Llamados al Ministerio del Evangelio

adolfo_escudo

Carta pastoral de
Mons. D. ADOLFO GONZÁLEZ MONTES
Obispo de Almería

Sobre la pastoral de juventud y vocaciones,
y sobre la formación para el ministerio sacerdotal
y permanente del clero

Queridos sacerdotes y diáconos:

1. Os dirijo estas reflexiones, motivo para la revisión de nuestra vida sacerdotal entregada al ejercicio del ministerio pastoral. Me ha parecido obligado presentar a todo el presbiterio diocesanos y a nuestros diáconos algunas consideraciones, secundando la preocupación por las vocaciones al ministerio sacerdotal de los jóvenes manifestada por la XV Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 3 al 28 de octubre de 2018; y cuyo documento final «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional» requiere una lectura atenta y una aplicación audaz, aplicando a la pastoral de juventud de la Iglesia diocesana las orientaciones de este documento sinodal, cuya publicación ha ordenado el Santo Padre.

La atención al apostolado y pastoral de juventud ha sido una constante preocupación, alentados estos años por los últimos papas, desde que san Juan Pablo II impulsó con el celo apostólico que le caracterizaba esta acción pastoral con las Jornadas Mundiales de la Juventud. En 2009 aprobábamos unas Orientaciones sobre pastoral y apostolado de juventud que contenían «Criterios y pautas para renovar e impulsar la vida cristiana de los jóvenes» que habían sido debatidos a propuesta mía en el Consejo diocesano de Pastoral. Bien está recordar que desde el comienzo de mi ministerio entre vosotros constituí el Consejo de Laicos, siguiendo el modelo del Consilium pro Laicis que consolidó el papa san Pablo VI mediante el Motu proprio Apostolatus peragendi (10 diciembre 1976), después de una primera etapa provisional [1]. Posteriormente fue de nuevo reformado por san Juan Pablo II, quien le confío una especial atención a los necesarios contactos con las Conferencias episcopales y las Iglesias locales, las asociaciones y movimientos laicales, los jóvenes, la vocación y misión de la mujer, el compromiso de los laicos en el mundo y la participación de los laicos en la vida de las comunidades eclesiales [2].

2. El reciente sínodo ha planteado las cosas de forma que el tema de los jóvenes nos mete de lleno en las vocaciones. Por esto mismo, siguiendo cuanto desde años atrás venimos haciendo para animar la pastoral de jóvenes y las vocaciones, he querido detenerme en las cuestiones más importantes que plantea la publicación de la Congregación para el Clero de la nueva Ratio fundamentalis Institutionis sacerdotalis, que lleva por título El don de la vocación presbiteral y fue sancionada por el papa el 8 de diciembre de 2016 [3].

Las orientaciones de este documento pontifcio son de obligada aplicación a la formación de los candidatos al ministerio sacerdotal y ofrecen, al mismo tiempo, importantes observaciones y pautas de comportamiento sobre el estado y vida de los presbíteros, que han de encontrar la adaptación a la normativa de cada Conferencia episcopal. La nueva Ratio introduce una novedad singular al tratar sobre la formación permanente del clero en un documento pensado para orientar y regular la formación de los candidatos a la ordenación. De todo ello me ocupo en esta Carta pastoral que dirijo a vosotros los sacerdotes y también a los diáconos diocesanos. Los juicios de valor y las observaciones que estas reflexiones presentan corresponden al interés del Obispo por las vocaciones y el ministerio y la vida de los sacerdotes, pero no son novedad, si se tiene en cuenta que esta preocupación viene jalonando mi propio ministerio episcopal durante años.

3. Así, mi preocupación por la transmisión de la fe y la nueva evangelización, a las que he dedicado particular atención pastoral tiene su propio reflejo en las cartas pastorales y exhortaciones que he dedicado a la iniciación cristiana. Juntamente con esta preocupación pastoral nada me ha ocupado tanta dedicación como el ministerio sacerdotal y la formación de los candidatos a las sagradas órdenes. He puesto a la consideración del clero la importancia que tiene cuanto los sacerdotes puedan hacer en la búsqueda, selección y formación de los adolescentes y jóvenes en los que despunta la vocación al sacerdocio, con el deber pastoral de orientarlos al Seminario. Esta inclinación vocacional con frecuencia se manifiesta ya en los niños, y por ello me ha parecido siempre necesario afrontar en sus justos términos la cuestión del Seminario Menor; y así intenté poner claridad sobre asunto tan importante en la Carta pastoral a los sacerdotes y a todos los diocesanos Sobre la importancia del Seminario Menor en las vocaciones sacerdotales (19 de marzo de 2012).

4. Con relación al ejercicio del ministerio pastoral y a las condiciones en que debe llevarse a cabo, a comienzos del mismo año en que publiqué esa carta, había sometido a la consideración del presbiterio diocesano la Carta pastoral a los sacerdotes sobre algunas cuestiones relativas a la vida y el ministerio pastoral (13 enero 2012). Los temas de esta carta han sido objeto de meditación en los retiros que he dirigido al clero en distintas ocasiones; y prolongando la reflexión sobre el ministerio de perdón y sanación que Cristo confía a los presbíteros, algún tiempo después publiqué la Instrucción pastoral La atención pastoral a los enfermos (7 junio 2014). Esta carta quería reanimar una pastoral de la cual los sacerdotes no pueden hacer dejación y que viene encontrando no pocas dificultades para regularizar su ejercicio en hospitales y residencias asistidas de ancianos y enfermos; porque, aun contando con los colaboradores idóneos, laicos y religiosas, la pastoral de los enfermos es una acción que tiene cometidos propios del ministerio sacerdotal. Jesús quiso atender con generosidad y dedicación a los enfermos, y hacer de las curaciones que llevó a cabo un signo de vida eterna y sanación consumada del hombre por Dios. Los sacerdotes no pueden dejar de ocuparse de llevar la misericordia de Dios a quienes padecen con el Crucificado las llagas que hieren a la humanidad en la carne y el espíritu de los enfermos. La carta incluía una Normativa de ordenación de esta pastoral según los principios teológicos que no siempre se tienen en cuenta.

En ese mismo año, con motivo de la aparición del Directorio homilético (29 junio 2014), emanado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, dirigí la Carta pastoral a los sacerdotes y diáconos La predicación litúrgica (22 marzo 2015), secundando la preocupación de Francisco por la predicación, manifestada desde el comienzo de su pontificado, como lo deja ver en su primera exhortación apostólica [4].

I

BENDECIDOS EN CRISTO Y LLAMADOS POR ÉL
AL MINISTERIO DEL EVANGELIO

5. Con estos precedentes, que expresan la atención que el Obispo ha querido siempre dedicar al ejercicio del ministerio pastoral de los sacerdotes, realizando las visitas pastorales y disponiendo su mejor orientación en cada caso, digamos ahora que, a pesar de las dificultades del reto que tenemos por delante, quienes hemos sido llamados al ministerio del Evangelio, hemos de sabernos bendecidos por Dios en su designio eterno, y alabar y bendecir al que es autor de nuestra bienaventuranza. No podemos dejarnos invadir por un sentimiento de sobrecarga que sólo toleramos ni por un pesimismo que parece responder a la peor de las situaciones: el debilitamiento de la fe y el desánimo ante las dificultades de la acción evangelizadora. El autor de la carta a los Hebreos exhorta a los desanimados con palabras que fortalecen el espíritu amenazado por la debilidad: «Mantengámonos firmes en la fe que profesamos, porque fiel es quien hizo la promesa. Fijémonos los unos en los otros para estimularnos a la caridad y a las buenas obras; no faltemos a las asambleas, como suelen hacer algunos» (Hb 10,23-24). El Espíritu Santo que dirige la Iglesia de Dios alienta en nosotros un verdadero optimismo cristiano, pues sabemos que Dios es fundamento y roca sobre el que se levanta la vida de la Iglesia. Siendo conscientes de las dificultades de todo tiempo para el desarrollo y logro de la vida cristiana, y no sólo de las que son propias de este nuestro tiempo, somos conscientes, de que en todo momento hemos de bendecir y alabar a Dios dándole gracias, porque él «nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo» (Ef 1,3b). Bendecimos a aquel que, por su iniciativa, movido por su misericordia por nosotros en su designio de salvación, nos ha elegido en Jesucristo. El mismo Dios que a todos los humanos nos ha agraciado en su Hijo es quien ha dispuesto que nosotros seamos sin mérito alguno de nuestra parte ministros del Evangelio para la salvación de todos.

6. La acción de gracias de san Pablo nos ayuda a poner en consideración cómo este agraciamiento divino del que hemos sido objeto nos obliga a mirarnos en el espejo de Cristo, conscientes de la constante necesidad que tenemos de purifcación y confguración con aquel de quien Dios nos ha hecho servidores del Evangelio; porque nos ha llamado en Cristo al ejercicio del ministerio pastoral para la salvación de todos. En Cristo hemos sido bendecidos y esta bendición es el fruto del triunfo de Cristo sobre la iniquidad de los pecadores. Por eso el autor de Hebreos insiste en que hemos de proceder «fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios» (Hb 12,2); y añade: «Recordad al que soportó tal oposición de los pecadores y no os canséis ni perdáis el ánimo» (Hb 12,2-3).

7. A propósito de la universalidad de la bendición divina en Cristo, el gran exegeta Heinrich Schlier comenta que la expresión paulina «en Cristo» no tiene el mero sentido de una persona que representa a otra: nosotros representados en Cristo. Significa mucho más: «Nosotros, los creyentes y santos, nunca dejamos de estar en Cristo, según la voluntad y el saber de Dios. Por cuanto en él, lo hemos estado ya siempre. Estar en él es lo que precede a todo, es lo que es eternamente antes que todo, es lo primero que nosotros fuimos»5 . Esta elección desde la eternidad en Cristo se revela como tal en el bautismo, continúa el exegeta alemán, y haber sido elegido por Cristo se manifiesta en nuestro ser de «cristianos», hasta el punto de poder afirmar que somos aquello que hemos sido siempre en Dios que nos ha elegido en Cristo.

Por lo que se refiere a nuestra elección, hemos sido «llamados al ministerio del Evangelio», y esta llamada de Dios que nos concierne personalmente responde a la elección apostólica de que como ministros de la Palabra hemos sido objeto de la benevolencia de Dios, a pesar de ser pecadores, para llevar la salvación a los hombres nuestros hermanos. El apóstol Pablo ha sido elegido y Dios no sólo le concedió la gracia que le transformó en apóstol, sino que entra en el designio de Dios su elección precisamente «para que proclamara a los gentiles las riquezas de Cristo (…) En el evangelio se expresa la riqueza de Cristo y se distribuye. Y para dar expresión a esta riqueza, el apóstol ha sido absorbido en el movimiento de la gracia» [6]. Este es el cometido que se nos ha confiado y que transforma nuestro ser, al ser puestos al servicio del evangelio. No se trata sólo de informar acerca del misterio de Cristo, sino de esto otro, que es definitivo: Dios pone en juego la existencia misma del apóstol, para que por medio de él se revele a los que reciben el mensaje universal el agraciamiento del que hemos sido objeto, nuestra bendición eterna en Cristo. No se trata, por tanto, de una mera instrumentación del apóstol al servicio del descubrimiento de la gracia oculta en el misterio de Dios. La gracia que ha sido otorgada al ministro del evangelio es requerida para que la luz del evangelio brille, revelando el misterio de la economía de la salvación y de su plenitud en Cristo. Se trata de que por medio del servicio del evangelio, tal como es comprendido por san Pablo, «brille la luz sobre el misterio de Dios, que es su propio misterio, en su dispensación, y que hace que por medio del evangelio resplandezca la luz del misterio y, con ello, resplandezca el misterio en su luz» [7]. El misterio de Dios en su dispensación es revelación de su misericordia, y esta revelación de la caridad de Dios acontece por medio del ministerio apostólico, que encarna el servicio del evangelio y articula la vida de la Iglesia y su misión.

8. Este ministerio apostólico configura jerárquicamente a la Iglesia por voluntad de Cristo y así lo enseña el Vaticano II afirmando que es Jesús mismo quien, al elegir a los Apóstoles, con ellos «formó una especie de Colegio o grupo estable, y eligiendo entre ellos a Pedro lo puso al frente de él (cf. Jn 21,15-17)» [8]. El Concilio añade que la misión confiada a los Apóstoles es la de llevar el evangelio «hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28,20). La finalidad de esta acción misionera universal del ministerio apostólico hace que el fin de la Iglesia consista en el término de la evangelización, «siendo así que el Evangelio que tienen que transmitir es en todo tiempo el principio de toda la vida de la Iglesia» [9]. Porque quiso Cristo que la misión confiada a los Apóstoles durase a lo largo del tiempo, ellos confirieron la ordenación a los varones que habían de ser sus colaboradores y después prolongar en sus sucesores el ejercicio del ministerio apostólico, de suerte que «los obispos, por una sucesión que se remonta hasta el principio, son los transmisores de la semilla apostólica»10. Es así como el ministerio apostólico fue configurándose como servicio al evangelio instituido por Cristo y configurado históricamente en los comienzos de la Iglesia hasta dar lugar al triple ministerio ordenado de obispos, presbíteros y diáconos. De ellos, los obispos son los legítimos sucesores de los Apóstoles, si bien hacen partícipes del ministerio apostólico a los presbíteros y diáconos, que como colaboradores de los obispos han recibido con ellos el «ministerio de la comunidad» [11].

II

EL SÍNODO SOBRE LOS JÓVENES Y LAS VOCACIONES,
O EL RETO DE EDUCAR EN LA FE
Y DE UNA PASTORAL DE JUVENTUD EVANGELIZADORA

9. Esta es la realidad constitucional del ministerio en la Iglesia; ahora bien, como en nuestros días han sido grandes los cambios experimentados por la transformación que se ha producido en la sociología de la sociedad cristiana, la adaptación de la Iglesia a la realidad de la sociedad presente no deja de ofrecer grandes dificultades. Así, pues, es algo obligado plantear algunos interrogantes: ¿cómo podemos llevar adelante el ministerio apostólico en nuestros días? ¿Cómo hacerlo llegar a las jóvenes generaciones? ¿Cómo educar en la fe? ¿Cómo formar educadores de la fe? Con estos y otros interrogantes supuestos en ellos, entramos en algunas reflexiones que es necesario hacer.

En el último año, la Iglesia universal ha estado motivada por la XV Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, que ha tenido lugar del 3 al 28 de octubre de 2018; y ha reflexionado y debatido un tema de actualidad grande y de abierta y urgida proyección al futuro como es la cuestión de «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». La reflexión sobre el tema con miras al debate sinodal ha venido preparada durante un largo período de tres años que ha precedido a la asamblea sinodal de los obispos.

Entre otros hechos del proceso de preparación hay que mencionar el encuentro del papa con trescientos jóvenes el pasado 19 de marzo de 2018. Un encuentro estimulante para el Pontífice, como si de un «presínodo» real se tratara, el de estos jóvenes con el sucesor de Pedro, a los cuales decía: «Habéis sido invitados como representantes de los jóvenes del mundo, porque vuestra contribución es indispensable», recordándoles que Dios ha querido hablar en la historia de nuestra salvación también sirviéndose de algunos jóvenes como Samuel, David y Daniel. El encuentro fue promovido por la Secretaría del Sínodo y la Congregación para la Educación Católica, y tuvo lugar en el Pontificio Colegio Internacional «María Mater Ecclesiae» [12]. El papa remitía a los jóvenes a las respuestas que la Asamblea sinodal daría a sus preguntas, porque la Iglesia –les decía el papa– necesita de los jóvenes para realizar el impulso misionero que está llamada a dar en nuestro tiempo. También anticipaba parte de las respuestas esperadas, aunque las presentara a veces como preguntas. Entre otras cosas les dijo a los jóvenes que «el corazón de la Iglesia es joven precisamente porque el Evangelio es como una linfa vital que la regenera continuamente».

1. El reto ineludible de una pastoral evangelizadora de la juventud

10. La Iglesia necesita constantemente de vocaciones al ministerio pastoral, y esto exige un esfuerzo de gran alcance por nuestra parte: hemos de poner en marcha una pastoral juvenil acertada, explícitamente propositiva, ofreciendo aquello que tenemos, y que es el conocimiento de Cristo y el plan de Dios para el mundo. Esto no significa que hayamos de silenciar ni la verdad objetiva de lo que creemos y en quién creemos. Los cristianos en el Dios revelado en Cristo, al que confesamos con el Credo de los concilios de la Iglesia antigua de Nicea y Constantinopla como verdadero Hijo de Dios y hombre verdadero, enviado por el Padre para redimir el mundo. Confesión de fe acreditada por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos [13] mediante la acción del Espíritu Santo en el que cree, pues dice san Pablo que «nadie puede decir: “¡Jesús es el Señor!” sino movido por el Espíritu Santo» (1 Cor 12,3) [14]. Dios acredita a Jesús por medio del Espíritu, que actúa tanto sobre la humanidad del Señor al resucitarle de entre los muertos, como sobre aquel que cree en él, disponiéndole a la fe en Jesús conforme a su palabra para entrar en el discipulado de Jesús y forman parte de su Iglesia: «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado, no lo atrae; y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,44) [15].

No tenemos que silenciar las exigencias de la fe, la senda estrecha del seguimiento de Cristo, que a veces conduce al martirio, expresión suprema del testimonio por quien cree en Jesús. Creer en Jesús lleva consigo asumir las exigencias de la fe, que tiene una clara repercusión sobre la existencia del creyente, sobre su conducta privada y pública. La norma evangélica de vida que la predicación evangélica propone a quien quiere venir en pos de Jesús y seguirle como discípulo garantiza un criterio objetivo de moralidad. De aquí que no sea difícil comprender que entregar los jóvenes al relativismo moral de nuestro tiempo es tanto como renunciar a su educación en la fe, en definitiva, renunciar a su evangelización. Si hacemos esto, no habrá cristianos mañana, porque sólo si ellos llegan ser cristianos consecuentes con las exigencias de su fe, podrán transmitirla.

Es un grave error en la pedagogía de la fe evitar la senda de la salvación, porque pueda parecerle al joven onerosa o difícil de recorrer. Hay en la sagrada Escritura una gradación que muestra la reflexión sobre la senda que es preciso recorrer para salvarse, y que se corresponde con el discernimiento necesario para poder realizar la vocación a la que Dios llama y alcanzar la vida eterna. Es la constante apelación del papa Francisco al discernimiento como proceso de maduración de la vocación conjugando los tres verbos que requiere el proceso: reconocer, interpretar y elegir. Sólo así se puede responder existencialmente y realizando la propia vocación a la pregunta por ella, tal como se la plantea el Documento preparatorio del Sínodo: «¿Cómo vivir la buena noticia del Evangelio y responder a la llamada que el Señor dirige a todos aquellos a quienes sale al encuentro a través del matrimonio, del ministerio ordenado, de la vida consagrada?» [16]. Jeremías exhorta a pararse en los caminos y mirar, y a «preguntar por los senderos antiguos, cuál es el buen camino, y andad por él, y encontraréis sosiego para vuestras almas» (Jer 16,16). Son los senderos que históricamente recorrieron los padres del pueblo elegido, el camino de abnegación y sacrificio de los patriarcas que realizaron el recorrido en la obediencia de la fe discerniendo entre «la vida y el bien, la muerte y el mal» (cf. Dt 30,15). Transitar por el buen camino lleva a la salvación, seguir los senderos antiguos conduce a la meta deseada, al reposo del alma.

11. En la cultura liviana de nuestro tiempo, la llamada “cultura líquida” en vigor, se ha convertido en un elemento extraño la disciplina existencial que requiere la maduración de la existencia humana, el desarrollo que conduce de la juventud a la adultez. El resultado ha sido en gran parte la degradación en la que ha caído un amplio contingente de jóvenes, produciéndose el círculo vicioso que va del descarte en el que el sistema coloca a tantos jóvenes carentes de integración laboral, bloqueados afectivamente sin llegar a contraer matrimonio, a la marginación y de la marginación al mundo de las patologías juveniles.

Que los jóvenes no contraigan matrimonio no responde a una causa única: no es resultado del callejón sin salida en el que los sitúa el sistema de producción, que no genera el empleo necesario. Este es un elemento muy importante, pero no el único. No es menos importante la revolución sexual que comenzó en los años sesenta y ha cambiado la experiencia matrimonial como proyecto humano estable de vivencia y realización de la vida en el amor del cual no es separable la procreación y la familia. Se suma hoy a estos dos elementos de análisis uno no menos condicionante de la visión de la comprensión de la sexualidad como es la ideología de género, que propone y divulga con beligerancia una concepción de la sexualidad como realidad plural en sí misma, que se quiere imponer a toda la sociedad, intentando de acallar a los sectores sociales que no se someten mediante su descalificación orgánica, es decir, excluyendo a quienes discrepan del amparo de la ley y del nuevo ordenamiento jurídico que va produciendo un cambio progresivo del código civil y del penal.

2. La difícil evangelización de los jóvenes en un cambio de época

12. La experiencia de la juventud actual que cualquiera de nosotros hace cada día arroja evidencias que, por ser tales, no necesitan mucha argumentación. Los jóvenes que no crecen en un clima cristiano terminan alejados de la Iglesia y son jóvenes no evangelizados, no han oído el primer anuncio, no pueden haber recibido el mensaje. En la Iglesia tenemos que tomar buena nota de esta situación, con fáciles descalificaciones de la pastoral de juventud para explicar la situación presente. Son diversos y varios los factores que convergen en ella, pero la falta de una catequesis del despertar religioso del niño tiene causas objetivas tanto en la desestructuración familiar que padece la sociedad actual como en la incapacidad para educar en la fe de padres que no son cristianos practicantes, aunque estén bautizados; padres que incluso han dejado de bautizar a sus hijos, remitiéndolos a una supuesta neutralidad adulta. No es posible obviar los procesos históricos que explican el carácter confesional de las sociedades cristianas. Por eso, tampoco es posible sustituir con la nada sin consecuencias la herencia espiritual de la tradición social cristiana en la cual se hallaban enraizadas la familia y la misma sociedad y cultura de los países que históricamente recibieron temprano la predicación evangélica. Ponerse de espaldas al cambio sociológico y cultural ocurrido en los últimos cincuenta años en los países cristianos de Europa, es colocarse fuera de lo sucedido, como si la tradición social de fe hoy quebrada no hubiera tenido papel alguno sobre la configuración de la mente y la conciencia de las generaciones mayores.

13. Los desafíos mayores de la educación cristiana de la juventud vienen de los múltiples factores analizados y descritos tanto por las ciencias humanas como por el magisterio de la Iglesia en diversas perspectivas, pero todos ellos tienen esta crisis de fondo descrita por san Juan Pablo II en su Exhortación sobre la Iglesia en Europa como una crisis provocada por la descristianización de Europa, en la cual ya no se transmite la fe, motivo para la nueva evangelización. Benedicto XVI apelaba por esto a la necesaria educación de urgencia que reclaman las nuevas generaciones. Cuando la Iglesia habla de la necesidad de una nueva educación cristiana de la juventud la cuestión no se plantea a propósito de los elementos que pueden converger en la crítica situación de los jóvenes, aunque estos distintos factores han sido muy analizados y tenidos en cuenta por el papa Francisco, que en razón de la crisis social y cultural que Occidente está viviendo habla no de los cambios que trae consigo la crisis sino de un cambio de época que se manifiesta en los cambios experimentados por la sociedad, que ha de transitar por ellos hacia una nueva época. Desde el primer momento de su pontificado Francisco se expresaba de este modo pidiendo a la Universidad capacidad para el discernimiento del momento que vivimos:

«Cada crisis, también la actual, es un paso, un trabajo de parto que comporta fatiga, dificultad, sufrimiento, pero que lleva en sí el horizonte de la vida, de una renovación, lleva la fuerza de la esperanza. Y ésta no es una crisis de “cambio”: es una crisis de “cambio de época”. Es una época, la que cambia. No son cambios de época superficiales […] El discernimiento no es ciego, ni improvisado: se realiza sobre la base de criterios éticos y espirituales, implica interrogarse sobre lo que es bueno, la referencia a los valores propios de una visión del hombre y del mundo, una visión de la persona en todas sus dimensiones, sobre todo en la espiritual, trascendente; no se puede considerar jamás a la persona como “material humano”» [17].

El reto de la nueva evangelización está en hallar el cómo transmitir a las generaciones jóvenes la visión espiritual del hombre y del mundo que dimana de la revelación divina y se acredita en la historia de la salvación. Hacerlo además en medio de los profundos cambios sociales que dan paso a una nueva época que comienza mientras otra fenece, pero en la cual esa visión trascendente del ser humano y de su destino divino ha sido el supuesto fundamental de la vida en los países cristianos. En un análisis lúcido, el documento preparatorio del Sínodo afirmaba que, en razón de los cambios que acompañan la crisis social y cultural, sin el contexto de una visión cristiana del hombre y del mundo, la capacidad de elegir de los jóvenes se ve obstaculizada por estos cambios. Por este motivo Benedicto XVI hablaba de «emergencia educativa» [18], y a ella se remitía el documento preparatorio del Sínodo con la expresión «desafío educativo» [19].

3. Atención a la diversidad de factores que ofrece la fenomenología de los jóvenes

14. El documento previo al Sínodo mencionaba la dificultad de encontrar trabajo de los jóvenes y la crisis de la familia, y otros factores de importancia en el contexto social y cultural actuales como las desigualdades entre países, que ofrecen oportunidades de inclusión muy diferenciadas; factores que van asociados a los de carácter cultural y religioso que pueden contribuir a la exclusión, como lo que se refiere a la ideología de género, la discriminación de las minorías étnicas y religiosas, que pueden empujar a los jóvenes a la emigración.

Por lo que se refiere al fenómeno de la emigración con relación a los jóvenes, comentando la salida de sus países de tantos jóvenes africanos, el cardenal ghanés Peter K. A. Turkson, presidente del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, ponía énfasis en el empobrecimiento de estos países causado por la marcha a Europa de miles de jóvenes, añadiendo que muchos de ellos son los mejor preparados. Hablaba con gráfica expresión de «cerrar el grifo» para evitar que los jóvenes lleguen de esta manera a Europa. Según él, se hace necesario intervenir «en el origen», procurando cambios económicos y sociales que ayuden al desarrollo de los países africanos. Por ello añadía: «En mi opinión podemos cambiar las cosas para mantener a los jóvenes donde están» [20]. Esto no significa –precisaba el cardenal– que cesen las actividades de «buen samaritano» que Europa siempre debe llevar a cabo, sino plantear a fondo dónde está la solución del problema.

Afrontar las dimensiones reales del problema que plantea la evangelización de los jóvenes implica atender a un desarrollo humano completo de la persona humana a partir de su dignidad, como el mismo cardenal señalaba en su día: «la dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de un Dios trinitario, se configura en la coexistencia con los otros para buscar el bien común. Y esto es así a través de una red de relaciones; las relaciones con Dios, con nuestros vecinos y con toda la creación [21]. La forma en que construimos y vivimos estas relaciones ayuda o dificulta la realización humana» [22].

15. Hay factores culturales que arrastran a la exclusión a amplios sectores de jóvenes fascinados por el ideal libertario que cuestiona la totalidad del sistema social vigente en los países occidentales. Desde la utópica revuelta de los últimos años sesenta del pasado siglo XX, movimientos contraculturales han atraído a multitud de jóvenes a los que la ideología libertaria ha terminado por colocar contra el sistema. No es fácil el análisis de la pluralidad de situaciones que afectan a grupos diversos de jóvenes, pero no es posible ignorar a los que se han marginado de la sociedad en su voluntaria exclusión entre contracultural y «pasota». Esta autoexclusión comenzó a hacerse notar en toda Europa después de la revolución universitaria de los sesenta y setenta, siguiendo a manifestaciones americanas, entre las cuales hay que contar las comunas del movimiento hippie. El movimiento se declaraba anticapitalista y antibelicista, rasgos que asumieron los universitarios críticos con la sociedad neocapitalista. Millones de jóvenes se oponían de este modo al consumismo como motor de la economía y se manifestaban reactivos contra las experiencias vividas por la sociedad americana en la guerra de Corea primero, en los primeros años cincuenta; y después durante la larga y cruda guerra de Vietnam, un conflicto que se extendió a lo largo de dos décadas, de 1955 a 1975, y diezmó a las generaciones de jóvenes americanos.

Fueron hechos que marcaron a las generaciones de jóvenes de los años sesenta y setenta, hechos que quedan muy lejos y los jóvenes de hoy desconocen la génesis ideológica de los mismos y la historia del movimiento universitario a que dieron lugar en los colectivos juveniles de aquellos años. En aquellas décadas posbélicas el marxismo utópico y heterodoxo había ganado grandes contingentes de universitarios, y los autores de la filosofía social de la Escuela de Francfort inspiraban en las jóvenes generaciones una voluntad de cambio que se alejaba del llamado «socialismo real» de los regímenes comunistas. La revolución sexual de Wilhelm Reich, con la propagación de la promiscuidad que vino después, llevaría a los jóvenes a conjugar la liberación sexual con la crítica social de la tradición ética de Occidente, que alcanzaba de lleno a la familia y que corría pareja de la crítica social [23]. Fueron años difíciles que apartaron a muchos jóvenes de la Iglesia, para terminar apaciguados una vez instalados en la sociedad neocapitalista que ellos habían criticado, desencantados de una revolución ideológica que los condujo a dejar de practicar la fe cristiana y a acomodarse de adultos en un agnosticismo poco fundamentado y que difícilmente lograron abandonar.

16. Los jóvenes de hoy ya no responden a estas experiencias, pero muchos han sido captados por movimientos gregarios, para los cuales los elementos ideológicos que pueblan su mente son, más bien, pretexto de un estilo de vida sin proyecto personal y compromiso de integración social moralmente responsable [24]. Los hay que han sucumbido incluso a la violencia contracultural y antisistema que alimenta un revival del marxismo como ideología, que viene a mezclarse con elementos ideológicos libertarios y la atracción que ejercen el populismo y el nacionalismo como proyectos políticos. No era fácil prever que treinta años después de la caída del muro de Berlín, que dividía las áreas de influencia del mundo libre y los países comunistas, el marxismo volvería a atraer a sectores juveniles, si bien minoritarios por comparación con la inmensa mayoría de jóvenes sin compromiso político militante. No hay que ignorar este fenómeno que añade a las nuevas generaciones la tentación de una salida en falso ante la necesaria reforma de la sociedad, difícil de lograr por la presión cultural del relativismo moral que una visión nihilista ejerce sobre las personas.

17. En esta perspectiva merece la pena tomar nota de las propuestas que el Sínodo hace para avanzar en la evangelización de la juventud y que se recogen en el documento final, proponiendo la irrenunciable tarea de la educación de los jóvenes que hoy constituye un reto para los educadores y los pastores de la Iglesia. El documento final propone recuperar el verdadero sentido de la autoridad y el vínculo de la familia, recobrar el verdadero concepto de libertad como propuesta de responsable opción por el bien. Para aceptar el Evangelio de la libertad, que ofrece al hombre el perdón y la misericordia divina, es necesario no ocultarle al joven que la libertad humana está marcada por las heridas del pecado personal y de la concupiscencia, y que sólo pueden ser superadas por el bálsamo de la misericordia.

Teniendo en cuenta de qué modo la fragilidad de los jóvenes hoy les lleva fácilmente a no poder soportar el error y el fracaso, la propuesta del perdón y de la misericordia de Dios ayuda definitivamente a tomar conciencia de que los obstáculos que la vida nos ofrece nos ayudan a crecer hacia la madurez de una vida moralmente responsable. Por eso, concluye el Documento final del Sínodo: «En una perspectiva educativa, es importante ayudar a los jóvenes a no desalentarse frente a errores y fracasos, aunque sean humillantes, porque forman parte integrante del camino hacia la libertad más madura, consciente de la propia grandeza y debilidad» [25].

18. En la pastoral de juventud el reto del acompañamiento lleva consigo, dice Benedicto XVI, ayudarles a descubrir el significado de la existencia que dimana de la persona y mensaje de Jesús, de la luz del evangelio que ilumina la vida humana y nos da razón de por qué hemos de buscar el bien del otro, siendo como es la vida del hombre relacional y de ningún modo, como gusta decir reiteradamente el papa Francisco, auto-referencial. Una pastoral juvenil ha de tender a colocar a los jóvenes ante Dios Padre, que nos ha amado por nosotros mismos, para vivir en comunión con él como garantía de una convivencia en el amor con los demás; porque «hemos sido creados y salvados por amor, y sólo en el amor, que quiere y busca el bien del otro experimentamos verdaderamente el significado de la vida, y estamos contentos de vivirla, incluso en las fatigas, en las pruebas, en las desilusiones, incluso caminando contra corriente» [26]. Todos hemos puesto la esperanza en que, en efecto, los jóvenes nos ayuden a regenerar la Iglesia, porque somos conscientes de la verdad que encierra el axioma «Ecclesia semper reformanda»; y los jóvenes, si de verdad son cristianos, ayudarán a la renovación de la Iglesia en la misma medida en que sean consecuentes con la fe de la Iglesia que profesan; para ello han de dejarse moldear por la palabra de Jesús que les llama al seguimiento en cualquier estado en el que se encuentren. De fuera de la Iglesia nos pueden llegar preguntas y motivaciones para no cejar en el empeño de lograr un mayor compromiso con la misión de la Iglesia, sin ceder a lo que intereses ajenos a la Iglesia quieren de ella. La Iglesia sólo se debe a Cristo Jesús y la misión que le ha encomendado, está en el mundo para misionar, para anunciar el misterio pascual y dar a conocer a Cristo y la salvación que Dios nos ofrece por medio de él.

4. Vinculación de la pastoral misionera de jóvenes y las vocaciones al ministerio pastoral

18. Con relación a esta proyección misionera, hemos de anotar dos importantes observaciones: 1º. La referida a la conexión que ha de darse entre la catequesis de infancia y adolescencia, la pastoral juvenil y el cultivo de las vocaciones al ministerio pastoral. 2º. La referida al proceso de formación de los candidatos al sacerdocio como ministros ordenados para la misión evangelizadora y pastoral de la Iglesia.

Venimos insistiendo en la necesidad de que al anuncio del Evangelio siga una catequesis bien fundamentada, sistemática y objetivamente orientada a la explanación de la fe. Los presbíteros como sus colaboradores han de ser los responsables de preparar y desarrollar, o vigilar de cerca tanto el desarrollo de la catequesis de la iniciación cristiana como los diversos grados de catequesis de infancia y juventud, y de preparación de los contrayentes para el matrimonio sacramental, siguiendo las orientaciones de la Iglesia que el Obispo aplica a su propia Iglesia particular, con la colaboración de la Delegación Episcopal para la Catequesis. A esto se ha de añadir que todos cuantos colaboran con la acción catequética de la Iglesia han de prestar la debida atención a su mejor y necesaria estructuración de la catequesis, en conexión con la pastoral vocacional de la infancia y adolescencia.

Se trata de una asignatura siempre pendiente. Está claro y lo repito una vez más: tengamos muy presente que las vocaciones al sacerdocio se maduran desde la infancia y la adolescencia, sin dejar de tener muy en cuenta las vocaciones de jóvenes al comienzo de su etapa universitaria y las vocaciones que son fruto del apostolado juvenil de las parroquias y movimientos. Por esto mismo es muy importante ser conscientes de que la presencia de la llamada vocacional está unida a la pastoral de infancia y adolescencia, que ponen en marcha el párroco y sus colaboradores a partir de la catequesis sacramental de la iniciación cristiana y la formación de los diversos grupos parroquiales, en los cuales es de primer orden el papel del cura párroco en suscitar y descubrir y orientar las vocaciones al sacerdocio y también a la vida consagrada; y por tanto, también de las niñas y adolescentes.

20. Con el párroco tienen una particular colaboración en el despertar y acompañamiento de la vocación en los niños y adolescentes los padres y los educadores. En este sentido y por lo que se refiere a las vocaciones sacerdotales, se ha de tener en cuenta que la nueva Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis pide a los obispos que, como «primeros responsables de las vocaciones al sacerdocio favorezcan una eficaz colaboración entre sacerdotes, personas consagradas y laicos (principalmente los padres de familia y los educadores) y también con grupos, movimientos y asociaciones de fieles laicos, en el marco de un plan orgánico de pastoral de conjunto» [27]. Como la pastoral vocacional «tiene por finalidad reconocer y acompañar la respuesta a la llamada interior del Señor» [28], la Ratio considera el Seminario Menor como el medio apto para el desarrollo y maduración de las vocaciones al sacerdocio de los adolescentes, pero al mismo tiempo no deja de señalar que, en ausencia de éstos, teniendo en cuenta que la finalidad de la pastoral de las vocaciones va ligada a la pastoral con los jóvenes, allí donde no exista Seminario Menor institucionalizado será necesario servirse de aquellas estrategias pastorales que sirvan para orientar las vocaciones en tanto se insertan en la acción pastoral juvenil, contando con «los grupos vocacionales para adolescentes, las comunidades de acogida vocacional, los colegios católicos y otras organizaciones juveniles» [29].

III

LA NUEVA «RATIO FUNDAMENTALIS
INSTITUTIONIS SACERDOTALIS»
Y LA SITUACIÓN ACTUAL DEL CLERO

1. Las cifras de la estadística y la multiplicidad de tareas del clero

21. Por lo que refiere específicamente a la formación de los candidatos al ministerio sacerdotal, la acomodación de la nueva Ratio fundamentalis ha constituido el último tiempo un motivo de reflexión y trabajo de la Conferencia Episcopal Española, con el fin de elaborar la normativa aplicable a las diócesis de España, teniendo muy presente la importancia de un documento así y la situación del clero. Hemos de ser conscientes de que en estos últimos años se viene concretando en hechos eclesiales diversos una honda preocupación por la situación del clero, dada su disminución en términos absolutos en los países de tradición cristiana como el nuestro, sobre todo si se tiene en cuenta que en el pasado han tenido una gran proyección misionera y de amplia cooperación con las Iglesias de las naciones hermanas de Hispanoamérica, sin dejar de estar presentes en otras latitudes. Así, de los 19.663 sacerdotes que había en España en 1995, el año 2014 habían descendido a 17.589 y según la encuesta estadística de mayo del pasado año 2018 habían descendido hasta 16.333, habiéndose constatado un repunte del año 1995 al 2000 de algunos cientos más, coincidiendo con el pontificado de san Juan Pablo II. La estadística de las edades no deja de ser significativa. Según los datos facilitados por la Conferencia Episcopal Española, en el año 1995 los sacerdotes que tenían menos de 65 años eran el 67% y los que tenían más de 75 años era sólo el 10%. En 2014 los sacerdotes de menos de 65 años eran el 43% y los mayores de 75 años eran más de un tercio (34,1%). Cabe notar que el grupo de sacerdotes menores de 50 años se mantiene estable en torno a 5.000 con tendencia disminuir. El grupo de sacerdotes mayores de 50 años y hasta 65 pasan de 8.000 en 1995 a ser algo más de 3.000 en 2014. Los sacerdotes de más avanzada edad que se encuentran en la franja que va de la jubilación civil a los 65 años hasta los 75 años, edad de jubilación canónica, son en 2014 algo menos de los 4.000 que eran en 1995, pero a partir de 75 han aumentado notablemente, pasando de los 2.000 sacerdotes en 1995 a los casi 6.000 de 2014 [30].

22. Teniendo en cuenta la información facilitada por la Comisión Episcopal para el Clero a los obispos españoles en la Asamblea plenaria de otoño de 2018, cabe reseñar la generosa dedicación de los sacerdotes a las 22.997 comunidades parroquiales con sus anejos y filiales de pedanías, con una atención añadida a las capellanías, colegios y movimientos apostólicos, asociaciones de fieles y fundaciones diversas, más la atención a las instituciones diocesanas de enseñanza superior, las catedrales y las curias diocesanas. Los sacerdotes, en efecto, como observa la Comisión mencionada, merecen un amplio elogio y gratitud sin reservas por su dedicación a las comunidades cristianas, su compromiso con la enseñanza religiosa y la catequesis, la caridad y atención pastoral de los enfermos, los emigrantes y necesitados sin distinción de origen, credo o procedencia nacional. Como es obligado mencionar también la atención que los sacerdotes prestan a la custodia y mantenimiento del legado patrimonial de la Iglesia en España y un equilibrado cultivo y atención pastoral de la piedad popular. Los sacerdotes alientan en las comunidades parroquiales la oración continuada de intercesión por los vivos y los difuntos en la liturgia de las horas y la celebración del culto sacramental, particularmente del culto eucarístico. Pudiera parecer imposible una tarea como la que los sacerdotes hacen suya cada día, pero es justo reconocer que es así, y son acreedores de gratitud que no se debería escatimar. Su presencia en la sociedad constituye una instancia de criterio moral y de humanidad que ayuda a madurar moralmente a las personas.

23. Sin embargo, los sacerdotes se han encontrado ante una situación difícil de sobrellevar, ya que la atención y servicios que prestan al conjunto de la sociedad cristiana es una carga que sobrepasa en gran medida lo que razonablemente pueden hacer, dado el proceso de amplia descristianización que ha experimentado una sociedad como la nuestra en la que antes los servicios religiosos y los sociales de inspiración apostólica y caritativa eran prestados por un número muy superior de sacerdotes al actual; de suerte que siendo muchos menos, los sacerdotes tienen hoy que seguir ocupándose de todos los servicios religiosos, asistenciales y educativos que cubrían sus predecesores. Por otra parte, es preciso tener delante el elenco de hechos acontecidos en nuestros días que vienen a dar un carácter particular de riesgo a la vida sacerdotal, en sentido más espiritual que material, pero que muchas veces alcanza la salud de los sacerdotes, además de colocarlos como extraños ante sí mismos en una sociedad que es la suya y que, al mismo tiempo, por su alejamiento de la práctica de la fe, les resulta ciertamente incómoda.

Entre otros hechos que dan particular connotación a la vida sacerdotal hay algunos socialmente más relevantes que suscitan preocupación como es, en primer lugar, el caso que estamos refriendo de la grave disminución del número de sacerdotes y la sobrecarga de los sacerdotes encargados de la cura pastoral de los fieles, con la consiguiente implicación de religiosas y seglares en la acción pastoral de la Iglesia, que se ven ejerciendo funciones pastorales no con miras específicamente apostólicas, sino de suplencia pastoral ante la escasez de sacerdotes, un problema que requiere particular análisis. Se trata de funciones que en algunos casos son expresión de la participación ordinaria del laicado en la vida orgánica de la Iglesia, desempeñando ministerios que de suyo pueden y deben ser en gran medida ministerios laicales.

24. En este sentido cabría hacerse algunas preguntas: ¿Con relación a qué hay menos sacerdotes? ¿Son suficientes los que hay? ¿Cuál es la prospección de los que ha de haber en un futuro de dos décadas que ya ha comenzado? Probablemente hay servicios religiosos que indudablemente pueden ser desempeñados por personas laicas con vocación y competencia, conforme a derecho y norma de la Iglesia [31]; como hay sin duda servicios que siguen teniendo un superávit no deseable, como es el caso de la multiplicación de misas, que deberían estar mejor distribuidas tanto en número como en lugares. Sucede esto al mismo tiempo que faltan catequistas competentes, profesores de Religión, lectores bien formados y gestores de la administración parroquial que no desplacen las funciones específicas de los sacerdotes en estos campos, sino que sean colaboradores del ministerio pastoral, como veremos. No es que no haya catequistas, por ejemplo, sino que se requiere una bien planteada selección y formación de los mismos. Se ha hecho mucho, pero todavía insuficiente, se puede hacer mucho más, sobre todo si se tiene en cuenta el número de laicos dispuestos a desempeñar algunas tareas en la vida de la Iglesia.

2. Factores añadidos que condicionan hoy la vida sacerdotal

25. Después, se vienen produciendo otros hechos que afectan a la vivencia que los sacerdotes tienen de su propio ejercicio sacerdotal. La fragilidad del nuevo clero joven, sobrepasado por el estado de cosas en la sociedad y en la Iglesia, les afecta de manera que se hace notar y genera no poca preocupación en los obispos. Los jóvenes sacerdotes son partícipes de la mentalidad de los jóvenes de nuestro tiempo, han crecido en una sociedad sin las carencias del pasado y los sacrificios y unidad de las familias de ayer, pero al mismo tiempo conocedores de los sobresaltos de la desestructuración que padecen las familias de hoy, a veces han vivido y padecido ellos mismos situaciones de dificultad familiar que ha condiciona su maduración afectiva, afectando al desarrollo de las relaciones interpersonales. Esto se percibe aún más en los seminaristas con los que contamos, situación que exige formación apropiada y competencia en el ejercicio de los formadores de los seminarios, a lo cual presta una ajustada y bien planteada atención la nueva Ratio, como observaremos más adelante.

26. No podemos menos de referirnos al hecho de que la progresiva secularización de la vida cristiana ha afectado profundamente a la vida espiritual y al ministerio pastoral del clero, desarmando en gran medida a los sacerdotes de medios de vida interior y perfección cristiana. Este proceso de secularización ha ido parejo de una amplia aceptación en ámbitos eclesiales de una teología de las religiones, que hubo de ser críticamente cuestionada por la autoridad doctrinal de la Iglesia y san Juan Pablo II neutralizó con la encíclica Redemptoris missio (7 diciembre 1990), con la que quiso reafirmar la universalidad y validez para todos los tiempos del mandato de Cristo de evangelizar: «Id, pues, y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20).

Esta relativización de la universalidad de la salvación en Cristo, y la mediación de la Iglesia, prendía en muchos sacerdotes en un clima de secularización de la sociedad. Se veían afectados por la globalización de la comunicación y la experiencia de simultaneidad de la humanidad en forma tal que llegó a afectar a la convicción fundamental de la vocación sacerdotal: que es necesaria para la salvación la conversión a Cristo. El debilitamiento de tan fundamental convicción religiosa ha contribuyo a transformar los postulados de la misión cristiana en principios de solidaridad humanitaria y, no ya el respeto por la pluralidad de credos religiosos, sino su aceptación como vías de salvación que es preciso no perturbar con la predicación evangélica. La acomodación al pluralismo religioso como visión nueva de una sociedad multicultural termina, como sabemos por experiencia, orientando la conciencia religiosa cristiana a la connivencia con un statu quo que parecía deseable no modificar mediante la evangelización. Europa, de manera particular entre los países cristianos, se ha visto conducida por esta mentalidad que el papa Juan Pablo II veía derivarse de la «prevalencia de una antropología sin Dios y sin Cristo» que, además de conducir al «libre desarrollo del nihilismo, en la filosofía; del relativismo en la gnoseología y en la moral; y del pragmatismo y hasta el hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria» [32], decía el papa haciendo suyo el análisis de la Relación previa al debate sinodal sobre Europa, después de atribuir a la indolencia de la instalación en una visión agnóstica de la realidad. Esta instalación en un cierto agnosticismo práctico, que debilita la fe y arruina la conciencia religiosa, genera a su vez una indefinida angustia existencial, que se manifiesta en una tendencia a la depresión, cuando la confusión e inseguridad en la percepción del sentido amenaza la razón de ser de la fe que sustenta la vocación. Con toda razón, el santo papa decía que era preciso ver, entre las manifestaciones de este estado de ánimo de angustia existencial, «el dramático descenso de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, la resistencia, cuando no el rechazo, a tomar decisiones definitivas de vida incluso en el matrimonio» [33].

27. Este estado de cosas y la nueva experiencia de impotencia ante la dificultad que experimentan muchos sacerdotes de llegar a todas las comunidades cristianas que se les han encomendado, por falta de un número mayor de ministros del Evangelio, ha contribuido a relativizar del mismo modo la cura de almas. Se trata de un fenómeno complejo que, de una parte, inclina al activismo del sacerdote, que intenta cumplir con los fieles multiplicando su actividad hasta experimentar la enajenación en parte de la propia vida; y de otra, ante la impotencia de abarcar el área extensa de la cura pastoral, se acude a la suplencia del sacerdote por fieles laicos y sucede lo que no se desea: la pérdida de conciencia de que la suplencia de las acciones sacerdotales propiamente tales son imposibles. De lo cual resulta la relativización no teórica, sino práctica de la mediación sacramental de la Iglesia para la salvación. La encíclica de san Juan Pablo II «sobre la permanente validez del mandato misionero» venía a ofrecer con fuerza de convicción la argumentación fundamental de la Declaración de la unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia «Dominus Iesus» (6 agosto 2000), de la Congregación de la Fe, que recordaba el alcance universal de la mediación salvífica de Cristo y su prolongación sacramental en la Iglesia.

28. No en último lugar, por supuesto, en la actualidad y en estos últimos años ha venido a sumarse a la crisis eclesial el grave escándalo de los abusos de menores, que pesa sobre la Iglesia, ya que es un problema que repercute sobre toda la comunidad eclesial, aunque afecten de manera particular a algunos miembros del clero. A generar el gran escándalo no exento de hipocresía, al pretender algunos medios de comunicación y grupos sociales descalificar a la Iglesia ante la sociedad sirviéndose de estos delitos nefandos. Medios y sectores sociales han contribuido a que la opinión pública aísle estos incalificables abusos de menores realizados por personas de Iglesia del conjunto de estos delitos tal como, por desgracia, se dan en la sociedad. No podemos entrar, obviamente, en un análisis complejo y justo, y nos limitaremos a hacer algunas observaciones más adelante.

3. La reacción orientadora del magisterio de la Iglesia

29. Estos y otros factores que sería preciso analizar con la debida detención han contribuido a que los últimos papas hayan intentado paliar el estado del clero, en lo que tiene de deficiente y alejado del verdadero espíritu sacerdotal, mostrando la contradicción de conductas indebidas que llegan a ser delito con el ministerio de santificación que se ha confiado a los pastores. La decidida acción de orientación teológica y disciplinar emprendida por el papa san Juan Pablo II tiene una significativa expresión en las cartas que fue dirigiendo a los sacerdotes cada Jueves Santo. De manera particular, quiso el santo pontífice reorientar la desviación hacia un estilo de vida de moldes seculares y acomodación al mundo («mundanización»), buscando la regeneración a partir de la formación integral de los candidatos al ministerio, que concretó en la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), lo que supuso un notable repunte de las vocaciones sacerdotales.

Más aún, son muchos los analistas que consideran que la aplicación de esta Exhortación a los seminarios de España mejoró notablemente el estado no sólo del nuevo clero, sino del clero en general, al tener las generaciones que vivieron el desconcierto del postconcilio una referencia clara de contraste con sus opciones secularizadoras. El clero diocesano habría experimentado una significativa mejora por oposición a la prolongación de la crisis postconciliar y el alejamiento del magisterio del clero regular, al que afecta en proporción muy superior la crisis de las vocaciones.

Benedicto XVI, después de haber estado al frente de la Congregación para la Fe, accedió al Pontificado Romano con un amplio conocimiento del estado del clero en la Iglesia Católica, y tuvo el coraje de afrontar las situaciones de grave mundanización, la irrupción de una moral relativista en el clero y la «descatalogación» de pecado de las prácticas homosexuales de algunos sectores, ya por preocupación por el lobby gay en la sociedad actual ya por la contaminación de cierto clero.

30. Fue este conocimiento del estado de cosas en el clero lo que llevó al papa Benedicto XVI a promulgar el Año Sacerdotal de 2009/2010 con motivo del 150 aniversario del dies natalis del santo Cura de Ars; y considerando que la crisis sacerdotal tiene su contexto propio en la crisis de fe de todo el pueblo cristiano, promulgó el papa Ratzinger un nuevo año de especial contenido espiritual: el Año de la Fe de 2012/2013. Al hacerlo así Benedicto XVI prestaba una particular atención a la «espiritualidad sacerdotal» como garantía de un ejercicio fecundo del ministerio. Por eso, al proponer el ideal de santidad del santo Cura de Ars decía que, si bien no se puede hacer depender la eficacia sustancial del ministerio de la santidad del ministro, «tampoco se puede dejar de lado la extraordinaria fecundidad que se deriva de la confluencia de la santidad objetiva del ministerio con la subjetiva del ministro» [34].

La renovación de la vida y ministerio de los presbíteros ha tenido una particular revitalización de la devoción al sagrado Corazón de Jesús, cuya solemnidad viene siendo considerada como jornada de oración por la santificación de los sacerdotes. El Cura de Ars repetía que «el sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús» y Benedicto XVI comentaba: «Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma» [35].

31. Tanto san Juan Pablo II como Benedicto XVI han insistido sobre la importancia de la formación permanente del clero y el cultivo de la espiritualidad sacerdotal en la regeneración de la vida pastoral. Ambas referencias son fundamentales para una acción pastoral acorde con la naturaleza del ministerio sacerdotal; sobre todo, para el mantenimiento del sacerdote en su propia identidad como sujeto del ministerio que se le confía, en cuyo desarrollo la formación permanente garantiza una más adecuada preparación para la predicación. Sin la necesaria preparación el ministerio litúrgico de la Palabra corre el riesgo de derivar en alocuciones llenas de lugares comunes, opiniones sin fidelidad no sólo a la estructura de la homilía, sino a la misma Palabra de Dios, desaprovechando la privilegiada ocasión para el anuncio y su permanente propuesta. El papa Francisco es contundente en desaprobar la falta de preparación de la predicación: «Un predicador que no se prepara no es “espiritual”; es deshonesto e irresponsable con los dones que ha recibido» [36].

32. La Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramento puso en circulación el Directorio homilético (29 junio 2014), secundando el magisterio de Benedicto XVI en las exhortaciones apostólicas postsinodales Sacramentum caritatis [37] y Verbum Domini [38], y el tratamiento de la homilía por Francisco en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium [39]. La homilía o predicación litúrgica es competencia exclusiva de los ministros ordenados y, en consecuencia, tarea que no puede obviar el sacerdote. Tiene que dedicarle tiempo y preparar la predicación con esmero y sentido de la oportunidad pastoral en cada caso, sin desconsiderar el alcance evangelizador de la predicación en cualquiera de sus circunstancias. El nuevo Directorio para la vida y ministerio de los presbíteros ha dedicado amplia atención a estos dos temas. De la formación permanente, a la que dedica el capítulo tercero, volveremos a continuación. Por lo que se refiere a la predicación, merece la pena detenernos en las observaciones que hace a propósito de la homilía:

«El presbítero sentirá el deber de preparar, tanto remota como próximamente, la homilía litúrgica con gran atención a sus contenidos, haciendo referencia a los textos litúrgicos, sobre todo al Evangelio; atento al equilibrio entre la parte expositiva y práctica, así como a la pedagogía y a la técnica de la buena dicción por respeto a la dignidad del acto y de los destinatarios. En particular, “se han de evitar homilías genéricas y abstractas que oculten la sencillez de la Palabra de Dios, así como inútiles divagaciones que corren el riesgo de atraer la atención más sobre el predicador que sobre el corazón del mensaje evangélico. Debe quedar claro a los fieles que lo que interesa al predicador es mostrar a Cristo, que tiene que ser el centro de toda homilía”» [40].

33. A propósito de la referencia que se hace en este texto, recogiendo una cita de la Exhortación Verbum Domini, sobre las homilías abstractas y genéricas, con inútiles divagaciones, y sobre todo las homilías que no reiteran más que lugares comunes y tópicos, que descubren la falta de preparación del ministro, cabe sugerir que es necesario disponer de buenos guiones homiléticos. Hay comentarios a los textos de los tres ciclos litúrgicos, que son hoy como siempre muy numerosos, que el ministro de la Palabra debe utilizar, informándose además sobre lo que conviene tener presente con relación a la dicción y el orden lógico del discurso de cualquiera que pretenda hablar en público [41]. Secundando las orientaciones de Benedicto XVI y del papa Francisco, con motivo de la publicación del Directorio homilético, he dedicado por mi parte una carta pastoral a la predicación litúrgica [42]. De todo ello conviene tomar buena nota y pararse en cómo afrontar la incorporación del laicado a la colaboración con los sacerdotes, que no pueden ser sustituidos en aquello que requiere la ordenación de los ministros sagrados, a lo cual dedicaron ocho dicasterios romanos la Instrucción pastoral Ecclesiae de mysterio (1998). He venido observando la poca atención que se presta a las orientaciones de esta Instrucción y la obligación que tienen todos los ministros de la Palabra de guardar las normas que la acompañan, ya que de la correcta comprensión y aplicación a la vida y ministerio de los presbíteros y al compromiso espiritual de sus colaboradores depende la salud de una diócesis. Si se observa la normativa de la Instrucción, la conjunción de acciones de los ministros ordenados y de sus colaboradores regida por la mente de la Iglesia garantizará tanto el proceder pastoral de los sacerdotes, que no pueden hacer dejación de su deber ministerial, como de sus colaboradores, teniendo siempre presente, unos y otros, la naturaleza sacramental de las acciones sacerdotales propias de los ministros ordenados y la actuación de sus colaboradores.

IV

ORIENTACIONES DE LA NUEVA «RATIO»
SOBRE LA FORMACIÓN DE LOS CANDIDATOS
A LA ORDENACIÓN SACERDOTAL

34. Los sacerdotes no pueden ser ajenos a la formación de los candidatos al ministerio sacerdotal. Ellos son los primeros interesados en las vocaciones sacerdotales y han de poner el mayor empeño en su logro con dedicación a la pastoral de la infancia y de la adolescencia y juventud con verdadero celo. Por esto mismo no puede serles ajena la lectura detenida y bien reflexionada de la nueva Ratio fundamentalis, porque ellos mismos están llamados a ser protagonistas de esta formación, sobre todo cuando el Obispo les confía el acompañamiento particular de algunos seminaristas y la introducción de los diáconos en el ejercicio del ministerio pastoral.

Como queda dicho, la nueva Ratio lleva por título «El don de la vocación presbiteral», y su finalidad es la de orientarnos en la tarea de formar presbíteros, de ahí la necesidad de hacer un buen uso de la misma, igual que nos hemos servido de la Ratio hasta ahora vigente. Esta nueva Ratio se propone ofrecer las orientaciones que demanda la nueva situación de la Iglesia, teniendo en cuenta la experiencia del uso que hemos hecho de la Ratio que cesa hasta el presente. Las nuevas orientaciones quieren prestar atención a los cambios que se ha producido desde los años ochenta y noventa del pasado siglo en la sociedad y en la Iglesia. Si podemos decirlo así, prestan atención a la nueva sociología del clero, habida cuenta de su situación en el nuevo contexto social y cultural.

1. Propuesta de un curso propedéutico de discernimiento y preparación

35. No es que sea una Ratio muy distinta, aunque contiene, como es lógico, algunas novedades significativas. Así, considera conveniente que a los jóvenes que vienen de las parroquias y grupos apostólicos, o bien del mundo laboral, universitario o profesional, tengan un curso propedéutico de preparación. Llega incluso a proponer este curso como norma general para todos los jóvenes que aspiren a ser candidatos a las sagradas Órdenes [43]. Sin embargo, teniendo en cuenta la larga duración del curriculum que han de recorrer los seminaristas del Seminario Menor que pasan al Seminario Mayor, algunos obispos consideran que los seminaristas que pasan al Seminario Mayor procedentes del Seminario Menor, una vez terminada la etapa de educación secundaria básica, podrían pasar directamente como hasta ahora al Seminario Mayor sin este propedéutico, sobre todo teniendo presente que las materias introductorias con las que se quiere componer el curso propedéutico forman parte del primer curso de Estudios Eclesiásticos. En algunos casos, según el estado de madurez de cada uno de los seminaristas, se podría combinar el último curso de bachillerato con una preparación más introductoria o propedéutica, incluso acogiéndolos en la comunidad del Seminario Mayor. Con todo, no se ha determinado nada al respecto en la elaboración en proceso de la adaptación de la norma general a las diócesis españolas. El propedéutico ha tenido ya vigencia en determinadas épocas entre nosotros y no ha tenido una consideración que le hiciera merecedor de hacer de él un criterio obligatorio sin excepción alguna, incluso se llegó a desechar de los seminarios que lo habían implantado.

2. Claves de interpretación de las etapas de formación durante los ciclos de estudios

36. En el nuevo documento normativo se hace una descripción de las distintas vocaciones por su origen y contexto, antes de fundamentar la formación de los candidatos al sacerdocio. Sí es también novedad la conexión que se establece entre esta formación en la etapa de estudios de Filosofía y Teología en el Seminario y la formación permanente de los sacerdotes. Por lo que se refiere a los dos ciclos de Filosofía y Teología de que consta el curriculum de los estudios eclesiásticos reglados, la Ratio ofrece dos claves de interpretación que marcan la orientación que han de tener cada uno de estos ciclos, y a la cual han de atenerse los formadores. Así, durante los estudios filosóficos la clave de éxito de esta etapa curricular está en la apropiación por parte del seminarista del discipulado y seguimiento de Cristo, objetivo de la etapa discipular44; mientras durante los estudios teológicos la clave de desarrollo de los mismos, en estrecha conexión con la formación que se pide de los formadores de los seminaristas, es la configuración con Cristo, objetivo de la etapa configuradora [45]; y en los dos últimos años se habla de etapa pastoral [46], en la cual se persigue el logro razonable de la síntesis vocacional.

37. Es importante notar que, contra un pronóstico de inclinación a una inmersión pastoral de los seminaristas mayores que diluya la prioridad de la formación dentro de la comunidad del seminario, al contemplar la iniciación pastoral de los seminaristas de la última etapa, la Ratio se refiere fundamentalmente a los que han sido ordenados diáconos y han terminado la formación en el Seminario; es decir, una vez acabados los estudios académicos se alcanza la etapa «entre el fin de la estancia en el seminario y la ordenación presbiteral, pasando obviamente a través de la recepción del diaconado» [47]. Se distingue, por tanto, esta iniciación pastoral, que el documento orienta más pormenorizadamente, de la experiencia que los seminaristas mayores han de adquirir en algunos compromisos pastorales que forman parte de su formación. En este último caso hay que tener presente que sujetos de la acción son los seminaristas de la etapa configuradora o teológica propiamente dicha. Estos compromisos pastorales no pueden en manera alguna desplazar la formación comunitaria del Seminario ni los actos de comunidad en cuanto tales.

3. La celebración de la liturgia nutre la espiritualidad y prepara al ministerio de la santificación de los pastores

38. Entre los principios generales de la Constitución Sacrosanctum Concilium establece que, en los seminarios y casas de religiosos, los clérigos deben adquirir una formación litúrgica de la vida espiritual con una dirección adecuada, mediante la cual puedan comprender los ritos sagrados y participar en ellos con toda el alma, no sólo con la celebración de los sagrados misterios, sino también con otras prácticas de piedad penetradas del espíritu de la sagrada liturgia» [48]. Es claro que sin las celebraciones comunitarias del Seminario no será posible esta experiencia que a un tiempo es conocimiento del misterio de Cristo y aprendizaje para transmitirlo a los fieles cuando sean presbíteros. La celebración litúrgica, por ser en sí misma mistagógica, es práctica litúrgica en el sentido pleno. Así lo decía el Plan de formación o Ratio vigente hasta ahora, afirmando que la comunidad del Seminario es «el ámbito en el que los seminaristas aprenden, ejercitan y progresan en su vida de fe y van madurando la vocación al ministerio presbiteral», para añadir: «La vida litúrgica es el lugar privilegiado en el que crece y se desarrolla la vida espiritual, ya que constituye “una inserción vital en el misterio pascual de Jesucristo muerto y resucitado, presente y operante en los sacramentos de la Iglesia”. Cuando la vida litúrgica está cuidada con esmero, proporciona un medio de preparación práctica para el ministerio del culto y de la santificación; pero, ante todo, ofrece la experiencia de comunión con Dios, que es fundamento de toda la vida espiritual» [49].

39. Parece oportuno tener presente que el abandono por completo del seminario durante largos fines de semana por todos los seminaristas arroja un déficit de formación-experiencial de la que habrá de nutrirse para después ser pedagogo y mistagogo de la fe como presbítero y presidente de la asamblea. Así lo propone expresamente el Vaticano II en el Decreto sobre el ministerio de los presbíteros como ministros de los sacramentos y de la Eucaristía, que «en espíritu de Cristo Pastor» han de enseñar a los fieles a ofrecer su propia vida a Dios Padre en el sacrificio de la Misa juntamente con la Víctima divina. Agrega el Concilio que los pastores han de enseñar a los fieles a participar en las celebraciones litúrgicas y a acompañarlos en la práctica de la oración, exhortándoles a cantar en sus corazones himnos y cánticos espirituales, y alabanzas y acción de gracias que los presbíteros prolongan en el Oficio divino [50].

La formación litúrgica va unida a la convivencia de la comunidad del Seminario que se transforma en asamblea litúrgica y nutre la vida espiritual. Si falta esta experiencia celebrativa mayor en los domingos, a la que da paso el ritmo de los estudios sostenido durante la semana, falta algo sustantivo en la formación que debe proporcionar el seminario. La formación en la liturgia de la Iglesia, con el desarrollo necesario de la formación musical y estética, propiamente sacramental, que se expresa con sencilla belleza en la solemne misa de comunidad dominical y en el canto de Vísperas al caer la tarde del domingo, ha sido y debe seguir siendo un referente en la formación histórica del seminario, salvo que el empobrecimiento de una comunidad de formación para el ministerio requiera un planteamiento que el Obispo debe atender y que la Ratio considera.

La acción pastoralista que ha guiado tantas veces la huida de fin de semana de los seminaristas a las parroquias no ha producido la «formación pastoral» deseada, porque ha faltado el aprendizaje del ministerio sacerdotal evaporado en el activismo pastoral, y ha terminado difuminando el ministerio sacerdotal de la alabanza, la intercesión y la santificación tal como el aprendizaje litúrgico lo hace posible. Nos encontramos así con jóvenes sacerdotes que no saben realmente celebrar ni actuar como ministros de la santificación, incapaces de la acción sacramental ejercida con sentido como liturgos de la comunidad.

40. Por cuanto acabo de decir, entiendo que hubiera sido deseable mayor atención a la liturgia en el tratamiento de la espiritualidad en la nueva Ratio, quizá está más supuesta que incluso sugerida en las pocas referencias que se hacen a ella en la descripción de las etapas discipular y de configuración sacerdotal. La espiritualidad se trata con alguna amplitud al exponer en el capítulo V las «dimensiones de la formación», pero parece insuficiente, si se tiene en cuenta tanto la progresiva introducción mistagógica de los seminaristas en la experiencia de la acción litúrgica como educación de la fe, como «en razón de lo que vivirán después de la ordenación presbiteral» [51]. Es decir, tanto por lo que se refiere a la formación personal y comunitaria en la fe de los candidatos a la ordenación, como en razón de quien escucha la palabra de Dios y vivencia la gracia de los sacramentos, particularmente en la Eucaristía, como el carácter de aprendizaje que tiene la celebración litúrgica para quien está llamado a ser pregonero del anuncio evangélico y catequista, mistagogo y presidente de la acción litúrgica de toda la comunidad celebrante; de manera que, introduciendo a los fieles en los sacramentos de la fe, «les enseñen a participar en las celebraciones de la sagrada liturgia, de manera que lleguen a ser también en ellos oración sincera» [52].

Es cierto que se pueden correr riesgos reales de desviación y convertir la liturgia en un mero código gestual, si se pone el énfasis en el aparato ceremonial externo, pero no basta advertir del peligro y soslayar el «aprendizaje» de la liturgia como topos específico de la acción santificadora del sacerdote. Se ha querido liberar la acción litúrgica de una comprensión pagana de lo sagrado, con toda razón, pero se ha corrido el riesgo y se ha caído en él de convertir al sacerdote en funcionario o administrador de una función secular. Por esto conviene tener presente, como dice el P. André Manaranche, que «al denunciar un sentido estrecho de lo sagrado, de lo ritual y de lo relativo al ceremonial, para volver a dar al ministerio ordenado toda su amplitud apostólica, no estamos huyendo del altar: a él volvemos y de él volvemos a partir, pues la Eucaristía es “fuente y cima de nuestra vida”, como dice el Vaticano II. La Eucaristía, corazón de la evangelización y de la pastoral: no se trata de un ballet que se reduzca al formalismo de la buena ejecución» [53].

41. La Eucaristía es acción sagrada en el sentido que el cristianismo ha dado al vocablo, ya que el protagonismo real del sacrificio eucarístico es del Espíritu que consagra el pan y el vino transformando realidades de la creación en el cuerpo y la sangre redentora del Señor. El obispo es para san Cipriano el sacerdos que la confecciona sacramentalmente y «consagra» la Eucaristía. A su vez el sacerdote es asimismo consagrado por medio de su ordenación sacerdotal, que alcanza expresión singular en la ordenación episcopal. La incorporación cristiana de este lenguaje, recuerda Manaranche, está plenamente justificada en razón del dinamismo sobrenatural de los sacramentos, que es obra del Espíritu Santo; por esta razón, continúa el teólogo jesuita indicando que, en Pastores dabo vobis n. 16, «Juan Pablo II emplea por igual las tres palabras “consagración”, “unción”, “misión”. Si no fuera una consagración de su persona, la misión del sacerdote no sería más que un mandato jurídico, como el que daba antiguamente para ciertos movimientos apostólicos». Razón por la cual concluye a continuación el autor, muy crítico de la desacralización que trajo a la Iglesia el secularismo: «Cuando se quiere evitar a todo precio el vocabulario sagrado, se vuelve a caer siempre en la esfera administrativa, con sus legaciones, sus embajadas, sus órdenes de misión, sus hojas de ruta: no es esto lo que quiere decir san Pablo cuando emplea tales expresiones (2 Cor 5,20). Precisemos entonces que el sacerdote está consagrado y no sólo provisto de un mandato» [54].

42. Corresponde a la etapa de configuración este acercamiento progresivo a la comunión del candidato a la ordenación con Cristo el Ungido por el Padre, que por el Espíritu ha suscitado la vocación al ministerio ordenado en el candidato. Un proceso que llevará al aspirante a la ordenación a adquirir la verdadera forma Christi, cuya realidad eficiente se alcanza en el sacramento del Orden. Por medio de la imposición de manos y la plegaria de ordenación, Cristo asocia a su consagración al que es ordenado, haciéndole partícipe de su unción en aquella cualidad propia que corresponde a la Cabeza, misión a la que el ordenado está llamado, para hacer las veces de Cristo y proseguir su misión. En este proceso, la escucha de la Palabra, la mistagogía de la liturgia y la alabanza divina cumplen una función educativa específica en el Seminario sacerdotal, en cualquiera de sus formas y variantes justificadas por la circunstancia de geografía y cultura, de organización por defecto de sociología (como en el caso de la insuficiencia de candidatos) y, en consecuencia, no se puede obviar.

Cuando la vida de comunidad se hace más plena, aunque falte el conjunto de todos los elementos deseables, el valor del patrimonio histórico artístico de la Iglesia ayudará al elegido por Cristo a desarrollar la sensibilidad evangelizadora, ayudándose del impacto estético que las representaciones plásticas de la fe estimulan; y proporcionando a los candidatos al ministerio el ambiente propicio y tan necesario para la acción litúrgica, de modo que pueda «hacer crecer una conveniente sensibilidad estética; con mucha más razón, allí donde se vive en ambientes cargados de historia y de arte» [55].

4. Las dimensiones de la formación de los candidatos al ministerio sacerdotal y la educación de la sexualidad

43. Digamos aquí de modo general, sin entrar en mayores análisis de la Ratio fundamentalis, algo sobre las orientaciones que ofrece a los formadores de los seminaristas sobre las cuatro dimensiones de la formación total e integradora para el ministerio sacerdotal. Sucede que las cuatro clásicas dimensiones (humana, espiritual, intelectual y pastoral) guardan todas ellas una relación determinante con la educación de la sexualidad y la apropiación personal del don del celibato sacerdotal. Estas dimensiones han de ser cultivadas y favorecidas por los agentes de la formación, promoviendo el desarrollo de las facultades humanas; vigilando la organización de los estudios como marco de la preparación intelectual; ayudando, mediante el acompañamiento de los jóvenes candidatos al ministerio, a una apropiación correcta de los hábitos de las virtudes que sustentan la vida moral. Lo harán guiándose por los criterios de discernimiento que maduran la vida espiritual y la identidad de los jóvenes que van a ser admitidos como candidatos a las órdenes sagradas. Entre estos criterios, que incluyen la salud física y psíquica, será de gran importancia para evaluar correctamente los motivos de no aceptación, expulsión y readmisión tener presente la condición masculina de la sexualidad del joven varón y su normal desarrollo. Es preciso contemplar esta importante constante de la vocación al sacerdocio célibe de rito latino, y aplicarlo con particular atención en el caso de los jóvenes que provienen de otros seminarios o casas de formación (seculares o religiosas), donde pueden haber sido excluidos como candidatos al ministerio sacerdotal.

44. Con relación a cuestión tan notable y teniendo en cuenta lo que decíamos más arriba a propósito de los abusos de menores, no podemos menos de observar que la Ratio afronta un importante cambio de perspectiva en lo que se refiere a la educación de la sexualidad de los candidatos, tomando una decisión clara sobre una realidad tan debatida en la sociedad como la de la homosexualidad. Se ha de tomar buena nota, dada la ambigüedad que durante las últimas décadas se ha mantenido a este respecto sobre un hecho que ha afectado a la formación sacerdotal. La postura es clara y no caben ambigüedades: sin el menor menoscabo de la dignidad y del respeto debido a todas las personas, los candidatos con tendencias homosexuales no pueden ser candidatos a la ordenación sacerdotal. Al mismo tiempo, sin que de forma consecutiva haya de concluirse de la condición homosexual el abuso de menores, la Iglesia ha decidido afrontar con decisión la protección de menores y el acompañamiento de las víctimas de abusos. Nadie deje de tener presente que, si la Iglesia no elige a personas homosexuales para el ejercicio del ministerio sagrado, es que considera que la condición homosexual no favorece la idoneidad que requiere el ejercicio del ministerio pastoral. En consecuencia, la Iglesia renuncia a la ordenación de varones con tendencias homosexuales, y por esto mismo, es necesario plantearse la cuestión de en cuenta en qué sentido y cómo pueda considerarse la relación de una y otra realidad: la de la condición homosexual y el ejercicio del ministerio ordenado, que en la Iglesia católica de rito latino es ejercido por varones célibes conforme a dos principios, de los cuales, uno es teológico: en la Carta apostólica Ordinatio sacerdotalis san Juan Pablo II declara que forma parte de la conciencia infalible de la Iglesia que, por voluntad de Cristo, «la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia» [56]. En consecuencia, el sujeto del ministerio sacerdotal son sólo los varones [57]. El otro es de conveniencia teológica y se refoere a que la unión que ha establecido la tradición disciplinar en la Iglesia de rito latino entre el ministerio sacerdotal y el estado de celibato es de conveniencia teológicamente pertinente, por cuanto el celibato contribuye a una más plena configuración con Cristo del ministro ordenado sacerdote.

45. La Iglesia se manifiesta atenta a que, más allá del debate sobre la homosexualidad, la condición masculina del varón no se vea de algún modo perturbada por tendencias homosexuales. Sin entrar aquí en otros análisis pertinentes desde el punto de vista de la antropología y la ciencia, la Iglesia declara que «según el orden natural objetivo, las relaciones homosexuales son actos privados de su ordenación necesaria y esencial» y entiende que ciertamente la condena de estos actos por la Sagrada Escritura «no permite concluir que todos los que padecen esta anomalía por esta causa incurren en culpa personal; pero atestigua que los actos homosexuales son por su intrínseca naturaleza desordenados y que no pueden recibir aprobación en ningún caso» [58].

A pesar de la claridad de la doctrina, durante estos años pasados se llegó a plantear que la homosexualidad no sería obstáculo alguno, siempre que no fuera activa, sino tendencial bajo control, expresión de la madurez de un candidato. Por aludir a un texto significativo, podemos referir el documento final del Congreso Europeo sobre las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en Europa (Roma, 5-10 de mayo de 1997). En este documento se decía que, a la hora de acoger prudentemente la solicitud vocacional de jóvenes con este tipo de problemas, se debían poner algunas condiciones como la conciencia clara de la raíz del problema afectivo-sexual, que en muchos casos no es específicamente sexual; «que el joven sienta su debilidad como un cuerpo extraño a la propia personalidad, algo que no querría y que choca con su ideal, y contra el que lucha con todas sus fuerzas»; y la importancia que tiene «comprobar si el sujeto está en grado de controlar estas debilidades, con vistas a una superación…» [59].

46. Esta consideración no se contemplaba en la Ratio fundamentalis de 1985, ni en su posterior adaptación nacional con el título de Plan de Formación sacerdotal para los Seminarios Mayores. La formación para el ministerio presbiteral (1996). En esta adaptación, que actualizaba la primera acomodación nacional de la Ratio fundamentalis para España (1986), tras la aparición de la Exhortación apostólica postsinodal de san Juan Pablo II Pastores dabo vobis (1992), no se incluía la consideración de la homosexualidad con relación a la vocación al sacerdocio, ni tampoco en el Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros (1994); y sólo de manera sugerida ante el hecho de los abusos de menores aparecen en la nueva edición de este Directorio (2013) algunas orientaciones de conducta a propósito del modo de realizar la confesión de los menores. La alusión velada es inequívoca, al referirse al hecho de «algunas situaciones que lamentablemente han tenido lugar han producido un daño grande a la Iglesia y a su credibilidad, aunque en el mundo haya habido muchas más situaciones de este tipo» [60]. El Directorio previene a los presbíteros en el mismo número de incurrir en situaciones que pueden comprometer gravemente su persona y misión: «asistir a espectáculos, realizar lecturas o frecuentar páginas web en Internet que puedan poner en peligro la observancia de la castidad en el celibato o incluso ser ocasión y causa de graves pecados contra la moral cristiana» (cf. PO, n. 16); y conjurando riesgos objetivos como la exhibición irresponsable de la vida privada en los medios de comunicación, en el mismo lugar y a continuación el Directorio agrega: «Al hacer uso de los medios de comunicación social, como agentes o como usuarios, observen la necesaria discreción y eviten todo lo que pueda dañar la vocación».

47. Resolviendo cualesquiera dudas, el grave problema que plantea la inmadurez psico-afectiva y la homosexualidad se afronta con meridiana claridad en la nueva Ratio para la formación de los candidatos al sacerdocio. Entre este documento y el mencionado Congreso europeo sobre las vocaciones de 1997, media la experiencia por lo cual se presta particular atención a las enseñanzas del magisterio con relación a un tema de tanta importancia [61]. La nueva Ratio desecha cualquier ambigüedad incorporando la enseñanza de los documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe y la Instrucción de la Congregación para la Educación Católica sobre las personas de tendencias homosexuales:

«La Iglesia, respetando profundamente a las personas en cuestión, no puede admitir al Seminario y a las órdenes sagradas a quienes practican la homosexualidad; presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la así llamada cultura gay. Dichas personas se encuentran afectivamente en una situación que obstaculiza gravemente una correcta relación con hombres y mujeres. De ningún modo pueden ignorarse las consecuencias negativas que se pueden derivar de la Ordenación de personas con tendencias homosexuales profundamente arraigadas» [62].

El tratamiento excluyente de esta situación se diferencia del tratamiento de una situación pasajera, en la cual pueden aparecer tendencias homosexuales transitorias que acompañan el proceso de adolescencia y muy primera juventud de definición y asentamiento de la clara diferenciación sexual, que la Instrucción citada también contempla [63]. Finalmente, la Ratio vuelve sobre la doctrina ya expresada en la Instrucción de la Congregación para la Educación Católica, indicando que es deber del director espiritual y del confesor disuadir al candidato de acceder a la Ordenación, y advertir que sería gravemente deshonesto que el candidato ocultara la propia homosexualidad para acceder a la Ordenación [64].

La Asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal celebrada en otoño de 2018 autorizaba el texto básico que acomoda la Ratio internacional a las diócesis de España, abierto a posibles modificaciones pertinentes. Tener presente esta acomodación, una vez aprobada por los obispos españoles, será obligación no sólo de los formadores del Seminario, que han de aplicarla diligentemente, sino muy particularmente de los sacerdotes. A éstos y a las personas de vida consagrada corresponde la promoción de las vocaciones sacerdotales en las comunidades parroquiales, movimientos y asociaciones; y de modo acorde con su identidad de enseñanza confesional, la nueva norma tiene que conocerse y atenerse a ella en la promoción de las vocaciones en la escuela católica.

5. El celibato, don y carisma que Dios otorga para la configuración con Cristo de sus ministros

48. Objetivo de la formación de los candidatos al sacerdocio es alcanzar la meta de esta formación, que llega con la recepción de la ordenación sacerdotal, pero con ella ha de llegar aquello mismo que la justifica: la configuración sacramental de la existencia del que recibe el ministerio ordenado con Cristo. Me detengo a desarrollar algunas breves reflexiones sobre la razón teológica de conveniencia de la castidad perfecta como medio de configuración sacramental de la existencia sacerdotal, con orientación de la vida del ministro del Señor a adquirir la forma Christi. No se trata sólo de una ley de carácter colateral al ministerio y de carácter meramente jurídico. La nueva Ratio vuelve sobre la imperiosa necesidad de que los candidatos al ministerio pastoral hayan madurado su consagración ministerial al ritmo de la maduración de su afectividad de forma «serena y libre, fiel en la castidad celibataria, a través del ejercicio de las virtudes humanas y sacerdotales, entendida como apertura a la luz de la gracia y no sólo como esfuerzo de la voluntad» [65].

49. Esto es muy cierto y el papa Francisco viene insistiendo en las mentalidades de fondo que hay que vencer para poder, en este caso, tener muy claro que, en efecto, «la castidad celibataria no es tanto un tributo que se paga al Señor cuanto, sobre todo, un don recibido de su misericordia. La persona que entra en este estado de vida debe ser consciente de que no asume sólo una carga, sino que recibe, sobre todo, una gracia liberadora» [66]. Por esto, enseña el Vaticano II que los alumnos que, siguiendo la tradición del celibato sacerdotal del propio rito «deben educarse con todo cuidado para este estado; en él, renunciando al matrimonio por causa del reino de los cielos (cf. Mt 19,12), se unen a Dios con un amor indiviso en íntima armonía con la Nueva Alianza, dan testimonio de la resurrección del siglo que ha de venir (cf. Lc 20,36) y consiguen una ayuda muy apropiada para practicar continuamente aquella caridad perfecta que les permitirá hacerse todo para todos en el ministerio sacerdotal» [67]. El celibato es, pues, un don del Espíritu, con el cual Dios mismo conforma al sacerdote con el ministerio de su Hijo. Su unión en el rito latino al ejercicio del ministerio sacerdotal no ha sido una unión meramente canónica, sino de conveniencia teológica en razón del fundamento cristológico del ministerio ordenado para la sucesión apostólica. Así en el episcopado de Oriente y de Occidente, excluidas las Iglesias y comunidades eclesiales surgidas de la Reforma protestante, la Iglesia siempre ha contado con el ministerio apostólico célibe; y en la Iglesia occidental de rito latino, de esta misma forma, se accede al presbiterado, ya que la Iglesia elige a los presbíteros con este don, que se educa de forma progresiva en el recorrido de su formación.

50. La Iglesia pide al obispo que se preocupe de presentar el celibato en su plena riqueza bíblica, teológica y espiritual, pues se trata, tal como viene poniendo de manifiesto la investigación de la Iglesia antigua de un carisma con orígenes apostólicos que fue haciéndose realidad muy pronto [68]. El Directorio de los obispos añade además que el Obispo ha de procurar suscitar una vida espiritual recia y profunda que colme el corazón de los sacerdotes de amor a Cristo, se fortalezcan los vínculos de la fraternidad sacerdotal y la amistad entre los sacerdotes y quede patente «el sentido positivo que la soledad exterior puede tener en su vida interior y para su madurez humana y sacerdotal, y de presentarse ante ellos como amigo fiel y confidente al cual puedan abrirse en búsqueda de comprensión y consejo» [69].

Para que esto sea así y la soledad cobre su propio protagonismo espiritual en la vida sacerdotal, es preciso conjurar el aislamiento del presbiterio en el que algunos sacerdotes se encierran. Además de exigir una necesaria capacidad de organización de la propia vida, el aislamiento no es psíquicamente sano, conduce con facilidad a «caer en la experiencia de una soledad mal vivida, en el uso arbitrario de la potestad confiada sobre los bienes y la comunidad cristiana o en desórdenes que deslizan al sacerdote por la pendiente del caos y del deterioro personal» [70].

Estos riesgos que lleva consigo una mala organización de la vida del presbítero, no impiden ponderar con toda justicia el valor del celibato por su fuerza configuradora con Cristo, del cual el sacerdote ha de ser sacramento existencial. Todo lo cual no excluye que el Obispo deba ser consciente de los obstáculos reales con los que debe contar quien se propone vivir el celibato. La cultura materialista de nuestro tiempo viene a oscurecer el significado espiritual de la castidad perfecta, si tenemos en cuenta la erotización de la vida en la actualidad. No deja el Directorio de observar que es preciso que el Obispo, consciente de estos obstáculos, exhorte a los presbíteros a comportarse con una «prudencia sobrenatural y humana» al mismo tiempo [71].

V

FORMACIÓN PERMANENTE DEL CLERO

1. Ideas generales

a) Necesidad y obligatoriedad de la formación permanente

51. Como queda dicho, la nueva Ratio supone asimismo un impulso amplio a la Formación permanente del clero. Esta formación es exigida por la ley de la Iglesia, que la contempla como obligatoria para todos los clérigos: para los sacerdotes que son miembros del presbiterio diocesano en términos generales, conforme a una ordenada programación temática; y atendiendo siempre tanto a las necesidades más urgentes en el tratamiento de los temas, como a las propuestas con las que la Santa Sede acompaña y orienta la vida de las Iglesias particulares.

Por lo que hace a esta última referencia, es el caso de los años santos y jubilares, los años consagrados a determinados objetivos y conmemoraciones, los cuales pueden servir para ordenar la programación anual de la formación permanente. En carta dirigida a la Conferencia Episcopal Española, el cardenal Beniamino Stella, Prefecto de la Congregación del Clero, alentaba a los obispos no sólo a la elaboración o adaptación nacional de la nueva Ratio fundamentalis, sino a prever una programación específica para los formadores del Seminario, que son «los principales instrumentos de la formación de los seminaristas» [72]. El cardenal observa en dicha carta que la formación de los formadores no se puede improvisar, al tiempo que sugiere una cierta reestructuración de los seminarios cuando la escasez de vocaciones así lo aconsejen.

52. Este es un tema que hemos decidido estudiar en las provincias eclesiásticas. No podemos repetir ahora la concentración de seminarios en las Facultades, pero sí pueden los seminarios con vocaciones, como de hecho ya sucede, acoger a aquellos pocos seminaristas de diócesis que no pueden contar con un Seminario en un determinado momento. La ley universal de la Iglesia establece que en cada diócesis debe de haber Seminario, si bien condicionando la existencia del mismo a que sea «posible y conveniente»; y cuando no sea así, derivando las vocaciones a otra diócesis o a un seminario interdiocesano [73]. La dificultad que se plantea es saber cuándo resulta posible o no mantener el Seminario, ya que el alza y baja de las vocaciones es bastante difícil de prever, sin dejar de considerar los derechos y facultades que la ley universal de la Iglesia reconoce a la jurisdicción de que goza cada obispo [74]. Dada la posibilidad de tener un seminario mayor, el Directorio de los obispos precisa que el Obispo ha de trabajar «a fin de que la diócesis tenga un seminario mayor propio, como expresión de la pastoral vocacional de la Iglesia particular y, al mismo tiempo, como comunidad eclesial peculiar que forma los futuros presbíteros a imagen de Jesucristo, buen Pastor» [75].

b) La formación especial de los neo-sacerdotes o primer quinquenio sacerdotal

53. Junto a la formación específica, es preciso señalar la importancia de la formación propia de los sacerdotes que comienza su ministerio, es decir, los sacerdotes del primer quinquenio de vida y ministerio sacerdotal. La orientación de esta formación ayudará, sin duda alguna, a los neo-sacerdotes, pero para que surta aprovechamiento real el esfuerzo realizado en programación y desarrollo, se requiere que los sacerdotes secunden el esfuerzo realizado en la diócesis para lograr la programación anual más adecuada, y tomen conciencia de que están obligados a esta formación. Los arciprestazgos deben ayudar a los jóvenes sacerdotes a cumplir con el compromiso de esta formación propia, ayudándoles a cumplir con la programación y cubriendo las breves ausencias que ello requiere

2. Formación permanente y vivencia fraterna de la espiritualidad de los diáconos permanentes

54. La formación permanente es también específica para los diáconos permanentes y hemos de ampliarla, asegurando una programación anual en lo que tiene de formación propia, basada en la identidad del ministerio del diaconado. Una formación que, asimismo, igual que sucede con la formación permanente de los presbíteros, ha de ir acompañada de la vida espiritual que emana del sacramento del Orden, recibido por los diáconos y que requiere la debida programación de retiros y ejercicios espirituales, tal como los prevé para los presbíteros la ley universal de la Iglesia [76].

Estos encuentros espirituales pueden incluir en algunos casos encuentros o convivencias de reflexión y oración en los cuales pueden tomar parte las esposas de los diáconos casados. El compromiso de las esposas con el ministerio de diáconos casados es de gran importancia y se debe cuidar, sin que ello suponga intromisión en el ejercicio del ministerio de sus maridos [77]. De hecho, si la gracia del sacramento del Orden fortalece y purifica la vida matrimonial y familiar, como se afirma de modo general, «la esposa del diácono que acepta y sostiene la vida ministerial del esposo, vive con más intensidad su generosidad en la familia y su compromiso en la sociedad y en la Iglesia» [78]. La esposa del diácono permanente no sólo puede ayudar a su esposo a vivir la espiritualidad que dimana de la gracia del sacramento del Orden y que, vivida por él, alimenta también la espiritualidad de la esposa, que comparte con él una vida familiar cristiana más intensamente vivida. Es, pues, importante que la esposa siga el desarrollo de la misión que la Iglesia le ha confiado a su esposo, y le ayude a mantenerse fiel a esa misión, sabiendo que de la gracia recibida en el sacramento del matrimonio y en el Orden se nutrirá ampliamente la vida familiar: gracia que reverbera sobre los hijos, al ser el uno para el otro (esposo y esposa) ejemplo de fidelidad a Cristo, y para sus propios hijos testigos de la fe y del amor de Señor [79].

55. La espiritualidad del diaconado se suma a la formación permanente como sustento fundamental de la vida del diácono, que tiene que estar dispuesto a cultivar, para que la restauración del diaconado permanente en la Iglesia, realizada por el Vaticano II, aumente su significación sacramental. Dicho de otra forma, para que ayude a la Iglesia a mostrar a la sociedad actual, instalada en la aspiración al confort y al disfrute materialista, el secreto de una vida verdaderamente humana, sostenida por el amor que se expresa en el servicio. De este modo, el diaconado, fiel a sus orígenes apostólicos, se manifestará como un signo de renovación de la Iglesia: «En su puesto, sin exclusivismos, en conexión con los otros testimonios de vitalidad eclesial, este signo de los tiempos que es el diaconado manifestará una Iglesia nueva» [80].

3. La formación como ejercicio colegial del ministerio

56. Volviendo a la formación permanente de los presbíteros, se ha de tener presente que esta formación es parte del ejercicio colegial del ministerio sacerdotal. La autoexclusión de algunos sacerdotes, mantenida como conducta continuada, tiene serias consecuencias para quien se sitúa al margen de la comunión presbiteral. Hurtar la formación permanente no sólo rompe la comunión, sino que priva a quien así se aleja de la fraternidad colegial, de la renovación necesaria de la mentalidad propia del presbiterio. Este ejercicio colegial de los ministros del Evangelio ayuda a alcanzar la verdadera forma Christi, sin la cual se desvanece la condición sacramental de la existencia sacerdotal. Se trata de que la formación permanente ayude a esa necesaria renovación de la mentalidad del presbítero, que ciertamente es parte de la renovación espiritual, y que exige el cultivo de la vocación a la santidad de todo cristiano, conforme a la exhortación de san Pablo: «Y no os amoldéis al mundo presente, antes bien, transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12,2).

57. Hay sacerdotes que han petrificado su mentalidad a modo de una esclerosis que torna estéril su ministerio. Han quedado paralizados en un determinado momento vital, condicionado por el modo de pensar crítico del tiempo ya pasado, en el cual permanecen sin darse cuenta de la propia evolución del pensamiento cristiano, de la cultura y, naturalmente, de la vida de la Iglesia. Pasa sobre todo cuando no se sigue el desarrollo del magisterio eclesiástico y ya se ha dejado la formación teológica y moral atrás como si fuera algo adquirido e irreformable. Estos sacerdotes no dudan de su verdad y de la imagen de Iglesia que es la suya propia y desearían imponer en la Iglesia diocesana, pero sucede que no coincide, desgraciadamente para ellos, con la realidad eclesial del tiempo nuevo: esa novedad a la que ellos no prestan atención alguna; ni tampoco se prestan ellos mismos a que la vida del colegio repercuta sobre la suya propia y modifiquen posturas. Si es estéril estar irreflexivamente a la moda, es igualmente estéril mantener por todo equipamiento la forma temporis que afectó a la vida de la Iglesia en unos años determinados, sobre todo si fueron los que dejaron una marca de secularización que difícilmente se borra.

4. Formación urgida por la caridad pastoral y vivida en la comunión eclesial

58. El sacerdote no se puede olvidar, por esto mismo, de que la renovación de la mente se nutre de la caridad pastoral, la cual necesita y reclama la mejor y más honda comprensión del misterio del amor de Dios por la humanidad revelado en Jesucristo, de cuyo conocimiento en la fe se nutre la vida cristiana y la vida sacerdotal. Por esto, en efecto, como dice la Exhortación Pastores dabo vobis y recuerda la nueva Ratio: «alma y forma de la formación permanente del sacerdote es la caridad pastoral» [81]. Francisco llama a esta renovación de la mente «conversión pastoral», que es inseparable de la «conversión misionera», porque la reforma de estructuras y método, y las variables hermenéuticas que introduce toda reconsideración de lo conocido, hace avanzar nuestros conocimientos. Sin apertura a nuevas interpretaciones de lo conocido, que exige la conversión pastoral, la misión de la Iglesia queda bloqueada en el tiempo.

59. Se trata de renovar la mente para que «favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad» [82]. La renovación eclesial impostergable que el papa Francisco describe dimana de la conversión personal a Jesucristo, que consiste en dejarnos mover por su amor que nos salva. Por esto mismo, la formación unida a una vida espiritual intensa ayuda a superar riesgos que, con el paso de los años, aparecen en la vida sacerdotal; de algunos de estos riesgos da cuenta la Ratio con gran realismo: el riesgo de la propia debilidad, de sentirse «funcionarios de lo sagrado», ser devorados por los imperativos de la moda cultural y sus contenidos agresivos contra la fe; los riesgos de la atracción del poder y de la riqueza y la búsqueda de compensaciones al celibato sacerdotal. Todos ellos riesgos reales y objetivamente nocivos para mantener la fidelidad al ministerio y ejercerlo en identificación sacramental con Cristo. Hay atracciones nocivas para el sacerdote, tales como «el apego a una posición, la obsesiva preocupación por crearse espacios exclusivos para sí mismo, la aspiración a “hacer carrera”, la aparición de un ansia de poder o de un deseo de riqueza, con la consecuente falta de disponibilidad a la voluntad de Dios, a las necesidades del pueblo confiado y al mandato del Obispo» [83]. Atracciones todas, en efecto, que sólo «unidos a Jesús, buscamos lo que Él busca, amamos lo que Él ama. En definitiva, lo que buscamos es la gloria del Padre; vivimos y actuamos “para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1,6)» [84].

60. En lenguaje de san Juan Pablo II, la conversión primera es a Dios y Cristo: una conversión sostenida y prolongada en cada tiempo, en busca de la verdadera santidad, que exige amoldar la propia mente a la voluntad de Dios y prender el corazón de su amor y misericordia. La confesión de la verdad del misterio de Cristo abre al hombre al misterio trinitario de Dios impulsando la misión de la Iglesia. La misión tiene por objetivo proponer la verdad de Cristo, centro de la fe cristiana, «proponiendo todavía una gran aportación, como lo ha hecho hasta ahora, a la edificación de estructuras que, inspirándose en los grandes valores evangélicos o confrontándose con ellos, promuevan la vida, la historia y la cultura de los diversos pueblos del continente» [85]. Proponer a Dios en Jesucristo es el objetivo de la misión de la Iglesia en Europa y en todos los demás continentes. Esta misión de la Iglesia dada por el mismo Cristo resucitado (cf. Mt 28,19-20) la convierte en mediación que el mismo Cristo ha querido para ella como sacramento de salvación, lo que «nos asegura que la salvación no consiste en la autorrealización del individuo aislado, ni tampoco en la fusión con lo divino, sino en la incorporación a una comunión de personas que participan en la comunión de la Trinidad» [86].

61. Muchas veces sucumbimos a la desesperanza por haberlo confiado todo a nuestras capacidades, y ocurre así que la vida sacerdotal pierde significación para el ministro de la Palabra, cayendo en la desilusión y perdiendo la esperanza de poder lograr algún fruto. Francisco exhorta a superar las dos desviaciones a las que podemos sucumbir hoy como en los primeros siglos de la Iglesia; en realidad, se trata de tentaciones permanentes que se hacen presentes de una u otra forma en todos los tiempos. De una parte, es muy crítico con el nuevo pelagianismo, que todo lo fía en lo que somos capaces de hacer y, por tanto, en un voluntarismo basado en el solo esfuerzo humano y en una libertad prácticamente autónoma, pero que para desventura de nuestro tiempo se ha convertido en la clave del imperante relativismo [87].

62. Por otra parte, el papa critica asimismo el nuevo gnosticismo de quienes ponen su compromiso en una visión ideal del conocimiento como camino de liberación acomodando la fe cristiana a esa visión cognoscitiva e iluminada. El gnosticismo, dice el papa, «es una de las peores ideologías, porque considera que la propia visión de la realidad es la perfección» [88], conocimiento que sólo logra alcanzar el gnóstico, el iluminado. Se comprenderá que la formación, en la etapa de estudios de preparación para el ministerio, y la formación permanente no pretende cultivar un gnosticismo de nuevo cuño, desencarnando al formando en una visión iluminada de la realidad que introduce en una élite de «gnósticos» que han reducido la doctrina a formulaciones de razón sin misterio. La formación, por el contrario, tiene por objetivo llevar a cabo la reflexión correcta sobre la realidad a partir de la necesidad de comprender y formular la realidad y su experiencia ordinaria, haciéndolo a la luz de la fe y de las ciencias sagradas (o eclesiásticas) y los conocimientos necesarios de las ciencias humanas. Por este motivo, la formación permanente ayuda a una comprensión de la realidad que va evolucionando al ritmo de su experiencia y mejor conocimiento de las cosas.

Se comprenderá también que, si esta aproximación a la realidad del mundo y de la historia humana se ha de hacer a la luz de la fe, llegar a ver desde la mirada de Dios el mundo en el que nos desenvolvemos, el mundo que constituye el contexto del ejercicio de nuestro ministerio, sólo será posible con la ayuda de la gracia divina, y hemos de recibir este auxilio como el verdadero don del Espíritu Santo, que ilumina nuestra vida, nos abre al futuro de Dios y da solidez a nuestra esperanza.

VI

LA BEATIFICACIÓN DE LOS MÁRTIRES EN LA MEMORIA

63. Concluyo con unas palabras finales, para hacer memoria de la beatificación de los mártires de Almería del siglo XX, que conservamos en el tiempo cercana y viva en la memoria. Este año, al fin, hemos podido concluir la deposición de las reliquias de los mártires en la cripta de la iglesia de San Miguel de las Salinas. Lo que más nos alegra es que poco a poco se han ido produciendo diversas peregrinaciones a esta cripta martirial, porque en ella los fieles han ido descubriendo una fuente de fresca espiritualidad. Esta cripta, como todos los lugares donde reposan las reliquias de los santos y de los mártires es referencia de santidad consumada en la vida y muerte de los mártires y de los santos. Sus reliquias son un lugar privilegiado para comprender qué es dar testimonio de la verdad de Dios que por la fe hemos conocido, y por amor de Cristo testimonio de fidelidad acreditada en el seguimiento de la senda de la santidad. Los mártires no amaron tanto su vida como para temer la muerte. Por eso, al visitar y venerar sus sagradas reliquias, ellos nos ayudan a secundar la llamada y permanecer fieles al compromiso que hemos adquiridos de servir con fidelidad al Evangelio hasta darlo todo por Cristo.

64. En la vida y muerte de los santos y los mártires la doctrina se hizo confesión de fe creída y testimoniada, porque en ellos, contra la duda y la tentación, haber respondido a la llamada con humildad acogiendo en sí mismos la gracia redentora y de santificación iluminó su existencia. La vida y muerte de los mártires y de los santos, en verdad, aparecen iluminadas por la revelación del amor incondicionado de Dios que ellos acogieron en la luz de la fe; y, al hacerlo movidos por la gracia, Dios les abrió la entrada definitiva en la luz que ahora habitan. Por ello, podemos decir que «el martirio es imitatio perfecta Christi y conformitas vitae cum Christo crucifxo, por cuyo corazón traspasado los mártires han hallado el acceso cierto a la visión en Dios de la verdad creída y profesada en la fe, y rubricada en el martirio; acceso que es por Cristo al Padre en el Espíritu Santo» [89].

Colofón

ENCOMIENDA A SANTA MARÍA Y A SAN JOSÉ
DE LAS VOCACIONES SACERDOTALES
Y DE LOS MINISTROS DEL EVANGELIO

65. Termino estas reflexiones encomendando a la santísima Virgen María y a su esposo san José las vocaciones al ministerio sacerdotal en nuestra Iglesia diocesana, y la fidelidad de todos los ministros del Evangelio de la vida y de la salvación; y suplicando a Dios que por la intercesión de María y de José, acoja nuestra plegaria.

Virgen y Madre de Dios,
no dejes de interceder por los jóvenes,
para que escuchando la palabra del Evangelio
y la llamada a seguir a tu divino Hijo Jesús,
quieran ir tras de él y pisar sus huellas y andar su camino.

Madre de la Iglesia,
Mira con amor a los sacerdotes,
ministros del Evangelio,
a los que el Padre otorgó la unción del Espíritu
para la edificación y el pastoreo de la grey de Jesús.

Ven en su ayuda,
asístelos con tu maternal intercesión,
para que sean fieles a las promesas sacerdotales
de pastorear con dedicación al pueblo de Dios,
proclamar fielmente la palabra y ponerla por obra,
reproduciendo en su vida la imagen de tu Hijo.

Que Jesús, Pastor único del rebaño,
suscite en ellos el fervor primero,
aliente en ellos la caridad pastoral
que los hace espejo del amor de Jesús
por los pecadores y los pobres,
por los alejados y descreídos.

Que tu Hijo y Señor nuestro Jesucristo
imprima en ellos su imagen,
haciendo de cada uno de ellos
sacramento de su divina presencia;
para guardar con celo contra todos los peligros
a quienes el Padre le ha dado como herencia,
fortaleciendo la fe del rebaño
que custodian cada día.

Que, por tu oración, Madre nuestra,
y la de tu castísimo esposo san José,
custodio de la sagrada Familia
y de las vocaciones,
el Padre misericordioso
y su Hijo amado,
por la acción del Espíritu Santo,
nos concedan las vocaciones necesarias
para ejercer el ministerio del Evangelio
que ilumine la vida
de las nuevas generaciones.
Amén.

En Almería, a 19 de marzo 2019, en la solemnidad de San José, Esposo de la bienaventurada Virgen María, con todo afecto y mi bendición.

adolfo gonzalez montes firma
✠ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

 


[1] SAN PABLO VI había creado dentro de la Curia el Consilium de Laicis mediante el Motu proprio Catholicam Christi Ecclesiam (6 enero 1967).

[2] SAN JUAN PABLO II introduce la regulación del Pontificio Consejo para los Laicos en el articulado de la Constitución apostólica Pastor bonus (28 junio 1988), arts. 131-134. Cf. para la breve historia de este organismo vaticano: El Pontificio Consejo para los laicos (Ciudad del Vaticano 1997).

[3] Citaremos por la versión española de BAC-documentos n. 60: CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, El don de la vocación presbiteral. Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (Madrid 2017). En adelante Ratio fundamentalis.

[4] FRANCISCO, Exhortación apostólica sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual Evangelii gaudium [EG] (24 noviembre 2013), nn. 135-144.

[5] H. SCHLIER, Carta a los Efesios. Comentario (Salamanca 1991) 63-64.

[6] Ibid., 199.200.

[7] Ibid., 200.

[8] VATICANO II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium [LG], n. 19.

[9] LG, n. 20a.

[10] LG, n. 20b.

[11] LG, n. 20c.

[12] Discurso (19.3.2018): ttp://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2018/ march/documents/papa-francesco_20180319_visita-pcimme.html.

[13] Cf. crítica textual de Rm 1,4: la resurrección es efecto de la acción del «Espíritu de santidad, hebraísmo = Espíritu Santo, que expresa la acción de Dios mismo en la resurrección de Jesús. Jesús resucitó “en virtud del Espíritu del Dios que despertó a Jesús [de entre los] muertos” (Rm 8,11)». M. IGLESIAS GONZÁLEZ SJ (ed.), Nuevo Testamento. Versión crítica sobre el texto original griego (Madrid 2017) 627-628.

[14] La crítica textual precisa que el Espíritu despertó a Jesús de entre los muertos según Rm 8,11. Según la nota de González Iglesias a Rm 1,4 el Espíritu que resucitó a Jesús es el mismo Espíritu santificador, por cuya virtud «Jesús resucitado ejerce su poder de santificar dando su Espíritu». Ibid., 628. La Biblia de Jerusalén de modo convergente añade que el Espíritu actúa en Jesús devolviéndole la vida (Rm 8,11), y lo hace «constituyéndole en su glorioso estado de “Kyrios” (Flp 2,9-11; Hch 2,36; Rm 14,9), que merece por nuevo título –el mesiánico– su nombre eterno de Hijo de Dios (Hch 13,33; Hb 1,1-5; 5,5)». BIBLIA DE JERUSALÉN: Nota a Rm 4,b. El Espíritu actúa asimismo en el que cree en Jesús y le confesa Hijo de Dios, razón por la cual el Apóstol ha recibido el mandato del Evangelio para que mediante el apostolado los gentiles vengan a la obediencia de la fe, como precisa la misma Biblia de Jerusalén en Nota a Rm 1,5.

[15] Cf. paralelos en Mt 11,27 y 16,17.

[16] XV ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS, Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Documento preparatorio (13 enero 2017), n. II.2. En adelante citado Documento preparatorio.

[17] FRANCISCO, Discurso en el Encuentro con el mundo de la cultura en el Aula Magna de la Pontifcia Facultad Teológica de Cerdeña en Cagliari (22 septiembre 2013).

[18] BENEDICTO XVI, Mensaje a la Ciudad y a la Diócesis de Roma sobre la urgencia de la educación (21 enero 2008).

[19] Documento preparatorio, n. I.3.

[20] Cf. declaraciones del cardenal P. K. A. TURKSON (1 julio 2017): ttp://www. alertadigital.com/2017/07/01/el-cardenal-ghanes-peter-turkson-cree-que-hay-quecerrar-el-grifo-de-la-inmigracion-procedente-de-africa/ (acceso 9.2.2019).

[21] Cf. FRANCISCO, Carta encíclica sobre el cuidado de la casa común Laudato Si’ (24 mayo 2015), n. 66.

[22] Card. P. K. A. TURKSON, Conferencia de presentación del documento del mencionado DICASTERIO PARA EL SERVICIO DEL DESARROLLO HUMANO INTEGRAL, Consideraciones para un discernimiento ético sobre algunos aspectos del actual sistema económico-financiero Oeconomicae et pecuniariae quaestiones (17 mayo 2018): [Oficina de Prensa de la Santa Sede], Síntesis del Boletín (17.05.2018): http://press. vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2018/05/17/pres.html

[23] Cf. A. GONZÁLEZ MONTES, «Juventud y antropología política», Analecta Calasanctiana (1981) 94-106.

[24] Cf. el conocido análisis sociológico de A. DE MIGUEL, Los narcisos. El radicalismo cultural de los jóvenes (Barcelona 1979).

[25] XV ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS, Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Documento final, n. 76; cf. todo el cap. I del documento (nn. 63-76). En adelante citado Documento final.

[26] BENEDICTO XVI, Discurso en la vigilia de oración con los jóvenes (Viaje apostólico a Croacia: Plaza del Bano Josip Jela i Zagreb, sábado 4 junio 2011).

[27] Ratio fundamentalis, n. 13.

[28] Ibid., n. 16.

[29] Ibid., n. 19.

[30] VICESECRETARÍA PARA ASUNTOS ECONÓMICOS DE CEE, Estudio de la edad del clero diocesano en España. Gráficos y tablas estadísticas. Evolución de la edad 1995 – 2005 – 2010 – 2017 (septiembre 2017).

[31] CONGREGACIÓN PARA EL CLERO (y otros Dicasterios romanos), Instrucción sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes Ecclesiae de mysterio (13 agosto 1997): Principios teológicos, n. 3.

[32] SAN JUAN PABLO II, Exhortación apostólica postsinodal sobre Jesucristo vivo en su Iglesia y fuente de esperanza para Europa Ecclesia in Europa [EE] (28 junio 2003), n. 9, nota 16.

[33] EE, n. 8.

[34] BENEDICTO XVI, Carta a los sacerdotes con motivo del año sacerdotal (16 junio 2009), compilada para Edice por P. CERVERA (ed.), Discursos de Benedicto XVI con motivo del Año Sacerdotal (Madrid 2010) 65-81, aquí 65.

[35] Ibid., 65-66.

[36] EG, n. 145.

[37] BENEDICTO XVI, Exhortación apostólica postsinodal sobre la Eucaristía, fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), n. 46.

[38] BENEDICTO XVI, Exhortación apostólica postsinodal sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia Verbum Domini [VD] (30 septiembre 2010), nn. 59-60. Benedicto XVI sugiere en el n. 60 la oportunidad de «un Directorio sobre la homilía, de manera que los predicadores puedan encontrar en él una ayuda útil para prepararse en el ejercicio del ministerio».

[39] El papa consagra casi todo el capítulo tercero de la exhortación al ministerio de la Palabra, y dedica gran atención a la homilía (VD, nn. 135-144) y a la preparación de la predicación (VD, nn. 145-159).

[40] CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para la vida y ministerio de los presbíteros (11 febrero 2013), n. 64.

[41] Cf. Ch. BISCONTIN, Homilías más eficaces (Madrid 2008). Sobre la dicción y la estilística merece recomendar, siguiendo a los clásicos A. ORTEGA CARMONA, Retórica, el arte de hablar en público (Madrid 1997) y sus reediciones.

[42] Mons. A. GONZÁLEZ MONTES, La predicación litúrgica. Carta pastoral con motivo de la publicación del «Directorio homilético» (22 marzo 2015): BOOA 23 (2015) 5-17.

[43] Cf. Ratio fundamentalis, nn. 59-60 («etapa propedéutica»).

[44] Cf. Ibid., nn. 61-67.

[45] Cf. Ibid., nn. 68-73.

[46] Cf. Ibid., nn. 74-79.

[47] Ibid., n. 74.

[48] VATICANO II, Constitución sobre la sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium [SC], n. 17.

[49] CEE, La formación para el ministerio presbiteral. Plan de formación para los Seminarios Mayores (Madrid 1996), nn. 75 y 76.

[50] VATICANO II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis [PO], n. 5.

[51] Ratio fundamentalis, n. 104.

[52] PO, n. 5.

[53] A. MANARANCHE SJ, Querer y formar sacerdotes (Bilbao 1996) 127.

[54] Ibid., 128.

[55] COMISIÓN PONTIFICIA PARA LA CONSERVACIÓN DEL PATRIMONIO ARTÍSTICO E HISTÓRICO DE LA IGLESIA, Carta sobre la preparación de los seminaristas y los sacerdotes para la conservación del patrimonio artístico e histórico de la Iglesia (15 octubre 1992), n. 15: CEE, La formación sacerdotal. Enchiridion. Documentos de la Iglesia sobre la formación sacerdotal (1965-1998) (Madrid 1999), n. 2640.

[56] SAN JUAN PABLO II, Carta apostólica Ordinatio sacerdotalis (22 mayo 1994).

[57] Cf. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, El Sacramento del orden y la mujer. De la «Inter insigniores» a la «Ordinatio sacerdotalis» (Madrid 2 2005); y sobre el sujeto de la ordenación en el diálogo ecuménico A. GONZÁLEZ MONTES, Imagen de Iglesia. Eclesiología en perspectiva ecuménica (Madrid 2008) 335-391.

[58] CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración acerca de ciertas cuestiones de ética sexual Persona humana (29 diciembre 1975), n. 8.

[59] CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA [CEC], CONGREGACIÓN PARA LAS IGLESIAS ORIENTALES, CONGREGACIÓN PARA LOS INSTITUTOS DE VIDA CONSAGRADA Y SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA, Nuevas vocaciones para una Europa nueva. Documento final del Congreso Europeo sobre las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en Europa (Roma, 5-10 de mayo de 1997) (Ciudad del Vaticano 1997) 106-107.

[60] CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio sobre el ministerio y vida de los presbíteros (11 febrero 2013), n. 82.

[61] Cf. además de la citada Declaración «Persona humana» (1975), también los documentos de la CDF, Carta a los Obispos de la Iglesia sobre la atención pastoral a las personas homosexuales (1 octubre 1986); y Algunas consideraciones acerca de la respuesta a propuestas legislativas sobre la no discriminación de las personas homosexuales (23 julio 1992), esp. nn. 4-7.

[62] Ratio fundamentalis, n. 199, donde se cita: CEC, Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas con tendencias homosexuales antes de su admisión al Seminario y a las Órdenes sagradas (4 noviembre 2005), n. 2.

[63] Ratio fundamentalis, n. 200; cf. también la cit. Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional, n. 2.

[64] Ibid., n. 200; cf. también Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional, n. 3.

[65] Ibid., n. 110d.

[66] Ibid., n. 110b.

[67] VATICANO II, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius (28 octubre 1965), n. 10.

[65] Ibid., n. 110d.

[66] Ibid., n. 110b.

[67] VATICANO II, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius (28 octubre 1965), n. 10.

[68] Cf. Ch. COCHINI SS, Les origines postoliques du célibat sacerdotale (París 2 2006).

[69] Apostolorum Successores (22 febrero 2004), n. 82a.

[70] J. MORANT MORANT, «La espiritualidad sacerdotal en los primeros años de ministerio», en S. BOHIGUES FERNÁNDEZ (ed.), Acompañamiento a los sacerdotes jóvenes. Jornadas nacionales de delegados y vicarios episcopales para el Clero 2015 (Madrid 2016) 76.

[71] Ibid., n. 82b.

[72] CARDENAL B. STELLA, Carta del Cardenal B. Stella al Presidente de la Conferencia Episcopal Española, de 21 de diciembre de 2017 (Congregatio pro Clericis: Prot. N. 2017 4859).

[73] Cf. CIC, can. 237 §1.

[74] CIC, can. 259 §1.

[75] Apostolorum Succesores, n. 85.

[76] En el caso de los diáconos permanentes véase el Directorio Diaconatus originem, nn. 63-82; y CEE, Normas básicas para la formación de los diáconos permanentes en las diócesis españolas (21 noviembre 2013), nn. 86-90.

[77] Cf. Diaconatus originem, n. 61.

[78] A. ORTÍN MAYNOU, La renovación del ministerio diaconal en el 50 aniversario del Vaticano II (Barcelona 2014) 97.

[79] M. MARTÍNEZ DESCHAMPS, Matrimonio y diaconado en la Iglesia de comunión (Barcelona 2007) 57.

[80] H. BOURGEOIS – R. SCHALLER, Mundo nuevo, nuevos diáconos (Barcelona 1969) 60.

[81] Ratio fundamentalis, n. 80; cf. Pastores dabo vobis, n. 70.

[82] EG, n. 27.

[83] Ratio fundamentalis, n. 83.

[84] EG, n. 265.

[85] EE, n. 19.

[86] CDF, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la salvación Placuit Deo (22 febrero 2018), n. 12.

[87] Francisco, Exhortación apostólica sobre la llamada a la santidad en el mundo actual Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), nn. 57-58.

[88] Ibid., n. 40.

[89] A. GONZÁLEZ MONTES, «Los santos, maestros de comunión», en Mª. E. GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, Los santos evangelizan (Madrid 2011) 117.

 


Siglas y algunas Abreviaciones

BOOA: Boletín Ofcial del Obispado de Almería

CDF: Congregación para la Educación Católica

CEE: Conferencia Episcopal Española

CIC: Codex Iuris Canonici (1983)

EE: SAN JUAN PABLO II, Exhortación apostólica postsinodal sobre Jesucristo vivo en su Iglesia y fuente de esperanza para Europa Ecclesia in Europa (28 junio 2003)

EG: FRANCISCO, Exhortación apostólica Evangelii gaudium (24 noviembre 2013)

LG: VATICANO II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium (21 noviembre 1964)

VD: BENEDICTO XVI, Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini (30 septiembre 2010).

PO: VATICANO II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis (7 diciembre 1965).

Apostolorum successores: Congregación para los Obispos, Directorio para el ministerio pastoral de los obispos Apostolorum Successores (22 febrero 2004).

Diaconatus originem: CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y vida de los diáconos permanentes Diaconatus originem (22 febrero 1998).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s