Santa Misa en la fiesta de San Agustín

escudo_julian_lopez_martinEl Obispo de León

 

FIESTA DE SAN AGUSTÍN, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

(Iglesia conventual de las MM. Agustinas Recoletas, 28-VIII-2019)

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas

Hch 2,42-47                        2 Tm 4,1-8                 Jn 10,7-18

La fiesta de san Agustín nos ha reunido un año más en la iglesia conventual de nuestras monjas Agustinas Recoletas para celebrar la vida, el testimonio de conversión y la entrega pastoral de uno de los mayores santos de la Iglesia. ¿Quién de entre nosotros, especialmente los que tenemos una misión pastoral, no siente una especial admiración por este gran “pastor de almas”, un corazón inquieto, siempre en la búsqueda de la verdad y del bien que culmina en una intensa vida de estudio y plegaria, a la vez que se entregaba a su ministerio episcopal, explorando e iluminando con su palabra todos los caminos del hombre?

1.- La conversión de un gran santo y doctor de la Iglesia

Y ¿quién de entre nosotros no conoce también, aunque sea de manera sencilla, el famoso diálogo de san Agustín con su madre, referido por el propio Santo en el Libro IX de Las Confesiones y que recoge para el día de hoy el Oficio de Lectura de la actual “Liturgia de las Horas”? La escena no puede ser más conmovedora. Agustín y su madre se encuentran en el puerto romano de Ostia y contemplan el cielo y el mar, pero por un momento su conversación se centra en las realidades eternas por encima de la belleza del mundo presente.

Es verdad que las lecturas propias de la Misa del Santo Doctor de la Iglesia centran nuestra mirada en el ministerio de san Agustín obispo, testimonio espléndido indudablemente de lo que debe ser todo pastor de la Iglesia. Pero, en el propio texto evangélico, en las palabras del Señor, se entrevé también la impresionante realidad de la conversión de este gran santo, modelo espléndido no solo para el ministerio pastoral sino también para la vida espiritual de todos los fieles. La primera lectura, evocando la vida de los primeros cristianos, parecía aludir no solo a las actitudes del Santo Doctor sino también al espíritu que ha inspirado a las comunidades religiosas, no solo agustinianas, que han florecido a lo largo de la historia de la Iglesia: interioridad, comunidad de amor, amistad, comunión de bienes, intensa vida espiritual al encuentro de Dios y al servicio del hombre.

Porque san Agustín, antes de ser el gran obispo de Hipona y doctor de la Iglesia universal, vivió y experimentó todo un proceso de conversión personal verdaderamente admirable. Lo sugieren las palabras del Señor en el evangelio que hemos escuchado: “Yo soy la puerta de las ovejas”, es decir, de todos los fieles y también de los pastores que, ante el Supremo Pastor, todos somos igualmente “su pueblo y ovejas de su rebaño” como dice el salmo 99(100),3b. Toda la grandeza y la gloria de san Agustín se basa en un proceso de conversión en el que descubre, ciertamente iluminado por el Espíritu Santo, la belleza infinita de Dios en Jesucristo que le hace exclamar: “¡Tarde te amé, oh hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!”. Ante esa belleza que no es sino la Verdad con mayúscula, es decir, la Verdad infinita, tal y como el mismo Señor lo afirmó: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”  (Jn 14,6), san Agustín comprendió que todas las criaturas deben callar porque solamente así se puede producir el encuentro con quien realmente es “el camino de la verdad y la vida”.

2.- Equilibrio entre la oración y la acción

San Agustín supo también restablecer el equilibrio entre la oración y la acción, entre la vida mística y la actividad pastoral o caritativa. Respuesta a un dilema importante, simbolizado en la tensión entre el pensamiento y la acción, entre el orar y el hacer. Nuestro Santo fue especialmente claro en este aspecto: “Nadie debe estar tan embebido en las cosas de Dios que se olvide de los hombres, sus hermanos. Ni tan inmerso en las cosas de los hombres que se olvide de las cosas de Dios”  (La ciudad de Dios, 19,19). Orar y trabajar, ideal que reaparecerá más tarde en San Benito de Nursia, son dos formas inseparables de amar y de hacer realidad el ideal cristiano.

Estas actitudes, descubrimiento y certeza en san Agustín, nos vienen bien a todos nosotros, a los que nos ha tocado vivir en una época, quizás la más ruidosa de todas y, ¿quién sabe si la menos proclive a la interioridad y la transcendencia? Y no me refiero solamente a los ruidos externos, por ejemplo, el del tráfico en las ciudades o el de algunos medios de diversión o de propaganda publicitaria, sino también a esa intoxicación de las ideas y de las actitudes que padecemos, causada no tanto por los mensajes que nos invaden hasta saturar el ambiente como por la insistencia machacona con que se difunden por todos los medios.

3.- Un gran modelo para los cristianos de hoy

Aprendamos del Agustín buscador inquieto de la verdad, el Agustín que antes de ser “pastor de almas” fue también un gran contemplativo, enamorado y asombrado de la belleza infinita de Dios. Nuevamente son sus palabras: “¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche!”. Dejemos, en definitiva, que sea la Verdad misma, personificada en nuestro Señor Jesucristo, la que nos encuentre a nosotros, nos posea sólidamente y nos cambie la vida, como le sucedió a san Agustín. Muchas veces, incluso los ministros de la Iglesia, los religiosos y religiosas y los fieles cristianos más fervorosos, somos víctimas de ese afán de vivir solo el momento gozoso y fugaz que nos ha tocado, haciéndonos la falsa ilusión de que esa es la felicidad duradera. Se trata de un grave error de nuestro tiempo que se prefiere superficialmente, sin discernir, sin pensar. Parece que se tiene miedo de buscar la Verdad o, quizás, se tiene miedo a la Verdad misma.

Quiero terminar con un bello texto de Benedicto XVI, cuando era obispo de Roma y pastor de toda la Iglesia. Conocida es su cercanía y especialidad en san Agustín desde sus primeros años de joven profesor de teología: «Querría deciros a todos, también a quien se encuentra en un momento de dificultad en el camino de la fe, y a quienes participan poco de la vida de la Iglesia o a quien vive ‘como si Dios no existiese’, que no tengáis miedo a la Verdad, que no interrumpáis nunca el camino hacia ella, que no ceséis de buscar con el ojo interior del corazón la verdad profunda sobre vosotros mismos y sobre las cosas. Dios no dejará de dar la luz para hacer ver y el calor para hacer sentir al corazón que nos ama y que desea ser amado»[1].

+ Julián, Obispo de León

 


[1] J. Ratzinger, Pueblo y casa de Dios en san Agustín, Ediciones ‘Encuentro’, Madrid 2012. El original, su tesis doctoral en alemán, es de 1954.

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