El Espíritu Santo en la vida y misión de la Iglesia

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

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Domingo 5 de mayo de 2019

Queridos diocesanos:

Desde la Pascua de Resurrección hasta la solemnidad de Pentecostés celebramos la cincuentena pascual, que es un tiempo donde aparece la acción del Espíritu en la vida y misión de la Iglesia. En las cartas pastorales siguientes trataré distintos temas sobre el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo, manado del costado abierto de Cristo en la cruz, es el verdadero creador interno de la Iglesia. Su olvido en la vida cristiana se convierte siempre en rutina interior en la acción pastoral de la Iglesia.

El Espíritu Santo es su Ley interior, la única Ley que tiene poder de santificación para los hombres, ya que sólo él que es amor, posee la energía capaz de recapitular en la persona todos los elementos dispersos que la constituyen.

“Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos, Cristo se queda en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia no pasa de simple organización, la autoridad se convierte en dominio, la misión en propaganda, el culto en evocación, y el quehacer de los cristianos en una moral propia de esclavos. Pero en el Espíritu Santo, el cosmos se levanta y gime en la infancia del Reino, Cristo ha resucitado, el Evangelio aparece como potencia de vida, la Iglesia como comunión trinitaria, la autoridad es un servicio liberador, la misión un Pentecostés, la liturgia memorial y anticipación, el hacer humano algo divino” (I. Lattaquié).

La Iglesia, que es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la unión íntima de los creyentes con Jesús resucitado y de la unidad de todo el género humano, está dotada, por lo mismo, de un carácter referencial a la presencia y acción del Espíritu: él es vínculo de unión de cada hombre con Dios y con los hermanos (cfr. LG 1).

La Iglesia se queda vacía por dentro, cuando en alguno de los puntos de su existencia espacio-temporal, el Espíritu no es interiormente aceptado; sus dimensiones externas, doctrina, leyes, ritos se esclerotizan, resultando inevitablemente infecundos.

Por esta causa, se reconoce en la exhortación apostólica de san Pablo VI Evangelii Nuntiandi: “Las técnicas de evangelización son buenas, pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin él. Sin él, la dialéctica más convincente es impotente sobre el espíritu del hombre. Sin él los esquemas más elaborados sobre bases sociológicas se revelan pronto desprovistos de todo valor” (EN 75).

El papa Francisco en el capítulo quinto de su exhortación apostólica Evangelii Gaudium nos pide que seamos evangelizadores con Espíritu que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo. “En Pentecostés, – dice el Papa- el Espíritu hace salir de sí mismos a los Apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios, que cada uno comienza a entender en su propia lengua. El Espíritu Santo, además, infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente. Invoquémosle hoy, bien apoyados en la oración, sin la cual toda acción corre el riesgo de quedarse vacía y el anuncio finalmente carece de alma. Jesús quiere evangelizadores que anuncien la Buena Noticia no sólo con palabras sino sobre todo con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios” (EG 259).

Necesidad de la vida espiritual y de la oración. “Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que oran y trabajan. Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón. Esas propuestas parciales y desintegradoras sólo llegan a grupos reducidos y no tienen fuerza de amplia penetración, porque mutilan el Evangelio. Siempre hace falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad. Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración, y me alegra enormemente que se multipliquen en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones perpetuas de la Eucaristía. Al mismo tiempo se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad y con la lógica de la Encarnación. Existe el riesgo de que algunos momentos de oración se conviertan en excusa para no entregar la vida a la misión, porque la privatización del estilo de vida puede llevar a los cristianos a refugiarse en alguna falsa espiritualidad” (EG 262).

La experiencia cristiana del Espíritu, que, al mismo tiempo y necesariamente, es experiencia, seguridad, paz, confianza de cada hombre en sí mismo, es objetivamente el don más preciado de la vida, el valor supremo de la existencia temporal, el gozo más inefable al que el hombre puede acceder en el curso de su vida terrena.

Con mi afecto y bendición,

jimenezzamora_firma

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