Nuestros curas

Carta de
Mons. D. José María Gil Tamayo
Obispo de Ávila

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Aunque todos los cristianos participamos del sacerdocio de Cristo por el bautismo que nos identifica con Él y nos lleva a ofrecer tantos sacrificios cada día en el trabajo, en la vida de familia, en la enfermedad y en mil encrucijadas, esta semana me van a permitir ser un poco corporativista y que les escriba sobre nuestros curas, sobre quienes han recibido el sacerdocio ministerial. Lo hago además con el dolor de haber sufrido la pasada semana la muerte, a los 52 años, de mi hermano Juan Antonio, sacerdote y teólogo, profesor de la Universidad de Navarra y formador de vocaciones sacerdotales. Ha vivido y muerto como un verdadero santo tras casi dos años de lucha contra el cáncer. Además estamos en plena campaña vocacional con motivo del Día del Seminario y deseo rendirles a nuestros curas un homenaje de gratitud y reconocimiento.

Son miles y miles en España y están en nuestras parroquias: las de los pueblos pequeños y las de las barriadas de las grandes ciudades, desarrollando un trabajo abnegado de ayuda a los demás con su tarea evangelizadora, con la administración de los sacramentos, con la promoción de tantas obras sociales y culturales; con la cercanía a los enfermos y a los que sufren; con el consejo pronto para quien lo necesita. Otros viven entregados a la educación de los más jóvenes o al acompañamiento y consuelo de los enfermos en los hospitales; los hay quienes se dejan cada día lo mejor de sí para lograr una vida más digna a los pobres y marginados, o a los que están atrapados en las nuevas esclavitudes.

La mayoría de ellos, aunque sobrepase con creces ya en nuestro país los 65 años de edad y cuando muchos podrían descansar como cualquier persona con esos años, siguen en el tajo que a cada uno le toca a más en una sobrecarga laboral que haría conflictivo cualquier convenio colectivo en el mundo civil, si algún sindicato se ocupara de este sector. Pero ellos sacan fuerzas de lo menguado de sus filas y alargan los años en un servicio escondido y alegre. En nuestra diócesis de Ávila no son pocos los que habiendo superado los 80 siguen atendiendo tareas pastorales, incluso algunos con más de 90 años. ¡Benditos sean!

Muchas veces trabajan a contracorriente de un mundo en el que, por la pérdida del sentido religioso y predominio del secularismo, se hace para los curas cada vez más difícil explicar la razón de ser de su vocación, de su entrega abnegada al ideal evangélico. Afortunadamente ya no forman parte de la clase directiva típica de los pueblos de la España tópica. Y con no menor gratitud a la Providencia también han desaparecido del elenco de personajes del chiste fácil e incluso han dejado de ser los adversarios reconocibles y también tópicos para el rancio anticlericalismo, por desgracia cíclicamente retornante.

Gracias a Dios, sigue habiendo jóvenes que optan con generosidad por imitarles en este servicio, en esta vocación maravillosa. También ellos han roto el tópico y son gente de su tiempo, más preparada y decidida. En España actualmente hay 1.203 seminaristas mayores, pero con desigual reparto. En esto también sufrimos en nuestra diócesis una grave “despoblación”, ya que sólo contamos con 4 seminaristas mayores, lo que hace imposible el relevo sacerdotal en muchos puestos pastorales y nos sitúa ante una verdadera emergencia vocacional a la que hemos de hacer frente con una mayor oración (cf. Mt 9,38), para que Dios envíe obreros a su mies y con una más decidida propuesta vocacional por parte de todos, especialmente de los sacerdotes y educadores cristianos. El sacerdocio no puede dejar de ser en Ávila un camino atractivo para nuestros jóvenes ofrecido sin complejos desde el gran esfuerzo educativo que la Iglesia lleva a cabo y desde las familias cristianas. Ya es hora de que tomemos conciencia de esta tarea urgente.

Hemos de caer en la cuenta de que tenemos muchos motivos de agradecimiento para nuestros curas y en estos días de la campaña del Seminario podrían tomar incluso forma de oración por estos sacerdotes buenos, que son los más y cuyos nombres y rostros conocemos o recordamos. Los que han aparecido y puedan aparecer en las páginas de sucesos de los medios por haber traicionado el ministerio sacerdotal con conductas criminales, especialmente contra los menores y personas vulnerables, son minoría, pero no por ello dejan de dolernos profundamente y merecen nuestra condena aunque sólo hubiera un caso, y nos avergüenza profundamente y pedimos perdón en especial a las víctimas y haremos todo lo que esté en nuestras manos por evitarlo, siguiendo el esfuerzo ejemplar del Papa Francisco por erradicar esta lacra de nuestras filas.

Pero la inmensa mayoría de los sacerdotes buenos no ocupará nunca espacio en una noticia y sí en el corazón agradecido de Dios y del pueblo. A ellos les dedicaba precisamente el Papa Francisco unas palabras de aliento en su discurso al final de la reciente e histórica reunión en el Vaticano sobre Protección de Menores en la Iglesia, y que hago mías: “Permitidme, señalaba el Papa, ahora un agradecimiento de corazón a todos los sacerdotes y a los consagrados que sirven al Señor con fidelidad y totalmente, y que se sienten deshonrados y desacreditados por la conducta vergonzosa de algunos de sus hermanos. Todos —Iglesia, consagrados, Pueblo de Dios y hasta Dios mismo— sufrimos las consecuencias de su infidelidad. Agradezco, en nombre de toda la Iglesia, a la gran mayoría de sacerdotes que no solo son fieles a su celibato, sino que se gastan en un ministerio que es hoy más difícil por los escándalos de unos pocos —pero siempre demasiados— hermanos suyos. Y gracias también a los laicos que conocen bien a sus buenos pastores y siguen rezando por ellos y sosteniéndolos”.

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✠ José María Gil Tamayo
Obispo de Ávila

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