Santa Misa en la festividad de San Juan de Ávila, patrono del clero secular español

Homilía de
Mons. D. Abilio Martínez Varea
Obispo de Osma-Soria

 

S.I. Concatedral de San Pedro, Soria
Viernes, 10 de mayo de 2019

Queridos hermanos presbíteros, familiares y amigos que una vez más nos congregamos en torno a la fiesta de San Juan de Ávila para sentir y celebrar nuestra fraternidad sacerdotal y los vínculos que nos unen a esta nuestra Diócesis de Osma-Soria.

Damos gracias a Dios por todos y cada uno de los que hoy celebráis vuestras Bodas de diamante y plata sacerdotales. Sabéis que boda significa compromiso y vosotros, de una y otra manera, pasando por numerosas dificultades y también por momentos de gran alegría, habéis mantenido encendida la lámpara de vuestro ministerio y sois un ejemplo para todos en esta hermosa llamada de Dios que es la vocación al ministerio sacerdotal. Os felicitamos por vuestras Bodas sacerdotales y pedimos para vosotros, por medio de San Juan de Ávila, que sigáis derramando durante muchos años el buen olor amor de Cristo en nuestras gentes.

Un año más nos disponemos a celebrar la fiesta de nuestro santo patrono, Juan de Ávila, a quien de entrada me atrevo a pedir, en nombre mío como Obispo de la Diócesis, y en nombre de todos vosotros, miembros del presbiterio diocesano, que nos conceda el don de la entrega alegre y sentido del humor, un amor apasionado a la Iglesia y a nuestros hermanos más necesitados y una confianza filial en los planes de Dios para este tiempo tan apasionante que nos ha tocado vivir.

El tiempo en el que Juan de Ávila vivió su sacerdocio no era menos convulso que el que, por designio de Dios, nos ha tocado vivir a vosotros y a mí. Hoy el Papa Francisco está poniendo el dedo en una llaga que nos duele: es la llaga del clericalismo, que hace que en lugar de ser servidores de la causa del Evangelio y de nuestros hermanos nos auto asignamos un papel de protagonistas que no cuadra con el deseo de Jesús manifestado en muchos momentos de su vida: “El primero entre vosotros será vuestro servidor”. ¡Servir! Como hicieron aquellos grandes hombres y mujeres coetáneos de nuestro santo maestro de Ávila, de nombres tan insignes como Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Francisco de Borja, Pedro de Alcántara. A todos y a cada uno de ellos los llevó el Señor por derroteros distintos pero su denominador común fue la búsqueda de la voluntad de Dios en el servicio a la Iglesia y a los hombres.

Todos ellos, Juan de Ávila también, hicieron la gran reforma de la Iglesia porque se reformaron a sí mismos con la gracia de Dios, con un esfuerzo por servir realmente encomiable y porque vivieron su vida en la Iglesia con trasparencia y con alegría. Una vez, le preguntaron a la Madre Teresa qué era lo que había que cambiar en la Iglesia. “¿Por dónde –le dijeron–, Madre, hay que empezar? Por usted y por mí”, contestó ella. En esta línea va la oración colecta de esta Eucaristía que dice así: “Oh Dios, que hiciste de San Juan de Ávila un maestro ejemplar para tu pueblo por la santidad de su vida y por su celo apostólico: haz que también en nuestros días crezca la Iglesia en santidad por el celo ejemplar de sus ministros”.

Al estilo de los santos, Juan de Ávila reformó la Iglesia de su tiempo siendo un maestro ejemplar para su pueblo, para el pueblo de Dios en el que se sitúa como servidor no por encima de él, a imitación de San Agustín que llegó a escribir lo siguiente: “Los pastores también son ovejas, son cristianos con los demás cristianos, necesitados de fe, esperanza y caridad”. Juan de Ávila cree lo que dice y dice lo que cree y vive de ello. Con su santidad y con su sabiduría hizo de su vida el ser luz y sal para llevar a todos al Maestro, a Jesús, el Hijo de Dios, Camino, Verdad y Vida.

Estas palabras son difíciles de vivir. Pero cuántos sacerdotes han dado su vida por amor a Jesucristo. Y vosotros, los que lleváis 60 y 25 años siendo pastores en Cristo, entre tormentas y también días apacibles de brisa fresca, sois para nosotros aliento en el camino. Con nuestros fallos somos los amigos y elegidos como pastores por Jesús. Ya veis, lo grande de los grandes hombres, como nuestro San Juan de Ávila, es saber tender continuamente hacia el amor. “Sólo el amor y ponerse en las manos de Dios”, dice en sus escritos. Fray Luis de Granada dice de él en su primera biografía y nos queda como ejemplo de vida para el que quiera imitarlo: “El día lo gastaba en el prójimo pero la noche, a imitación de Cristo, la gastaba en Dios”.

Os invito a pedir a Dios por los hermanos fallecidos desde la pasada fiesta de San Juan de Ávila: Mons. Teófilo Portillo, Manuel de Blas, Eustaquio de la Torre y José Jiménez. Y a orar por los sacerdotes enfermos para que no les falte nuestro afecto sincero y nuestra ayuda fraterna. Y para todos nosotros pidamos la gracia de seguir el dinamismo del sacerdocio ministerial según el Espíritu de Cristo, no según el espíritu del mundo. Esto exige de cada uno de nosotros saber llevar a cada persona hacia Dios pues el dinamismo del amor no se puede entender de otra manera. Aunque todo pasará, el amor no pasa nunca. El sacerdocio, como decía san Agustín, es amoris officium, es el oficio del buen pastor que da la vida por las ovejas (cfr. Jn 10, 14–15).

Termino pidiendo a nuestro santo patrono que nos dé la valentía de ser sacerdotes hoy y aquí, en el inicio del siglo XXI y en España. Que vivamos nuestro ministerio con alegría sabiendo que “para aquellos que aman a Dios todo es para bien”, como escribió San Pablo. En el Evangelio hemos escuchado: “Vosotros sois la sal de la tierra…Vosotros sois la luz del mundo”. Estas últimas palabras son precisamente el título del Motu proprio con el que el Papa Francisco quiere atajar determinadas conductas impropias y comienza así: “Nuestro Señor Jesucristo llama a todos los fieles a ser un ejemplo luminoso de virtud, integridad y santidad. De hecho, todos estamos llamados a dar testimonio concreto de la fe en Cristo en nuestra vida y, en particular, en nuestra relación con el prójimo”.

Pidamos a María, Madre de Dios y Madre de los sacerdotes, que interceda por todos nosotros para que nos presentemos con Cristo como sacrificio agradable a los ojos de Dios y descienda sobre nosotros la gracia que todo lo transforma, que todo lo eleva, que todo lo perfecciona y que todo lo glorifica. Que crezcamos en el amor de Dios y nos esforcemos por irradiarlo para ser sal de la tierra y luz del mundo. Que nuestro santo de Ávila nos ayude. Amen.

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