Santa Misa de despedida de la archidiócesis de Tarragona

Homilía de
Mons. D. JAUME PUJOL BALCELLS
Administrador apostólico de Tarragona

pujol01062019

Misa de despedida
(Catedral de Tarragona, 1.06.2019)

Queridos sacerdotes concelebrantes y diáconos, religiosos y religiosas, laicas en misión pastoral, ermitañas, fieles laicos y laicas de la archidiócesis de Tarragona. Muy estimados todos en el Señor.

Al inicio de mi escrito semanal, que he titulado «Gracias de corazón» y que encontraréis en la Hoja Dominical, comienzo así: «Estimados, con cierta tristeza pero también con alegría y esperanza por esta nueva etapa archidiocesana, comparto con todos vosotros mi última carta dominical […]. Al llegar como arzobispo de Tarragona, hará cerca de quince años, me propuse escribir cada semana una glosa, un escrito para difundir el Evangelio, transmitir el Magisterio de la Iglesia y hacerme eco, en la medida de lo posible, de hechos significativos de nuestra archidiócesis. Espero que os hayan servido para crecer en el amor a Jesucristo, a la Iglesia y a los hermanos.» Eso es lo que quisiera para todos vosotros, que continuaseis creciendo en el amor a Jesucristo, a su Iglesia y a los hermanos.

En la primera lectura hemos escuchado que vino un viento impetuoso que llenó toda la casa. El viento del Espíritu no se ve pero tiene una fuerza transformadora en los primeros seguidores de Jesús, ya que transforma en luz sus tinieblas, el cierre en apertura, el dolor en alegría, la angustia en esperanza y el miedo en valentía.

Ahora bien, nosotros, como seguidores del mismo Cristo veinte siglos después, también experimentamos las debilidades de nuestras limitaciones, el dolor producido por la incomprensión, el miedo a dar testimonio de nuestra fe ante la sociedad, y cerramos las puertas del nuestro corazón porque en el fondo quizás hemos dudado de esta fuerza transformadora del Espíritu Santo que habita en nuestro interior y que hace nuevas todas las cosas. Estimados hermanos, ¿realmente creemos que llevamos la antorcha de la llama del Espíritu de Dios en nuestros corazones?

En la lectura del Hechos de los Apóstoles, vemos como la primera comunidad cristiana se encontraba reunida, porque la Iglesia es convocación y congregación, y vemos como el Espíritu Santo baja en forma de lenguas de fuego y los hace hablar un lenguaje que todo el mundo entiende, que se adapta a todas las culturas y naciones, que no excluye a nadie, porque el Espíritu Santo nos hace ser generadores de relaciones en la caridad y en la humanidad de Cristo.

Debemos tener un amor muy grande al Espíritu Santo, el Gran Desconocido, como decía San Josemaría. El Espíritu Santo nos hace un regalo importante: expresar en nuestras relaciones cotidianas el amor de la Santísima Trinidad, que es siempre diálogo continuo y relación de personas en la caridad, que nos hace mirar a los ojos, acogernos con nuestras diferencias y decirnos «te quiero» y así poder ser misioneros y apóstoles del evangelio en nuestros ambientes.

El Salmo que hemos cantado es también muy adecuado para esta eucaristía. Yo te pido perdón por el daño que haya podido hacer, que seguramente es más de lo que pienso, pero ruega al Señor con las palabras de este Salmo: «Señor, no me corrijas con ira, no me castigues con cólera. Misericordia, Señor».

En la exhortación apostólica dirigida a los jóvenes, el Papa Francisco dice a todos los jóvenes —y también a todos nosotros— esta gran verdad: «Dios es amor», y por tanto «Dios te ama, no lo dudes nunca» y puedes «lanzarte con seguridad en los brazos de tu Padre divino». Y a continuación el Papa dice: «La memoria de Dios Padre no es un disco duro que registra y archiva todos nuestros datos; su memoria es un corazón tierno de compasión, que se alegra de borrar definitivamente cualquier rastro de nuestro mal.» Qué alegría tener a Dios como Padre que nos ama, nos perdona y nos lanza a vivir felices, llenos de esperanza, gozosos de ser hijos de Dios. Todos estamos en manos de Dios y no podemos estar en mejores manos.

También os he escrito que es casi imposible hacer un balance de tantos años de episcopado, pero quiero haceros saber que para mí lo más importante ha sido el cuidado de vosotros y seguir las directrices de los Papas bajo el mandato de los que he ejercido mi episcopado: San Juan Pablo II, Benedicto XVI y ahora el Papa Francisco. He tratado en primer lugar de evangelizar, de celebrar los sacramentos y, como consecuencia, velar por la caridad, y especialmente por los más pobres y necesitados. No lo he hecho solo, me ha ayudado todos vosotros a través de las numerosas delegaciones, secretariados, asociaciones, cofradías e iniciativas eclesiales con que cuenta nuestra archidiócesis. Os agradezco de corazón a todos vuestro tiempo, esfuerzo y entrega. No desfallezcáis, hay mucho por hacer, pero estoy seguro que seréis generosos junto al nuevo arzobispo Joan.

He procurado, como todo cristiano, trabajar con entusiasmo por el Reino, y siempre bajo la guía del Papa, que representa el Buen Pastor que es Jesucristo. Todos sabemos que la Iglesia no atraviesa un momento fácil, que ciertamente no será el primero de su historia, pero esto no debe hacernos perder la esperanza.

Es poco habitual que un Papa, si las circunstancias personales se lo exigen, deje de ocupar su lugar, como ocurrió con Benedicto XVI; en cambio es muy habitual, y está canónicamente legislada, la sucesión episcopal en vida. Cualquier obispo es sucesor de los Apóstoles y ese es su título más grande. A partir de la próxima semana, con la ordenación del nuevo arzobispo electo, Mons. Joan Planellas Barnosell, se inicia un nuevo período en la archidiócesis. Animo a todos los fieles de la Iglesia en Tarragona a recibirlo con los brazos abiertos, a orar por él y ayudarle en todo lo que necesite. Yo también rezaré por él en los años de vida que me queden, y también rezaré por todos vosotros, por vuestras familias y vuestras instituciones.

Nuestra esperanza es el Señor, pero tenemos también una Madre en el Cielo, que Jesús nos dio antes de morir en la cruz. Ella es también nuestra esperanza. Mantened y aumentas el amor a María en tantas iglesias y ermitas a ella dedicadas. Ahora os encomiendo especialmente a la Virgen del Claustro, advocación mariana principal de esta Catedral y protectora del Capítulo catedralicio.

Os repito lo que te dije en mi carta del pasado día 4 de mayo: os tendré muy presentes en mi oración y en mi corazón, y pese a residir fuera de la archidiócesis, estaré siempre a vuestra disposición. Que Dios os bendiga y os guarde.

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