Jornada Diocesana de la Palabra

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

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Domingo 2 de junio de 2019

Queridos diocesanos:

El próximo sábado, 8 de junio de 2019, víspera de la solemnidad de Pentecostés, nuestra diócesis de Zaragoza celebra la I Jornada Diocesana de la Palabra de Dios, secundando el deseo del papa Francisco, al acabar el Año de la Misericordia, en su carta Misericordia et mísera. La Jornada está en sintonía con nuestra Programación Pastoral Diocesana de este curso, y está organizada por las distintas Delegaciones Episcopales, que integran las áreas de la Palabra y de las Personas en la sección pastoral de nuestra Curia Diocesana. Quiere ser, además, un día para clausurar el curso pastoral 2018-2019 y preparar la fiesta de Pentecostés, Jornada de la Acción Católica y del Apostolado Seglar.

Con esta breve carta pastoral invito encarecidamente a todos los diocesanos a participar en esta fiesta novedosa en torno a la proclamación de la Palabra, en la que habrá reflexión, oración, silencio, música, según el programa indicado. La Jornada tendrá lugar en la Casa de la Iglesia, comenzando a las 10.00 horas, con una celebración de la Palabra, y concluirá a las 20.00 horas, con un rito de bendición. A lo largo de estas diez horas, se proclamarán lecturas correspondientes a seis núcleos: Creación y patriarcas; Alianza y Ley; Profetas; Ministerio público de Jesús; la Pascua de Jesús; y la Expansión de la Iglesia. El itinerario y las introducciones están preparados por profesores de Sagrada Escritura del CRETA.

La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia

“Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón” (Hebreos, 4, 12).

Toda la historia de la salvación demuestra que la Palabra de Dios es viva. Dios, que es fuente de la vida (cfr. Lc 20, 38), tiene la iniciativa y se nos revela y comunica. La Palabra de Dios acompaña al hombre desde la creación hasta el final de su peregrinación en este mundo. La Palabra se ha manifestado de varios modos, alcanzando su culmen en el misterio de la Encarnación, cuando por obra del Espíritu Santo, el Verbo, que estaba en Dios, se hizo carne (cfr. Jn 1, 1.14). Jesucristo, muerto y resucitado, es “el Viviente” (Ap 1, 18), aquel que tiene palabras de vida eterna (cfr. Jn 6, 68).

La Palabra de Dios es, además, eficaz. Lo demuestran las historias personales de los patriarcas y profetas, así como también del pueblo elegido de la Antigua y Nueva Alianza. En modo totalmente excepcional lo testimonia Jesucristo, Palabra de Dios, que por su encarnación puso su tienda entre nosotros (cfr. Jn 1, 14). Él continúa anunciando el reino de Dios y curando a los enfermos (cfr. Lc 9, 2), a través de su Iglesia. Ella cumple esa obra de salvación por medio de la Palabra y de los sacramentos y, en modo particular, de la eucaristía, fuente y cumbre de la vida y misión de la Iglesia.

La Palabra de Dios es, finalmente, cortante. Ella ilumina la vida del hombre, indicándole el camino de los mandamientos (cfr. Ex 20, 1-21), que Jesús sintetizó en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo (cfr. Mt 22, 37-40), y de las bienaventuranzas (cfr. Lc 6, 20-26).

El Señor Jesús nos llama en el Evangelio: “Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca” (Mt 3, 2). A través de la gracia del Espíritu Santo, la Palabra de Dios toca el corazón del pecador arrepentido y lo lleva a la comunión con Dios en su Iglesia. En nombre del Señor Resucitado la Iglesia continúa la misión de predicar la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones (Lc 24, 47). Ella misma, dócil a la Palabra de Dios, emprende el camino de humildad y de conversión para ser siempre fiel a Jesucristo, su Esposo y Señor, y para anunciar, con más fuerza y autenticidad, la Buena Noticia.

Desde el inicio la Iglesia vive de la Palabra de Dios. En Cristo, Verbo encarnado bajo la acción del Espíritu Santo, la Iglesia es “como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Vaticano II, LG 1). La Palabra de Dios constituye también el impulso inagotable de la misión de la Iglesia (cfr. Mt 28, 19).

Siguiendo el ejemplo de la Bienaventurada Virgen María, deseamos favorecer el redescubrimiento lleno de estupor de la Palabra de Dios, que es viva, eficaz y cortante, en el mismo corazón de la Iglesia, en su liturgia y en la oración; en la evangelización y en la catequesis; en la exégesis y la teología; en la vida personal y comunitaria; como también en las culturas de los hombres, purificadas y enriquecidas por el Evangelio. La Palabra de Dios se difunde en toda la vida de la Iglesia, como fermento de un mundo más justo y en paz, abierto a la construcción de la cultura del encuentro y de la civilización del amor.

Como en la escena del libro de Nehemías 8, 1-12, en la que el sacerdote Esdras leyó la Ley de Dios al pueblo en la plaza durante toda la mañana, y el pueblo respondió: “Amén, amén”, preparemos nuestros corazones para escuchar la Palabra, acogerla en el corazón y llevarla a la práctica.

Con mi afecto y bendición,

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