Santa Misa en Rito Hispano-Mozárabe en el Día del Sacratísimo Cuerpo de Cristo

Homilía de
Mons. D. BRAULIO RODRÍGUEZ PLAZA
Arzobispo metropolitano de Toledo
Primado de España
Superior Responsable del Rito Hispano-Mozárabe

braulio20062019_homilia

S.I. Catedral Primada de la Asunción, Toledo
Jueves, 20 de junio de 2019

Queridos hermanos:

Estamos viviendo, un año más, la celebración de la Eucaristía, memorial que nos dejó el Señor para participar del sacrificio y del sagrado banquete, que alimenta nuestra fe. La fiesta del Corpus Christi siempre conmemora, como reflexión meditativa, la Última Cena de Cristo y su muerte en el Gólgota. También en nuestro Rito Hispano-Mozárabe que, de nuevo se despliega en la Catedral con todo su esplendor, para después prolongarse en la Procesión por nuestras calles y plazas.

Sin duda que el centro del Sacramento eucarístico es la celebración festiva del misterio santo en la cual el Señor reúne a su Pueblo, lo une y lo edifica como pueblo suyo. En la celebración, pues, Cristo une a este su pueblo en su ofrenda, se le entrega, y se deja recibir por nosotros. La Eucaristía, por tanto, no puede reducirse a un mero signo de comunión fraterna, de manera que se piense que, en el corto espacio de media hora, y poco más, de celebración consiste precisamente el misterio eucarístico.

Reducida la Eucaristía al instante de la acción sagrada se convierte en una minúscula isla temporal, al margen del resto del día, el cual permanece en su totalidad abandonado a la profanidad, al ajetreo de nuestras actividades y deseos mundanos. Hemos enfrentado así en competencia la celebración viva de la comunidad con la adoración del Sacramento cuando ésta es su condición, su espacio vital imprescindible. Nos pasa en parte como a aquel alcalde que me confesaba: “Aquí, en este pueblo, hay mucha devoción a la Custodia”. No sabía a quién adoraba, tras la celebración de la Santa Misa.

Solamente en un clima de adoración, la celebración eucarística puede tener también vitalidad; solamente cuando la casa de Dios y también la comunidad en pleno está continuamente imbuida de la presencia de Dios, que nos espera y demuestra silenciosa disponibilidad para respondernos, puede la invitación a la asamblea encaminarnos a la hospitalidad de Jesucristo y de la Iglesia.

He aquí, además, otra reflexión interesante para nosotros: la adoración al Santísimo significa la dimensión vertical, en la que se encuentra tanto el sacerdocio común de todos los fieles como el sacerdocio ministerial. Mientras que en la celebración de la Misa podemos decir que las dos vocaciones están una frente a otra, en la adoración se hace visible compenetración recíproca de todo el Pueblo de Dios. En este Sacramento, todos somos receptores. Ninguno de nosotros puede mantenerse en la presencia de Cristo Sacramentado más que en adoración. También la potestad del sacerdote tiene que ser, en definitiva, adoración: debe hacer de la adoración y desembocar en la adoración. Comunión y adoración forman, pues, una unidad que no se puede romper.

Comulgar, en efecto, significa entrar en comunión. Comulgar con Cristo significa tener comunidad con Él. Por este motivo, comunión y contemplación se encuentran mutuamente implicadas: una persona no puede comulgar con otra persona sin conocerla; tienen que estar abierta a ella, escuchándola y verla. El amor de amistad lleva siempre consigo también el momento de respeto, de la veneración. No podemos comulgar sacramentalmente, si no lo hacemos también personalmente. Las palabras del Señor en el Apocalipsis no valen solamente para el tiempo final: “Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escuchar mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo (Ap. 3, 20).

Por ello, “Ningún tiempo dedicado a la adoración es en vano… nuestra adoración no debe acabar nunca” (Juan Pablo II, Carta apostólica sobre el misterio y el culto de la Eucaristía, n. 3, último párrafo (1980)). Es razonable: en la muerte de Jesucristo cada uno de nosotros ha sido amado hasta el extremo.

Pero también la adoración al Señor en el sacramento es una escuela para afinar nuestras conciencias: “Cristo viene a los corazones y visita la conciencia de nuestros hermanos (Ibíd., n. 6 &2). El ofuscamiento de la conciencia es el portón por el que se introduce la violencia que devasta al mundo. Quien dirige su mirada al rostro del Señor, el rostro al que escupieron los siervos del Sanedrín y de Pilato, al que golpearon y abofetearon, ven en ese rostro el espejo de nuestra violencia, el espejo de lo que es el pecado, y recibe aquella purificación de la conciencia que es, al mismo tiempo, el presupuesto de toda reforma social, de toda mejora de los asuntos humanos. La reforma de las relaciones humanas consiste, por encima de todo, en el fortalecimiento de la fuerza moral. La virtud moral es la única fuerza que puede poner freno a la violencia y el egoísmo y allí donde se hace insignificante su influencia, el perdedor siempre es el propio hombre, en primer lugar, el débil.

Juan Pablo II dijo aquello de que la adoración eucarística “es una escuela de amor al prójimo” (Ibíd., n. 6 & 1). En la Eucaristía no veneramos simplemente a Dios. En ella nos sale al encuentro la ofrenda sacrificial de la vida de Jesús y, en dicha ofrenda, el amor mismo. Pero el amor solo puede comprenderse amando. “Por eso el culto eucarístico es el punto de encuentro entre lo personal y lo sacramental, lo sacramental y lo social, puesto en el que también están andadas la vitalidad apostólica y espiritual de la Iglesia, así como la de nuestro ministerio” (Ibíd., n. 4).

Es día de gozar de la presencia del Señor, de adorar su designio, de recibir su gracia. La Eucaristía es alimento de los peregrinos que se convierte en fuerza incluso para quien está cansado, extenuado y desorientado. Participando de la Eucaristía, vivimos de modo extraordinario la oración que Jesús hizo y hace continuamente por cada uno de nosotros a fin de que el mal, que todos encontramos en la vida, no llegue a vencer y obre en nosotros la fuerza transformadora de la muerte y resurrección de Cristo. Participando de la Eucaristía, nutriéndonos de la carne y sangre del Hijo de Dios, unimos nuestra oración a la del Cordero pascual en su noche suprema, para que nuestra vida no se pierda, no obstante, nuestra debilidad y nuestras infidelidades, sino que sea transformada. Amén.

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