Santa Misa con motivo de la declaración de la Virgen del Saliente como patrona de la Villa de Albox

Homilía de
Mons. D. Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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Iglesia parroquial de Santa María, Albox
Miércoles, 1 de mayo de 2019

HOMILÍA EN LA MISA DE DECLARACIÓN DE LA VIRGEN DEL SALIENTE COMO PATRONA DE LA VILLA DE ALBOX Y POBLACIONES DE SU DEMARCACIÓN MUNICIPAL

Queridos curas párrocos de Albox y hermanos sacerdotes;
Ilustrísimo Sr. Alcalde; Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades civiles y militares presentes;
Queridos hermanos y hermanas:

Hoy es un día grande en la historia cristiana de Albox y su municipio, porque con la autoridad del Papa Francisco la confirmación de la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos de nuestro Decreto episcopal de 23 de julio de 2018, nos permite dar plena validez a la declaración que, con el auxilio de Dios, hemos hecho de Nuestra Señora de los Desamparados y del Buen Retiro, la Virgen Santísima del Saliente, como Patrona ante Dios de la villa de Albox y de las poblaciones de su municipio. Damos por ello gracias a Dios en la celebración de esta Misa solemne en honor de la Virgen María. Acudimos hoy ante esta imagen sagrada de la Virgen llenos de confianza, unidos a los hijos de esta tierra que la invocan secularmente como madre muy amada y amparo fiel de los hijos, que a ella acuden con sus alegrías y sus penas, en alabanza y acción de gracias, porque por la Virgen Madre nos vino el autor de la vida, Jesucristo nuestro Señor.

La fe en Jesucristo, nacido de la Virgen María ha dado a las tierras de Andalucía, como a las de toda España, una connotación singular: su carácter mariano, porque en ellas el amor a la santísima Virgen se ha convertido en contenido propio de su identidad. Los fieles cristianos aman a la Virgen Madre, porque de ella nos vino el Redentor que, con su misterio pascual, con su muerte y resurrección gloriosa, ha derramado sobre el mundo la luz que ilumina nuestra vida y da sentido a nuestro peregrinar camino de la resurrección que esperamos, porque Cristo resucitó el primero y con él hemos de resucitar todos (cf. 1 Cor 15,20-22). Las fiestas pascuales que hemos celebrado nos han traído con la gracia de los sacramentos de la fe, la memoria de nuestra redención que se hace presente en ellos, pues, como dice san Pablo, «con Cristo fuimos sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6,4).

La fecunda tierra de Belén nos ha dado al Mesías, Jesucristo nuestro Redentor, en el cual Dios ha irrumpido en la historia para ser Pastor de su pueblo. En Jesús se ha cumplido lo que dijo el Señor por el profeta: «Yo mismo apacentaré a mis ovejas y yo las llevaré a reposar, oráculo del Señor» (Ez 34,15). Jesús es el buen pastor que «se mantendrá firme, con la fuerza del Señor, su Dios» (Miq5,3ab). Nosotros iremos con nuestro Pastor hacia la meta de la gloria que esperamos, porque Dios nos ha amado desde antes de la fundación del mundo y nos «predestinó de antemano a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera Él el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29).

Para que este designio de salvación llegara a su término, el Verbo de Dios se encarnó en las entrañas de la Virgen María y «se hizo hombre» (Jn 1,14); de suerte que por María hemos recibido al Salvador, y en él hemos alcanzado la meta de nuestra esperanza, al resucitar Jesús de entre los muertos para gloria del Padre. El evangelio de san Mateo nos informa sobre las generaciones que precedieron al nacimiento de Jesús, llamado Cristo: «desde Abrahán hasta David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones» (Mt 1,17). A continuación, nos dice cómo fue el nacimiento de Jesús: «Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo» (Mt 1,18).

El Espíritu Santo creador, que los Padres de la Iglesia vieron prefigurado en el «viento de Dios aleteando sobre las aguas»» (Gn 1,2) en los orígenes del mundo habitado por los hombres, es el gran don de la Pascua de Cristo. Por medio de la unción con el santo Crisma, con el que hemos sido ungidos en el bautismo y la confirmación, hemos recibido este don que nos hace nueva creación para configurarnos con Cristo, para darnos su figura y su medida. Es el Espíritu que creó en las entrañas de la Virgen una nueva humanidad para el Verbo de Dios, para el Hijo eterno del Padre, y así en Jesús Dios hizo suya para siempre nuestra humanidad y fue así como nació Jesús de la Virgen María por obra del Espíritu Santo. Es el mismo Espíritu con el que, antes de comenzar su vida pública, el Padre ungió a Jesús para que llevara a cabo su misión de enviado del Padre.

Este Espíritu es el que resucitó a Jesús de entre los muertos, el mismo Espíritu Santo que Dios derramó por medio de Jesucristo sobre la Virgen María y los apóstoles el día de Pentecostés, el mismo Espíritu que hemos recibido nosotros como don de la Pascua de Cristo. Con él hemos sido ungidos para ser conformados con Jesucristo, hacernos una sola cosa con él, como miembros de su cuerpo que somos. Dice, por esto san Pablo que este Espíritu es la garantía de nuestra resurrección: «Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8,11).

La Virgen María estuvo destinada para ser madre de Cristo desde la eternidad y en ella el Espíritu Santo obró el gran milagro de entregarnos a Cristo, que vino no por obra de varón sino del Espíritu Santo. La imagen de la Virgen del Saliente es la Inmaculada Virgen María, en la que Dios preparó «una digna morada para su Hijo», como reza la oración de la Iglesia; y es también la mujer apocalíptica, la que el vidente de Patmos contempló en la visión del libro del Apocalipsis: la madre que dio a luz al Mesías redentor y fue elevada al cielo para ser librada para siempre de poder del mundo y del mal, representado en el dragón que pretendía devorar al niño nacido de la mujer para nuestra salvación. Glorificada junto a Cristo Jesús en el cielo, María es signo de esperanza para todo el pueblo de Dios. Por eso, hemos de dejarnos crear de nuevo por el Espíritu, para que lleguemos a ser verdaderamente el hombre nuevo que tenemos en Cristo. Si nos dejamos hacer nueva criatura del Espíritu, seremos glorificados con María, porque llevaremos en nosotros la imagen de Cristo. Por eso María es la gran figura de la Iglesia y la estrella de la nueva evangelización.

Postgrados hoy a las plantas de la Virgen Madre, invoquemos con ella la bendición que necesitamos para que sean sanadas nuestras heridas y nos veamos libres de tantos males que afligen al mundo y podamos vivir como verdaderos hijos de María, verdaderos cristianos. Venimos a María a buscar protección amparo, suplicando que ella interceda por nosotros ante su Hijo y, libres de todo temor podamos dar testimonio de Jesús en el mundo de hoy. Al pedir el ampro de María pensemos en los cristianos perseguidos y en cuantos sufren por el Evangelio de Cristo, para que la Virgen Madre, que es consuelo de los afligidos y auxilio de los cristianos venga en su ayuda y encuentren en nuestra solidaridad fraterna comprensión y ayuda.

Hoy, día en que se celebra la fiesta del Trabajo en la sociedad civil, pidamos que san José, esposo de la Virgen María, ayude con su intercesión a quienes buscan un trabajo decente, digno de la persona humana: un trabajo que sea medio necesario del sustento cotidiano y del desarrollo personal y comunitario, medio necesario para la estabilidad de la vida familiar.

Que la Sagrada Familia interceda por quienes han abandonado sus países en busca de un trabajo digno y una vida mejor. Nosotros hemos de contribuir a ofrecérselo, conscientes de la necesaria regulación de los flujos migratorios; pero no menos conscientes de nuestro deber cristiano de ofrecerles aquello de lo que nosotros mismos necesitamos, para que así nuestra comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor contribuya a mejorar nuestro mundo. De lo contrario, como dice san Pablo, no daremos a la comunión de la Eucaristía el valor que hemos de darle, para recibirla dignamente (1 Cor 11,29). Que así sea.

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