¡Señor mío y Dios mío!

Carta de
Mons. D. Gerardo Melgar Viciosa
Obispo de Ciudad Real

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Domingo 28 de abril de 2019

El evangelio de este segundo domingo de pascua nos presenta a un personaje que nos resulta cercano y con el que nos es fácil empatizar. Se trata del apóstol Tomás, porque en su actitud de duda e incredulidad nos vemos reflejados también nosotros.

«Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús» (Jn 20, 24).

Sólo este discípulo estaba ausente y, al volver y escuchar lo que había sucedido, no quiso creer lo que le contaban. Se presenta de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incrédulo su costado para que lo palpe, le muestra sus manos y, mostrándole la cicatriz de sus heridas, sana la herida de su incredulidad.

Todo esto no sucedió porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad.

De este modo, en efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se convirtió en testigo de la realidad de la resurrección.

Palpó y exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído?» El apóstol Pablo dice: La fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve. Es evidente que la fe es la plena convicción de aquellas realidades que no podemos ver, porque las que vemos ya no son objeto de fe, sino de conocimiento. Si Tomás vio y palpó, ¿cómo es que le dice el Señor: ¿Porque me has visto has creído?

La razón es que lo que creyó superaba a lo que vio. En efecto, un hombre mortal no puede ver la divinidad. Por esto, lo que él vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó su divinidad al decir: ¡Señor mío y Dios mío! Él, pues, creyó, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosa que escapaba a su mirada.

Para nosotros es motivo de alegría lo que sigue a continuación: Dichosos los que crean sin haber visto. En esta sentencia el Señor nos designa especialmente a nosotros, que lo guardamos en nuestra mente sin haberlo visto corporalmente.

Nos designa a nosotros, con tal de que las obras acompañen nuestra fe, porque el que cree de verdad es el que obra según su fe. Por el contrario, respecto de aquellos que creen solo de palabra, dice Pablo: Hacen profesión de conocer a Dios, pero con sus acciones lo desmienten. Y Santiago dice: La fe sin obras está muerta.

Este pasaje del evangelio, la figura de Tomás en la que nos sentimos reflejados, y la actitud de Cristo que le lleva a confesar su divinidad; todo ello nos hace sentir que el Señor nos llama a todos a que examinemos hoy nuestra fe, a que nos preguntemos: Y yo, ¿en qué creo? O mejor, ¿en quién creo?, ¿es Cristo el objeto principal de nuestra fe o creo en otros, en otras cosas materiales que me hacen olvidar mi fe en Jesús? ¿Creo de verdad en Jesús como Dios y hombre verdadero? ¿Mi vida la vivo desde los valores y criterios, desde el estilo en que Cristo vivió la suya?

Creer en Jesús es vivir de acuerdo con lo que Él nos pide, tratar de ajustar nuestra vida a sus enseñanzas, y vivir en consecuencia con nuestra fe, porque la fe es una vida, un estilo de vida, vivir el estilo de vida de Jesús en nuestra vida, porque, o vivimos ese estilo de vida de Cristo en nuestra vida o nuestra fe es realmente una fe muerta.

Reavivemos nuestra fe hoy y digamos y confesemos a Jesús como nuestro Dios y Señor: ¡Señor móo, y Dios mío!

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✠ Gerardo Melgar Viciosa
Obispo de Ciudad Real

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