María Beatriz, concepcionista mártir

Carta de
Mons. D. Juan Antonio Martínez Camino, SJ
Obispo auxiliar de Madrid

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Su historia es conmovedora. Es la más joven de las mártires concepcionistas de Madrid, beatificadas por el Papa Francisco el 22 de junio de 2019 en la catedral de la Almudena. Tenía 28 años. Sabemos bastante de ella, porque su hermano pequeño, el hoy capuchino Rainerio de Nava, ha dedicado muchas horas e infinito cariño a biografiarla.

En octubre de 2018, hice la visita pastoral a la parroquia madrileña de San Antonio de Cuatro Caminos, regida con celo por los capuchinos. Un día, el padre Rainerio, a sus 94 años, me había mostrado, junto con el párroco, el colegio parroquial que él mismo había consolidado hacía décadas como hermosa obra de educación popular. Otro día, mientras comía con la comunidad de religiosos, les conté que ya había fecha para la beatificación de las mártires concepcionistas. El padre Rainerio, que se había mantenido silencioso, levantó la cabeza como movido por un resorte. Se excusó y volvió enseguida con un libro de su autoría titulado Odisea martirial de catorce concepcionistas (Toledo 2011). Lo puso en mis manos con palabras como estas: «¡Lo sabía! ¡Ha valido la pena! ¡Qué inmensa alegría! ¡Delicada providencia del Señor, si puedo llegar a verlo!». Aquel libro es ahora la fuente de estas líneas.

Narcisa García Villa, que ése era el nombre de pila de Beatriz, llegó a Madrid, acompañada por su padre Abundio, el 17 de junio de 1924. Venían del pueblecito que la había visto nacer en 1908, Nava de los Caballeros (León). Allí se había quedado la madre, Ulpiana, con los otros cinco hijos y embarazada de un bebé que iba a ser nuestro padre Rainerio.

Narcisa, una jovencita de 16 años, nunca había visto el tren, ni menos el paisaje entre Santa Martas y Madrid. Pero se agarró fuerte al brazo de su padre, cerró los ojos y así hizo casi todo el camino. Tan inmantada iba por la llamada del Amor, a la que comenzaba a responder de un modo definitivo.

Aquel 17 de junio, hace ahora 95 años, las puertas del monasterio de San José se abrieron para ella. Los edificios que la acogieron tenían unos 35 años. Las Concepcionistas habían recalado allí en 1890, después de haber sido expulsadas del centenario beaterio de la calle de Atocha y de haber adoptado el modo de vida la Orden bajo la tutela de la famosa reformada y fundadora sor Patrocinio (1811-1891). El nuevo monasterio estaba cerca de las Ventas, en el extrarradio, en la calle que hoy lleva el nombre de Mártires concepcionistas. Trasladado en 1977 a las Rozas, las religiosas han pasado en 2015 a la casa madre de Toledo.

Aquel laboratorio de santidad le vino a Narcisa como anillo al dedo. La descripción que el padre Rainerio hace del proceso vocacional de su hermana en el pueblo; y del comienzo y de la maduración de la vida de la joven monja es exacta y hermosa. ¿Cómo lo logra, si no llegó a conocerla personalmente? Por los muchos testimonios que ha recogido y sabiendo interpretar, movido por la veneración y gratitud hacia su hermana, a cuyas oraciones y martirio siente que debe su propia vocación. La futura mártir había sabido cultivar la semilla de amor que el divino Redentor le había puesto en el corazón desde su infancia. Luego, ella había captado que aquella relación íntima no era sólo para ella, sino que venía dotada de una misión: «Desagraviar y expiar tantos pecados que se comenten en el mundo. El mundo está perdido por el odio; así, el mayor consuelo que podemos dar al Corazón de Jesús es amarnos cada vez más unos a otros». Es lo que le escribía sor Beatriz a su abuela el 16 de julio de 1936.

La persecución que se desencadena con el advenimiento de la II República rompió la paz exterior del monasterio. Las monjas tuvieron que abandonarlo precipitadamente en varías ocasiones: en mayo y junio de 1931; en febrero y en mayo de 1936, y, por última vez, el 19 de julio de 1936.

La abadesa, madre María del Carmen Labaca Andía (que encabeza el grupo canónico de las mártires concepcionistas), tenía previsto un refugio, no lejano, en un piso de la calle de Manuel Silvela 19, 7º. Era una casa para una familia, sin amueblar, en el que tuvieron que meterse 18 monjas. La situación era insostenible. El día 25 la madre Carmen dio libertad a las religiosas para irse, si tenían familiares o amigos que las acogieran. Se fueron la mitad. Sor Beatriz fue acogida en casa de una hermana de otra religiosa. La situación así era más llevadera y menos insegura. Pero inesperadamente, a finales de octubre, reciben la llamada de la abadesa para que vuelvan a Manuel Silvela, pues quiere mandar religiosas como enfermeras a los frentes, según le habían dicho los milicianos que las acosaban. Todo era una trampa. Pero sor Beatriz, tras unos momentos iniciales de resistencia, aceptó la llamada de la obediencia, que entendía como una invitación al martirio.

Los milicianos iban muchas tardes al piso de las monjas y se marchaban diciéndoles que pronto volvería a por ellas. Noches terribles. El 7 de noviembre las hermanas celebraron “la última cena”. Sobre las siete y media de la tarde las diez monjas, con las señales en sus rostros de un largo camino de amargura, fueron sacadas de su refugio. Su paradero es desconocido hasta hoy. Eran, además de la madre Carmen y de sor Beatriz, sor María Pilar de los Dolores, sor María de la Asunción, sor María el Santísimo Sacramento, sor María de San José, sor Guadalupe de la Ascensión, sor María del Pilar, sora María de Jesús, y sor María Juana de San Miguel.

Con estas diez monjas del monasterio de San José suben también a los altares otras dos del monasterio de El Pardo: la madre Inés de San José y sor María del Carmen, hermanas carnales; así como dos más del monasterio de Escalona (Toledo): la madre María de San José y sor María de la Asunción Pascual.

¡Claro que ha valido la pena, padre Rainerio! En 1956 ya habías publicado la primera biografía de tu hermana, bajo el título de Temple divino. Fue el germen de la investigación sobre las catorce concepcionistas que ahora beatifica el Papa Francisco.

¡Gracias! Tu piadosa y humilde dedicación a la memoria de los santos de tu casa permite hoy a la Iglesia conocer la peripecia dramática y gloriosa de estas mártires del siglo XX. Nos confiamos a su poderosa intercesión.

mrtz_camino_firma Juan Antonio Martínez Camino, SJ
Obispo auxiliar de Madrid

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