hay más. Si decís que ha estado aquí, yo creeré si palpo lo que ha sido vuestra evidencia.

Es el mismo contraste que nosotros a diario constatamos: ver la contradicción entre la belleza del mensaje de Jesús y la verdad de su evangelio, con lo que continuamente estamos comprobando en el mundo nuestro. Toda la retahíla de violencias, de violaciones, de corrupciones, de mentiras, de traiciones, de fracasos que con sangre hemos ido escribiendo los humanos, saca pecho con soberbia para reírse de lo que con sencillez decía Jesús aquella mañana. Es como si dijésemos con Tomás a quienes nos pretendan convencer de la bondad del cristianismo: es muy hermoso lo vuestro, pero ya veis por dónde va nuestro mundo.

Hoy quienes creemos en la Resurrección de Jesús, ¿cómo podemos mostrar a la humanidad aquello que trataron de anunciar a Tomás? Sólo prolongando aquel diálogo entre Jesús y sus discípulos: anunciar la Paz desde los estigmas de la muerte en todas sus formas, para hacer ver que en medio de tantas cosas que aún nos encierran y enfrentan en un mundo inacabado, en Jesús comienza humilde pero real otra historia.

Cristo ha resucitado y en Él han sido vencidas todas nuestras muertes sean cuales sean. De esto somos testigos. Esta es la alegría cristiana. Por eso, a pesar de todas las cicatrices de un mundo insolidario y violento que mancha la dignidad del hombre y no da gloria a Dios, decimos: hemos visto al Señor. Ojalá nuestra generación se llene de alegría como los discípulos, y como Tomás diga también: Señor mío y Dios mío.

Este es el mensaje del Evangelio de este día, domingo segundo de pascua que el papa San Juan Pablo II lo quiso dedicar a la misericordia divina. A ella apelamos para seguir escribiendo la historia que a nosotros se nos confía, prolongando el viejo y eterno relato de nuestra fe, con el sonido dulce y penetrante de nuestras gaitas que con la misa asturiana hemos querido celebrar junto al Papa y a toda la Iglesia universal. Hoy las notas de la misa de gaita, han vibrado en el corazón de la cristiandad como un homenaje a cuantos a través de la historia la han querido preservar y regalarnos como preciosa herencia.

El Señor os guarde y os bendiga.

✠ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

Basílica Santa María Mayor (Roma)

Non c’è espressione umana che riguarda tutta la vita che non sia oggetto delle parole con le quali raccontiamo il nostro cammino e oggetto pure della musica con la quale esprimiamo il nostro arte e talento. La cornamusa appartiene alla tradizione asturiana in modo profondo. Tutte le nostre località nelle città diverse e nel profondo delle nostre valli, sanno di questa musica e conservano la storia di queste parole. Le gioie delle nostre feste e le lacrime del nostro pianto, formano parte di questa forma di espressione che descrive l’anima di un popolo credente.

Anche la fede è stata professata così, e i nostri antenati hanno saputo esprimere la loro fede con la cornamusa che appartiene alla nostra profonda tradizione culturale di Asturias. Per questo nacque la così detta “messa asturiana” o “messa di cornamusa”. Con gioia veniamo in questa domenica dalla nostra terra di Asturias, in Spagna, per celebrare qui a Roma, vicini al santo Padre il Papa in questo cuore della Chiesa, la nostra fede cristiana tale come lungo i secoli l’hanno celebrata i nostri padri.

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