Pentecostés, cumbre del tiempo pascual

Carta de
Mons. D. Julián López Martín
Obispo de León

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Queridos diocesanos:

Termina el tiempo pascual, la espléndida conmemoración de la presencia de Jesucristo resucitado que sigue comunicando el Espíritu Santo que lo había alzado del sepulcro vivo y glorioso, otorgando a su santa humanidad la plenitud de lo que le correspondía como Hijo eterno del Padre. Desde ese instante, el Resucitado comenzó a transmitir y compartir su fuerza generadora y transformadora a sus discípulos y a todos los que, creyendo en la palabra de estos, estuvieran dispuestos a dejarse redimir y transformar por Él. Ese fue el significado de las apariciones del Señor en las que reveló el significado de lo que había sucedido a la vez que los capacitaba para realizar la misión de anunciar y realizar la salvación.“Id por todo el mundo y predicad el Evangelio…”, les dijo en el último encuentro antes de desaparecer de su vista.

Como sabéis, el comienzo de esa misión tuvo lugar a los cincuenta días de la resurrección, en el acontecimiento de Pentecostés cuando el Espíritu Santo se manifestó estando los discípulos reunidos y los lanzó a la calle a cumplir el encargo misionero de Jesús. Nosotros, los que hemos venido después, somos enviados también para continuar esa misión, cada uno según el estado de vida y el lugar que ocupa en la sociedad y en el mundo. Todos los creyentes en Jesucristo somos, por tanto, misioneros enviados por Él para dar testimonio del amor cristiano y compartir la esperanza, la fe, la alegría y la fortaleza que Él nos ha dado.

En este sentido Pentecostés significa y representa el ideal y el compromiso que Jesús propone a todos sus seguidores. Con ese fin esta fiesta debe ser celebrada con la mayor alegría y esperanza porque el Señor no solo ha resucitado sino que comparte con nosotros el empuje arrollador de su resurrección. Con esa finalidad envió el Espíritu Santo como he señalado antes. El Papa Francisco decía el año pasado refiriéndose a Pentecostés que “el Espíritu (Santo) libera los corazones cerrados por el miedo. Vence las resistencias. A quien se conforma con medias tintas, le ofrece ímpetus de entrega. Ensancha los corazones estrechos. Anima a servir a quien se apoltrona en la comodidad. Hace caminar al que se cree que ya ha llegado. Hace soñar al que cae en tibieza. He aquí el cambio del corazón”.

El Papa resaltaba también algunos dones que otorga el Espíritu Santo como “fuerza divina que cambia el mundo” y energía comparable al viento impetuoso. Por eso transforma a los que vacilan o dudan, de cobardes a valientes, venciendo las resistencias, ensanchando los corazones y animando a servir sin reservas. El Espíritu, decía también el papa Francisco, mantiene joven el corazón, esa renovada juventud. La juventud, a pesar de todos los esfuerzos para alargarla, antes o después pasa; el Espíritu, en cambio, es el que previene el único envejecimiento malsano, el interior. ¿Cómo lo hace? Renovando el corazón, transformándolo de pecador en perdonado”.

Por eso Pentecostés no significa el final absoluto de la Pascua aunque signifique el final del ciclo pascual. La razón es sencilla: siempre es Pascua y siempre es Pentecostés aunque sea necesario acotar los tiempos de la celebración. Es una concesión a nuestra incapacidad de abarcar de un solo golpe de vista la obra y el misterio de Jesucristo. Que el Espíritu Santo os colme de sus dones:

lopez_martin_firma✠ Julián, Obispo de León

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