Santa Misa con el Rito de la Ordenación de presbíteros

Homilía de
Mons. D. JUAN JOSÉ ASENJO PELEGRINA
Arzobispo metropolitano de Sevilla

asenjo22062019

S.I. Catedral de Santa María de la Sede, Sevilla
Sábado, 22 de junio de 2019

ORDENACIÓN DE SIETE SACERDOTES

1. El Señor nos ha convocado en esta mañana nuestra catedral para compartir con nosotros la mesa de su pan y de su palabra y para ser testigos de un acontecimiento excepcional, la ordenación sacerdotal de siete hermanos nuestros, Gonzalo Salvador Fernández, Francisco José Gordon, Juan Guzmán, Manuel Jiménez, José Antonio de la Maza, Jesús Ojeda y Pedro Reina

2. Sed bienvenidos, queridos hermanos. Sean bienvenidas vuestras familias y vuestros paisanos, que en un clima de oración ferviente van a vivir con vosotros el acontecimiento más transcendental de vuestra historia personal después de vuestro bautismo. Por la infinita misericordia de Dios, el Señor os va a hacer partícipes de su función de sacerdote, profeta y pastor, distinta no sólo en grado sino sustancialmente del sacerdocio común de todos los bautizados. Por el sacramento del orden, por la imposición de manos del Obispo y la efusión de su Espíritu, el Señor os encomienda que actuéis “en la persona de Cristo” ejerciendo el sacerdocio ministerial al servicio de todo el Pueblo de Dios.

3. En el evangelio que acabamos de proclamar el Señor distingue con gran nitidez dos actitudes frecuentes en la vida humana: la actitud sabia e inteligente de aquel hombre que cuando va a construir su casa, excava en la tierra para encontrar la roca viva sobre la que situar los cimientos, sobre los que levanta a casa. Después vendrán las tormentas y la lluvia, se saldrán los ríos y la casa subsistirá porque estaba construida sobre roca. Muy distinta es la actitud necia e inconsciente de aquel hombre que, sin reparar en la importancia de los cimientos, edifica su casa sobre arena. Soplarán los vientos y se saldrán los ríos y la casa se hundirá estrepitosamente por estar edificada sobre arena.

4. En esta mañana, queridos candidatos, vais a estrenar vuestro sacerdocio y es muy importante que reparéis en la importancia de los cimientos. El libro de los Salmos, en el que se recoge la oración personal y comunitaria de los hijos de Israel, llama muchas veces a Dios roca, porque los israelitas están convencidos de que es Dios quien da estabilidad, consistencia, firmeza y seguridad a la vida del pueblo y de cada uno de sus miembros. En la segunda lectura os ha dicho san Pablo que nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto que es Jesucristo.

5. Jesucristo es efectivamente la roca firme sobre la que debéis asentar vuestro sacerdocio, Jesucristo querido, Jesucristo apasionadamente buscado, Jesucristo estudiado, Jesucristo contemplado, Jesucristo seguido, Jesucristo tratado en la mañana, al atardecer y en la noche. Jesucristo siempre, queridos candidatos. Él debe ser el corazón y la fuente de sentido y de esperanza para vuestra vida. Él es la razón de vuestro existir, como lo fue para san Pablo, un fascinado, un seducido, un enamorado de la persona de Jesús. Encontrarse con él fue la experiencia más grande, profunda y decisiva de su vida, experiencia de gozo, de amor y de libertad, que le lleva a exclamar: Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir (Fil 1,21). Todo lo considero basura comparado con el conocimiento de Cristo Jesús mi Señor (Fil 3,8). De ahí surge su apasionamiento por Jesucristo. Me urge el amor de Cristo (2 Cor 2,14), como le urge también la necesidad imperiosa de anunciarlo a todos: Ay de mí si no evangelizare (1 Cor 9,16).

6. No os canséis de tratar cada día de conocer mejor a Jesús. Releed una y otra vez la trilogía Jesús de Nazaret del papa Benedicto XVI. Os propongo contemplar cada día a Jesús desde los evangelios, desde el testimonio de quienes convivieron con Él, aquellos dos primeros discípulos que le preguntan: «Maestro, ¿dónde moras?» (Jn 1,38). Los Evangelios nos dirán que vive en los más pobres, en los enfermos, en los que sufren, en los niños, en cada persona. Dirá que vive en su Palabra, que debe ser la inspiradora de vuestra existencia sacerdotal. Vive también en la comunidad, aunque sólo sean dos o tres los que se reúnen en su nombre. Y vive en la Eucaristía, cuando se celebra y también después de la celebración. Allí os espera el Señor para aferraros a él, como nos dijera Benedicto XVI. El Concilio Vaticano II nos dirá que «el Señor vive en la persona de su ministro» (SC 7), palabras impresionantes, que conmueven y comprometen. Nuestra vida es su casa. Estamos ocupados y habitados por Él. Nuestro aliento es el suyo. Mira por nuestros ojos. Ama por nosotros. Le damos el corazón para amar y nuestros brazos para acoger. Somos iconos de Él. En la administración de los sacramentos es Él quien santifica, quien bautiza y perdona los pecados.

7. Él debe ser el primer y único valor en vuestra vida si ya desde hoy le tratáis sosegadamente en la oración de cada día, conscientes de que ese tiempo, junto con la celebración de la Santa Misa es el momento cumbre de vuestra jornada. Jesús será el primer y único valor si no perdéis la oportunidad de anunciarlo por doquier; si el apostolado y la evangelización no es algo marginal, sino una prioridad en vuestra vida; si es Él quien os sostiene en las dificultades y en los momentos de desesperanza.

8. Los evangelios nos señalan del fin de la Encarnación y nos marcan el estilo del sacerdocio que hoy vais a estrenar. El Señor ha venido a mostrarnos el rostro verdadero del Padre (Jn 14,7-11); a poner luz en la oscuridad (Jn 1,9; 12-46); y a dar testimonio de la verdad (Jn 18,37). Ha venido a traer la paz (Mc 9,50; Jn 14,27), a predicar la fraternidad, a anunciar la buena noticia a los pobres ( Lc 4,18); a devolver la vista a los ciegos (Mt 20,29-34); a enderezar a los tullidos (Mt 9,1-8; Mc 2,1-12; 3,1-6; Lc 5,17-26); a dar libertad a los oprimidos por cadenas que amordazan y esclavizan. Él no ha venido a ser servido sino a servir y a entregar su vida en rescate por muchos. Él nos marca el estilo del sacerdote, siervo y servidor. Él ha venido a obedecer y a cumplir la voluntad del Padre, y debe ser para vosotros modelo de la obediencia que dentro de unos momentos libremente, solemnemente y públicamente vais a prometer ante esta asamblea que representa a la Iglesia. Esta promesa os compromete de por vida. Debéis ser conscientes de que obedeciendo al obispo estáis obedeciendo al Señor, mientras que la desobediencia al superior, es desobedecer a Dios.

9. Jesús os enseña también a ser apóstoles y evangelizadores, vuestra tarea primordial. Al encarnarse, viniendo desde el seno de Dios, el Señor se aproximó a nosotros. Encarnarse fue aproximarse. Sólo desde la proximidad y la cercanía es posible anunciar el Evangelio, que no es gritar desde la lejanía a una masa impersonal, sino hablar al oído, de persona a persona, como susurrando (cfr. PDV, 26). La vida de Jesús nos sugiere la necesidad de la cercanía a nuestros fieles, no simplemente para pasar el rato, sino para prestarles nuestro mejor servicio, nuestro servicio específico que, como en el caso de Jesús, siempre tiene una perspectiva salvífica, apostólica y pastoral. En sus encuentros con la gente, no pierde la ocasión de anunciarles la buena noticia de que Dios les ama y que quiere comunicarles su vida y hacerlos miembros de su familia. El que vive en las cercanías de Dios tiene necesidad de aproximarse al hombre para entregarle, como afirmaba el papa Francisco en su discurso a los sacerdotes de Roma de 6 de marzo de 2014, su mejor tesoro, que no es otro que Jesucristo, para anunciarle un mensaje de amor y de esperanza, y abrirles a los horizontes más altos.

10. Termino mi homilía mirando a María, camino natural para llegar a Jesús. Así nos lo enseñaron desde niños: ¡A Jesús por María! Ella es madre, por un título especial, de los sacerdotes de su Hijo.  Que como dice san Bernardo, no os canséis de acudir a ella cada día, cada hora, cada minuto, a cada instante, llevándola siempre en el corazón. Ella nos enseñará quién es Jesús, qué fue Jesús para ella y qué debe ser para nosotros. Ella nos alienta en nuestra fidelidad y en nuestra tarea misionera. A ella dirigimos esta breve jaculatoria que rezaba por nosotros todos los días san Juan Pablo II: Permanece, María, al lado de tus sacerdotes por los caminos del mundo. Amén.

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