Santa Misa en el Domingo de Pentecostés

Homilía de
Mons. D. JULIÁN LÓPEZ MARTÍN
Obispo de León

lopezmartin09062019

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS – CELEBRACION DE LA CONFIRMACION

(S.I. Catedral, 9-VI-2019)

“Se llenaron todos del Espíritu Santo”

Hch 2,1-11; Sal 103               1 Cor 12,3b-7.12-13                Jn 20,19-23

¡Ven, Espíritu Creador, visita las almas de tus fíeles
y llena de la divina gracia los corazones que Tú mismo creaste!

Excmo. Cabildo catedral,
Queridos fieles cristianos,
Especialmente los que vais a recibir el sacramento de la Confirmación,
Familiares y padrinos de los confirmandos:

La solemnidad de Pentecostés es una de las más importantes del calendario cristiano, que conmemora y actualiza en la fe y en la celebración litúrgica el cumplimiento de la promesa que el Señor hizo a los apóstoles en la última Cena, que el Padre les enviaría al Espíritu Santo para guiarlos en la misión que habían de emprender después de los acontecimientos que iban a tener lugar: la pasión, muerte y resurrección de su Maestro. Las lecturas de la palabra de Dios evocaban esa promesa y su cumplimiento.

1.- Significado de aquel acontecimiento

Especialmente la primera lectura narraba lo que sucedió cincuenta días después de la resurrección del Señor. El relato hace referencia a las circunstancias y a algunos  fenómenos que  acompañaron la manifestación del Espíritu Santo: el viento, el temblor de tierra, las lenguas como de fuego sobre las cabezas de los apóstoles. Todo ese aparato de elementos, desencadenados y clamorosos, evocadores de los que se narran en episodios análogos del Antiguo Testamento como el de la entrega de la ley de Dios a Moisés, anunciaban el comienzo de una nueva era desde la creación del mundo, la que iba a estar marcada por la predicación del evangelio de Jesucristo a todos los pueblos de la tierra. Se podría decir que el viento divino que sacudió el Sinaí, lanzaba con la misma fuerza a los apóstoles al cumplimiento de la misión que el Señor les había confiado antes de subir a los cielos.

Por eso, aquella irrupción no era un simple episodio teatral y clamoroso. Desde las primeras apariciones después de su resurrección y antes de ascender a los cielos, el Señor había prometido a sus apóstoles: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos… hasta el confín de la tierra” (Hch 1,7; cf. Mt 24,36 y par.). Y, efectivamente, como una fuerte ráfaga de viento, el Espíritu Divino que es aliento de vida e impulso renovador de todo cuanto existe, transformó a aquellos hombres como nos transformaría también a nosotros sacudiendo nuestras vidas y destrozando nuestros hábitos de comodidad y desidia, si lo invocamos sinceramente. No en vano el poder creativo y restaurador del Espíritu Santo puede cambiar nuestros corazones de piedra en corazones de carne y nuestros temores y respetos humanos en valentía y decisión.

2.– Pentecostés, realidad permanente en la vida de la Iglesia

Por eso el acontecimiento de Pentecostés, lejos de ser un episodio del pasado, es una realidad constante en la vida cristiana y en la misión de la Iglesia. Lo hemos escuchado en el Evangelio cuando el Señor, realizando el gesto simbólico de soplar sobre los discípulos, les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23). Las palabras del Señor señalan un efecto concreto, muy importante ciertamente, aunque no exclusivo de la acción del Espíritu Santo como puede comprobarse en los numerosos pasajes bíblicos y evangélicos relativos a la misión del Espíritu enviado por el Padre a petición del Hijo y Señor nuestro Jesucristo que había anunciado en la última cena con sus discípulos:  “Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad” (Jn 14,16-17; cf. 1 Jn 2,1; etc.).

Por eso el Espíritu Santo continúa realizando hoy y siempre la obra de Cristo. Por eso Pentecostés no es un episodio aislado en la historia de la Iglesia, sino un acontecimiento que se realiza y renueva constantemente en el conjunto de la comunidad eclesial y en el corazón de cada uno de sus miembros, todos los bautizados y confirmados y, de una manera especial, en aquellos fieles que reciben una misión o un ministerio en la comunidad eclesial, como los diáconos, los presbíteros y los obispos, o que son santificados por los otros sacramentos como el bautismo, la confirmación, la eucaristía, etc. El sacramento de la Confirmación es denominado con razón el“sacramento del Espíritu Santo” porque, aunque ya se recibe este don divino en el Bautismo, en la Confirmación se ofrece un crecimiento de esa gracia bautismal y una nueva efusión del mismo Espíritu.

3.- El Espíritu Santo, alma de la Iglesia y del apostolado

Además, El Espíritu Santo, además, suscita continuamente en la Iglesia vocaciones al apostolado, al servicio de la caridad, a la vida consagrada y al sacerdocio, actuando no solo en los que son encargados de estos ministerios y funciones sino también en quienes se benefician de ellos. El Espíritu Santo lo llena todo, restaura todo, santifica todo y se manifiesta también fuera de la Iglesia, a través de la creación y de las personas de buena voluntad: “Lo que el alma es en el cuerpo del hombre, afirmaba San Agustín, es el Espíritu en el cuerpo de Cristo”.Desde Pentecostés, el Espíritu de Cristo es también el Espíritu de la Iglesia y el Espíritu de los cristianos.

Por este motivo la solemnidad de Pentecostés es también la Jornada de la Acción Católica y Seglar para poner de manifiesto que cada fiel cristiano, sin ser sacerdote o religioso, animado también por la fuerza del Espíritu Santo, es llamado a descubrir que tiene también una misión de cumplir en medio del pueblo de Dios y en la misma sociedad humana. Por este motivo los seglares deben sentirse llamados a también a ser activos y protagonistas en el interior de la Iglesia, participando activamente en tareas directamente eclesiales como la evangelización, la catequesis, la enseñanza, la liturgia, la acción caritativa, el apostolado, la administración de los bienes, etc., sin olvidar su vocación y testimonio específico en la sociedad humana.

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