Santa Misa en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Homilía de
Mons. D. BRAULIO RODRÍGUEZ PLAZA
Arzobispo metropolitano de Toledo
Primado de España

braulio23062019

S.I. Catedral Primada de la Asunción, Toledo
Domingo, 23 de junio de 2019

El Evangelio de este Domingo del Corpus es nada menos que la Buena Noticia de la multiplicación de los panes, que es uno de los hechos que ha quedado grabado para siempre en la memoria de la Iglesia. Nunca nos cansaremos de escuchar maravillados lo que aconteció aquella tarde, la narración de ese “gesto inédito” de Jesús. Fue una fiesta; una fiesta humilde, una fiesta de fe. Esta vez, Jesús sí multiplicó los panes y los peces, no como cuando rechazo convertir las piedras en pan.

El recuerdo de la multiplicación de los panes y peces (junto con el de las bodas de Caná) nos ha quedado en el corazón como el evangelio de la desproporción. Lo que salió de las manos del Señor que bendecían fue un derroche de pan: los cinco panes se convirtieron en cinco mil. La desproporción fue más allá de todo cálculo humano, ese cálculo “realista”, casi matemático que llevaba a los discípulos a decir con escepticismo: “¡A no ser que vayamos a comprar para dar de comer a todo este gentío!”.

Hubo sobreabundancia: todos comieron hasta saciarse. Hubo hasta derroche: recogieron las sobras, doce canastas. Un derroche en el que no se perdió nada, como en las casas de los pobres, tan diferente de los derroches escandalosos y ricos. Y es que el mensaje del Evangelio es claro, diáfano, cálido y contundente: donde está Jesús, desaparecen las proporciones humanas. Y, paradójicamente, la desproporción de Dios es más humana, más realista, más simple, más verdadera, más realizable que nuestro cálculo. La desproporción de Dios es realista y realizable porque mira la calidez del pan que invita a ser repartido y no a la frialdad del dinero que busca la soledad de los depósitos.

Pero el milagro de los panes no tiene nada de solución mágica. En medio de él está el mismo Jesús “con las manos en la masa”; diríamos un Jesús que reparte y se entrega a sí mismo en cada pan; un Jesús que ensancha su mesa, la que compartía con sus amigos, y le hace sitio a todo el pueblo; ¡un Jesús que es todopoderoso con el pan y los peces! “¡Qué lindo y hermoso es mirar los signos humildes, las cosas pequeñas con que trabaja Jesús: el agua, el vino, el pan y los pescaditos!”. Decía el Papa Francisco en una homilía del Corpus. Con estas cosas humildes es omnipotente el Señor. Sus manos se hallan a gusto bendiciendo y partiendo el pan. Se puede decir que el Señor se desborda solo en aquellos gestos que puede hacer con sus manos: bendecir, sanar, acariciar, repartir, dar la mano y levantar, lavar los pies, mostrar las llagas… El Señor no levanta mucho la voz ni hace gestos ampulosos. Jesús quiere ser todopoderoso partiendo el pan con sus manos.

El gesto del Señor es un “gesto inédito”, aunque sea en algo tan pasajero como es una comida de pan y peces. Y es inédito también, porque es un gesto de todopoderoso que utiliza la mediación del servicio humilde de sus propias manos junto con las manos de todos. Se puede decir que el milagro de los panes fue un milagro realizado eclesialmente por todos los que iban compartiendo el pan.

Pensemos ahora, hermanos. La fiesta del Corpus es la fiesta de las manos: de las manos del Señor y de nuestras manos. De esas “santas y venerables manos” de Jesús, que continúan bendiciendo y repartiendo el pan de la Eucaristía, su Pan partido y repartido, por Él y por nosotros. De esas manos nuestras, necesitadas y pecadoras, que se extienden humildes y abiertas para recibir con fe el Cuerpo de Cristo. Pero que nos recuerdan que no nos está permitido no socorrer a los miembros dolientes del Cuerpo de Cristo, en la Iglesia y en el mundo.

¿Hemos aprendido que el pan divino trasforma nuestras manos vacías en manos llenas, con esa medida “apretada, remecida, desbordante” que da Dios al que es generoso con sus talentos? Hermanos: que el dulce peso de la Eucaristía deje su marca en nuestras manos para que, ungidas por Cristo, se conviertan en manos que acogen y contienen a los más débiles. Que el calor del pan consagrado nos queme en las manos y en el corazón con el deseo eficaz de compartir un don tan grande con los que tienen hambre de pan y de Dios, de justicia, en definitiva.

Que la ternura de la comunión con este Jesús que se ponen sin reservas en nuestras manos en un “gesto verdadero, “gesto inédito”, nos abra los ojos del corazón a la esperanza, para sentir presente a Dios que está “todos los días con nosotros” y nos acompaña en el camino.

Miremos ahora a la Virgen Santísima: ella de algún modo profetizó esta multiplicación de los panes en el Magníficat, cuando anunció al Dios que “hace proezas con su brazo… a los hambrientos los colma de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías”. Que ella interceda ante su Hijo para que una vez más mire con amor a nuestro pueblo que también hoy necesita realizar un “gesto inédito”. Que pida del Señor que Él, presente en medio de nosotros, otra vez nos vaya dando con sus manos el Pan de la Eucaristía para entrar en la comunión con Él y para aprender a compartir como hermanos. También que nos ayude a ver la desproporción entre la generosidad de Dios y la nuestra; así nos animaremos a amasar ese “gesto inédito” que nos inspire la generosidad y nos saque de la desesperanza.

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