“Es Cristo en vosotros la esperanza de la gloria”. Al servicio de la misión

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Carta Pastoral de
Mons. D. JUAN ANTONIO REIG PLA
Obispo de Alcalá de Henares

INTRODUCCIÓN

Para el desarrollo de esta carta pastoral tenemos algunas indicaciones que nos vienen del Santo Padre y de la Conferencia Episcopal Española. Como hemos recordado frecuentemente, el Papa Francisco quiere que en todas las diócesis el próximo mes de octubre sea un mes misionero. Secundando esta iniciativa, celebramos hace unos meses un Congreso diocesano en el que trabajaron conjuntamente la Delegación de misiones y la Escuela de Evangelización. Teniendo en cuenta las indicaciones que allí se nos hicieron, desarrollaremos esta iniciativa en cada parroquia con la ayuda de la vida consagrada y con los movimientos eclesiales.

La Conferencia Episcopal Española, a través de la Comisión de Apostolado Seglar, está preparando para febrero de 2020 un Congreso de laicos en el que está prevista una fase diocesana, que nosotros ya hemos puesto en marcha y que ocupará el primer trimestre de nuestro curso pastoral. Después, una representación de nuestra diócesis participará en el Congreso que tendrá lugar en Madrid.

Además de estos acontecimientos eclesiales, por mi parte me propongo recordaros algunas cuestiones que nos ayuden a situarnos ante el combate frente a esta sociedad globalizada que cada vez tiende más hacia el pensamiento único, disolviendo todo vínculo con la tradición e imponiendo un modo de vivir individualista, sin sentido de pertenencia y separado de Dios. Ante esta sociedad laicista, la única respuesta es la evangelización: proponer a Jesucristo y una cierta Regla que nos enseñe a vivir.

Cristo es la razón de nuestra esperanza. Su victoria sobre el pecado y sobre la muerte nos la ha regalado mediante el Bautismo: por medio de este sacramento estamos unidos a Él como los sarmientos están injertados en la vid ( Jn 15). En esta viña, que es la Iglesia, Cristo resucitado está presente, vivimos de su Palabra y de los sacramentos que nos van gestando como una nueva creación. Mediante la liturgia irrumpe el cielo en la tierra. La liturgia celebrada se prolonga en la oración del corazón, en la comunión entre los hermanos y en la extensión de la Compasión divina a todos los hombres. Conociendo la revelación de este misterio de presencia del Resucitado, con San Pablo os recuerdo a todos que “es Cristo en vosotros la esperanza de la gloria” (Col 1, 27).

I. EL SENTIDO DE LA MISIÓN

En nuestra diócesis de Alcalá de Henares comenzaremos el mes misionero el 1 de octubre, memoria de Santa Teresa de Lisieux, invocando a la Patrona de las misiones. Después del rezo de Vísperas en el Monasterio de las Carmelitas de la Imagen (Alcalá de Henares), nos trasladaremos en procesión hacia la Catedral donde inauguraremos solemnemente, en comunión con el Papa Francisco, la Misión Diocesana. Las iniciativas previstas (visitas a las casas, rezo público del Santo Rosario todos los Domingos intercediendo por cada continente, oración por los enfermos y encarcelados, vigilias de oración, charlas misionales, etc.) se darán a conocer en el mes de septiembre con sesiones de información y preparación previstas por la Delegación de misiones y la Escuela de Evangelización.

Concluiremos el mes misionero uniéndonos a la celebración de la Vigila de todos los Santos en lo que hemos nombrado “Holywins”. En esta ocasión invitamos a todos los niños a la fiesta que por la tarde tendrá lugar en el patio del Palacio Arzobispal. Es conveniente que los niños desde el principio de curso se identifiquen con algún Santo (este año sirven de referencia los Santos misioneros) y que acudan a la fiesta vestidos de ángeles, de Santos de todas las épocas, reproduciendo algún misterio del Rosario, etc. Se trata de evidenciar la victoria de la Virgen y los Santos sobre la muerte, mostrando las bellezas de la Iglesia celestial. La fiesta de los niños concluirá con el traslado procesional a la Catedral, donde tendrá lugar la Santa Misa, la adoración y la noche de evangelización. Conviene animar a los niños y a las familias desde el principio de curso y procurar entre todos estimular la fantasía de los niños para que guarden imágenes cristianas en su memoria.

Para que este mes de octubre promueva en todos nosotros el impulso hacia la misión e imprima como un sello de identidad en nuestra Iglesia, conviene que nos preguntemos seriamente por el sentido de la misión. Para ello, hacemos siempre referencia al mandato misionero de Jesús: “Id al mundo entero y predicad el evangelio a todas las criaturas. El que crea y sea bautizado se salvará, pero el que no crea se condenará” (Mc 16, 15-16). Siguiendo este mandato nació la Iglesia apostólica animada por el Espíritu Santo desde el acontecimiento de Pentecostés (Hch 2, 1 ss). El libro de los Hechos de los Apóstoles del Nuevo Testamento guarda memoria del comienzo y el desarrollo de la Iglesia naciente, de lo que llamamos la Iglesia apostólica. En este sentido considero que no hay mejor introducción a la misión que proponer en las parroquias y movimientos una Lectio divina, compartida en grupos, de los Hechos de los Apóstoles. En este texto comprobamos la sinergia entre la acción del Espíritu Santo y la respuesta de los apóstoles; en él aprendemos cómo nace la Iglesia y cuáles son sus características (Hch 2, 42-57); aprendemos también la importancia de la oración por Pedro y por la Iglesia, los signos que el Señor les concede y el carácter testimonial hasta la muerte de los discípulos. Entre los santos evangelizadores que hemos de distinguir destaca la figura de San Pablo que, junto con San Pedro, son las grandes figuras de los Hechos de los Apóstoles.

Lo que de manera original y fresca aparece en la comunidad de la Iglesia naciente, con el tiempo se ha ido, en ocasiones, oscureciendo o simplemente separando lo que necesariamente debe permanecer unido. Me refiero a la separación entre la oración y la acción evangelizadora, la separación también entre la liturgia y la atención a los pobres o la acción social, la separación extrema entre la contemplación y la vida activa misionera, entre el anuncio del Evangelio y la promoción social, etc. Por eso, además de una lectura orada de los Hechos de los Apóstoles, conviene que nos preguntemos por el sentido de la misión, por su origen, sus medios y su desarrollo.

a) Origen de la misión

Al plantearme el origen de la misión (más allá del mandato de Jesús que se contiene en el evangelio de San Marcos 16, 15), me vienen a la memoria las palabras de Jean Corbon en su libro Liturgia fontal, que en cierta ocasión fue presentado a los sacerdotes de la diócesis. El capítulo XX de este libro se titula así: La misión de la liturgia de los últimos tiempos. Recomiendo vivamente su lectura. Para facilitarla seleccionaré a continuación algunas reflexiones del que fue uno de los redactores del Catecismo de la Iglesia Católica.

Respecto al origen de la misión dice este autor: “Podemos hacer todas las reflexiones de teología o de pastoral misional que queramos, pero el misterio de la misión se adueñará de nuestra vida tan sólo si nuestro corazón es transformado, labrado e irrigado por la Comunión divina. Es necesario que estemos habitados por ella. La liturgia vivida comienza a vivificarnos a nivel del corazón, por la oración cada vez más cotidiana, y desde allí penetra nuestra naturaleza, nuestra actividad y toda relación. Cuanto más nos deifica, más nuestra vida llega a ser obra de Dios; cuanto más la Comunión divina restaura nuestra relación, tanto más llegamos a ser Iglesia. La liturgia dilata así a la Iglesia en espacio humano de Compasión divina. Es en este momento de madurez cuando el misterio de la Liturgia, celebrada y vivida, desgarra el corazón de la Iglesia, como el Amor ha desgarrado el del Padre y el Espíritu el de Cristo al expirar en la Cruz. Entonces la Compasión se derrama sobre el mundo, y de ahí la misión” ( Jean Corbon, Liturgia fontal, Palabra, p. 249).

A raíz de este texto podemos comprender que la misión no es algo que nace de nosotros, ni se reduce a un envío de Alguien. Este Alguien antes habita en nuestro corazón y lo dilata, lo reviste de su Amor y de su Compasión. Este don nos alcanza por la liturgia celebrada y vivida en la oración del corazón. Es ahí donde nuestro corazón es transformado y late con la fuerza del Espíritu, que le regala la Compasión divina capaz de distinguir, averiguar y ser capaz de alcanzar todo sufrimiento humano. Por tanto, cuando hablamos de preparar la misión diocesana, a lo que nos referimos es a purificar nuestro corazón, a intensificar la oración personal y comunitaria, siendo conscientes de que es en la liturgia donde somos alcanzados por la acción del Espíritu Santo que promueve en nosotros un renovado Pentecostés.

Es inútil, por tanto, separar la liturgia de la oración, separar la oración y la liturgia de la acción pastoral y de la acción social. Será como romper a Cristo. Por el contrario hemos de entender que todo tiene su unidad en el misterio de Cristo resucitado que nos envía con el Padre el Espíritu, quien, a su vez, nos regala un corazón dilatado como el de Cristo. En el Espíritu que obra en la liturgia está el origen, es Él quien nos revela a Cristo, quien transforma todo en su Cuerpo y es Él quien derrama la Comunión y la Compasión divina que nos lleva a la misión.

b) Los medios para la misión

Cuando nos referimos a los medios en el contexto de las misiones, no nos referimos a los medios materiales que siempre son subsidiarios, ni nos referimos a ningún tipo de táctica o estrategia. De lo que se trata es de presentar a Cristo y, por tanto, la mediación necesaria es la acción del Espíritu y el testimonio de los bautizados. Es más, la verdadera mediación es la Iglesia como Cuerpo de Cristo, en quien resplandece toda la acción redentora y salvífica del Resucitado. Él es la Cabeza de un cuerpo que como pueblo vive enraizado en Él, participando de la alianza nueva y eterna que Él selló con su sangre.

Por eso cuando hablamos de la celebración eucarística, o de vigilias de oración, o del rezo público del rosario, la visita a los enfermos, etc., de lo que estamos hablando es de presentarnos como el Cuerpo de Cristo, dando testimonio de las maravillas que Él obra en nosotros, como Dios obró en el antiguo pueblo de Israel. Es el mismo Espíritu que nos alienta a la misión y al testimonio el que despierta la sed de los que no forman parte del pueblo de Dios o andan dispersos por el mundo. Como dice el autor que hemos citado “el mismo Espíritu que anima al pueblo de Dios es el Espíritu que gime en el corazón de las naciones” (p. 250). Por eso, no hemos de tener miedo a salir a anunciar a Cristo y a predicar el Evangelio como Buena Noticia de salvación. Nuestro verdadero aliado es el corazón de toda persona que está a la espera de que se le anuncie la Verdad. Esta es la verdadera Justicia: darle al corazón lo que espera, lo que verdaderamente necesita, anunciarle el Amor de Dios como respuesta adecuada a las ansias de Bien y de Verdad.

Así pues, “la misión es esencialmente Epifanía de Cristo a través de su Iglesia como nueva comunidad de Caridad. La Iglesia no es una cadena mundial de publicidad evangélica, ni una asociación de las sucursales de los discípulos de Jesús: ella es la novedad de la Comunión del Espíritu Santo entre los hombres. Esta es la Buena Noticia que se anuncia por su sola existencia: que el amor imposible esté aquí como un acontecimiento real. El Dios vivo no necesita presentación: Él es y viene. Lo mismo sucede con la Iglesia, acontecimiento de la caridad divina entre los hombres. Si la Iglesia no llega a ser ella misma acogiendo al Espíritu Santo que la hace Cuerpo de Cristo, no es más que un grupo sociocultural entre otros; es entonces, al faltar la liturgia fontal, cuando los cristianos recurren a la publicidad. Pero si la Iglesia local es una comunidad de Caridad, los hombres pueden quizá rechazar esta noticia conmovedora del amor de Dios por ellos, pero no pueden no verla. La misión como Epifanía es, ante todo, este misterio de Luz ( Jn 13, 35)” (p. 254).

c) El fin de la misión

La misión tiende, como no puede ser de otra manera, a engendrar la vida de Cristo en los corazones de todos los hombres. Así lo expresaba San Pablo en su etapa de madurez: “Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia” (Fil 1, 21). Este misterio, que “estaba escondido desde los siglos y desde las generaciones, ahora se ha manifestado a los creyentes… que es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria” (Col 1, 27).

La presencia de Cristo que nos abre a la esperanza de la gloria se hace posible, en primer lugar, por el anuncio y el advenimiento de la Palabra. Se trata de la Palabra de Dios, inspirada por el Espíritu Santo y que contiene a Cristo. Esta Palabra, que es espíritu y vida, cumple todo lo que dice. Es una Palabra performativa, que cambia los corazones y los reviste de la fuerza de Cristo. Por eso, el misionero es principalmente evangelizador, lleva en sus labios la Palabra de Dios y se presenta como testigo que verifica el carácter curativo de la Palabra.

La Palabra de Dios, que es Cristo anunciado, viene siempre cargada de promesas que se han cumplido en Él y que ahora han de cumplirse en nosotros. Estas promesas desembocan en los sacramentos de la Nueva Alianza, que poseen toda la fuerza salvífica de Cristo. Los sacramentos son acciones de la Iglesia, los cuales, en sinergia con el Espíritu Santo, nos hacen presentes en signos materiales a Cristo resucitado y nos hacen participar de su misma vida. Por eso, Palabra y Sacramento edifican la Iglesia, esposa de Cristo, que es el lugar por donde discurre la vida de Cristo a todos sus miembros incorporados a Él por el Bautismo.

La vida de Cristo resucitado se nos ofrece en plenitud por medio de la Eucaristía, que contiene al autor de los sacramentos. En este caso, el Espíritu Santo por medio de la epíclesis nos introduce en la actualización de la muerte y resurrección de Cristo, presente en el Cuerpo que se entrega y en la Sangre que se derrama. Por la epíclesis (llamada y acción del Espíritu Santo) se abren para nosotros las puertas del cielo y nos unimos a la liturgia celeste. El cielo acontece en la tierra y se nos invita a comulgar en el mismo dinamismo de Amor que lleva a Cristo a entregarse totalmente por nosotros en la cruz. La participación en este dinamismo de autodonación radical de Cristo es la caridad que, unida a la compasión divina, es la fuente de la misión.

Para anunciar la Palabra es necesario que el testigo evangelizador esté pegado a ella, que viva en intimidad con Jesucristo y esté dispuesto a vivir de ella hasta el extremo del martirio. Si esto es así, el fuego de su Palabra y el testimonio de su Vida serán un reclamo para los demás, de tal manera que, como Juan Bautista, será un precursor de la Gloria de la que ya participamos en los sacramentos. Estos nos introducen en la vida de Cristo, sanan nuestras heridas y pecados, nos capacitan para vivir la vocación en el estado de vida de cada uno y nos sumergen en la comunión que toma cuerpo en la comunidad cristiana.

La comunidad cristiana es el Cuerpo de Cristo que visibiliza la caridad, un modo nuevo de vivir que viene posibilitado por la gracia redentora de Jesucristo y que hace posible la presencia del Espíritu Santo en sus dones y carismas. La misión, expresión de la Caridad y Compasión divina, presenta a la Iglesia, a cada comunidad cristiana, como el lugar donde se puede vivir, donde se visibiliza la nueva creación operada por Cristo. La misión, por tanto, presenta a Cristo anunciado en la Palabra, celebrado en la liturgia y vivido en la comunión fraternal. Es así como se hace posible ahora un renovado Pentecostés donde el Espíritu Santo, señor y dador de vida, alcance nuestras vidas y nos impulse a salir a las calles y a las plazas como hicieron Pedro y los demás apóstoles (Hch 2) predicando a Jesús como el Señor y llamando a la conversión: “convertíos, y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo para el perdón de nuestros pecados, entonces recibiréis el don del Espíritu Santo, porque la promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y también para todos los extranjeros que llame el Señor Dios nuestro” (Hch 2, 38-39).

Esperarlo todo del Espíritu Santo es el primer movimiento de la epíclesis (llamada y efusión). Por eso, la Virgen María es siempre el modelo de toda misión. Ella es la docilidad y humildad que, tocada por la Gracia, se abre a la acción del Espíritu Santo; Ella como criatura es la impotencia consentida que abre paso a la omnipotencia divina; Ella es la ofrenda permanente de su carne al Verbo creador que recibe como respuesta la carne resucitada asunta al cielo. Con María, con los misterios del Santo Rosario, queremos llevar a cabo la misión diocesana presentándonos como el Cuerpo de Cristo que lleva en sus entrañas la fuerza del Evangelio. Con María queremos ser testigos de esperanza en la Gloria que Dios tiene preparada para sus hijos y que comienza en este mundo cuando somos alcanzados por Cristo. Esto os anunciamos: “que es Cristo en vosotros la esperanza de la gloria” (Col 1, 27).

II. UN LAICADO AL SERVICIO DE LA MISIÓN

La Comisión de Apostolado seglar de la Conferencia Episcopal Española ha propuesto para el mes de febrero de 2020 un Congreso de laicos con la participación de todas las diócesis. Para ello está prevista una fase diocesana, que nosotros tenemos previsto realizar en el primer trimestre de este curso pastoral. Con este Congreso se pretende revitalizar el laicado en las diócesis, tomar conciencia de los nuevos retos que actualmente se presentan para la Iglesia Católica en estos momentos y proponer caminos para la transmisión de la fe y la urgente evangelización. Con este motivo, además de animaros a participar en el desarrollo de esta iniciativa, me parece oportuno ofreceros las siguientes consideraciones:

a) La raíz está en el Bautismo

En primer lugar, conviene recordar que por el sacramento del Bautismo somos incorporados a la Iglesia y formamos parte del Cuerpo de Cristo. Hemos sido constituidos todos los bautizados, como dice San Pedro, en “un linaje escogido, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo de su propiedad, para anunciar las grandezas del que nos ha llamado de las tinieblas a su Luz maravillosa; los que en un tiempo no erais pueblo de Dios, ahora habéis venido a ser pueblo suyo” (1 Pe 2, 9-10).

Es, por tanto, Dios Padre quien por Cristo y mediante la acción del Espíritu Santo nos llama y quien nos introduce en su pueblo. La iniciativa es de Dios, quien nos precede con la gracia de la llamada, quien nos hace hijos suyos en el Hijo unigénito, quien nos santifica y quien nos capacita para participar en un sacerdocio real (el sacerdocio común) para hacer de nuestra vida una ofrenda espiritual y una alabanza a Dios Creador y Redentor. Este sacerdocio común se ejerce en la vida personal, familiar y social como miembros de un pueblo que Dios ha adquirido en propiedad al precio de su sangre y que tiene como misión anunciar las grandezas de quien nos ha hecho pasar de “las tinieblas a su luz maravillosa”.

b) La unidad del Misterio de Cristo

La vocación o llamada a la evangelización tiene su raíz en el sacramento del Bautismo. Todos los bautizados, pues, estamos llamados a evangelizar, como miembros del Pueblo de Dios y esta vocación la llevamos a cabo, según hemos señalado antes, salvando la unidad del Misterio revelado en la plenitud de los tiempos: “que es Cristo en vosotros la esperanza de la gloria” (Col 1, 27). ¿Qué significa esto? Significa que no podemos dividir a Cristo, ni separar en la vida cristiana, lo que está unido. Es decir, que el verdadero apóstol vive unido a Cristo mediante la oración del corazón, que celebra la victoria sobre el pecado y la muerte en la liturgia y que participa de la comunión que regala el Espíritu Santo en la Iglesia, que se concreta en cada comunidad cristiana.

Esta misma comunión es la que se hace extensiva a todo el hombre, mediante la evangelización que invita a la conversión y a la fe, para entrar en la comunidad de los redimidos que viven la caridad de Cristo como signo de identidad. Esta caridad -ágape divina-, por ser regalada por el Espíritu Santo derramado en nuestros corazones (Rm 5,5), no es una caridad utópica o ideal, sino que es el fruto de la presencia santificadora de la gracia de Cristo. Es una nueva creación, que como proceso nos hace vivir en Cristo cambiando nuestros corazones para vivir como hermanos con una estrecha solidaridad.

c) La novedad cristiana

Esta es la verdadera novedad cristiana que, más allá de las estructuras y valores éticos, nos hace escapar de toda tentación de moralismo o de activismo, confiando siempre a nuestras fuerzas o estrategias la redención de las realidades personales, familiares, sociales y políticas de nuestra sociedad. Más allá de una sociedad en la que existen estructuras -algunas de pecado- y valores que cristalizan en una cultura -a veces de muerte-, la presencia de la Iglesia inaugura una realidad nueva, que no es estructura ni se agota en valores éticos, sino que es el Cuerpo de Cristo, en el que se instaura una nueva relación entre los hombres, promovida por el Espíritu Santo, que nos hace vivir en la caridad fraterna, social y política. En definitiva, es el Reino de Dios que está en medio de nosotros y que sufre violencia por manifestarse (Mt 11, 12). Es ahora cuando estamos invitados a pasar de la ley a la gracia, superando toda heteronomía entre la ley que indica el camino y la incapacidad de seguirlo. La gracia de Cristo supone que la nueva ley interior -el Espíritu Santo- cura las heridas del pecado y nos regala el Amor -ágape divina-, la caridad, que no es simplemente una regla de vida exterior, sino la conversión del corazón y la capacidad de cumplir la voluntad de Dios, en la que están depositados nuestro bien y nuestra salvación.

Si lo entendemos así, ya no es posible hablar de compromiso social o político sin la oración, la liturgia y la comunión en la Iglesiacomunidad. Ya no es posible hablar de compromiso laboral o familiar sin la vinculación con Cristo y el misterio de su amor presente en los sacramentos, en la oración y en la vida fraterna y solidaria. No es posible hablar de cultura sin la raíz cristiana y sin la ejemplarización de un nuevo modo de vivir la realidad del pueblo de Dios a quien pertenecemos y cuya vida personal, familiar y comunitaria, inspirada por Cristo y por el Evangelio, cristaliza en la belleza del trabajo, en la creatividad artística, etc. Cuando escuchamos las palabras “Ahora hago todas las cosas nuevas” (Ap 21, 5), hemos de entender que Jesús no dejó las cosas como estaban. Ahora con la gracia de la redención se opera un nuevo génesis, una nueva creación que, a través de la liturgia celebrada, vivida y orada en el corazón, se hace presente en el mundo a través de los cristianos llamados a ser como la levadura que fermenta la masa (Mt 13, 33) y como “sal y luz del mundo” (Mt 5, 13-14). Es Cristo quien cura y perdona los pecados, es el Espíritu Santo quien convierte los corazones. A nosotros nos corresponde mantener con su gracia lo sanado y alumbrar con su luz las tinieblas de una cultura que se cierra a la trascendencia y encierra al hombre en estructuras que conducen a la muerte.

d) ¿Qué significa “laico”?

Cuando hablamos de los “laicos” en la Iglesia nos referimos propiamente a “los fieles cristianos laicos”, es decir, a los bautizados incorporados a Cristo y a la Iglesia, el pueblo de Dios. Dentro de esta denominación nos referimos tanto al “laicado asociado” en movimientos, comunidades y asociaciones cristianas, como a los laicos que participan en distintas tareas eclesiales (catequesis, liturgia, caridad, Cofradías y Hermandades, etc.) y también a los laicos que viven su vocación familiar, laboral, social o política sin pertenecer a ninguna asociación o movimiento eclesial.

En la pretensión del Congreso organizado por la Conferencia Episcopal Española está posibilitar la participación de todos, con sus características particulares, para hacer presentes las distintas realidades que configuran el pueblo de Dios. También en nuestra diócesis os llamamos a todos a participar en la fase diocesana según las indicaciones que se nos irán comunicando.

A propósito de esta diversidad de modos de vivir la propia vocación laical hemos puesto en evidencia que, como nos recuerda el Concilio Vaticano II: “los laicos hechos partícipes del ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen su cometido en la misión de todo el pueblo de Dios en la Iglesia y en el mundo. En realidad, ejercen su apostolado con su trabajo para la evangelización y santificación de los hombres, y para la función y el desempeño de los negocios temporales, llevado a cabo con espíritu evangélico, de forma que su laboriosidad en este aspecto sea un claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres. Pero, siendo propio del estado de los laicos el vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, ellos son llamados por Dios para que, fervientes en el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento” (Conc. Vaticano II, Apostolicam actuositatem, 2).

En este texto, ya clásico, se pone de manifiesto de manera clara que el fin del apostolado laical es la evangelización y santificación de los hombres, desarrollando su acción apostólica en la Iglesia y en el mundo, subrayando que lo específico laical es ser fermento en el mundo a través de su estado de vida, su vocación, su trabajo profesional y su inserción en la vida social y política. Tanto para el apostolado en la Iglesia como en el mundo, conviene insistir en la integridad de la vida cristiana, que responde a la unidad del misterio de Cristo que, como hemos dicho, se hace presente en la liturgia vivida, se extiende en la oración del corazón, se expresa en la comunión fraterna y va al encuentro de los otros ejerciendo la Compasión divina mediante el anuncio de la Palabra y el testimonio de las obras.

A continuación, siendo variados los campos de apostolado de los laicos, quisiera insistir en algunos aspectos que considero importantes y que conviene tener en cuenta.

e) La formación de los laicos

Dando por supuesta la iniciación cristiana, de la que luego hablaremos, al afrontar el tema de la formación laical conviene que nos situemos frente a la cultura dominante y la situación social y política que estamos viviendo en España.

Si bien los acentos marxistas y liberales están siempre presentes en el ámbito cultural que nos rodea, hoy la situación en la que nos encontramos es más extrema. Estamos envueltos en una guerra cultural en la que el laicismo no persigue o ataca violentamente los cuerpos, sino que se ha introducido como un virus en las almas, en el hombre interior y está deconstruyendo lo humano. No sólo me refiero a la destrucción de la vida humana mediante el aborto legal y las técnicas de la llamada reproducción asistida; tampoco me refiero únicamente a la mentalidad divorcista, a la destrucción legal del matrimonio, que supone acabar con el pilar social que representan las familias para el bien común; ni siquiera me refiero como algo aparte a la ideología de género que niega la diferencia varón-mujer y que promueve la deconstrucción de la identidad humana en multitud de géneros y de orientaciones sexuales, que afectan también al campo educativo y sanitario. Tampoco quiero considerar como algo separado de la enfermedad global de nuestra cultura lo que ocurre en el campo laboral y en los mismos sindicatos, en la política y en los medios de comunicación, que nos encaminan hacia el pensamiento único, cambiando la realidad con el lenguaje manipulador.

Todo lo dicho anteriormente son síntomas de una enfermedad global que mata el alma. Esta enfermedad, anclada en un individualismo cerrado a la auténtica relación y encuentro con el prójimo, se llama nihilismo y exalta la soberanía de la voluntad del individuo para construir su cuerpo, su orientación sexual y afirmar la libertad como la posibilidad de todas las posibilidades. Es, por tanto, un nihilismo optimista que, como un virus pernicioso, va matando el alma, sujetándola a los instintos y pasiones, poniéndola a merced de los sentimientos y afectos. En esta guerra, la razón queda debilitada y reducida a su dimensión instrumental como base de la ciencia y de la tecnología, que se presenta como una nueva redención capaz de llevarnos más allá de los límites de la naturaleza humana.

Como siempre, esta guerra es entre los poderosos de este mundo, movidos por el Maligno, y los pobres, comenzando por aquellos que no pueden nacer. Es una guerra promovida por grandes poderes financieros que quieren ir vaciando el planeta por todos los medios. Son ellos quienes, sirviéndose de programas elaborados en grandes universidades, nos quieren encaminar hacia el pensamiento único, atravesando nuestra alma, estimulando nuestros sentimientos y nuestras pasiones para que en nombre de una libertad ficticia se destruya nuestra libertad, que necesita de la virtud. Las apariencias marxistas (colectivistas) o liberales (individualistas) están manejadas por los poderosos, que por primera vez han logrado entrar en las almas de las personas destruyéndolas (haciéndolas esclavas del consumo) en nombre de la libertad. Lo he recordado en varias ocasiones: los poderosos han logrado hacer un cóctel entre el marxismo y el liberalismo en el que se exalta al individuo (ciudadano) sin raíces ni cimientos: rotos los vínculos con su cuerpo, con su familia, con la tradición, con la patria, etc., sólo queda el eslogan “derecho a decidir todas las posibilidades”, olvidando que la libertad está dirigida e impulsada necesariamente por el poder mediático y tecnológico que la aboca a consumir.

Es esta una guerra perniciosa, porque las personas no la notan y, engañados en nombre de la libertad aparente y perversa, cada vez son más esclavos del consumo, de las adicciones y de la distracción que acaba embotando el alma, oscureciendo la conciencia moral y destruyendo lo específicamente humano. Los poderosos mercaderes ofrecen la redención mediante la tecnología y el consumo. Para ello necesitan destruir toda resistencia, sea promovida por la conciencia moral o sea promovida por la virtud y los vínculos familiares o comunitarios. Por eso necesitan exaltar al individuo solitario o masificado, sin el soporte de la familia y de los lazos solidarios de la comunidad. Necesitan individuos sin la propiedad necesaria para organizar espacios de vida que respondan a la verdad de la vocación humana, a la relación fraterna y a formar un pueblo que sabe marcar su rumbo. Un pueblo así sabe generar modos de vida humanos y cristianos, que promuevan la cultura de la vida y sabe organizar su trabajo, privilegiando las virtudes para ganar la auténtica libertad para el bien personal, familiar y para el bien común.

Lo que más teme el poder laicista, de pensamiento único y promotor del consumo, son las unidades de resistencia: personas formadas con espíritu crítico, familias sólidas abiertas a la vida y sostenidas en procesos comunitarios e iniciativas que generen un pueblo como la Iglesia, que vive del Evangelio, está enraizada en Cristo, cabeza de un pueblo, que forma una comunidad fraterna -el Cuerpo de Cristo- y que se abre a la relación desde la caridad -participación del ágape divina- vivida personalmente y en los ámbitos familiar, social y político. Desde esta perspectiva hemos de afrontar la formación de los laicos para que sea de un modo integral. Esta formación debe abarcar tanto el conocimiento de la fe y de la moral (teología) como la iniciación a la oración y a la vida litúrgica, la transmisión de la fe y el conocimiento del pensamiento filosófico. Es lo que la diócesis ofrece de dos modos: los cursos a distancia del Instituto de Ciencias Religiosas de la Universidad San Dámaso y los del Instituto Diocesano de Teología “Santo Tomás de Villanueva”. Al mismo tiempo, hemos de preparar laicos para renovar la catequesis, profundizar en la liturgia y promover la evangelización. Para ello se puede contar con las Escuelas de Catequistas, Liturgia y Escuela de Evangelización. Por otra parte, hay que referirse también a los itinerarios de formación de laicos previstos por la Comisión de Apostolado Seglar de la Conferencia Episcopal Española.

Continuando con la formación, es urgente abordar dos campos que por su importancia afectan a todos los laicos y de manera particular a quienes participan en las tareas educativas o en los movimientos de atención a jóvenes y adultos. Me refiero a la necesidad de responder a la ideología de género y a lo que hemos llamado pensamiento único. Para ello necesitamos laicos preparados para la educación afectivo-sexual y para acompañar la vocación al amor en los jóvenes, novios y para acompañar la pastoral familiar. Para ello es necesario conocer bien la llamada Teología del cuerpo que, con otras materias, se enseña en el Pontificio Instituto Teológico San Juan Pablo II. Del mismo modo, todos los laicos en su medida necesitan conocer la Doctrina Social de la Iglesia, que nace del encuentro del Evangelio con la sociedad. Es lo que llamamos la moral social, que alumbra el carácter inviolable de la vida humana, la dignidad e importancia del matrimonio y de la familia. Al mismo tiempo, la Doctrina Social de la Iglesia contiene los principios y criterios para organizar la sociedad respetando la dignidad del trabajo, dando criterios para la actividad económica, sindical y política, nacional e internacional. En este sentido, es muy conveniente que nos habituemos a desprivatizar la fe, de tal manera que los laicos o seglares se sientan llamados a renovar la vida social, siendo como la levadura que fermenta la masa (Mt 13, 33).

f ) Algunas indicaciones pastorales

Más allá de las indicaciones generales, os propongo ahora algunas indicaciones pastorales dirigidas a los distintos campos de la misión de nuestra Iglesia particular, siempre en comunión con los demás obispos y con el Santo Padre.

Sirva en primer lugar de recordatorio, derivando de la unidad del Misterio de Cristo que hemos presentado, la importancia de la edificación de los tres sujetos desde los cuales nos podemos abrir al mundo y cumplir el mandato misionero del Señor resucitado: el sujeto cristiano (cada bautizado), la familia (iglesia doméstica) y la comunidad cristiana (parroquias, movimientos). Los tres se necesitan mutuamente y en su origen está la iniciación cristiana de cada bautizado. Sin una verdadera iniciación cristiana que introduzca a cada persona a vivir de Cristo presente en la Palabra y en los sacramentos no puede haber matrimonios cristianos que edifiquen su comunión de personas como una iglesia doméstica. Sin las familias cristianas, verdaderas cunas de la Iglesia y células de la sociedad, ni se edifica la comunidad cristiana, ni la sociedad tiene su fundamento para abrirse al futuro con esperanza.

La transmisión de la fe:

La primera tarea que se confía a la Iglesia es la transmisión de la fe apostólica. Ésta, como en la primera comunidad de discípulos, comienza con la conversión del corazón y el bautismo que nos vincula a Cristo y a su Iglesia. La fe viene del anuncio del Kerygma y de la predicación. Esta es la primera tarea referida a los padres de los niños y, en su momento, la propuesta para los niños en edad catequética, para los adolescentes y jóvenes y para los adultos ya bautizados. Para ello necesitamos ofrecer en las parroquias itinerarios de iniciación cristiana para los adultos sin bautizar y para aquellos que, siendo bautizados de niños, necesitan procesos catequéticos para la conversión permanente y la vida cristiana según su propio estado de vida.

Sobre esta cuestión hemos venido reflexionando los sacerdotes recientemente y continuaremos profundizando en un tema tan capital. Junto a esta reflexión conviene pasar a ofrecer en cada parroquia los itinerarios de iniciación cristiana presentes en la diócesis, con la ayuda de los distintos movimientos. En consonancia con las propuestas teóricas existen las iniciativas para el primer anuncio cristiano (Kerygma, Cursillos de Cristiandad, Retiros de Emaús, etc.) así como los procesos de comunidades con itinerario catequético (Acción Católica, Camino Neocatecumenal, Renovación Carismática, Comunión y Liberación, etc.) o referidos a matrimonios, con carácter formativo (Equipos de Nuestra Señora, Proyecto de amor conyugal, Hogares Don Bosco, Equipos parroquiales de matrimonios, Encuentro Matrimonial, etc.). De una manera o de otra hemos de acentuar la importancia del itinerario catequético como proceso de conversión y la necesaria pequeña comunidad catecumenal, en la que toma carne la unidad del Misterio de Cristo. Recuperar este celo por el Evangelio es el único camino de futuro para nuestra diócesis.

Para los procesos ordinarios de la catequesis de niños, adolescentes y jóvenes, dada la invasión de la ideología de género y las propuestas de distorsión de la sexualidad humana comenzando por la pornografía, conviene introducir en la catequesis de iniciación cristiana de niños las unidades pertinentes de la educación afectivosexual previstas por la Delegación de Catequesis y la Pastoral Familiar de la Diócesis. Del mismo modo conviene introducir a los adolescentes y jóvenes en la Teología del cuerpo, dándoles a conocer la grandeza de la vocación al amor, custodiada por la virtud de la castidad y el resto de virtudes que edifican el sujeto cristiano.

La pastoral matrimonial y familiar:

No descubro nada nuevo si insisto en la necesidad de presentar a los jóvenes la vocación al amor conyugal y cuidar los itinerarios de fe para los novios. Este trabajo lo vienen cuidando desde el Centro de Orientación Familiar, al que han de referirse todas las parroquias para suscitar y renovar la pastoral de novios y el acompañamiento en pequeños grupos. Para ello será necesario cuidar la Pastoral juvenil y buscar los vínculos con la Pastoral familiar y el Centro de Orientación Familiar.

Para las familias es urgente redescubrir la oración conyugal y familiar. La oración de familias de cada segundo domingo de mes tiene este objetivo. Este curso se va a seguir un itinerario por los arciprestazgos para dar a conocer esta iniciativa y los contenidos de esta Pastoral familiar y de la vida. La familia cristiana, que tiene su origen en el sacramento del matrimonio, vive del mismo amor de Cristo por la Iglesia que se alimenta en la Eucaristía y en la oración familiar unida a la Palabra de Dios y en la Liturgia de las Horas. Nos queda mucho camino por recorrer para que la Lectio divina y la Liturgia de las Horas, junto con la oración conyugal y familiar, sea una realidad ordinaria en nuestras familias. De ahí la importancia de esta iniciativa de Oración de familias unida a las pautas para la oración que se ofrecen para cada semana.

Pasando a la necesidad formativa de los matrimonios, la Delegación de la Pastoral Familiar ha propuesto para este curso la divulgación de la Teología del cuerpo de San Juan Pablo II, apoyándose en los libros de un autor francés, Ives Semen, presidente del Instituto de Teología del cuerpo de Lyon (Francia). Los libros están editados en la Editorial Desclée De Brouwer, Bilbao. En español están los siguientes títulos: La sexualidad según Juan Pablo II; La espiritualidad conyugal según Juan Pablo II y El amor en la familia según Juan Pablo II. En este mismo orden de cosas conviene dar a conocer el Proyecto de amor conyugal, que es una iniciativa reciente y que tiene como propuesta profundizar en las catequesis de amor humano del Papa Juan Pablo II. Para ello han elaborado unos materiales para hacer asimilable y comunicable cada una de las catequesis.

Junto a la Delegación de Pastoral Familiar y de la Vida y el Centro de Orientación Familiar, la Asociación Spei Mater, radicada en nuestra Diócesis de Alcalá de Henares, ofrece tres proyectos: el proyecto Ángel para ayudar a las madres a que no acudan al aborto, el proyecto Raquel para acompañar a las madres que han abortado y el proyecto Parroquias por la vida. Este curso, Dios mediante, contará con un local propio en la ciudad de Alcalá.

Finalmente, no podemos olvidar la importancia de mostrar itinerarios y procesos para madurar en la masculinidad y feminidad. La ideología de género inoculada en los medios de comunicación y en los proyectos educativos de los colegios y en la sanidad están dando como resultado una mayor confusión en el tema nuclear de la identidad sexual, que es causa de sufrimiento para muchos padres. Como no puede ser de otra manera, la Iglesia no puede ser indiferente ante la presión cultural que estamos sufriendo y, por eso, no ha de desistir en proponer su ayuda para desenmascarar las propuestas distorsionadoras de la sexualidad humana y ofrecer el designio sobre el amor humano de Dios Creador y Redentor.

Tampoco conviene olvidar la fuente de sufrimiento que se deriva de las adicciones a las drogas, a las apuestas, al juego y, en concreto a la pornografía. Está siendo una plaga que afecta a multitud de personas, comenzando a la edad temprana de los ocho años. Desde el curso pasado en nuestra diócesis está presente el programa Sexólicos anónimos que, de manera discreta, se va introduciendo paulatinamente. Esta realidad conviene que sea conocida, dentro del anonimato, por los sacerdotes y los matrimonios que colaboran en la Pastoral Familiar en las parroquias y movimientos.

La Pastoral de adolescencia y juventud:

A los adolescentes y jóvenes el Papa Francisco les ha regalado la Exhortación postsinodal “Cristo vive”. De ella conviene retener lo que comenta el Papa sobre lo que la Palabra de Dios dice sobre los jóvenes. Las distintas figuras y referencias en el Antiguo y Nuevo Testamento sobre los jóvenes son una propuesta sencilla para adentrarse en la Sagrada Escritura y aprender a orar con la Palabra de Dios.

El núcleo fundamental de la Exhortación es su propuesta de Jesucristo, quien muerto y resucitado vive en nosotros y, por eso, la vida cristiana no es simplemente un ideal utópico, sino que es participación de la vida del Resucitado, tal como hemos explicado, en la unidad del Misterio. Cristo resucitado, en efecto, nos alcanza en la Liturgia celebrada con fe, vivida en la oración del corazón y prolongada en la comunión. La Palabra de Dios acogida y la celebración de la Liturgia forman la comunidad de discípulos que, al participar del Amor de Dios -la caridad, ágape divina- son llevados por la Compasión divina a todo tipo de apostolado.

También los adolescentes y los jóvenes tienen que ser introducidos en la oración personal y comunitaria, tienen que profundizar en la vida sacramental -fundamentalmente la Penitencia y la Eucaristía- y formar comunidad en su parroquia y en los movimientos.

Vivir en comunidad es una exigencia que reclaman los signos de los tiempos, como respuesta a una cultura y modo de vivir dominados por el individualismo y el consumo. Como dice el Papa Francisco, en María, la muchacha de Nazaret, los adolescentes y jóvenes han de encontrar la respuesta adecuada a la gracia de Dios. Ella es la Virgen humilde que confía plenamente en la acción de Dios. Es la mujer dócil a la acción del Espíritu Santo. Su secreto es la humildad que se deja guiar por la omnipotencia divina -hágase en mí según tu palabra-, y el consentimiento a la iniciativa divina -he aquí la sierva del Señor.

Con María, los jóvenes santos son un punto de referencia que pone en evidencia lo que puede la gracia de Dios cuando no ponemos obstáculos a su acción santificadora y reveladora del designio de Dios. Por eso, es importantísimo arrancarle a Dios su voluntad sobre nosotros, lo que llamamos vocación: ¿Señor, qué quieres de mí? El mejor camino para conocer la voluntad de Dios es la pureza del corazón, que se va adquiriendo con la confesión frecuente, la vida en la virtud, la oración y la dirección espiritual.

Queridos jóvenes: nadie da lo que no tiene. Si no tenéis intimidad con Jesucristo, si no sois constantes en la oración y meditación de la Palabra de Dios, si no os alimentáis con la vida sacramental y participáis de la vida de la comunidad cristiana, no podréis ser testigos de Jesucristo y de su Amor. En la vida cristiana no hablamos de memoria, sino que narramos con nuestro testimonio todo lo que el Señor nos regala mediante la Iglesia que es su Cuerpo. Sólo así podréis ser, como dice el Papa, el ahora de Dios, apóstoles entre los jóvenes, con iniciativas creativas desarrolladas en la Pastoral juvenil.

Tanto en la Escuela de Tiempo Libre, como en los itinerarios marcados para los viernes, comenzando con el primer viernes de oración diocesana de jóvenes, tenéis una ocasión para ir creciendo en la fe, para conocer personalmente al Señor y para ejercitaros en la virtud y en el apostolado, particularmente en la caridad. Para todos vosotros es importante el grupo y la comunidad parroquial. Por eso, unidos a vuestros sacerdotes, tenéis que convocar a otros adolescentes y jóvenes, sin miedo ni temor alguno. La experiencia del encuentro diocesano del curso pasado os tiene que animar a llevar adelante el anuncio cristiano a otros jóvenes sabiendo que podéis ser ocasión de gracia para ellos. Al mismo tiempo, tenéis que abriros a conocer los movimientos e iniciativas de apostolado presentes en la Diócesis o en otros lugares y que vienen a acrecentar las posibilidades de encontrarse con el Señor y crecer en la vida cristiana.

Para todos vosotros es importantísima la formación. Esta formación va dirigida a profundizar en la fe, a defenderla frente a propuestas ideológicas y a capacitarnos para seguir la propia vocación y trabajo. También para vosotros es muy importante conocer bien la bondad de la sexualidad humana, su distorsión por la concupiscencia y el pecado, y la propia vocación a un amor de donación en el matrimonio o en la virginidad. La Teología del cuerpo del Papa San Juan Pablo II es un instrumento que os ayudará a conocer profundamente y a descifrar las claves para un verdadero amor, que siempre ha de estar custodiado por la virtud de la castidad. Esta virtud no anula nada que sea verdaderamente humano: ni el impulso erótico, ni los sentimientos, ni la voluntad de amar y ser amados. La virtud de la castidad significa “la integración lograda de la sexualidad en la persona y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2337). Por la castidad, que integra ordenando los dinamismos de la persona, uno acaba proyectándose para poder darse en libertad. Sin la castidad uno no gobierna su libertad y al no poseerse no sabe renunciar al pecado ni aprende a dar en el lenguaje del cuerpo la propia persona para alcanzar, en el amor conyugal matrimonial, la comunión de personas que puede estar abierta a la procreación, que es fruto del amor.

Son muchos los aspectos formativos que podéis recibir y desarrollar en vuestra juventud. Sin ellos no contaréis con el bagaje adecuado para afrontar vuestra vida personal, vuestro trabajo y vuestra propia vocación. Por eso os animo a ser creativos y exigentes con vosotros mismos, reclamando la ayuda necesaria para complementar vuestra formación.

Pastoral educativa:

La Congregación para la Educación Católica acaba de publicar un documento sobre la necesaria educación afectivo-sexual y para responder a la distorsión antropológica que supone la ideología de género. El documento se titula Varón y mujer los creó y en él se ofrecen de manera sencilla y ordenada las claves de la antropología cristiana y las respuestas a las cuestiones que plantea la ideología de género. El texto está dividido en tres partes: Escuchar (puntos de encuentro y crítica), Razonar (argumentos racionales) y Proponer (antropología cristiana). A ello se añade una reflexión sobre el papel educador de la familia, la escuela y la sociedad. Concluye el documento con una llamada a la formación de los formadores y unas propuestas finales.

Tanto para los centros católicos o de inspiración cristiana como para los profesores de religión, este documento es una referencia necesaria para orientar vuestro trabajo y poner las bases para una educación afectivo-sexual expresiva de la vocación al amor. Es verdad que son muchas las veces que insistimos sobre este tema. Hemos de ser conscientes, sin embargo, de que hoy la cuestión social más seria es la crisis antropológica que deriva de las propuestas ideológicas que encaminan a la deconstrucción de la persona y a prácticas educativas y sanitarias que no salvaguardan el bien específicamente humano.

Sin una antropología adecuada es imposible educar. Por eso, ante una cultura que afirma la soberanía absoluta de la voluntad sin más criterio que el deseo y el gusto, la educación se encuentra en una situación de emergencia, como señalaba Benedicto XVI y recuerda este documento de la Congregación. Educar a la persona, y no sólo desarrollar habilidades técnicas, forma parte de un proyecto de educación integral que, salvaguardando la libertad, propone caminos para la perfección humana y su capacitación para la verdad, el bien y la virtud.

Los profesores de cualquier materia, y especialmente los profesores de religión, deben ser conscientes de la necesidad de formación. No me refiero a las cuestiones burocráticas que a veces os acaban aturdiendo, sino a los planteamientos serios y necesarios de una educación que tiene frente a sí todo un sistema jurídico, mediático e ideológico que en vez de proponer la verdad y el bien de la persona lo distorsiona, cuando no acaba en un verdadero nihilismo que niega la verdad como propuesta a enseñar y niega el bien objetivo como propuesta a educar.

La manera más rápida para salir de los lazos de las ideologías es remitir a la propia experiencia y a la experiencia de quienes nos han precedido en la búsqueda de la verdad y en la práctica del bien. Del mismo modo, la propuesta de la Palabra de Dios y las enseñanzas de la tradición apostólica contenidas en el Magisterio de la Iglesia Católica nos sirven como referentes que nos alumbran en el camino de encontrar la Verdad para así poder, con la Gracia de Dios, hacer el bien.

Además de la ayuda entre vosotros y los medios que os pueda proporcionar la Delegación de enseñanza, conviene que trabajéis unidos a las familias, sabiendo que su capacidad educadora es cada vez menor. Podréis con paciencia ayudar también a los padres y proporcionarles pautas para que sigan la educación de sus hijos. Un gran tema, muchas veces olvidado, es la formación de la conciencia moral para que, en medio de tantas voces, aprendamos a distinguir la Voz de Dios que resuena en nuestro interior y nos invita a seguir el bien y rechazar el mal. Sin esta brújula y sin vuestro testimonio y acompañamiento, muchos se verán perdidos y sin norte navegando como un barco a la deriva. Vosotros no tengáis miedo de dar testimonio de Jesucristo, el verdadero Maestro que nos enseña el camino de la Vida. Seguro que de su mano podéis hacer un gran bien a aquellos que os han sido confiados.

La Pastoral de la Caridad:

Siguiendo el itinerario que poco a poco hemos ido desgranando, la caridad no es simplemente un ideal -la ágape divina- inalcanzable y utópico. Tampoco se reduce a las ayudas materiales a los necesitados. La caridad cristiana es lo más real que hemos conocido: es el Amor de Dios derramado en nuestros corazones (Rm 5, 5), es el fruto de la participación en la liturgia eterna que se celebra en la Eucaristía, es la presencia en nosotros de la Compasión divina. Jesucristo, siendo rico, se ha hecho pobre para enriquecernos con la salvación. No se ha hecho pobre sólo en lo exterior, se ha hecho pobre adentrándose en nuestra historia y llegando hasta lo más recóndito del sufrimiento humano.

Él nos enseña, por tanto, que la caridad no consiste simplemente en dar, sino en darnos y hacernos mensajeros de la Compasión divina ante todo sufrimiento y pobreza, también el sufrimiento de los inocentes.

Desde esta lógica toda Pastoral social y Cáritas son la verificación de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que genera una comunión entre los hermanos, fruto de la acción vivificadora del Espíritu Santo. La acción del Espíritu en nosotros nos impele a dilatar el corazón y extender la Compasión divina a todos los pobres y necesitados. Jesucristo no ama simplemente la pobreza, sino que se ha hecho pobre, invitándonos así a vivir desde la lógica del don hecho posible por el enriquecimiento que nos proporciona su gracia. Esta manera de ver las cosas destierra todo tipo de moralismo o de voluntarismo y abre la acción social y caritativa a la intimidad con Jesucristo (oración) y a la presencia vivificante de su Resurrección (liturgia). Unidos a Cristo y vivificados por el Espíritu Santo es cuando podremos darnos y dar lo que corresponde a la dignidad de las personas como imágenes de Dios y presencia del Resucitado.

Todo esto nos lleva a sensibilizar a toda la comunidad cristiana, sujeto de la Compasión divina, para que Cáritas, a través de sus personas y proyectos, sea una presencia visible de la Iglesia, edificada como una comunidad cristiana. El corazón de la Iglesia se extiende más allá de los rostros visibles y cercanos de los necesitados. Por eso Manos Unidas cumple la misión de universalizar el Amor, haciéndose prójimo de los que están lejos geográficamente, pero no lejos del Amor de Dios.

Con estas sencillas reflexiones lo que pretendo es que nos preocupemos todos por garantizar la identidad cristiana de nuestra acción social y caritativa. Cuantos trabajáis en Cáritas o Manos Unidas, los que colaboráis en la Pastoral penitenciaria o en la Pastoral de enfermos, debéis ser iconos de Cristo, su presencia amorosa y compasiva que prolonga en el tiempo la acción del Buen Samaritano, que es Jesús. Como Él hizo, debemos tener los ojos agudos para no pasar de lado frente al sufrimiento humano. Como Él hemos de estar dispuestos a cargar con el herido, a curar con la Palabra y los sacramentos sus llagas y a conducirlo a la verdadera posada, que es la Iglesia. Siempre la mejor limosna, la mejor respuesta a toda necesidad es prestar la limosna del Evangelio, presentar a Jesús resucitado e incorporar al pobre, al herido y al necesitado a su Cuerpo, la comunidad cristiana: la Iglesia.

Agradezco de corazón todo el trabajo que, con esta Compasión divina, realizáis en las parroquias, junto a la vida consagrada y los movimientos. A todos os pido que os acerquéis al Maestro de la Vida, a Jesucristo. Con Él todo lo podemos. Sin Él dejamos de ofrecer lo único necesario. Os pido también que en este curso pongamos una atención particular en la Pastoral de enfermos o de la salud. Los nuevos delegados os visitarán para promover en todas las parroquias la atención, visita y oración por los enfermos. Del mismo modo, están preparando formación y presencia en los Centros de salud con incorporación del personal sanitario y del voluntariado, también de jóvenes, con el fin de responder a este campo extenso de la Pastoral que afecta a todas las familias. En su momento irán presentando la posibilidad de promover la peregrinación de enfermos a través de la Hospitalidad de Lourdes y otros santuarios. A María, Madre de todos los enfermos, confiamos estas iniciativas.

III. ¿UNA REGLA PARA VIVIR?

Son muchas las voces y las iniciativas que nos advierten que en esta sociedad globalizada, en la que tantas personas son presa de las ideologías y de las adicciones, en la que se exalta al individuo y la soberanía de su voluntad emotivista; en esta sociedad cada vez más gobernada mediáticamente, impulsada hacia el consumo y el pensamiento único, etc., se está perdiendo el arte y la sabiduría de vivir. Los que confiaban en los cambios políticos han acabado por desengañarse. No es que se considere irrelevante la política. Todo lo contrario. Lo que se constata, en cambio, es una sociedad herida en sus familias, sin capacidad de reacción ante las graves cuestiones de lo específicamente humano y totalmente desvinculada y sin las raíces de la tradición cristiana.

Frente a este panorama, que hemos descrito en otras ocasiones, emergen las respuestas que vuelven la mirada sobre San Benito y lo que supuso el monacato para recuperar el arte de vivir cristiano. Como es sabido, en el siglo VI, viendo la corrupción de sus amigos, Benito deja la ciudad y se traslada como ermitaño a Subiaco, con la voluntad de buscar a Dios y seguir las palabras de Jesús: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará como añadidura” (Mt 6, 33).

Tras un largo proceso, unido a otros seguidores, San Benito fundó en Montecasino (Italia) un monasterio, origen de otros monasterios a los que confió su famosa Regla. Para que no nos equivoquemos, su verdadera regla es el Evangelio y su propósito es “no anteponer nada a Cristo” (Regla de San Benito, cap. 72). Con esta premisa, como él dice en el prólogo de la Regla, se trata de volver “por el trabajo de la obediencia a Aquel de quien se habían apartado por la desidia de la desobediencia”. En definitiva, se trata de volver a poner a Dios en el centro y descubrir en Jesucristo el Maestro de la vida que nos enseñe el arte de vivir.

Pese a todo lo que fue el esplendor del monacato y las raíces cristianas de Europa y Occidente, con el paso del tiempo hemos vuelto a desandar el camino. Desde el Renacimiento, pasando por la Ilustración y todas las propuestas laicistas que le han seguido, de nuevo hemos quitado a Dios del centro, lo hemos desplazado y en su lugar hemos puesto al hombre o aspectos parciales del hombre: la razón, la voluntad, los sentimientos, los impulsos básicos, etc. Con ello nos encontramos ahora, potenciada por los medios de comunicación y por la tecnología, en medio de una sociedad que de nuevo ha perdido el arte de vivir y está gobernada por grandes poderes que, en nombre de la libertad, destruyen la libertad y el alma humana.

El proceso de volver a poner a Dios Creador y Redentor en el centro para entender el misterio del hombre es lento y requiere un proceso comunitario parecido a lo que hizo San Benito para su época. Digo proceso comunitario porque no es suficiente apelar a las familias cristianas como habitualmente suele hacerse. Hoy la familia en España y en Europa está muy herida. Son muchas las separaciones y divorcios y el índice de natalidad es casi de suicidio demográfico con vistas a mantener la tradición cristiana.

Centrándose en Dios, haciendo del Evangelio regla de vida, buscando no anteponer nada a Cristo, San Benito supo revestir de carne este proyecto de vida que plasmó en su famosa Regla. Al hablar de regla de vida no podemos pensar simplemente en algo externo que nos llevará al moralismo o al voluntarismo. Se trata de volver a Dios, de dejarnos curar por la gracia de Cristo, de enriquecernos con la virtud del Espíritu Santo y sus dones. De nuevo se trata de no romper la unidad del misterio de Cristo que “vive en nosotros, esperanza de la gloria” (Col 1, 27). Dicho esto, San Benito supo organizar el tiempo y supo jerarquizar los bienes para que, mediante la obediencia al maestro (Abad) y a las propuestas minuciosas de la Regla, se pudiera de nuevo aprender el arte de vivir cristiano, mediante la virtud y la primacía de la caridad.

Con estas bases, San Benito realizó un proyecto de vida comunitaria, distribuyendo el día y el tiempo, sabiendo cuánto había que dedicar a la alabanza divina, cuánto a la Lectio divina y al estudio, cuánto al trabajo manual, al descanso; cómo había que acoger a los huéspedes, cuidar de los ancianos y niños, cómo distribuir los espacios y cómo estar siempre acompañado por la Liturgia de las Horas, vigilias y la celebración de la Eucaristía según el ritmo del Año litúrgico, etc. Todo ello está enmarcado en la Regla de vida que distingue los trabajos, sanciona las faltas, regula las salidas de los monjes e impregna hasta los mínimos detalles del saber de la obediencia con la que hay que volver a Dios.

Considerando lo que supuso la Regla de San Benito y la multiplicación de los monasterios para edificar la Europa cristiana, conviene que, salvando las distancias, extraigamos algunas consecuencias para el momento que estamos viviendo. Para ello, sabiendo la importancia del proceso comunitario, analizaremos previamente lo que pueda ser una regla de vida personal y familiar.

a) Regla de vida personal

Lo que digamos de la Regla de vida personal, salvando las características singulares de cada estado de vida y las peculiaridades de la edad, tiene aplicación para toda persona, sirviendo como una guía general para liberar la libertad personal y capacitarla para vivir en la verdad y practicar el bien.

Siguiendo los postulados de la antropología cristiana sabemos que, incluso después del bautismo, permanece en nosotros la concupiscencia (deseo desordenado) que nos inclina al mal y hace fatigosa la práctica del bien. Esta sabiduría necesitamos recuperarla para no hacer procesos racionalistas de la educación, que se marcan objetivos sin caer en la cuenta de que todo hombre, varón o mujer, necesita ser curado de la herida del pecado, de los propios pecados y del ambiente en el que vivimos cuando la vida se organiza al margen de Dios. La curación de las heridas del pecado y de la concupiscencia que nos inclina al mal es obra de la Gracia redentora, con quien colabora la voluntad humana mediante la virtud.

Llamamos virtud o virtudes a una nueva capacidad humana que, superando el deseo desordenado (la concupiscencia), nos facilita la realización del bien de manera pronta y permanente. En este sentido conviene recordar que los actos humanos van determinando nuestra identidad y nuestro modo de ser. Hay actos que apenas dejan huella en nosotros (los llamados actos indiferentes) y hay otros actos que no simplemente pasan en nosotros, sino que tienen un efecto permanente y nos califican. Por ejemplo: beber agua cuando se tiene sed es un acto que, siendo necesario, no deja huella en nosotros respecto del bien de la persona en cuanto persona, lo que llamamos bien moral. En cambio, mentir nos hace mentirosos; robar nos hace ladrones; comer desordenadamente nos hace glotones y caer en el pecado de gula, etc.

Cuando un acto es bueno moralmente nos encaminamos hacia la virtud. Cuando un acto es malo nos encaminamos hacia el vicio. La virtud es un hábito operativo bueno; el vicio es un hábito operativo malo. Las virtudes acaban siendo como una nueva naturaleza, un nuevo organismo que nos capacita para obrar el bien.

Otro dato que nos proporciona la antropología cristiana es que todos los seres humanos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. El pecado va distorsionando esta imagen y de ahí la inclinación al mal. El bautismo restaura la imagen de Dios y con el proceso de la iniciación cristiana vamos recuperando la semejanza con Dios. Esta imagen y semejanza se manifiesta, entre otras cosas en nuestra vocación al amor. Somos huella de la Trinidad, imagen de Dios que es Amor. Esta condición humana se ha visto acrecentada por la Encarnación de Jesucristo. Con su muerte y resurrección nos ha concedido el ser hijos de adopción y nos ha enviado con el Padre al Espíritu Santo que mora en nosotros y, con Él, toda la Trinidad. Ello explica que nuestro deseo de amor sea irrefrenable. Ello explica también que muchas personas, que desconocen que en nosotros permanece la concupiscencia como deseo desordenado e inclinación al mal, se lancen desaforadamente sobre los bienes de este mundo, los afectos y las personas, haciendo de ellas absolutos, como ídolos a los que se reclama lo que sólo Dios puede conceder.

Somos deseo de infinito, de absoluto. Somos deseo de Dios. El impulso irrefrenable que nos invita a amar necesita ser encauzado y dirigido a Dios. Para amar bien, jerarquizando los amores, y para ser amados como corresponde, necesitamos de las virtudes que nos orientan al bien y nos ayudan a jerarquizar el amor. Con la virtud de la religión aprendemos que hemos de amar a Dios sobre todas las cosas. Con las demás virtudes aprendemos a ganar la libertad para que hagamos de los bienes temporales, de los afectos y de las personas, camino hacia Dios, que es el Bien absoluto y el fin último del hombre.

Con estas reflexiones comprendemos que la vida humana y cristiana es un combate entre el bien y el mal, entre la virtud y el vicio, entre la gracia y el pecado. En la medida en que somos atrapados por los dinamismos inferiores (instintos, emociones, pasiones, etc.) se debilitan los dinamismos superiores y espirituales: la inteligencia y la voluntad. Si uno es atrapado por la lujuria, la codicia, la envidia, etc., la inteligencia queda nublada, se oscurece y le cuesta descubrir la verdad. Del mismo modo, la voluntad se debilita y acaba pervirtiéndose la libertad, incapacitándose para el bien. Para salir de este drama y vencedores en el combate necesitamos la gracia de Cristo y la acción del Espíritu Santo, que sana nuestras heridas y perdona nuestros pecados. Con la gracia de Dios y las virtudes podemos vencer.

Sabiendo el Señor el drama que vivimos y el combate en el que estamos inmersos después del pecado original, nos regaló con el bautismo las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Se llaman teologales porque tienen por objeto a Dios y la bienaventuranza eterna. Es algo que no podemos alcanzar nosotros con nuestras fuerzas, por eso son regalo de Dios. Por la fe conocemos como Dios conoce, por la esperanza aspiramos a la Gloria por la misericordia de Dios, los méritos de Jesucristo y el auxilio divino. Por la caridad -ágape divina- podemos amar con el Amor de Dios y como Dios nos ama. Estas tres virtudes crecen con la iniciación cristiana, con la oración y la fuerza redentora de los sacramentos. Son las virtudes más importantes que hemos de secundar con nuestra libertad. Son el equipaje para el cielo.

A las virtudes teologales le siguen en importancia las llamadas virtudes cardinales: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Estas virtudes morales no están al margen de la gracia de Dios, pero no son infusas. Se adquieren por medio del dominio personal, por la experiencia y por el aprendizaje. Se llaman cardinales porque de ellas proceden el resto de virtudes. La prudencia es el arte de guiar nuestra vida hacia el bien. La justicia es la virtud de la relación con los demás y nos enseña a dar lo debido a cada uno. La fortaleza es la resistencia en el bien y la capacidad de afrontar el sufrimiento y hacer frente al mal. La templanza es la virtud que regula el apetito sensible, como por ejemplo el impulso erótico por medio de la castidad. Así lo hace con el comer, beber o el gusto de las cosas o los afectos.

Una vida guiada por la virtud posibilita a la razón descubrir la verdad y a la voluntad dirigirse siempre hacia el bien con perseverancia. Las virtudes liberan la libertad de la esclavitud de las pasiones desordenadas y de los instintos, que necesitan ser dirigidos por la razón. Por medio de las virtudes se alcanza una connaturalidad con el bien que facilita a la inteligencia el conocerlo en las distintas circunstancias y poder realizarlo libremente y con facilidad. En cambio, una vida atrapada por los vicios y pecados dificulta a la inteligencia poder conocer el bien inteligible humano y a la voluntad la incapacita para ejercerlo.

Hemos de hablar del “bien inteligible” porque es el bien específicamente humano, el bien moral que custodia a la persona en cuanto persona humana. Se distingue del bien útil o del bien sensible porque, pudiendo ser legítimos e ir unidos al bien inteligible, no siempre coinciden. Por ejemplo, mentir podría ser útil para esconder ante otros que hemos robado, sin embargo, corrompe a la persona, que además de ladrón se hace mentiroso. La prudencia, con la conciencia rectamente formada, es la que nos hace descubrir el bien moral de la persona, el bien inteligible, y llevarlo a cabo ayudados por la fortaleza.

Planteadas así las cosas, comprendemos que la vida moral humana y cristiana es un combate entre el bien, presentado por las virtudes y rigiendo los bienes de la persona, y el mal, que cristaliza en los vicios y pecados. Los Padres del desierto y los monjes descubrieron en su combate con el mal que había siete vicios o pecados capitales: la soberbia, la avaricia, la envidia, la lujuria, la pereza, la ira y la gula. A estos siete algunos añadieron la acedia que es como una pereza espiritual que no goza con el bien de la caridad y las cosas de Dios. Se llaman capitales porque de ellos se derivan los demás pecados. Diríamos que son como sus raíces, de donde proceden todos los males, vicios o pecados.

En este combate entre las virtudes (el bien inteligible) y los vicios o pecados, somos asistidos por la gracia de Dios, por la presencia del Espíritu Santo y el testimonio de los hombres y mujeres santos. El Espíritu Santo actúa a favor de la inteligencia y de la voluntad a través de sus siete dones: sabiduría, ciencia, consejo, fortaleza, piedad, entendimiento y temor de Dios. Estos dones, con las virtudes teologales o morales, forman como un nuevo organismo sobrenatural que nos capacita para el bien, que se corona con la virtud de la religión, que nos enseña a amar a Dios sobre todas las cosas y a servirle con la bendición y alabanza.

He querido entretenerme con este pequeño repaso de estas cuestiones elementales, necesarias para saber que hemos de afrontar la vida como un combate en el que también es necesario utilizar las armas de Dios. Así lo entiende San Pablo, que describe al cristiano revestido con las armas de Dios como un luchador de la lucha grecorromana (Ef 6, 11-18). El apóstol nos invita a revestirnos con las armas de Dios (la coraza de la justicia, el escudo de la fe, la espada del Espíritu, etc.) porque nuestra lucha no es sólo contra nosotros mismos u otros de nuestra carne y sangre, sino contra el Maligno y los poderes de este mundo, Tronos, Dominaciones, etc. Del mismo modo, San Juan nos habla de las tres concupiscencias de este mundo: la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida (1 Jn 2, 16). Siguiendo esta teología de San Juan, el Catecismo nos enseña que los enemigos del alma son: el mundo, el demonio y la carne. El mundo en este sentido no es el mundo creado por Dios, que vio que todo era bueno, sino el mundo dominado por el Maligno, donde domina el mal.

A la descripción de todo este bagaje moral en el que podemos distinguir entre el bien y el mal y afrontar la lucha por la virtud y la perfección humana y cristiana, hemos de añadir las circunstancias particulares de nuestra situación cultural y de nuestra sociedad. Hoy, como es sabido, estamos rodeados por una cultura anticristiana que nos invade a través de los medios de comunicación social (móviles, radio, televisión, tableta, ordenador, vídeos, redes sociales, etc.). En ellos podemos encontrar el bien, pero necesitamos distinguirlo del mal y tener la fortaleza para resistir los estímulos que nos llegan constantemente a través de estos medios y a través del mismo ambiente en el que vivimos. A esto hemos de añadir que no está garantizada la educación en la virtud en el ámbito educativo y a veces ni siquiera en la familia. Del mismo modo, las leyes que se aprueban en los parlamentos nacional y autonómicos tampoco garantizan la ejemplaridad del bien.

Ante este panorama, sabiendo que estamos en una situación nueva por el poder de la tecnología y la cultura mediática, no podemos dejar inerme al individuo, comenzando por los niños, frente a un ambiente cada vez más hostil y que penetra por los sentidos en el alma. Es por tanto la hora de la Iglesia que, como Maestra y a la vez con carácter profético, nos ha de ayudar a desenmascarar el mal y a prevenir el bien, educando las conciencias y evangelizando, proponiendo a Jesucristo como el Maestro, Pastor y Guía de nuestras almas. Para ello será necesario tomar medidas en el ámbito personal, familiar y comunitario.

¿Necesitamos un plan de vida personal y una regla que marque las pautas de nuestro comportamiento? Pensando en cada persona, y distinguiendo edades y circunstancias, lo que es evidente es que necesitamos ordenar nuestra vida. Los antiguos decían “Serva ordinem et ordo servabit te” (guarda el orden y el orden te guardará a ti). Ya el mismo Aristóteles, en su Metafísica, decía que ordenar es propio de sabios. Para ello, lo primero es buscar un maestro. Un maestro sabio y prudente es el mejor medio para ordenarnos y crecer en la virtud. Un maestro y un amigo virtuoso son los mejores tesoros para la educación. Por tanto, si hablamos eclesialmente, necesitamos un Director espiritual que se distinga por su prudencia y por su santidad. En segundo lugar, cuidar que no falten buenos amigos para buscar juntos el bien y que no tengan reparos en decirnos la verdad, es otra condición para ordenar nuestra vida.

Además de un maestro y de un amigo, necesitamos, como hizo San Benito en su momento, jerarquizar los bienes y ordenar el tiempo y las actividades. San Benito lo tuvo más fácil, porque dejó la ciudad y pudo crear un orden nuevo en un tiempo y un espacio que estaban a su disposición. Nosotros, en la medida en que estamos condicionados por el urbanismo y por los horarios laborales, viviendas, etc., que no decidimos nosotros, hemos de saber ser creativos para llegar a un orden que incluya, además de la vida interior, un orden razonable para atender a los distintos aspectos de la vida personal. En concreto, hemos de distinguir el tiempo para la oración y la alabanza divina; el tiempo para el estudio y el trabajo; el tiempo para el descanso, etc. Del mismo modo, hemos de saber prevenir el asalto de esta sociedad mediática y sus terminales: móvil, tableta, ordenador, radio, televisión, redes sociales, etc. ¿Cómo convivir con todos estos medios? Lo que no puede ser es no ofrecer ningún tipo de respuesta y dejarlo todo a la improvisación o a la rutina de lo que hacen los demás. Lo mismo ocurre con el ocio y el tiempo libre. ¿Cómo responder creativamente al modo desordenado de los horarios nocturnos, movidas, formas de diversión, etc.?

Con ello descubrimos que, además de un plan de vida y una regla que nos ayude a recuperar el arte de vivir, necesitamos del grupo, de la comunidad, de ambientes donde se visibilice la belleza del vivir cristiano y la presencia de una cultura que favorezca el crecimiento en la virtud. Así pues, junto al maestro, al amigo, necesitamos un ambiente que, sin separarnos del mundo, genere un modo nuevo de estar en el mundo. Con ello no quiero escapar a la pregunta fundamental: ¿Necesitamos una regla de vida para ordenar nuestra vida personal? Mi respuesta es que sí. Ahora bien, ya lo hemos dicho antes, no se trata de simples propósitos que nos hagan caer en el voluntarismo o en el moralismo. La regla de vida nace, es animada y sólo es posible cuando, unidos a Cristo, vivimos bajo el impacto de la gracia, de la acción redentora, curativa y santificadora del Espíritu. Si esto es así, ordenar el tiempo, jerarquizar los bienes, cuidar el espacio, no son un corsé exterior sino el fuego que anima y estimula el corazón. Las reglas exteriores no pueden ser la ley que mata, sino canales por donde discurra la Gracia de Dios, cristalizaciones del bien, ritos que conserven el bien adquirido, agendas que estén suscitadas y bendecidas por el Espíritu creador y redentor.

Descender a más detalles, como podréis comprender, depende de cada uno en ese diálogo entre Dios y la conciencia moral en la que resuena su Voz.

b) Una Regla de vida familiar

La familia cristiana tiene su origen en el sacramento del Matrimonio que enriquece a los esposos, varón y mujer, con el vínculo conyugal y con el mismo amor de Cristo por la Iglesia: la caridad, la ágape divina. Del matrimonio, si Dios bendice con el don de los hijos, surge la comunidad de personas que llamamos familia cristiana y que se edifica como una “iglesia doméstica” (Conc. Vaticano II; Lumen Gentium, 11).

Hoy la familia está en nuestra sociedad muy desasistida. Las nuevas leyes que se han venido aprobando en España no la favorecen. Tampoco la apoyan ni la cultura dominante, ni los medios de comunicación, ni el sistema educativo o sanitario, etc. Cada vez es más sustraída la autoridad de los padres para educar a sus hijos y de un modo invasivo las ideologías, particularmente la ideología de género, penetran e invaden las instituciones, las empresas y cualquier modo de relación de las personas y las familias con la sociedad.

No sostener al matrimonio y a la familia abierta a la procreación y educación de los hijos, al cuidado de los enfermos y ancianos, es un error grave que atenta contra la justicia, la piedad y contra el bien común. Sin embargo, nuestra sociedad privilegia cada vez más al individuo desvinculado y favorece cualquier tipo de distorsión antropológica bajo la presión de los lobbies que deconstruyen la naturaleza de la persona y acaban enfrentando al hombre y a la mujer.

Ante esta situación cultural, social y política, la familia se ve indefensa y con pocas posibilidades de hacer frente a esta avalancha de ataques que le llegan por todas partes. En ocasiones, incluso en la Iglesia, hemos confiado a las familias cristianas todo el peso de la transmisión de la fe y la custodia de los bienes intrínsecos al matrimonio, la educación de los hijos, la preparación al matrimonio, el cuidado de los mayores y enfermos, etc. Todo esto es verdad y responde al designio de Dios. Sin embargo, nuestras familias son más débiles, poco abiertas a la vida y con una capacidad educadora más reducida. Esta llamada familia nuclear (padres e hijos), contando con los horarios laborales muchas veces antifamiliares (incluso con la liberalización de los horarios en domingos y festivos), contando a su vez con las características de las viviendas y su difícil adquisición, etc., se ve cada vez con menos fuerzas y con menos capacidades para poder cumplir con su misión. Y es que la visión cristiana de la vida es una visión integral de la persona y de su vocación a la relación. Por eso no se puede vivir cristianamente con una visión individualista de la persona, ni siquiera de la familia. Necesitamos de la Doctrina Social de la Iglesia que nos enseña que la familia, célula de la sociedad, debe ser apoyada por la misma sociedad en el cumplimiento de su misión. Desde siempre nos recuerda esta DSI que el derecho tiene que ser favorable al matrimonio y a la familia, pilares del bien social y del bien común y sin los cuales no está garantizado el futuro humano y cristiano de la sociedad. Sin el bien social de la familia la sociedad acaba siendo un conglomerado de individuos.

Si siempre es necesario establecer un orden en la familia, en estas circunstancias es urgente. Los esposos y padres no pueden sin más dejarse llevar por las circunstancias o pensar que la escuela u otras instituciones van a solventar las necesidades de acompañamiento de los niños, adolescentes, jóvenes o adultos. La sociedad respecto de la familia tiene un carácter subsidiario y hay que favorecer que la familia pueda realizar su misión por sí misma, contando con las ayudas necesarias, comenzando por la distribución del trabajo y el salario familiar.

Una sociedad justa favorece el primado de la persona y la centralidad de la familia, origen de la sociedad. La situación que vivimos actualmente en España es una situación anómala, que se acrecienta por el descenso de la nupcialidad, por el retraso de la edad para casarse, por las rupturas familiares y por el invierno demográfico que estamos sufriendo. Una situación así no se arregla de cualquier manera. Necesitamos en primer lugar tomar conciencia de la grave situación. Las familias deben asociarse y buscar juntas caminos de solución que abarquen todos los aspectos, incluido el político y los medios de comunicación. Puestos a comenzar, hay que garantizar a los niños una buena educación en las virtudes, en la vocación al amor custodiado por la castidad, hay que discernir y acompañar la vocación de los jóvenes, poner las bases para una buena preparación al matrimonio o a la virginidad consagrada o al sacerdocio, proveer las necesidades de los enfermos y ancianos, etc. Todo ello necesita, a pesar de las circunstancias desfavorables, de rituales y de una Regla de vida interior y exterior.

Como primera determinación hay que garantizar el tiempo matrimonial y familiar. Para ello es necesario, al menos, habituarse a los consejos de familia para hacer posible el encuentro común en las necesidades básicas: comidas, oración compartida, encuentros de diálogo familiar y previsión del culto y descanso con participación de todos. Para ello es necesario ser proactivos, ponerse de acuerdo y obligarse a cumplir lo acordado. El pacto y el acuerdo, contando con la autoridad de los padres, debe estar referido también al uso de los medios informáticos y móviles, tableta, ordenador, videojuegos, redes sociales, televisión, radio, etc. Nos hemos visto envueltos en una cultura mediática y una sociedad nueva que merece discernimiento y criterios claros para tomar las decisiones adecuadas y no dar instrumentos a los niños, adolescentes o jóvenes que les puedan no sólo distraer sino corromper. Todos estos nuevos medios necesitan ser controlados y apoyados por los sistemas de seguridad establecidos para no ser contaminados por la pornografía, la violencia o las propuestas terroristas. No hacerlo es pecar de ingenuos o incluso pecar de omisión.

Si para un cristiano lo primero es amar a Dios y la virtud de la religión, hemos de garantizar que la familia cristiana favorezca en casa, y en comunión con la parroquia o comunidad cristiana, la presencia de la oración personal, familiar y comunitaria. Tampoco esto se puede dejar a la improvisación, sino que tiene que cristalizar en ritos, espacios de encuentro y concreción del tiempo dedicado a la alabanza (Liturgia de las Horas, partir la Palabra de Dios juntos, Rosario, Via Crucis, etc.), a la celebración de la Eucaristía y a la caridad (visita a enfermos, familiares, ancianos, actos de solidaridad, oración por los difuntos, visitas al cementerio, etc.). Transformar las familias en una iglesia doméstica es todo un programa que necesitamos descubrir, sabiendo que vivimos en tierra extraña y que estamos en una situación de emergencia.

El tema del estudio y el trabajo requiere una gran consideración. No podemos situar a los hijos en ambientes que los puedan destruir, como ha pasado con tantos padres que han confiado a sus hijos a las universidades y se han encontrado con lobbies e ideologías que los han atrapado, incluso a veces de una manera dramática, llevándoles a situaciones de verdadero deterioro moral y personal. No es un tema fácil y también éste merece una respuesta integral. Cuando no hay más remedio, los padres han de educar con espíritu crítico a sus hijos y acompañarles para que no sean embaucados por tantos maestros de la no verdad que existen.

A veces encontrar trabajo es todo un drama y conviene preverlo y acompañarlo. Los jóvenes tienen que saber que sin una buena preparación cada vez les resultará más difícil encontrar el trabajo que será confiado a la robótica. Discernir la futura profesión y tener disciplina en el estudio forma parte del proyecto familiar. Junto a esto hay que contar con el trabajo de los padres y las responsabilidades familiares. Ambos tienen que ser coordinados, sabiendo distinguir los tiempos de la etapa educadora de los niños de otros tiempos en que las ocupaciones están más diluidas. Contando con horarios laborales antifamiliares hemos de buscar el modo de conjuntar las responsabilidades y hacer posible el encuentro familiar. A veces, incluso, habrá que tomar decisiones drásticas para poder salvar lo necesario requerido por la familia en conjunto.

La situación no es fácil y más si observamos el modo habitual de vivir y divertirse los jóvenes, atrapados por las movidas, el ocio nocturno y las prácticas desordenadas de convivencia y relación entre ellos. Quien dice los jóvenes dice también tantos adultos que viven una vida desordenada y desarraigada de las familias. Siendo difícil la situación, no hay que caer en el chantaje afectivo de los hijos, que se refieren a que los demás hacen lo mismo. La respuesta es muy fácil: nosotros somos cristianos, hijos de Dios y no podemos vivir como los paganos. El Señor nos ha dado palabras de vida y nos ha mostrado un camino para vivir. Este camino está experimentado por muchas familias que, siguiendo a Jesucristo, por medio del combate y la lucha, han experimentado que su camino es un camino de salvación, en el que a veces no falta la Cruz.

Siendo este el criterio general, hay que favorecer que los jóvenes cristianos se encuentren entre ellos y que compartan un descanso sano y creativo. Las posibilidades son múltiples y para ello se necesita contar con otras familias cristianas, con la parroquia, los movimientos, etc. Lo que no se puede admitir es que no haya alternativas a una vida pagana y dirigida por mercaderes que no buscan más que el negocio y el consumo. El Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, se tiene que visibilizar en todas sus dimensiones, también en el descanso y el ocio.

Dentro de la Regla familiar no conviene olvidar el tiempo matrimonial. También los esposos necesitan su tiempo para el diálogo, la oración, el descanso compatible con las responsabilidades laborales y familiares. Dejarlo a la improvisación tampoco es un buen camino. En este sentido los grupos de espiritualidad matrimonial y familiar y los grupos de familias han ido encontrando sus momentos, ritos y encuentros conyugales que los ayudan en la relación esponsal y los mantienen unidos a la fuente de su matrimonio, que es Cristo y su Amor, que se reparte abundantemente en la Eucaristía. El recurso a la Virgen María y a la piedad mariana sirve de gran ayuda. No podemos olvidar que ella, en las Bodas de Caná, arrancó a su Hijo el primer signo, recordándole que no tenían vino. Este vino apuntaba a su Hora, a la sangre derramada en la Cruz, expresión de su Amor que nos regala también en la Eucaristía.

c) Una Regla comunitaria

Con lo que llevamos dicho se ha puesto en evidencia que la persona no puede ser reducida a individuo sin los vínculos de su cuerpo, su familia, la Iglesia y la sociedad. Del mismo modo no podemos considerar a la familia aislada como autosuficiente para llevar adelante su misión. Por el principio de subsidiariedad cada familia debe cumplir sus responsabilidades según sus propias condiciones y su fe y debe encontrar en la sociedad la ayuda para llegar a donde no puede por sí sola, sin devaluar su fe y sus convicciones morales legítimas. La familia necesita de la Iglesia, el espacio donde vivimos como hijos de Dios, y de la sociedad donde estamos llamados a ser ciudadanos honestos y leales con las leyes legítimas.

Dado que la sociedad en el ámbito cultural, social y político está dominada por las ideologías, una Regla de vida comunitaria que venga de esta sociedad resultará incompatible con la fe, aunque sabemos y estamos convencidos de que lo cristiano es la perfección de lo humano. Por eso no podemos descuidar el ámbito de la cultura, los proyectos educativos, sanitarios y la racionalización del trabajo. Todo ello espera la respuesta organizada de los católicos, orientados siempre en la búsqueda del bien común.

Cuando la sociedad y sus leyes no favorecen un proyecto de vida comunitario acorde con los principios de la fe y la moral católica hemos de buscar respuestas creativas que actualicen lo que San Benito proporcionó para su época: enseñar de nuevo el arte de vivir humano y cristiano.

Hay algunos que, frente a los embates de la ciudad secular sin Dios y frente a una cultura globalizada y mediática que con el respaldo de las leyes penetra por todos los poros de la vida humana, han renunciado a la cultura urbana y han vuelto al campo buscando formas de vida asociadas y en grupo más pegadas a la naturaleza y a la agricultura. No significa que hayan desistido o abandonado los avances de la ciencia, de la tecnología o de la medicina. Se sirven proporcionalmente de ellos, pero buscan otros espacios significativos donde poder vivir inspirados por la fe y con proyectos educativos, familiares y de asistencia social adecuados a las propias necesidades. Para ellos, vivir pegados a la naturaleza, como primer libro que les ha entregado Dios para conocer sus maravillas, y poder llevar a cabo un proyecto comunitario según el modelo de la vida apostólica, es una opción necesaria y abierta al futuro, como previno San Benito. Sin embargo, no podemos olvidar, como nos recuerda la Carta a Diogneto (siglo II), que los cristianos, sin dejar el mundo, estamos llamados a ser el “alma” del mundo.

Sin descartar otras opciones legítimas, los sacerdotes y fieles, hemos de ser conscientes de que el presente y el futuro de la fe requieren urgentemente proyectos de vida comunitarios con fuerte identidad cristiana. Vivir la fe a la intemperie resulta cada vez más difícil y abandona a las personas y a las familias a vivir sin los resortes suficientes para el cultivo de la fe y la vida familiar. En este sentido, los sacerdotes, y los que se preparan en el Seminario para serlo, necesitan ser hombres de comunidad. No me refiero a la comunión que crea la fe. Esta es la realidad principal que nos introduce, como hemos dicho, en la unidad del Misterio de Cristo resucitado que es en medio de nosotros esperanza de la gloria (Col 1, 27). De nuevo conviene recordar: Cristo, resucitado, celebrado en la liturgia en comunión con la liturgia celeste y eterna; Cristo vivido en la oración del corazón que prolonga la liturgia y se extiende en la comunión fraterna; Cristo anunciado a los paganos con la fuerza del Espíritu Santo y presentando a la Iglesia, cuerpo de Cristo, para que puedan ver la novedad de la vida cristiana, la nueva creación.

Este es el proyecto necesario de toda vida cristiana, que ha de enraizarse y tomar carne en comunidades pequeñas a la medida de la comunidad apostólica, para vivir como ellas la comunión, recibir la enseñanza de los apóstoles, y unirse en la fracción del pan y en la oración (Hch 2 42). Esto es lo que ha inspirado a distintos movimientos y comunidades en el desarrollo de procesos de vida comunitaria para revitalizar la iniciación cristiana y para compartir juntos la fe. Son las familias cristianas las que empujan a los sacerdotes a participar de estos procesos y hacerlos presentes en las parroquias. Muchas veces los sacerdotes no saben cómo empezar y van confirmando cómo lo ordinario que ellos realizan no es suficiente para el momento actual, que está produciendo una gran fragmentación social y menos puntos de encuentro entre las familias. Son ellas, pues, por sus propios matrimonios y por el bien de los hijos, las que deben tomar la iniciativa como llamadas a la misión. Es la propia gracia del bautismo la que debe moverles a no conformarse con una vida cristiana superficial, que no garantiza la transmisión de la fe a sus hijos. No reclamar la ayuda de los movimientos con experiencia de vida comunitaria es estar ciegos ante el fenómeno de la descristianización que estamos sufriendo en España.

Cuando hablamos de procesos comunitarios no podemos caer en una visión unilateral o simplemente ideal o utópica. Hemos dicho que el verdadero realismo es Cristo y el Reino de Dios presente entre nosotros. Ello significa que en todo proceso comunitario Cristo es el centro y la liturgia es la que con la Palabra y los Sacramentos gesta a la Iglesia, su Cuerpo. Por tanto, las comunidades pequeñas, unidas en la Iglesia, se reúnen para escuchar la Palabra y vivir de la Eucaristía. Con ello se inicia un proceso de acercamiento de las personas que, siendo diferentes, con trabajos distintos, domicilios particulares, confluyen en el seno de una comunidad en la que, como hermanos, se sobrellevan mutuamente, se inician en la oración y escucha de la Palabra y comparten sus bienes para que no haya pobres entre ellos. En la medida en que el proceso, que afecta a todos los miembros de la familia, avanza, es cuando se hace posible generar una cultura cristiana, una cultura de la vida y de la belleza de la fraternidad. Al mismo tiempo, estas comunidades, presentes en las parroquias y unidas a la Iglesia, tienen que ser conscientes de que no están separadas del mundo, sino enviadas al mundo para evangelizar. Evangelizar supone anunciar a Jesucristo y proponer un nuevo modo de vivir, que hay que evidenciar. También nosotros hemos de poder decir a los que viven sin fe: “venid y lo veréis”. Y ¿qué han de ver? Una comunidad de hermanos que viven identificados con la caridad que reciben de Dios y que, a pesar de sus limitaciones y pecados, han depositado en Cristo su esperanza. Es de este modo como podemos mostrar la alegría del Evangelio y como la Palabra de Dios y la gracia sacramental van cambiando a las personas y promoviendo su conversión a Dios.

Alguno me puede preguntar: ¿Y esto qué añade a acudir a Misa los domingos y festivos y llevar con la familia una vida ordenada? La respuesta es sencilla. Lo importante es ser alcanzado por Cristo por los caminos que la Providencia tenga previstos. Sin embargo, hoy necesitamos personalizar la fe y poner nuestra persona y nuestras familias en juego con otros para edificar, por la gracia de Dios, la Iglesia. La pequeña comunidad ofrece esto mismo: caminar con otros en el seguimiento de Cristo y recibir el testimonio de otros, conociendo también sus debilidades, que son como las nuestras. ¿Y con esto qué hemos arreglado? Con eso damos respuesta al problema más grave que tiene nuestra sociedad, también los sacerdotes: el problema de la soledad.

En una comunidad pequeña de hermanos, vinculada a la parroquia y a la Iglesia, uno sabe que no está solo. Ahora puede compartir su vida. Sus problemas serán un reclamo para suscitar la respuesta de la comunidad. Cuando esté enfermo no estará solo, será cuidado y cuando llegue la muerte estará acompañado. Es más, sus hijos encontrarán un ambiente para vivir la fe en su familia y en su comunidad y cuando lleguen momentos difíciles sabrá que puede contar con los hermanos. Insisto en que no se trata de una realidad utópica. Es la caridad dando frutos. Frutos que necesitan comunicarse con amplitud de miras. Para ello toda la Iglesia, comenzando por estas pequeñas comunidades, ha de tomar conciencia de ser como la levadura para llegar a fermentar toda la masa (Mt 13, 33). Para ello, de mano de la Doctrina Social de la Iglesia, los católicos han de impregnar los ambientes, las instituciones, los medios de comunicación social, la política, etc., del sabor del Evangelio y de la fuerza redentora de Jesucristo. Si no fuera así, una Iglesia en retirada acabará siendo un gueto. Por el contrario, los procesos comunitarios (que en otras épocas inspiraron las Hermandades, Cofradías, los Oratorios y los mismos monasterios y órdenes religiosas) lo que persiguen es traducir en cada momento el modo de vivir apostólico para, como los apóstoles, poder cumplir el mandato de Jesús: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio” (Mc 16, 15).

Sea como sea, la ciudad secular nos plantea un serio reto a los cristianos. En un momento determinado de la historia San Benito supo ofrecer una respuesta concreta que luego sería apoyada por Carlomagno y por otros que contribuyeron a dar un rostro cristiano a la sociedad. Los monasterios que le siguieron buscaron lugares bellos y con agua abundante. La belleza de la naturaleza, cuidada esmeradamente por los monjes, les ofrecía una manera de gustar el paraíso perdido del cual fuimos expulsados por el pecado. Sus claustros cuadrados les recordaban la unidad de la Jerusalén celeste que “bajaba del cielo, de junto a Dios, con la gloria misma de Dios” (Ap 21, 10-11). Del mismo modo, cuando Jesús, estando los que le seguían en un descampado, mandó que se sentaran en grupos de cincuenta y les dio de comer, actualizaba la promesa del desierto convertido en vergel que anunció el profeta Isaías (Is 35, 1). Los grupos de cincuenta que mandó Jesús que se sentaran en la multiplicación de los panes y los peces, eran como rosetones y grupos florales (Mc 6, 40) que alegraban el yermo y donde se pudo comer abundantemente ( Jn 6, 1-15). Se recogieron hasta doce canastas llenas con las sobras.

Estas imágenes nos muestran la condescendencia divina y la fecundidad de la Iglesia apostólica que comenzó con los doce apóstoles: “Dadles vosotros de comer” (Mc 6, 37). También nosotros, en el desierto de este mundo, recibimos el encargo del Señor y de nuevo invitamos a los hambrientos y sedientos a sentarse en grupos de cien y cincuenta. “Dadles vosotros de comer”, debe resonar en el corazón de los sucesores de los apóstoles, que han de entregar a Cristo resucitado y dar a conocer su amor, que en la Eucaristía multiplica constantemente los panes. Si no damos a Cristo, no damos nada. El mundo continuará siendo un desierto y desfalleceremos de hambre. La Iglesia tiene la responsabilidad de recordarnos con el Apóstol que “somos ciudadanos del cielo” (Fil 3, 12). Esta es nuestra verdadera patria, adonde hemos de dirigir nuestro deseo. Aunque los altavoces digan repetidamente que sois ciudadanos de la tierra, no les hagáis caso. Son las voces de los mercaderes de este mundo, que quieren anular nuestro deseo de infinito. Nosotros somos de Dios, amamos la tierra como obra de la Creación, pero sabemos que somos peregrinos y nuestra meta es el cielo. Como un anticipo del cielo la Iglesia, unida a la Jerusalén celeste, celebra la Liturgia eterna, donde somos saciados del manjar del cielo para que lo podamos compartir con todos los hermanos. Con la Eucaristía nos llega el cielo y por eso no me cansaré de repetir una y otra vez que “Cristo es en nosotros la esperanza de la gloria” (Col 1, 27).

Con todos estos elementos podemos entre todos, en la diócesis de Alcalá de Henares, comenzar a generar procesos de vida comunitaria. Con el tiempo y asistidos por la gracia de Dios podremos también diseñar una Regla de vida comunitaria. A San Benito y a la Virgen María, Reina de los apóstoles, confiamos este nuevo curso pastoral.

firma reig pla
✠ Juan Antonio Reig Pla
Obispo de Alcalá de Henares

Viaceli, agosto de 2019

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