Ascensión, misterio de cercanía, no de lejanía

Carta de
Mons. D. Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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Domingo 2 de junio de 2019

Queridos fieles:

La Ascensión, cuya solemnidad celebramos este domingo, es el último de los misterios de la vida de Jesucristo, nuestro Señor, entre los hombres. Este misterio lleva a su plenitud, consuma el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, que ha glorificado la naturaleza humana, redimida mediante su pasión, muerte y resurrección. La presencia de Cristo glorificado a la derecha del Padre es una presencia de alabanza e intercesión sacerdotal por todos nosotros. Él nos envía el Espíritu Santo que actúa siempre en la Iglesia, impulsándola a anunciar la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos.

Para el cristiano, el anuncio de Cristo, mediante la propia vida y la palabra, no es algo añadido o yuxtapuesto ni mucho menos una obligación-estorbo sino que es connatural a su condición de cristiano o cristiana que desarrolla en su vida familiar, en su trabajo profesional, en el deporte, en la diversión o el turismo. Toda su vida es anuncio de Cristo. Es como su respirar. No se puede vivir la vida de hija de Dios, de hijo de Dios, sin ese latir espiritual.

Para llevar adelante esta tarea apostólica contamos con la fuerza del Espíritu Santo y la presencia de Jesús entre nosotros. El misterio de la Ascensión no es un misterio de ausencia o lejanía sino de presencia y cercanía: “Si sabemos contemplar el misterio de Cristo, si nos esforzamos en verlo con ojos limpios, nos daremos cuenta de que es posible, también ahora, acercarnos íntimamente a Jesús, en cuerpo y alma. Cristo nos ha marcado el camino: por el Pan y por la Palabra, alimentándonos con la Eucaristía, y conociendo y cumpliendo lo que vino a enseñarnos, a la vez que conversamos con Él en la oración” (San Josemaría, homilía de la Ascensión).

En su palabra y en sus sacramentos, Él está continuamente con nosotros; no nos abandona. En la vivencia del amor hacia quien lo necesita más lo encontraremos también si sabemos ver su rostro en todos nuestros hermanos y hermanas más pobres y necesitados.

El Señor volverá al fin de los tiempos -¡no desfallezcamos en la esperanza!-, para dar plenitud a lo que ha comenzado en su misterio de la Ascensión: nuestra entrada definitiva en la casa del Padre, nuestra verdadera y definitiva casa y familia.

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 Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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