Luz en mi sendero

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“LUZ EN MI SENDERO”

CARTA PASTORAL DE LOS OBISPOS DE LA PROVINCIA ECLESIÁSTICA DE PAMPLONA Y TUDELA SOBRE LA LECTURA CREYENTE Y ORANTE DE LA SAGRADA ESCRITURA

0. INTRODUCCIÓN

“Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 119 [118],105)

1. La lectura creyente y orante de la Palabra de Dios nos permite detenernos a escuchar al Señor, para que su voz sea lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro sendero. La escucha de la Palabra de Dios no es opcional, ni una posibilidad más entre otras, sino que pertenece al corazón y a la identidad de nuestra vida cristiana, porque la Palabra tiene poder para transformar nuestras vidas.

Los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Pamplona y Tudela os dirigimos esta carta con el deseo de que la Palabra de Dios, proclamada, escuchada, rezada y vivida con actitud creyente, guíe nuestros pasos e ilumine nuestros senderos.

También nosotros somos oyentes de la Palabra. Nos situamos ante ella con escucha dócil. Somos testigos de lo que hemos oído y visto. Los Obispos, por nuestra propia misión, estamos llamados a una vida dedicada al servicio de la Palabra, a anunciar el Evangelio, a celebrar los sacramentos y a formar a los fieles en el conocimiento auténtico de las Escrituras.

Deseamos compartir con vosotros la admiración por la Palabra de Dios, la gratitud por la vida que se nos comunica a través del relato de la historia de la salvación en el Antiguo y el Nuevo Testamento.

2. Benedicto XVI preguntaba en la homilía de la Misa Crismal el día 9 de abril de 2009: “¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro pensamiento?”.

Cuando se restaura un cuadro, debajo de los barnices y de las capas de pintura que se han superpuesto a lo largo del tiempo, aparece la policromía original. Podemos pensar que en nuestra vida tenemos que quitarnos muchas capas de pintura que llevamos encima y que no nos dejan ver la belleza de la Palabra de Dios viva y operante.

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Es fecunda. Siempre produce efecto. Nos lo recuerda el conocido texto de Is 55,10-11: “Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo”.

La Palabra de Dios nos lleva al encuentro personal y comunitario con el Señor. Es nuestro deseo favorecer una lectura orante, creyente, activa y fructuosa.

3. El Papa Francisco ha basado su pontificado, entre otros temas, en la misericordia divina, en la atención delicada a los más pobres y marginados, en la conversión personal, comunitaria y pastoral y muy especialmente en la evangelización y el carácter misionero de la Iglesia (“Iglesia en salida”). Y ha fundamentado todo su magisterio en la Sagrada Escritura. Bien puede decirse que está poniendo en valor la enseñanza evangélica hasta el punto de que ya muchos lo califican como el Papa del Evangelio.

Siguiendo las orientaciones del Santo Padre y de sus predecesores, queremos presentar la proyección de la Sagrada Escritura en nuestro quehacer pastoral. Para ello presentamos algunos puntos fundamentales:

– el ministerio de la Palabra de Dios,

– la Sagrada Escritura en el magisterio del Papa Francisco,

– lectura orante de la Sagrada Escritura,

– la actividad pastoral animada por la Sagrada Escritura,

– encuentro con la Sagrada Escritura en el contexto de la pastoral eclesial,

– encuentro personal y comunitario con la Sagrada Escritura,

– pasos para la animación bíblica de la pastoral.

4. El Señor nos llama a ser discípulos en misión. A la luz de la Palabra de Dios nos preguntamos: ¿qué nos dice hoy el Señor? Deseamos comunicaros lo que hemos visto y oído para que, juntos, oyendo, creamos; creyendo, esperemos, y esperando, amemos.

Lo hacemos recordando a Santo Domingo de la Calzada, que escuchó con atención la Palabra de Dios y la vivió con pasión. Creció en santidad desde la acogida al peregrino y la fe hecha caridad. Introdujo en la Europa medieval un estilo de espiritualidad laical peculiar practicando la caridad y viviendo el Evangelio en la atención a los peregrinos.

Deseamos que el Año Jubilar Calceatense, convocado con motivo de los mil años del nacimiento de Santo Domingo de la Calzada, nos ayude a vivir en la historia el permanente dinamismo de la Palabra de Dios.

1. EL MINISTERIO DE LA PALABRA DE DIOS

5. El ministerio de la Palabra es fundamental en la evangelización. Así lo destaca el nº 50 del Directorio General para la Catequesis: “El ministerio de la Palabra es elemento fundamental de la evangelización. La presencia cristiana en medio de los diferentes grupos humanos y el testimonio de vida necesitan ser esclarecidos y justificados por el anuncio explícito de Jesucristo, el Señor. “No hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios” (EN 22). También quienes son ya discípulos de Cristo necesitan ser alimentados constantemente con la Palabra de Dios para crecer en su vida cristiana”.

Un corazón que arde cuando Jesús explica las Escrituras

6. Jesús resucitado se acercó a los discípulos desanimados que se dirigían a Emaús “comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería él en todas las Escrituras” (Lc 24,27). Y, cuando desapareció de su vista, “se dijeron el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”” (Lc 24,32).

Oír, creer, esperar y amar

7. El Concilio Vaticano II afirma en la Constitución dogmática Dei Verbum: “El Santo Concilio, escuchando religiosamente la palabra de Dios y proclamándola confiadamente, hace cuya la frase de San Juan, cuando dice: “Os anunciamos la vida eterna, que estaba en el Padre y se nos manifestó: lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros, y esta comunión nuestra sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Jn 1,2-3). (…) (El Concilio) se propone exponer la doctrina genuina sobre la divina revelación y sobre su transmisión para que todo el mundo, oyendo, crea el anuncio de la salvación; creyendo, espere, y esperando, ame” (DV 1).

Dios se revela a sí mismo

8. El Concilio Vaticano II puso el acento en la revelación divina en cuanto automanifestación de Dios en Cristo: “Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía” (DV 2). La revelación es un acontecimiento en el que Dios se manifiesta, se da a conocer.

La Sagrada Escritura, junto con la Sagrada Tradición, regla suprema de la fe

9. La Constitución Dei Verbum subraya: “la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia. Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe, (…)” (DV 21).

Alimentarse y regirse con la Sagrada Escritura

10. Dei Verbum añade: “Es necesario, por consiguiente, que toda la predicación eclesiástica, como la misma religión cristiana, se nutra de la Sagrada Escritura, y se rija por ella. Porque en los sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual” (DV 21).

Lectura asidua y estudio diligente

11. El Concilio Vaticano II exhorta a la lectura asidua y el estudio diligente de la Sagrada Escritura: “Es necesario, pues, que todos los clérigos, sobre todo los sacerdotes de Cristo y los demás que como los diáconos y catequistas se dedican legítimamente al ministerio de la palabra, se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente, para que ninguno de ellos resulte “predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior”, puesto que debe comunicar a los fieles que se le han confiado, sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina” (DV 25).

Contemplar el rostro de Cristo

12. San Juan Pablo II afirmaba en la Carta apostólica Novo Millennio Ineunte que el testimonio cristiano será deficiente si no somos contempladores del rostro de Cristo, si no tenemos la mirada puesta en Él. Por eso, añadía: “La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo, hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo”” (NMI 17).

Dios ha pronunciado su palabra eterna de un modo humano

13. La XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebró del 5 al 26 de octubre de 2008, tuvo como tema La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. Fue una experiencia profunda de encuentro con Cristo, Verbo del Padre, que está presente donde dos o tres están reunidos en su nombre (cf. Mt 18,20).

Posteriormente, Benedicto XVI publicó la Exhortación apostólica Verbum Domini en la que escribió: “”La palabra del Señor permanece para siempre. Y esa palabra es el Evangelio que os anunciamos” (1 Pe 1,25: cf. Is 40,8). Esta frase de la Primera carta de san Pedro, que retoma las palabras del profeta Isaías, nos pone frente al misterio de Dios que se comunica a sí mismo mediante el don de su palabra. Esta palabra, que permanece para siempre, ha entrado en el tiempo. Dios ha pronunciado su palabra eterna de un modo humano; su Verbo “se hizo carne” (Jn 1,14). Ésta es la buena noticia. Éste es el anuncio que, a través de los siglos, llega hasta nosotros” (VD 1).

Y también: “(…) deseo indicar algunas líneas fundamentales para revalorizar la Palabra divina en la vida de la Iglesia, fuente de constante renovación, deseando al mismo tiempo que ella sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial” (VD 1).

Reavivar el encuentro personal y comunitario con Cristo, Verbo de la Vida

14. Benedicto XVI añadió: “exhorto a todos los fieles a reavivar el encuentro personal y comunitario con Cristo, Verbo de la Vida que se ha hecho visible, y a ser sus anunciadores para que el don de la vida divina, la comunión, se extienda cada vez más por todo el mundo” (VD 2).

La Palabra de Dios, viva y actual

15. Verbum Domini se escribió con un objetivo: “Con esta Exhortación apostólica postsinodal, deseo que los resultados del Sínodo influyan eficazmente en la vida de la Iglesia, en la relación personal con las Sagradas Escrituras, en su interpretación en la liturgia y en la catequesis, así como en la investigación científica, para que la Biblia no quede como una Palabra del pasado, sino como algo vivo y actual” (VD 5).

La Palabra de Dios no solamente nos informa sobre acontecimientos que sucedieron en el pasado o sobre personas que vivieron en tiempos remotos. La Palabra de Dios nos interpela desde su realidad viva y palpitante.

Familiaridad con la Sagrada Escritura

16. Benedicto XVI exhortaba a no olvidar el fundamento de la espiritualidad cristiana: “(…) deseo exhortar una vez más a todo el Pueblo de Dios, a los Pastores, a las personas consagradas y a los laicos a esforzarse para tener cada vez más familiaridad con la Sagrada Escritura. Nunca hemos de olvidar que el fundamento de toda espiritualidad cristiana auténtica y viva es la Palabra de Dios anunciada, acogida, celebrada y meditada en la Iglesia” (VD 121).

El Espíritu Santo predispone para la escucha de la Palabra anunciada y para la acogida del mensaje de vida

17. En el discurso que el Papa Francisco entregó a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Federación Bíblica Católica (FEBIC) el 19 de junio de 2015 se leía: “La Iglesia, que proclama cada día la Palabra, recibiendo de ella alimento e inspiración, se convierte en beneficiaria y testigo excelente de la eficacia y fuerza ínsita en la misma palabra de Dios (cf. Dei Verbum, 21). No somos nosotros, ni nuestros esfuerzos, sino el Espíritu Santo quien obra por medio de aquellos que se dedican a la pastoral, y también hace lo mismo en los oyentes, predisponiendo a unos y otros a la escucha de la Palabra anunciada y a la acogida del mensaje de vida”.

La Palabra de Dios precede y excede a la Biblia

18. El 12 de abril de 2013, el Papa Francisco dirigió un Discurso a los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica en el que dijo: “Las Sagradas Escrituras, como sabemos, son el testimonio escrito de la Palabra divina, el memorial canónico que atestigua el acontecimiento de la Revelación. La Palabra de Dios, por lo tanto, precede y excede a la Biblia. Es por ello que nuestra fe no tiene en el centro sólo un libro, sino una historia de salvación y sobre todo a una Persona, Jesucristo, Palabra de Dios hecha carne. Precisamente porque el horizonte de la Palabra divina abraza y se extiende más allá de la Escritura, para comprenderla adecuadamente es necesaria la constante presencia del Espíritu Santo que “guiará hasta la verdad plena” (Jn 16,13)”.

Visión sintética

19. Como resumen de esta sección introductoria, recogemos el nº 95 del Directorio General para la Catequesis: “La Palabra de Dios contenida en la Sagrada Tradición y en la Sagrada Escritura:

– es meditada y comprendida cada vez más profundamente por el sentido de la fe de todo el Pueblo de Dios, bajo la guía del Magisterio, que la enseña con autoridad;

– se celebra en la liturgia, donde constantemente es proclamada, escuchada, interiorizada y comentada;

– resplandece en la vida de la Iglesia, en su historia bimilenaria, sobre todo en el testimonio de los cristianos, particularmente de los santos;

– es profundizada en la investigación teológica, que ayuda a los creyentes a avanzar en la inteligencia vital de los misterios de la fe;

– se manifiesta en los genuinos valores religiosos y morales que, como semillas de la Palabra, están esparcidos en la sociedad humana y en las diversas culturas”.

La lectura creyente de la Sagrada Escritura subraya el papel central de la Biblia en la vida y en la misión de la Iglesia. La Palabra de Dios tiene poder para renovar y transformar. Por eso, es preciso buscar caminos que hagan que la Palabra de Dios sea fuente de energía en el corazón de la Iglesia y del mundo.

Se trata de realizar una lectura creyente, orante y eclesial que contribuya a anunciar la Palabra de Dios después de haberla escuchado, contemplado, y casi tocado con las manos.

2. LA SAGRADA ESCRITURA EN EL MAGISTERIO DEL PAPA FRANCISCO

20. El Papa Francisco, con sus gestos y sus palabras, nos acerca al Evangelio vivo. El Papa habla de un Dios misericordioso, siempre esperando para perdonar, siempre atento al regreso de sus hijos, como el padre al hijo pródigo. Y de un Jesús que es amor, que entrega su vida en la cruz por amor, un ejemplo de entrega a los demás que los hombres deberían seguir.

Es el Papa de los pobres, no sólo en el terreno material, también en el espiritual, preocupado por ellos como San Francisco de Asís, de quien tomó su nombre.

21. Recordamos, a modo de ejemplo, algunos fragmentos de su fecundo magisterio que guardan relación con la Sagrada Escritura.

– En la Encíclica Porta fidei, texto escrito a “cuatro manos”, recoge la reflexión previa de Benedicto XVI, pero es un documento del Papa Francisco. El enunciado de los capítulos va acompañado por referencias bíblicas: capítulo primero: Hemos creído en el amor (cf. 1 Jn 4,16); capítulo segundo: Si no creéis, no comprenderéis (cf. Is 7,9); capítulo tercero: Transmito lo que he recibido (cf. 1 Cor 15,3); capítulo cuarto: Dios prepara una ciudad para ellos (cf. Heb 11,16).

– En la Exhortación apostólica Evangelii gaudium ofrece un gran contenido bíblico. Destaca especialmente el capítulo tercero (“El anuncio del Evangelio”), donde hay una excelente reflexión sobre la homilía (nn. 135-144).

– El capítulo segundo de la Encíclica Laudato si` se titula “El evangelio de la creación” (nn. 62-100) y presenta una síntesis de textos bíblicos que ofrecen grandes motivaciones para el cuidado de la naturaleza y de las personas más frágiles.

– El capítulo primero de Amoris laetitia se titula “A la luz de la Palabra” (nn. 8-30) y recuerda que la Biblia está poblada de familias, generaciones historias de amor y crisis familiares. El capítulo cuarto (“El amor en el matrimonio”) desarrolla en el apartado “Nuestro amor cotidiano” (nn. 90-119) un bello y sugerente comentario de 1 Cor 13,4-7.

– En la Exhortación apostólica Gaudete et exsultate dedica el capítulo tercero, titulado “A la luz del Maestro”, a comentar las bienaventuranzas (nn. 63-94) y al gran protocolo de Mt 25,31-46 (nn. 95-109).

– En la Exhortación apostólica Christus vivit el capítulo primero se titula “¿Qué dice la Palabra de Dios sobre los jóvenes?” (nn. 5-21) y el Papa dedica un apartado a “La juventud de Jesús” (nn. 23-29) y otro a “María, la muchacha de Nazaret” (nn. 43-48).

La lectura cristiana de la Sagrada Escritura según el Papa Francisco

22. Entre las palabras que dirigió a los jóvenes argentinos en la Catedral de San Sebastián de Río de Janeiro (25 julio 2013), dijo: “Hagan lío; cuiden los extremos del pueblo, que son los ancianos y los jóvenes; no se dejen excluir, y que no excluyan a los ancianos. Segundo: no licuen la fe en Jesucristo. Las bienaventuranzas. ¿Qué tenemos que hacer, Padre? Mira, lee las bienaventuranzas que te van a venir bien. Y si quieren saber qué cosa práctica tienen que hacer, lee Mateo 25, que es el protocolo con el cual nos van a juzgar. Con esas dos cosas tienen el programa de acción: Las bienaventuranzas y Mateo 25. No necesitan leer otra cosa”.

23. La Exhortación apostólica Evangelii gaudium está cuajada de textos bíblicos. Afirma: “Los libros del Antiguo Testamento habían preanunciado la alegría de la salvación, que se volvería desbordante en los tiempos mesiánicos” (EG 4). Y recoge textos de los profetas Isaías, Zacarías y Sofonías.

Luego menciona el Nuevo Testamento: “El Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita insistentemente a la alegría. Bastan algunos ejemplos: “Alégrate” es el saludo del ángel a María (Lc 1,28). La visita de María a Isabel hace que Juan salte de alegría en el seno de su madre (cf. Lc 1,41). En su canto María proclama: “Mi espíritu se estremece de alegría en Dios, mi salvador” (Lc 1,47). Cuando Jesús comienza su ministerio, Juan exclama: “Ésta es mi alegría, que ha llegado a su plenitud” (Jn 3,29). Jesús mismo “se llenó de alegría en el Espíritu Santo” (Lc 10,21). Su mensaje es fuente de gozo: “Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena” (Jn 15,11). Nuestra alegría cristiana bebe de la fuente de su corazón rebosante. Él promete a los discípulos: “Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría” (Jn 16,20). E insiste: “Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os podrá quitar vuestra alegría” (Jn 16,22). Después ellos, al verlo resucitado, “se alegraron” (Jn 20,20). El libro de los Hechos de los Apóstoles cuenta que en la primera comunidad “tomaban el alimento con alegría” (2,46). Por donde los discípulos pasaban, había “una gran alegría” (8,8), y ellos, en medio de la persecución, “se llenaban de gozo” (13,52). Un eunuco, apenas bautizado, “siguió gozoso su camino” (8,39), y el carcelero “se alegró con toda su familia por haber creído en Dios” (16,34). ¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de alegría?” (EG 5).

– En el apartado “La transformación misionera de la Iglesia”, del capítulo primero, indica: “La evangelización obedece al mandato misionero de Jesús: “Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado” (Mt 28,19-20). En estos versículos se presenta el momento en el cual el Resucitado envía a los suyos a predicar el Evangelio en todo tiempo y por todas partes, de manera que la fe en Él se difunda en cada rincón de la tierra” (EG 19).

– Cuando escribe sobre “Una Iglesia en salida”, dice: “En la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de “salida” que Dios quiere provocar en los creyentes” (EG 20). Y cita los ejemplos de Abraham, Moisés y Jeremías.

Afirma: “La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera” (EG 21). Una alegría que experimentan los setenta y dos discípulos, que regresan de la misión llenos de gozo (cf. Lc 10,17), que vive Jesús, cuando se estremece de gozo en el Espíritu Santo y alaba al Padre porque su revelación alcanza a los pobres y pequeñitos (cf. Lc 10,21) y que sienten llenos de admiración los primeros que se convierten al escuchar predicar a los Apóstoles “cada uno en su propia lengua” (Hch 2,6) en Pentecostés.

El Papa asegura: “La Palabra tiene en sí una potencialidad que no podemos predecir. El Evangelio habla de una semilla que, una vez sembrada, crece por sí sola también cuando el agricultor duerme (cf. Mc 4,26-29). La Iglesia debe aceptar esa libertad inaferrable de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas que suelen superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas” (EG 22).

– En la sección dedicada a “La preparación de la predicación” (nn. 145-159) explica: “El primer paso, después de invocar al Espíritu Santo, es prestar toda la atención al texto bíblico, que debe ser el fundamento de la predicación. (…) la preparación de la predicación requiere amor. Uno sólo le dedica un tiempo gratuito y sin prisa a las cosas o a las personas que ama; y aquí se trata de amar a Dios que ha querido hablar” (EG 146).

Añade: “Ante todo conviene estar seguros de comprender adecuadamente el significado de las palabras que leemos” (EG 147). Además, “para entender adecuadamente el sentido del mensaje central de un texto, es necesario ponerlo en conexión con la enseñanza de toda la Biblia, transmitida por la Iglesia. Éste es un principio importante de la interpretación bíblica, que tiene en cuenta que el Espíritu Santo no inspiró sólo una parte, sino la Biblia entera, y que en algunas cuestiones el pueblo ha crecido en su comprensión de la voluntad de Dios a partir de la experiencia vivida” (EG 148).

Es preciso realizar un proceso de “personalización de la Palabra” (nn. 149-151). “El predicador “debe ser el primero en tener una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva”. Nos hace bien renovar cada día, cada domingo, nuestro fervor al preparar la homilía, y verificar si en nosotros mismos crece el amor por la Palabra que predicamos” (EG 149).

Hay que dejarse conmover por la Palabra y hacerla carne: “Quien quiera predicar, primero debe estar dispuesto a dejarse conmover por la Palabra y a hacerla carne en su existencia concreta. De esta manera, la predicación consistirá en esa actividad tan intensa y fecunda que es “comunicar a otros lo que uno ha contemplado”. Por todo esto, antes de preparar concretamente lo que uno va a decir en la predicación, primero tiene que aceptar ser herido por esa Palabra que herirá a los demás, porque es una Palabra viva y eficaz” (EG 150).

– En el capítulo 4 (“La dimensión social de la evangelización”) hay un apartado titulado “El lugar privilegiado de los pobres en el Pueblo de Dios” que está repleto de referencias bíblicas: “El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo “se hizo pobre” (2 Co 8,9). Todo el camino de nuestra redención está signado por los pobres. Esta salvación vino a nosotros a través del “sí” de una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio. El Salvador nació en un pesebre, entre animales, como lo hacían los hijos de los más pobres; fue presentado en el Templo junto con dos pichones, la ofrenda de quienes no podían permitirse pagar un cordero (cf. Lc 2,24; Lv 5,7); creció en un hogar de sencillos trabajadores y trabajó con sus manos para ganarse el pan. Cuando comenzó a anunciar el Reino, lo seguían multitudes de desposeídos, y así manifestó lo que Él mismo dijo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres” (Lc 4,18). A los que estaban cargados de dolor, agobiados de pobreza, les aseguró que Dios los tenía en el centro de su corazón: “¡Felices vosotros, los pobres, porque el Reino de Dios os pertenece!” (Lc 6,20); con ellos se identificó: “Tuve hambre y me disteis de comer”, y enseñó que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo (cf. Mt 25,35s)” (EG 197).

Textos frecuentemente citados en la enseñanza del Papa Francisco

Parábola del Padre misericordioso

24. Desde el inicio de su ministerio petrino, el Santo Padre ha comentado con frecuencia un grupo selecto de textos bíblicos. El 7 de abril de 2013, en la homilía en San Juan de Letrán, dijo: “A mí me produce siempre una gran impresión releer la parábola del Padre misericordioso, me impresiona porque me infunde siempre una gran esperanza. Pensad en aquel hijo menor que estaba en la casa del Padre, era amado; y aun así quiere su parte de la herencia; y se va, lo gasta todo, llega al nivel más bajo, muy lejos del Padre; y cuando ha tocado fondo, siente la nostalgia del calor de la casa paterna y vuelve. ¿Y el Padre? ¿Había olvidado al Hijo? No, nunca. Está allí, lo ve desde lejos, lo estaba esperando cada día, cada momento: ha estado siempre en su corazón como hijo, incluso cuando lo había abandonado, incluso cuando había dilapidado todo el patrimonio, es decir su libertad; el Padre con paciencia y amor, con esperanza y misericordia no había dejado ni un momento de pensar en él, y en cuanto lo ve, todavía lejano, corre a su encuentro y lo abraza con ternura, la ternura de Dios, sin una palabra de reproche: Ha vuelto. Y esta es la alegría del padre. En ese abrazo al hijo está toda esta alegría: ¡Ha vuelto! Dios siempre nos espera, no se cansa. Jesús nos muestra esta paciencia misericordiosa de Dios para que recobremos la confianza, la esperanza, siempre. Un gran teólogo alemán, Romano Guardini, decía que Dios responde a nuestra debilidad con su paciencia y éste es el motivo de nuestra confianza, de nuestra esperanza. Es como un diálogo entre nuestra debilidad y la paciencia de Dios, es un diálogo que si lo hacemos, nos da esperanza”.

25. En la Audiencia general del 29 de mayo de 2013 mencionó la parábola del hijo pródigo: “En estos meses, más de una vez he hecho referencia a la parábola del hijo pródigo, o mejor del padre misericordioso (cf. Lc 15,11-32). El hijo menor deja la casa del padre, despilfarra todo y decide regresar porque se da cuenta de haber errado, pero ya no se considera digno de ser hijo y piensa que puede ser acogido de nuevo como siervo. Sin embargo el padre corre a su encuentro, le abraza, le restituye la dignidad de hijo y hace fiesta. Esta parábola, como otras en el Evangelio, indica bien el proyecto de Dios sobre la humanidad”.

También comentó lo siguiente: “Toda la historia de la salvación es la historia de Dios que busca al hombre, le ofrece su amor, le acoge. Llamó a Abrahán a ser padre de una multitud, eligió al pueblo de Israel para establecer una alianza que abrace a todas las gentes, y envió, en la plenitud de los tiempos, a su Hijo para que su proyecto de amor y de salvación se realice en una nueva y eterna alianza con la humanidad entera. Cuando leemos los Evangelios, vemos que Jesús reúne en torno a sí a una pequeña comunidad que acoge su palabra, le sigue, comparte su camino, se convierte en su familia, y con esta comunidad Él prepara y construye su Iglesia” (Audiencia general, 29 mayo 2013).

Las parábolas de la misericordia

26. En el Ángelus del 15 de septiembre de 2013 afirmó: “En la liturgia de hoy se lee el capítulo 15 del Evangelio de Lucas, que contiene las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja perdida, la de la moneda extraviada y después la más larga de las parábolas, típica de san Lucas, la del padre y los dos hijos, el hijo “pródigo” y el hijo que se cree “justo”, que se cree santo. Estas tres parábolas hablan de la alegría de Dios. Dios es alegre. Interesante esto: ¡Dios es alegre! ¿Y cuál es la alegría de Dios? La alegría de Dios es perdonar, ¡la alegría de Dios es perdonar! Es la alegría de un pastor que reencuentra su oveja; la alegría de una mujer que halla su moneda; es la alegría de un padre que vuelve a acoger en casa al hijo que se había perdido, que estaba como muerto y ha vuelto a la vida, ha vuelto a casa. ¡Aquí está todo el Evangelio! ¡Aquí! ¡Aquí está todo el Evangelio, está todo el cristianismo! Pero mirad que no es sentimiento, no es “buenismo”. Al contrario, la misericordia es la verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del “cáncer” que es el pecado, el mal moral, el mal espiritual. Sólo el amor llena los vacíos, las vorágines negativas que el mal abre en el corazón y en la historia. Sólo el amor puede hacer esto, y ésta es la alegría de Dios”.

“Jesús es todo misericordia, Jesús es todo amor: es Dios hecho hombre. Cada uno de nosotros, cada uno de nosotros, es esa oveja perdida, esa moneda perdida; cada uno de nosotros es ese hijo que ha derrochado la propia libertad siguiendo ídolos falsos, espejismos de felicidad, y ha perdido todo. Pero Dios no nos olvida, el Padre no nos abandona nunca. Es un padre paciente, nos espera siempre. Respeta nuestra libertad, pero permanece siempre fiel”.

El icono de Emaús

27. En su viaje a Río de Janeiro, propuso a los obispos brasileños “el icono de Emaús como clave de lectura del presente y del futuro”.

El 7 de abril de 2013 ya había dicho en la homilía en San Juan de Letrán: “Pensemos en los dos discípulos de Emaús: el rostro triste, un caminar errante, sin esperanza. Pero Jesús no les abandona: recorre a su lado el camino, y no sólo. Con paciencia explica las Escrituras que se referían a Él y se detiene a compartir con ellos la comida. Éste es el estilo de Dios: no es impaciente como nosotros, que frecuentemente queremos todo y enseguida, también con las personas. Dios es paciente con nosotros porque nos ama, y quien ama comprende, espera, da confianza, no abandona, no corta los puentes, sabe perdonar. Recordémoslo en nuestra vida de cristianos: Dios nos espera siempre, aun cuando nos hayamos alejado. Él no está nunca lejos, y si volvemos a Él, está preparado para abrazarnos!”.

Comentarios según el ritmo de la liturgia

28. Diariamente, en la celebración de la Eucaristía en la Residencia Santa Marta, el Papa ofrece un sabroso comentario a los textos bíblicos siguiendo el ritmo de la liturgia. A lo largo de estos años, como hicieron sus predecesores, también ha comentado en el Ángelus de cada domingo lo rasgos fundamentales del evangelio dominical.

Las imágenes que utiliza y las palabras que pronuncia se quedan grabadas en nuestro interior. Expresa con fuerza y decisión un mensaje que es siempre nuevo y actual. Nos dice en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium: “Lo indispensable es que el predicador tenga la seguridad de que Dios lo ama, de que Jesucristo lo ha salvado, de que su amor tiene siempre la última palabra. Ante tanta belleza, muchas veces sentirá que su vida no le da gloria plenamente y deseará sinceramente responder mejor a un amor tan grande. Pero si no se detiene a escuchar esa Palabra con apertura sincera, si no deja que toque su propia vida, que le reclame, que lo exhorte, que lo movilice, si no dedica un tiempo para orar con esa Palabra, entonces sí será un falso profeta, un estafador o un charlatán vacío. En todo caso, desde el reconocimiento de su pobreza y con el deseo de comprometerse más, siempre podrá entregar a Jesucristo, diciendo como Pedro: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te lo doy” (Hch 3,6). El Señor quiere usarnos como seres vivos, libres y creativos, que se dejan penetrar por su Palabra antes de transmitirla; su mensaje debe pasar realmente a través del predicador, pero no sólo por su razón, sino tomando posesión de todo su ser. El Espíritu Santo, que inspiró la Palabra, es quien “hoy, igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por Él, y pone en sus labios las palabras que por sí solo no podría hallar”” (EG 151).

3. LECTURA ORANTE DE LA SAGRADA ESCRITURA

Lectio Divina: buscar con lealtad y confianza en Dios el sentido de la Sagrada Escritura

29. Benedicto XVI escribe sobre “Lectura orante de la Sagrada Escritura y lectio divina” en la Exhortación apostólica Verbum Domini: “El Sínodo ha vuelto a insistir más de una vez en la exigencia de un acercamiento orante al texto sagrado como factor fundamental de la vida espiritual de todo creyente, en los diferentes ministerios y estados de vida, con particular referencia a la lectio divina. En efecto, la Palabra de Dios está en la base de toda espiritualidad auténticamente cristiana. (…) Como dice san Agustín: “Tu oración es un coloquio con Dios. Cuando lees, Dios te habla; cuando oras, hablas tú a Dios”. Orígenes (…) sostiene que entender las Escrituras requiere, más incluso que el estudio, la intimidad con Cristo y la oración. En efecto, está convencido de que la vía privilegiada para conocer a Dios es el amor, y que no se da una auténtica scientia Christi sin enamorarse de Él. En la Carta a Gregorio, el gran teólogo alejandrino recomienda: “Dedícate a la lectio de las divinas Escrituras; aplícate a esto con perseverancia. Esfuérzate en la lectio con la intención de creer y de agradar a Dios. Si durante la lectio te encuentras ante una puerta cerrada, llama y te abrirá el guardián, del que Jesús ha dicho: ´El guardián se la abrirá`. Aplicándote así a la lectio divina, busca con lealtad y confianza inquebrantable en Dios el sentido de las divinas Escrituras, que se encierra en ellas con abundancia. Pero no has de contentarte con llamar y buscar. Para comprender las cosas de Dios te es absolutamente necesaria la oratio. Precisamente para exhortarnos a ella, el Salvador no solamente nos ha dicho: ´Buscad y hallaréis`, ´llamad y se os abrirá`, sino que ha añadido: ´Pedid y recibiréis`”” (VD 86).

30. Frente al riesgo del acercamiento individualista, es preciso recordar que la Palabra de Dios construye comunión: “(…) se ha de evitar el riesgo de un acercamiento individualista, teniendo presente que la Palabra de Dios se nos da precisamente para construir comunión, para unirnos en la Verdad en nuestro camino hacia Dios. Es una Palabra que se dirige personalmente a cada uno, pero también es una Palabra que construye comunidad, que construye la Iglesia. Por tanto, hemos de acercarnos al texto sagrado en la comunión eclesial” (VD 86).

El lugar teológico de la Sagrada Escritura es la liturgia: “Por eso, en la lectura orante de la Sagrada Escritura, el lugar privilegiado es la Liturgia, especialmente la Eucaristía, en la cual (…) se actualiza en nosotros la Palabra misma” (VD 86).

La lectio divina es capaz de abrir al fiel el tesoro de la Palabra de Dios y de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente (cf. VD 87).

La Palabra de Dios nos permite “profundizar en el sentido de la pertenencia eclesial y nos sustenta en una familiaridad más grande con Dios. Como dice San Ambrosio, cuando tomamos con fe las Sagradas Escrituras en nuestras manos, y las leemos con la Iglesia, el hombre vuelve a pasear con Dios en el paraíso” (VD 87).

31. Se acostumbra a dividir la lectio divina en tiempos: lectio, meditatio, oratio y contemplatio. La lectio divina es oración, en cuanto aprendizaje de la Palabra de Dios, logrado mediante la paciente y prolongada repetición de la misma. Tal repetición origina el despertar de los pasajes bíblicos que conducen a poseer una gran familiaridad con la Palabra de Dios y que contribuyen a formarse una mentalidad bíblica, y también, y sobre todo, a apropiarse del ininterrumpido recuerdo de Dios y del suave sentido de su presencia. Haremos un recorrido por estas etapas [1].

32. La lectio: la escucha

El “tiempo” de la lectio está constituido por la “escucha” de la sagrada página. Es el momento del silencio adorador y de la escucha obediente. Sólo en medio de un silencio recogido y disponible podemos prestar oído a su silenciosa voz.

El primer momento es la escucha dócil y receptiva, en actitud de obediencia a la llamada que repite el Antiguo Testamento: “Escucha, Israel” (Dt 6,4), y que resuena en el Nuevo Testamento cuando el Padre presenta a Jesús como el Hijo-Mesías: “Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo” (Mc 9,7).

Se lee no sólo para conocer y comprender el texto bíblico en su literalidad, sino, sobre todo, para recoger mensajes, sugerencias, inspiraciones que se expresan en el texto bíblico y salen a nuestro encuentro. La Palabra divina llega al lector tan persuasiva como comprometedora y le induce a la disponibilidad del corazón y a abrirse a las enseñanzas siempre suscitadoras de nueva inspiración. Se escuchan las palabras con el oído, pero también se acogen en el corazón.

33. La meditatio: la acogida

El modelo es la Virgen María, que después de haber escuchado las palabras, las guardaba todas “meditándolas en su corazón” (Lc 2,19.51). Las palabras se juntan y para captar el mensaje es imprescindible reflexionar, es decir, mirarse en el texto como en un espejo. La meditación se refiere a la inteligencia interna; es la búsqueda de la “verdad oculta” descubierta en el tesoro escondido del texto.

En algunos pasajes bíblicos se ordena al profeta “comer” el códice de la Palabra de Dios (Ez 3,1-3; Ap 10,9-10), para significar la necesidad de una asimilación. Se usa el símbolo de la “Escritura como alimento dulce y nutriente” (S. Agustín), el cual puede ser “deglutido” solamente después de haber sido masticado. Se podría decir que la lectio lleva el alimento a la boca y la meditatio lo mastica.

Meditatio significa reflexionar largo y tendido para asimilar el mensaje y para madurar una decisión con calma y detención. Consiste en repetir la Palabra escuchada, de modo que se presente al lector en su concreción. Consiste en volver sobre el significado de la Palabra para entrar en la profundidad de su mensaje, en repetir la Palabra o su mensaje concentrado en una concisa expresión para poderlo “gustar”, en hacer descender el mensaje desde la mente que lo ha comprendido al “corazón”.

34. La oratio: la plegaria

Después del “casto silencio” (Sto. Tomás) de la lectio y de la gestación temblorosa y recogida de la meditatio, llega el momento de la respuesta fructífera de la oratio: “Cuando escuchas, Dios te habla; cuando oras, eres tú el que habla a Dios” (S. Agustín). Si en las dos primeras fases la Palabra de Dios salida del silencio se acercaba a mí hasta penetrarme, con la oración el Espíritu pone en marcha en mí el proceso de restitución de la palabra al Padre, proceso que encuentra su culminación en el diálogo intratrinitario.

La oratio brota espontánea del encuentro del “corazón” del hombre “con el corazón de Dios por medio de la Palabra de Dios” (S. Gregorio Magno). Por la meditatio somos reconducidos al “corazón”, el cual “es lo íntimo del hombre, el lugar donde habita Dios” (Teófanes el Recluso). En él se realiza aquel encuentro en el que Dios habla al hombre y el hombre escucha a Dios; el hombre habla a Dios y Dios escucha al hombre; todo por medio de la única Palabra divina.

Oración verdadera es el salto hacia Dios, conocido mediante el amor, y un diálogo, signo del amor, que no tiene necesidad de palabras para expresarse. Así nos lo aconseja Jesús: “Cuando recéis, no uséis muchas palabras” (Mt 6,7).

Es el Espíritu quien suscita en nosotros la oración verdadera. Nosotros repetimos lo que el Espíritu nos sugiere porque es el Espíritu quien nos da fuerza para orar.

35. La contemplatio: la comunión

Mientras que la oración tiene un desarrollo más discursivo y analítico, la contemplación consiste en una mirada participativa y amante; se vuelve al silencio, pero no el silencio de la escucha, sino el silencio de la visión con los ojos de la fe.

Se trata de una personal experiencia de Dios que los maestros del espíritu definen como “oración del silencio”, “oración del descanso”, “oración en presencia de Dios”, “oración de pura fe”, “oración de solo el corazón”, “desear al esposo y amado”, “deseo y amor”, “el amor es insaciable de amor”.

La contemplatio pone en contacto con “el secreto rostro de Dios” (Guillermo de Saint-Thierry) y entonces “el alma se aquiete en la alegría y en el descanso por la posesión de Aquél que ama” (Sto. Tomás de Aquino). Según san Bernardo, la contemplación “atrapa a Dios y casi lo toca”: “Toca a Dios no con la mano sino con el amor, no con los sentidos sino con la fe”.

36. Según explica Benedicto XVI en el nº 87 de Verbum Domini, hay unas preguntas que debemos hacernos en este recorrido:

– En la lectio: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo?

– En la meditatio: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros?

– En la oratio: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra?

– En la contemplatio: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor?

37. Se puede añadir otro elemento: la operatio (el testimonio).

Después del camino de la oración queda la puesta en práctica: “bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11,28).

La operatio es el fruto de la meditatio y de la contemplatio. Se trata de dejar fluir la Palabra en mí y en nosotros, y permitir que la Palabra suscite -al ser escuchada- iluminaciones, propuestas y proyectos operativos, haciéndonos dispuestos y dóciles a obedecerla.

Es el Verbo quien suscita todo verdadero proyecto de operatio y es la gracia del Espíritu la que da éxito a todo empeño de operatio. El impulso a la acción, la opción por la operatio y el modo de realizarla fluyen con espontaneidad de la “escucha” de la Palabra divina. Las opciones prácticas múltiples y diferenciadas, que responden a diversas situaciones, son siempre orientadas por la Palabra divina.

Dios es escuchado en la lectio; sus palabras son acogidas en el corazón mediante la meditatio; se transforman en palabras nuestras que le dirigimos en la oratio; se convierten en comunión con Él y con el misterio de su amor en la contemplatio; guían la operatio como descubrimiento de proyecto de vida a la luz y en la gracia del Espíritu.

38. Se pueden leer con gran provecho los nn. 152-153 de Evangelii gaudium sobre la lectura espiritual, donde se recuerda la lectio divina como “la lectura de la Palabra de Dios en un momento de oración para permitirle que nos ilumine y nos renueve” (EG 152). El Papa recomienda: “En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: “Señor, ¿qué me dice a este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? ¿Qué me molesta en este texto? ¿Por qué esto no me interesa?”, o bien: “¿Qué me agrada? ¿Qué me estimula de esta Palabra? ¿Qué me atrae? ¿Por qué me atrae?”” (EG 153).

Iniciación a la Sagrada Escritura como Palabra de Dios: lectura orante y fiel para profundizar en la relación con Jesucristo

39. El nº 72 de Verbum Domini, titulado “Encontrar la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura”, asegura: “Si bien es verdad que la liturgia es el lugar privilegiado para la proclamación, la escucha y la celebración de la Palabra de Dios, es cierto también que este encuentro ha de ser preparado en los corazones de los fieles y, sobre todo, profundizado y asimilado por ellos. En efecto, la vida cristiana se caracteriza esencialmente por el encuentro con Jesucristo que nos llama a seguirlo”.

En consecuencia, se añade: “Por eso, el Sínodo de los Obispos ha reiterado más de una vez la importancia de la pastoral en las comunidades cristianas, como ámbito propio en el que recorrer un itinerario personal y comunitario con respecto a la Palabra de Dios, de modo que ésta sea realmente el fundamento de la vida espiritual. Junto a los Padres sinodales, expreso el vivo deseo de que florezca “una nueva etapa de mayor amor a la Sagrada Escritura por parte de todos los miembros del Pueblo de Dios, de manera que, mediante su lectura orante y fiel a lo largo del tiempo, se profundice la relación con la persona misma de Jesús”” (VD 72).

40. Es preciso conocer la Escritura para crecer en el amor de Cristo: “No faltan en la historia de la Iglesia recomendaciones por parte de los santos sobre la necesidad de conocer la Escritura para crecer en el amor de Cristo. Este es un dato particularmente claro en los Padres de la Iglesia. San Jerónimo, gran enamorado de la Palabra de Dios, se preguntaba: “¿Cómo se podría vivir sin la ciencia de las Escrituras, mediante las cuales se aprende a conocer a Cristo mismo, que es la vida de los creyentes?”. Era muy consciente de que la Biblia es el instrumento “con el que Dios habla cada día a los creyentes”. Así, san Jerónimo da este consejo a la matrona romana Leta para la educación de su hija: “Asegúrate de que estudie cada día algún paso de la Escritura… Que la oración siga a la lectura, y la lectura a la oración… Que, en lugar de las joyas y los vestidos de seda, ame los Libros divinos”. Vale también para nosotros lo que san Jerónimo escribió al sacerdote Nepoziano: “Lee con mucha frecuencia las divinas Escrituras; más aún, que nunca dejes de tener el Libro santo en tus manos. Aprende aquí lo que tú tienes que enseñar”. A ejemplo del gran santo, que dedicó su vida al estudio de la Biblia y que dejó a la Iglesia su traducción latina, llamada Vulgata, y de todos los santos, que han puesto en el centro de su vida espiritual el encuentro con Cristo, renovemos nuestro compromiso de profundizar en la palabra que Dios ha dado a la Iglesia: podremos aspirar así a ese “alto grado de la vida cristiana ordinaria”, que el Papa Juan Pablo II deseaba al principio del tercer milenio cristiano, y que se alimenta constantemente de la escucha de la Palabra de Dios” (VD 72).

Lectura comunitaria de la Sagrada Escritura

41. La mejor aproximación al texto bíblico es la que se realiza en la comunión eclesial, porque el sujeto vivo de la Sagrada Escritura es el Pueblo de Dios, la comunidad oyente, creyente y orante. Es imprescindible escuchar y leer la Sagrada Escritura en la comunión de la Iglesia y en la comunidad donde nace, se desarrolla y se comparte la fe.

La lectura comunitaria evita el individualismo, la interpretación subjetiva, el riesgo de una acogida exclusivamente intelectual o ideologizada.

Benedicto XVI recomendaba la difusión de pequeñas comunidades, integradas por familias, o insertas en las parroquias, o relacionadas con los movimientos eclesiales y nuevas comunidades para promover la formación, la oración y el conocimiento de la Biblia según la fe de la Iglesia (cf. VD 73).

Todos conocemos ejemplos de comunidades vivas, activas, misioneras, evangelizadoras, que se alimentan constantemente de la Sagrada Escritura

4. LA ACTIVIDAD PASTORAL ANIMADA POR LA SAGRADA ESCRITURA

42. Hay una pastoral bíblica que nació a partir de la Constitución conciliar Dei Verbum y se considera no como una yuxtaposición con otras formas de pastoral, sino como la animación bíblica de toda la pastoral [2].

Animación bíblica de toda la pastoral

43. Benedicto XVI escribió en el número 73 de Verbum Domini, dedicado a “La animación bíblica de la pastoral”: “el Sínodo ha invitado a un particular esfuerzo pastoral para resaltar el puesto central de la Palabra de Dios en la vida eclesial, recomendando “incrementar la ´pastoral bíblica`, no en yuxtaposición con otras formas de pastoral, sino como animación bíblica de toda la pastoral””.

A continuación, explicaba: “No se trata, pues, de añadir algún encuentro en la parroquia o la diócesis, sino de lograr que las actividades habituales de las comunidades cristianas, las parroquias, las asociaciones y los movimientos, se interesen realmente por el encuentro personal con Cristo que se comunica en su Palabra. Así, puesto que “la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo”, la animación bíblica de toda la pastoral ordinaria y extraordinaria llevará a un mayor conocimiento de la persona de Cristo, revelador del Padre y plenitud de la revelación divina” (VD 73).

La Palabra de Dios, don del Padre para el encuentro con Jesucristo vivo

44. Según el Documento Conclusivo de Aparecida: “Se hace (…) necesario proponer a los fieles la Palabra de Dios como don del Padre para el encuentro con Jesucristo vivo, camino de “auténtica conversión y de renovada comunión y solidaridad”. Esta propuesta será mediación de encuentro con el Señor si se presenta la Palabra revelada, contenida en la Escritura, como fuente de evangelización. Los discípulos de Jesús anhelan nutrirse con el Pan de la Palabra: quieren acceder a la interpretación adecuada de los textos bíblicos, a emplearlos como mediación de diálogo con Jesucristo, y a que sean alma de la propia evangelización y del anuncio de Jesús a todos. Por esto, la importancia de una “pastoral bíblica”, entendida como animación bíblica de la pastoral, que sea escuela de interpretación o conocimiento de la Palabra, de comunión con Jesús u oración con la Palabra, y de evangelización inculturada o de proclamación de la Palabra. Esto exige, por parte de obispos, presbíteros, diáconos y ministros laicos de la Palabra, un acercamiento a la Sagrada Escritura que no sea sólo intelectual e instrumental, sino con un corazón “hambriento de oír la Palabra del Señor” (Am 8,11)” (nº 248).

La animación bíblica de la pastoral en el contexto eclesial

45. A la luz de la “Constitución de la Federación Bíblica Católica”, la animación bíblica de la pastoral se puede proponer, entre otras iniciativas:

1. Promover y desarrollar que la Palabra de Dios presente en la Sagrada Escritura se convierta en una fuente dinámica de inspiración para todas las áreas de la vida y misión de la Iglesia en el mundo de hoy, siguiendo las líneas establecidas en la Constitución dogmática Dei Verbum y en la Exhortación apostólica post-sinodal Verbum Domini, así como en los documentos de la Pontificia Comisión Bíblica y en colaboración con los Obispos.

2. Participar activamente en la misión de evangelización de la Iglesia compartiendo la Buena Nueva del amor de Dios por toda la creación como se manifiesta en la vida y la muerte de Jesucristo, la Palabra de Dios excelencia, y en el movimiento del Espíritu Santo.

3. Facilitar un intercambio fructífero y la creación de redes de experiencias pastorales y reflexión bíblica, métodos y materiales.

En particular, la animación bíblica de la pastoral podría promover:

1. La difusión generalizada de la Sagrada Escritura, en especial la Versión Oficial de la Conferencia Episcopal Española.

2. El desarrollo y uso de métodos tanto de lectura orante y creyente y la interpretación y la vida de la Sagrada Biblia por los sacerdotes, personas consagradas y seglares.

3. El desarrollo de formas de ministerio pastoral sólidamente fundadas en las Escrituras (liturgia, homilética, compromiso con la justicia, reconciliación y paz…).

4. El desarrollo de programas de formación bíblica pastoral.

5. La reflexión y el estudio de temas de importancia para la pastoral bíblica.

6. El diálogo constructivo entre la exégesis científica, la teología y la pastoral bíblica.

7. La cooperación ecuménica en la pastoral bíblica.

5. ENCUENTRO CON LA SAGRADA ESCRITURA EN EL CONTEXTO DE LA PASTORAL ECLESIAL [3]

46. En este apartado, presentamos algunos de los ámbitos más característicos de la pastoral eclesial que resultan revitalizados desde su encuentro con la Sagrada Escritura. No pretendemos ser exhaustivos; solamente destacamos, una vez más, que la Palabra de Dios resplandece en la vida y la misión de la Iglesia.

Sagrada Escritura y catequesis: totalmente impregnada por el pensamiento, el espíritu y las actitudes bíblicas y evangélicas

47. Benedicto XVI escribe en Verbum Domini: “En el Directorio general para la catequesis encontramos indicaciones válidas para animar bíblicamente la catequesis, y a ellas me remito. En esta circunstancia, deseo sobre todo subrayar que la catequesis “ha de estar totalmente impregnada por el pensamiento, el espíritu y las actitudes bíblicas y evangélicas, a través de un contacto asiduo con los mismos textos; y recordar también que la catequesis será tanto más rica y eficaz cuanto más lea los textos con la inteligencia y el corazón de la Iglesia”, y cuanto más se inspire en la reflexión y en la vida bimilenaria de la Iglesia” (VD 74).

El pensamiento se completa con estas palabras: “Se ha de fomentar, pues, el conocimiento de las figuras, de los hechos y las expresiones fundamentales del texto sagrado; para ello, puede ayudar también una inteligente memorización de algunos pasajes bíblicos particularmente elocuentes de los misterios cristianos. La actividad catequética comporta un acercamiento a las Escrituras en la fe y en la Tradición de la Iglesia, de modo que se perciban esas palabras como vivas, al igual que Cristo está vivo hoy donde dos o tres se reúnen en su nombre (cf. Mt 18,20). Además, debe comunicar de manera vital la historia de la salvación y los contenidos de la fe de la Iglesia, para que todo fiel reconozca que también su existencia personal pertenece a esta misma historia” (VD 74).

La Sagrada Escritura en la iniciación cristiana: conocer al Dios verdadero y a su enviado, Jesucristo

48. La Palabra de salvación se convierte en Buena Noticia para quien está en proceso de iniciación cristiana cuando la comunidad la proclama y es acogida en la vida, haciendo posible la configuración progresiva con Cristo. Existe un dinamismo traditio-redditio de la Palabra anunciada y recibida.

En el Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos podemos seguir los pasos que da una persona que, al oír el anuncio de Jesucristo, y bajo la acción del Espíritu Santo que actúa en su corazón, consciente y libremente busca al Dios vivo y emprende el camino de la fe y de la conversión.

En la forma simplificada de la iniciación de un adulto, en el rito de admisión se le pregunta: “N., ¿qué pides a la Iglesia de Dios?”. Y él responde: “La fe”. Se le pregunta: “¿Qué te otorga la fe?”. Y él dice: “La vida eterna” (RICA 247). Luego se continúa diciendo: “Ésta es la vida eterna, que conozcas al Dios verdadero y a su enviado, Jesucristo. (…) Pero no nos pedirías hoy esta vida juntamente con el Bautismo, si no conocieras ya a Cristo y quisieras hacerte su discípulo. ¿Has oído antes sus palabras? (…)” (RICA 248).

Al adulto se le invita a entrar en la iglesia diciéndole: “N., entra en el templo, para que tengas parte con nosotros en la mesa de la palabra de Dios” (RICA 251).

Sagrada Escritura y liturgia: es Jesucristo quien habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura

49. La Constitución conciliar Sacrosanctum concilium destaca la importancia máxima a la Sagrada Escritura en la liturgia: “La importancia de la Sagrada Escritura en la celebración litúrgica es máxima. En efecto, de ella se toman las lecturas que se explican en la homilía, y los salmos que se cantan; las preces, oraciones y cantos litúrgicos están impregnados de su aliento; de ella reciben su significación las acciones y los signos. De ahí que, para procurar la reforma, el desarrollo y la adaptación de la sagrada liturgia, es necesario promover aquel afecto suave y vivo a la Sagrada Escritura del que da testimonio la venerable tradición de los ritos tanto orientales como occidentales” (SC 24).

Mayor alcance tiene la afirmación de que Cristo “está presente en su palabra, pues es Él mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura” (SC 7).

Según la Exhortación apostólica Verbum Domini de Benedicto XVI: “Al considerar la Iglesia como “casa de la Palabra”, se ha de prestar atención ante todo a la sagrada liturgia. (…) éste es el ámbito privilegiado en el que Dios nos habla en nuestra vida, habla hoy a su pueblo, que escucha y responde”. “(…) En cierto sentido, la hermenéutica de la fe respecto a la Sagrada Escritura debe tener siempre como punto de referencia la liturgia, en la que se celebra la Palabra de Dios como palabra actual y viva” (VD 52).

Sagrada Escritura y servicio de la caridad: la Buena Nueva del amor de Dios tiende a prolongarse en el amor hacia los hermanos

50. Existe una íntima conexión entre la Sagrada Escritura y la caridad, porque el encuentro con la Palabra, en cuanto anuncio de la Buena Nueva del amor de Dios por los hombres, por su propia naturaleza tiende a prolongarse en el amor hacia los hermanos, de modo que cualquier acción de caridad manifiesta el amor hacia el mismo Dios.

El anuncio de la Palabra de Dios, la celebración de los sacramentos y el servicio de la caridad son “tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra” (BENEDICTO XVI, Deus caritas est, 25a).

San Lucas presenta a la Madre de Dios atareada en un servicio de caridad a su pariente Isabel. En el encuentro entre ambas, la Virgen entona el Magnificat. Y comenta Benedicto XVI: “El Magníficat -un retrato de su alma, por decirlo así- está completamente tejido por los hilos tomados de la Sagrada Escritura, de la Palabra de Dios. Así se pone de relieve que la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Así se pone de manifiesto, además, que sus pensamientos están en sintonía con el pensamiento de Dios, que su querer es un querer con Dios. Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada” (Deus caritas est, 41).

Sagrada Escritura y misión: el anuncio de la Palabra de Dios

51. Jesucristo envía a sus discípulos: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15); “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del espíritu Santo; enseándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28,19-20).

El Papa Francisco destaca en Evangelii gaudium las motivaciones para un nuevo impulso misionero: “Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración, y me alegra enormemente que se multipliquen en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones perpetuas de la Eucaristía” (EG 262).

Como explicaba san Juan Pablo II en la Encíclica Redemptoris missio, “toda comunidad, para ser cristiana, debe formarse y vivir en Cristo, en la escucha de la Palabra de Dios, en la oración centrada en la Eucaristía, en la comunión expresada en la unión de corazones y espíritus, así como en el compartir según las necesidades de los miembros” (RMi 51). El misionero “sabe que no anuncia una verdad humana, sino la “Palabra de Dios”, la cual tiene una fuerza intrínseca y misteriosa (cf. Rom 1,16)” (RMi 45). El misionero “halla respuesta a los problemas a la luz de la Palabra de Dios y con la oración personal y comunitaria” (RMi 91).

Sagrada Escritura y diálogo ecuménico: instrumento precioso para la unidad ente los cristianos

52. El encuentro con la Sagrada Escritura tiene una importancia decisiva en el diálogo ecuménico, como punto de referencia entre Iglesias y comunidades eclesiales, puesto que la Biblia es la base común de la regla de la fe. De esta forma, se consolida el vínculo de la unidad y se da al mundo un testimonio de fe y de servicio a la verdad. La Pastoral Bíblica incluye un dinamismo ecuménico.

El Decreto conciliar Unitatis redintegratio afirma: “El amor y la veneración y casi culto a las Sagradas Escrituras conducen a nuestros hermanos separados el estudio constante y solícito de la Biblia, pues el Evangelio “es poder de Dios para la salud de todo el que cree, del judío primero, pero también del griego” (Rom 1,16)” (Unitatis redintegratio, 21).

“Invocando al Espíritu Santo, buscan en las Escrituras a Dios, que, en cierto modo, les habla en Cristo, preanunciado por los profetas, Verbo de Dios encarnado por nosotros. En ellas contemplan la vida de Cristo y cuanto el divino Maestro enseñó y realizó para la salvación de los hombres, sobre todo los misterios de su muerte y de su resurrección” (ibid.).

“(…) las Sagradas Escrituras son, en el diálogo mismo, instrumentos preciosos en la mano poderosa de Dios para lograr aquella unidad que el Salvador presenta a todos los hombres” (ibid.).

Sagrada Escritura y Enseñanza Religiosa Escolar: elementos imprescindibles para una auténtica transmisión del mensaje cristiano

53. Es necesario situar la Sagrada Escritura en el contexto educativo. La Biblia, fuente de revelación, contiene elementos que se deben valorar para una auténtica transmisión del mensaje cristiano. Es preciso conocer la pedagogía de Dios, insertarse en la historia de la salvación, situar a los grandes personajes bíblicos y los principales acontecimientos. A través de la historia del pueblo de Israel se manifiesta una gran riqueza de contenido, en una literatura rica que manifiesta ciertas claves del mensaje que transmite. A través de una didáctica aplicada a cada etapa educativa se puede reconocer en la Biblia un instrumento vital para los creyentes. De esta forma se favorece una educación integral, abierta a la trascendencia, y con un contenido que da las claves de la cultura occidental.

Sagrada Escritura y cultura: gran códice para las culturas

54. La enseñanza bíblica sobre la creación ha promovido el desarrollo de las ciencias. La antropología bíblica está en el origen del respeto de los derechos humanos. Las traducciones de la Biblia han contribuido a la sistematización de algunas lenguas. La arquitectura, la escultura, la pintura, la orfebrería, la literatura, la música, el teatro, el cine, las artes escénicas, están llenos de personas y acontecimientos que aparecen en la Biblia. “La Sagrada Escritura contiene valores antropológicos y filosóficos que han influido positivamente en toda la humanidad. Se ha de recobrar plenamente el sentido de la Biblia como un gran códice para las culturas” (VD 110).

6. ENCUENTRO PERSONAL Y COMUNITARIO CON LA SAGRADA ESCRITURA

Sagrada Escritura y Obispos: el Obispo, oyente y custodio de la Palabra de Dios

55. San Juan Pablo II afirmó en la Exhortación apostólica Pastores gregis que el Obispo ha de basarse en la Palabra de Dios y aferrarse con fuerza a la esperanza (cf. PG 3).

– Entre los medios necesarios para alimentar y hacer progresar la propia vida espiritual del Obispo, “está, en primer lugar, la lectura y meditación de la Palabra de Dios. Todo Obispo debe encomendarse siempre y sentirse encomendado “a Dios y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y daros la herencia con todos los santificados” (Hch 20,32). Por tanto, antes de ser transmisor de la Palabra, el Obispo, al igual que sus sacerdotes y los fieles, e incluso como la Iglesia misma, tiene que ser oyente de la Palabra. Ha de estar como “dentro de” la Palabra, para dejarse proteger y alimentar como en un regazo materno. Con san Ignacio de Antioquía, el Obispo exclama también: “me he refugiado en el Evangelio, como si en él estuviera corporalmente presente el mismo Cristo”. Así pues, tendrá siempre presente aquella conocida exhortación de san Jerónimo, citada por el Concilio Vaticano II: “Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”. En efecto, no hay primacía de la santidad sin escucha de la Palabra de Dios, que es guía y alimento de la santidad” (PG 15).

– Siguiendo el ejemplo de la Virgen María, el Obispo tiene que encomendarse a la Palabra de Dios y custodiarla. Lo hará mediante la lectura personal frecuente y el estudio atento y asiduo: “Encomendarse a la Palabra de Dios y custodiarla, como la Virgen María que fue Virgo audiens, comporta algunas prácticas útiles que la tradición y la experiencia espiritual de la Iglesia han sugerido siempre. Se trata, ante todo, de la lectura personal frecuente y del estudio atento y asiduo de la Sagrada Escritura. El Obispo sería un predicador vano de la Palabra hacia fuera, si antes no la escuchara en su interior. Sería incluso un ministro poco creíble de la esperanza sin el contacto frecuente con la Sagrada Escritura, pues, como exhorta san Pablo, “con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza” (Rm 15,4). Así pues, sigue siendo válido lo que escribió Orígenes: “Estas son las dos actividades del Pontífice: o aprender de Dios, leyendo las Escrituras divinas y meditándolas repetidamente, o enseñar al pueblo. En todo caso, que enseñe lo que él mismo ha aprendido de Dios”” (PG 15).

– El Obispo es custodio y oyente de la Palabra. Cuando, según el gesto previsto en el Rito Romano de Ordenación episcopal, se pone el Evangelio abierto sobre la cabeza del electo, “se quiere expresar, de una parte, que la Palabra arropa y protege el ministerio del Obispo y, de otra, que ha de vivir completamente sumiso a la Palabra de Dios mediante la dedicación cotidiana a la predicación del Evangelio con toda paciencia y doctrina (cf. 2 Tm 4,2). Los Padres sinodales recordaron también varias veces que el Obispo es quien conserva con amor la Palabra de Dios y la defiende con valor, testimoniando su mensaje de salvación” (PG 28).

Sagrada Escritura y ministros ordenados: el sacerdote es ministro de la Palara de Dios

56. Benedicto XVI escribe en Verbum Domini: “(…) a los ministros ordenados de la Iglesia, les recuerdo lo que el Sínodo ha afirmado: “La Palabra de Dios es indispensable para formar el corazón de un buen pastor, ministro de la Palabra”” (VD 78).

Y también: “(…) a los sacerdotes, (…) la Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis, ha recordado que “el sacerdote es, ante todo, ministro de la Palabra de Dios; es el ungido y enviado para anunciar a todos el Evangelio del Reino, llamando a cada hombre a la obediencia de la fe y conduciendo a los creyentes a un conocimiento y comunión cada vez más profundos del misterio de Dios, revelado y comunicado a nosotros en Cristo”. Por eso, el sacerdote mismo debe ser el primero en cultivar una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios (…)” (VD 80).

Sagrada Escritura y candidatos al orden sagrado: aprender a amar la Palabra de Dios

57. Citamos, una vez más, Verbum Domini: “El Sínodo ha dado particular importancia al papel decisivo de la Palabra de Dios en la vida espiritual de los candidatos al sacerdocio ministerial: “Los candidatos al sacerdocio deben aprender a amar la Palabra de Dios. Por tanto, la Escritura ha de ser el alma de su formación teológica, subrayando la indispensable circularidad entre exegesis, teología, espiritualidad y misión”. Los aspirantes al sacerdocio ministerial están llamados a una profunda relación personal con la Palabra de Dios, especialmente en la lectio divina, porque de dicha relación se alimenta la propia vocación: con la luz y la fuerza de la Palabra de Dios, la propia vocación puede descubrirse, entenderse, amarse, seguirse, así como cumplir la propia misión, guardando en el corazón el designio de Dios, de modo que la fe, como respuesta a la Palabra, se convierta en el nuevo criterio de juicio y apreciación de los hombres y las cosas, de los acontecimientos y los problemas” (VD 82).

Existe un vínculo estrecho entre el estudio y la oración: “Esta atención a la lectura orante de la Escritura en modo alguno debe significar una dicotomía respecto al estudio exegético requerido en el tiempo de la formación. El Sínodo ha encomendado que se ayude concretamente a los seminaristas a ver la relación entre el estudio bíblico y el orar con la Escritura. El estudio de las Escrituras les ha de hacer más conscientes del misterio de la revelación divina, alimentando una actitud de respuesta orante a Dios que habla. Por otro lado, una auténtica vida de oración hará también crecer necesariamente en el alma del candidato el deseo de conocer cada vez más al Dios que se ha revelado en su Palabra como amor infinito” (VD 82).

Los seminaristas necesitan un enfoque integral: “se deberá poner el máximo cuidado para que en la vida de los seminaristas se cultive esta reciprocidad entre estudio y oración. Para esto, hace falta que se oriente a los candidatos a un estudio de la Sagrada Escritura mediante métodos que favorezcan este enfoque integral” (VD 82).

Sagrada Escritura y vida consagrada: las personas consagradas son exégesis viva de la Palabra de Dios

58. A modo de ejemplo, recogemos una nueva cita de Verbum Domini: “(…) la vida consagrada (…) “nace de la escucha de la Palabra de Dios y acoge el Evangelio como su norma de vida”. En este sentido, el vivir siguiendo a Cristo casto, pobre y obediente, se convierte “en ´exegesis` viva de la Palabra de Dios”” (VD 83).

La Exhortación apostólica Vita consecrata, en el apartado dedicado a la formación permanente, indica: “La vida en el Espíritu tiene obviamente la primacía: en ella la persona consagrada encuentra su identidad y experimenta una serenidad profunda, crece en la atención a las insinuaciones cotidianas de la Palabra de Dios (…)” (VC 71).

También se afirma: “Las personas consagradas serán fieles a su misión en la Iglesia y en el mundo en la medida que sean capaces de hacer un examen continuo de sí mismas a la luz de la Palabra de Dios” (VC 85).

El número 94 de Vita consecrata titulado “A la escucha de la Palabra de Dios”, entre otras afirmaciones, destaca: “La meditación comunitaria de la Biblia tiene un gran valor. Hecha según las posibilidades y las circunstancias de la vida de comunidad, lleva al gozo de compartir la riqueza descubierta en la Palabra de Dios, gracias a la cual los hermanos y las hermanas crecen juntos y se ayudan a progresar en la vida espiritual” (VC 94).

Sagrada Escritura y fieles laicos: discernir la voluntad de Dios mediante la familiaridad con su Palabra

59. San Juan Pablo II recordó en la Exhortación apostólica Christifideles laici: “La vida según el Espíritu, cuyo fruto es la santificación (cf. Rm 6,22; Ga 5,22), suscita y exige de todos y de cada uno de los bautizados el seguimiento y la imitación de Jesucristo, en la recepción de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la participación consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, en la oración individual, familiar y comunitaria, en el hambre y sed de justicia, en el llevar a la práctica el mandamiento del amor en todas las circunstancias de la vida y en el servicio a los hermanos, especialmente si se trata de los más pequeños, de los pobres y de los que sufren” (ChL 16).

Los laicos tienen una parte activa en la vida y en la misión de la Iglesia, “cooperan con empeño en comunicar la Palabra de Dios” (ChL 33). “Por la evangelización la Iglesia es construida y plasmada como comunidad de fe; más precisamente, como comunidad de una fe confesada en la adhesión a la Palabra de Dios, celebrada en los sacramentos, vivida en la caridad como alma de la existencia moral cristiana” (ChL 33).

Benedicto XVI subraya en Verbum Domini: “El Sínodo ha dirigido muchas veces su atención a los fieles laicos, dándoles las gracias por su generoso compromiso en la difusión del Evangelio en los diferentes ámbitos de la vida cotidiana, del trabajo, la escuela, la familia y la educación. Esta tarea, que proviene del bautismo, ha de desarrollarse mediante una vida cristiana cada vez más consciente, capaz de dar “razón de la esperanza que tenemos” (cf. 1 Pe 3,15). Jesús, en el Evangelio de Mateo, dice que “el campo es el mundo. La buena semilla son los ciudadanos del Reino” (13,38). Estas palabras valen particularmente para los laicos cristianos, que viven su propia vocación a la santidad con una existencia según el Espíritu, y que se expresa particularmente “en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas“. Se ha de formar a los laicos a discernir la voluntad de Dios mediante una familiaridad con la Palabra de Dios, leída y estudiada en la Iglesia, bajo la guía de sus legítimos Pastores” (VD 84).

Sagrada Escritura y familia: la Palabra de Dios está en el origen del matrimonio

60. Verbum Domini dedica el número 85 a la cuestión “Palabra de Dios, matrimonio y familia”. Recogemos un párrafo: “El Sínodo ha sentido también la necesidad de subrayar la relación entre Palabra de Dios, matrimonio y familia cristiana. En efecto, “con el anuncio de la Palabra de Dios, la Iglesia revela a la familia cristiana su verdadera identidad, lo que es y debe ser según el plan del Señor”. Por tanto, nunca se pierda de vista que la Palabra de Dios está en el origen del matrimonio (cf. Gn 2,24) y que Jesús mismo ha querido incluir el matrimonio entre las instituciones de su Reino (cf. Mt 19,4-8), elevando a sacramento lo que originariamente está inscrito en la naturaleza humana. “En la celebración sacramental, el hombre y la mujer pronuncian una palabra profética de recíproca entrega, el ser ´una carne`, signo del misterio de la unión de Cristo con la Iglesia (cf. Ef 5,32)”. La fidelidad a la Palabra de Dios lleva a percibir cómo esta institución está amenazada también hoy en muchos aspectos por la mentalidad común. Frente al difundido desorden de los afectos y al surgir de modos de pensar que banalizan el cuerpo humano y la diferencia sexual, la Palabra de Dios reafirma la bondad originaria del hombre, creado como varón y mujer, y llamado al amor fiel, recíproco y fecundo” (VD 85).

– El capítulo primero de la Exhortación apostólica Amoris laetitia se titula “A la luz de la Palabra”. El Papa Francisco articula su reflexión a partir de la Sagrada Escritura como una meditación sobre el Salmo 128, característico de la liturgia nupcial, tanto judía como cristiana. La Biblia “está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares” (AL 8) y a partir de este dato se puede meditar cómo la familia no es un ideal abstracto sino una “tarea artesanal” (AL 16) que se expresa con ternura (cf. AL 28) pero que se ha confrontado también con el pecado desde el inicio, cuando la relación de amor se transforma en dominio (cfr. AL 19). Entonces la Palabra de Dios “no se muestra corno un secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor, y les muestra la meta del camino” (AL 22).

– El capítulo cuarto de Amoris Laetitia está dedicado al “amor en el matrimonio”. Está dividido en cuatro apartados: el primero se titula “Nuestro amor cotidiano” (nn. 90-119) donde se destacan algunas de las características del amor a partir del conocido texto de 1 Cor 13,4-7: “El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Resulta muy interesante leer estos números, asimilar la enseñanza del Papa y vivirla con entusiasmo.

Sagrada Escritura y jóvenes: Jesucristo es el secreto de la verdadera libertad y de la alegría profunda del corazón

61. San Juan Pablo II escribió en Novo millennio ineunte: “Una vez más, los jóvenes han sido para Roma y para la Iglesia un don especial del Espíritu de Dios. A veces, cuando se mira a los jóvenes, con los problemas y las fragilidades que les caracterizan en la sociedad contemporánea, hay una tendencia al pesimismo. Es como si el Jubileo de los Jóvenes nos hubiera “sorprendido”, trasmitiéndonos, en cambio, el mensaje de una juventud que expresa un deseo profundo, a pesar de posibles ambigüedades, de aquellos valores auténticos que tienen su plenitud en Cristo. ¿No es, tal vez, Cristo el secreto de la verdadera libertad y de la alegría profunda del corazón? ¿No es Cristo el amigo supremo y a la vez el educador de toda amistad auténtica? Si a los jóvenes se les presenta a Cristo con su verdadero rostro, ellos lo experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger el mensaje, incluso si es exigente y marcado por la Cruz” (NMI 9).

El capítulo primero de la Exhortación apostólica Christus vivit del Papa Francisco se titula: “¿Qué dice la Palabra de Dios sobre los jóvenes?”. El Santo Padre hace un recorrido por diversos personajes: José, Gedeón, Samuel, David, Salomón, la sirvienta de Naamán y diversos jóvenes que aparecen en el Nuevo Testamento. Y, a lo largo del documento, introduce varios textos bíblicos que iluminan esta etapa de la vida.

La Palabra de Dios dice que a los jóvenes hay que tratarlos “como a hermanos” (1 Tim 5,1) y recomienda a los padres: “no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan el ánimo” (Col 3,21).

Escribe el Papa Francisco: “Un joven no puede estar desanimado, lo suyo es soñar cosas grandes, buscar horizontes amplios, atreverse a más, querer comerse el mundo, ser capaz de aceptar propuestas desafiantes y desear aportar lo mejor de sí para construir algo mejor” (Christus vivit, 15).

Sagrada Escritura y ancianos: un bagaje de sabiduría arraigada en la Sagrada Escritura

62. Los ancianos ocupan un lugar destacado en la Sagrada Escritura, con un protagonismo decisivo en la historia de la salvación. También son destinatarios privilegiados.

El libro del Eclesiástico afirma: “Quien respeta a su padre tendrá larga vida, y quien honra a su madre obedece al Señor. Hijo, cuida de tu padre en su vejez y durante su vida no le causes tristeza. Aunque pierda el juicio, sé indulgente con él y no lo desprecies aun estando tú en pleno vigor” (Eclo 3,6.12-13).

El Papa Francisco dijo en la Audiencia general del 4 de marzo de 2015: “En la tradición de la Iglesia hay un bagaje de sabiduría que siempre ha sostenido una cultura de cercanía a los ancianos, una disposición al acompañamiento afectuoso y solidario en esta parte final de la vida. Tal tradición está arraigada en la Sagrada Escritura, como lo demuestran, por ejemplo, estas expresiones del libro del Eclesiástico: “No te apartes de la conversación de los ancianos, porque ellos mismos aprendieron de sus padres: de ellos aprenderás a ser inteligente y a dar una respuesta en el momento justo” (Eclo 8,9)”.

En su Exhortación apostólica Christus vivit escribe el Santo Padre Francisco: “La Biblia siempre invita a un profundo respeto hacia los ancianos, porque albergan un tesoro de experiencia, han probado los éxitos y los fracasos, las alegrías y las grandes angustias de la vida, las ilusiones y los desencantos, y en el silencio de su corazón guardan tantas historias que nos pueden ayudar a no equivocarnos ni engañarnos por falsos espejismos” (nº 16).

Sagrada Escritura y misiones populares: hacer viva la Palabra de Dios

63. San Juan Pablo II invitaba en Catechesi Tradendae a revitalizar “las misiones tradicionales, tantas veces abandonadas con excesiva prisa, y que son insustituibles para una renovación periódica y vigorosa de la vida cristiana -hay que reanudarlas y remozarlas-” (CT 47). Junto a ellas mencionaba “los círculos bíblicos, que deben ir más allá de la exégesis para hacer vivir la Palabra de Dios” (ibid.).

Grupos bíblicos y lectura eclesial: acercarnos al texto sagrado en la comunión eclesial

64. Ya hemos recordado que, según Verbum Domini, “se ha de evitar el riesgo de un acercamiento individualista, teniendo presente que la Palabra de Dios se nos da precisamente para construir comunión, para unirnos en la Verdad en nuestro camino hacia Dios. Es una Palabra que se dirige personalmente a cada uno, pero también es una Palabra que construye comunidad, que construye la Iglesia” (VD 86).

La consecuncia es evidente: “hemos de acercarnos al texto sagrado en la comunión eclesial. En efecto, “es muy importante la lectura comunitaria, porque el sujeto vivo de la Sagrada Escritura es el Pueblo de Dios, es la Iglesia… La Escritura no pertenece al pasado, dado que su sujeto, el Pueblo de Dios inspirado por Dios mismo, es siempre el mismo. Así pues, se trata siempre de una Palabra viva en el sujeto vivo. Por eso, es importante leer la Sagrada Escritura y escuchar la Sagrada Escritura en la comunión de la Iglesia, es decir, con todos los grandes testigos de esta Palabra, desde los primeros Padres hasta los santos de hoy, hasta el Magisterio de hoy”” (VD 86).

Jornada, semana, mes de la Sagrada Escritura

65. Algunas Conferencias episcopales dedican una jornada, o una semana o un mes a la Sagrada Escritura, con actividades y encuentros de oración, estudio, reflexión y celebración. En nuestras diócesis se organizan acontecimientos y procesos que facilitan la familiaridad con la Palabra de Dios. Es oportuno apoyar este tipo de iniciativas en todos los ámbitos de la pastoral.

Los santos: ellos han vivido totalmente la Palabra de Dios

66. Sobre los santos y la interpretación de la Escritura leemos en Verbum Domini: “La interpretación de la Sagrada Escritura quedaría incompleta si no se estuviera también a la escucha de quienes han vivido realmente la Palabra de Dios, es decir, los santos. En efecto, “viva lectio est vita bonorum”. Así, la interpretación más profunda de la Escritura proviene precisamente de los que se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través de la escucha, la lectura y la meditación asidua” (VD 48).

7. PASOS PARA LA ANIMACIÓN BÍBLICA DE LA PASTORAL

67. Jesucristo nos propone: “si permanecéis en mi Palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8,31-32). Y afirma: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna” (Jn 10,27-28). “El que me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23).

En el Apocalipsis se invita a escribir al Ángel de la Iglesia de Laodicea: “Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20).

San Pablo escribe: “la fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo” (Rom 10,17).

68. Hemos recordado que Benedicto XVI escribió en el número 73 de Verbum Domini: “el Sínodo ha invitado a un particular esfuerzo pastoral para resaltar el puesto central de la Palabra de Dios en la vida eclesial, recomendando “incrementar la ´pastoral bíblica`, no en yuxtaposición con otras formas de pastoral, sino como animación bíblica de toda la pastoral”. No se trata, pues, de añadir algún encuentro en la parroquia o la diócesis, sino de lograr que las actividades habituales de las comunidades cristianas, las parroquias, las asociaciones y los movimientos, se interesen realmente por el encuentro personal con Cristo que se comunica en su Palabra. Así, puesto que “la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo”, la animación bíblica de toda la pastoral ordinaria y extraordinaria llevará a un mayor conocimiento de la persona de Cristo, revelador del Padre y plenitud de la revelación divina” (VD 73).

La animación bíblica de la pastoral permite afrontar en mejores condiciones algunos problemas pastorales: “Por tanto, exhorto a los pastores y fieles a tener en cuenta la importancia de esta animación: será también el mejor modo para afrontar algunos problemas pastorales puestos de relieve durante la Asamblea sinodal, y vinculados, por ejemplo, a la proliferación de sectas que difunden una lectura distorsionada e instrumental de la Sagrada Escritura. Allí donde no se forma a los fieles en un conocimiento de la Biblia según la fe de la Iglesia, en el marco de su Tradición viva, se deja de hecho un vacío pastoral, en el que realidades como las sectas pueden encontrar terreno donde echar raíces. Por eso, es también necesario dotar de una preparación adecuada a los sacerdotes y laicos para que puedan instruir al Pueblo de Dios en el conocimiento auténtico de las Escrituras” (VD 73).

Es conveniente favorecer la difusión de pequeñas comunidades: “Además, como se ha subrayado durante los trabajos sinodales, conviene que en la actividad pastoral se favorezca también la difusión de pequeñas comunidades, “formadas por familias o radicadas en las parroquias o vinculadas a diversos movimientos eclesiales y nuevas comunidades”, en las cuales se promueva la formación, la oración y el conocimiento de la Biblia según la fe de la Iglesia” (VD 73).

Objetivos de la animación bíblica de la pastoral

69. Entre los objetivos de la animación bíblica se pueden señalar:

– Ayudar a los fieles a conocer y leer personalmente y en comunidad la Sagrada Escritura, respetando su identidad teológica e histórica.

– Favorecer el encuentro directo de los fieles con la Palabra de Dios escrita para saber escuchar, orar, actualizar y llevar a la práctica la Palabra en la vida cotidiana.

– Encontrar formas de lectura comunitaria de la Sagrada Escritura.

Funciones de la animación bíblica de la pastoral

70. La Diócesis de Canarias, en el “Plan Diocesano de Pastoral del curso 2011- 2012”, proponía la animación bíblica de la pastoral a través de estas funciones [4]:

– Creación, consolidación y formación de equipos de animación bíblica.

– Facilitar toda una escuela de interpretación bíblica, para descubrir lo que Dios nos revela mediante el lenguaje que nos presenta la Escritura.

– Enseñar a interpretar los textos sagrados ayudando a descubrir sus sentidos genuinos.

– Estimular y ayudar a los sacerdotes y ministros de la Palabra a que ofrezcan homilías bien preparadas, en especial, a los lectores, delegados de la Palabra (…).

– Ofrecer formación bíblica a los catequistas en todas sus formas y con las diversas posibilidades y recursos bíblicos con los que hoy se cuenta.

– Presentar la Sagrada Escritura como mediación para el encuentro con Jesucristo vivo y fuente de humanización.

– Emplear la Sagrada Escritura como fuente de espiritualidad del discípulo misionero, promoviendo el ejercicio de la Lectio divina.

– Promover una adecuada proclamación de la Palabra en la liturgia y una adecuada formación bíblica para animadores litúrgicos.

– Que la animación bíblica sea escuela de evangelización para conducir la vida según los criterios de Dios (conversión) y hacerse testigos de su Reino y solidarios con todos (…) (el anuncio).

– Hacerse Iglesia “servidora de la Palabra en el compromiso de la evangelización”.

– Ofrecer la Palabra de Dios como fuente constitutiva de una auténtica personalidad cristiana (criterios, valores y actitudes).

Formación de la animación bíblica de la pastoral

71. La Pastoral Bíblica ha de tener como uno de sus objetivos prioritarios tanto la primera formación como la formación permanente de los agentes de pastoral.

Según Verbum Domini: “Para alcanzar el objetivo deseado por el Sínodo de que toda la pastoral tenga un mayor carácter bíblico, es necesario que los cristianos, y en particular los catequistas, tengan una adecuada formación. A este respecto, se ha de prestar atención al apostolado bíblico, un método muy válido para esta finalidad, como demuestra la experiencia eclesial. Los Padres sinodales, además, han recomendado que, potenciando en lo posible las estructuras académicas ya existentes, se establezcan centros de formación para laicos y misioneros, en los que se aprenda a comprender, vivir y anunciar la Palabra de Dios” (VD 75).

8. CONCLUSIÓN

72. El libro de Nehemías recoge una solemne proclamación de la Palabra de Dios. El pueblo entero se reunió en la plaza que está delante de la Puerta del Agua. El escriba Esdras trajo el libro de la ley ante la comunidad y lo leyó: “Todo el pueblo escuchaba con atención la lectura del libro de la ley. El escriba Esdras se puso en pie sobre una tribuna de madera levantada para la ocasión. (…) Esdras abrió el libro en presencia de todo el pueblo, de modo que toda la multitud podía verlo; al abrirlo, el pueblo entero se puso en pie. Esdras bendijo al Señor, el Dios grande, y todo el pueblo respondió con las manos levantadas: “Amén, amén”. Luego se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra. Los levitas (…) explicaron la ley al pueblo que permanecía en pie. Leyeron el libro de la ley de Dios con claridad y explicando su sentido, de modo que entendieran la lectura” (cf. Neh 8,1-8).

Deseamos ponernos a la escucha de la Palabra de Dios. Es necesario que se lea con claridad, que se explique su sentido, que se entienda, que se rece, que se viva y que se celebre.

Rezamos a la Santísima Virgen María con palabras del Papa Francisco:

“Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz.
Madre del Evangelio viviente,
manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros.
Amén. Aleluya” (EG 288).

Santo Domingo de la Calzada, 25 de abril de 2019.

En el día de la inauguración del Año Jubilar
con motivo del milenario del nacimiento de Santo Domingo de la Calzada.

✠ Francisco Pérez González
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

✠ José Ignacio Munilla Aguirre
Obispo de San Sebastián

✠ Carlos Manuel Escribano Subías
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

✠ Julián Ruiz Martorell
Obispo de Huesca y de Jaca

✠ Juan Antonio Aznárez Cobo
Obispo auxiliar de Pamplona y Tudela


 

[1] Cf. MASINI, M., Lectio divina. Oración de hoy y de siempre, Mensajero, Bilbao 2001, 46-60; cf. MASINI, M., Los “tiempos” de la “lectio divina”, en La lectio divina. Teología, espiritualidad, método, BAC Estudios y ensayos. Espiritualidad, Madrid 2001, 385-411.

[2] Cf. Verbum Domini 73-75; 90-95; cf. V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Documento Conclusivo, Aparecida 2007, n° 248.

[3] Este desarrollo se inspira en el documento de la Conferencia Episcopal Italiana, del UFFICIO CATECHISTICO NAZIONALE. SETTORE APOSTOLATO BIBLICO, “Spiegò loro in tutte le Scritture ciò che si riferiva a lui” (Lc 24,27). L`Apostolato biblico nelle comunità ecclesiali. Orientamenti operativi, Roma 2005.

[4] Cf. DIÓCESIS DE CANARIAS, Plan Diocesano de Pastoral Curso 2011-2012. “Nuestra parroquia acoge y anuncia la Palabra”. La animación bíblica de la pastoral. Documento 7, Las Palmas de Gran Canaria 2011, pp. 5-6.


 

SIGLAS

AL: FRANCISCO, Exhortación apostólica Amoris laetitia

CT: JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Catechesi Tradendae

ChL: JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles laici

ChV: FRANCISCO, Exhortación apostólica Christus vivit

DCE: BENEDICTO XVI, Encíclica Deus Caritas est

DV: CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Dei Verbum

EG: FRANCISCO, Exhortación apostólica Evangelii gaudium

EN: PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi

GeE: FRANCISCO, Exhortación apostólica Gaudete et exsultate

LF: FRANCISCO, Encíclica Lumen fidei

LS: FRANCISCO, Encíclica Laudato si`

PG: JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Pastores gregis

NMI: JUAN PABLO II, Carta apostólica Novo Millennio Ineunte

RICA: Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos

RMi: JUAN PABLO II, Encíclica Redemptoris missio

SC: CONCILIO VATICANO II, Constitución Sacrosanctum concilium

UR: CONCILIO VATICANO II, Decreto Unitatis redintegratio

VC: JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Vita consecrata

VD: BENEDICTO XVI, Exhortación apostólica Verbum Domini

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