La oración cristiana

Carta de
Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa
Presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe

enriquebenavent

El ritmo de vida y de trabajo en el que vivimos inmersos, y la cultura que nos envuelve, caracterizada por un secularismo que considera la dimensión religiosa del hombre como algo secundario y accidental para su vida, por una parte, dificulta el desarrollo de la dimensión espiritual del ser humano y, por otra, genera en muchas personas una profunda insatisfacción, un vacío existencial y una pérdida de la paz interior ante el estrés que se nos impone. Esto ha provocado un deseo de recuperar la interioridad y una «demanda de espiritualidad» que se llena muchas veces con prácticas que tienen su origen en tradiciones religiosas ajenas al cristianismo.

Este hecho plantea a la Iglesia un doble reto pastoral: en primer lugar, la necesidad de repensar el lugar que el cultivo de la espiritualidad ha de tener en la vida pastoral de la Iglesia. Venimos de una sociedad que hasta hace unas décadas al menos culturalmente estaba impregnada de cristianismo. En este contexto las cuestiones doctrinales y los debates sobre la moralidad de los comportamientos humanos ocupaban el primer plano en la vida de la Iglesia. Pero cuando la falta de fe personalmente vivida o al menos culturalmente compartida, las cuestiones doctrinales se vuelven  incomprensibles y las exigencias morales se hacen insoportables para muchos de nuestros contemporáneos. En esta situación lo prioritario para la Iglesia en su misión evangelizadora, ha de ser «mostrar» a los hombres la belleza del rostro de Dios manifestado en Cristo, de modo que se sientan atraídos por Él y ofrecerles caminos para que puedan llegar a vivir la experiencia del encuentro con Dios. La espiritualidad ha de ser en estos momentos una prioridad pastoral en la vida de la Iglesia.

Junto a este reto tenemos un segundo desafío: no todo lo que se ofrece como métodos y técnicas de espiritualidad es compatible con la fe cristiana. Muchas veces ciertos caminos de meditación parten de una visión del hombre y de su relación con el cosmos que no es compatible con la doctrina cristiana sobre la creación; o presuponen una idea del Absoluto que no coincide con el rostro de Dios revelado en Jesucristo; o pretenden conducir a una meta que se presenta como la auténtica felicidad y que no se corresponde con la idea cristiana de la salvación. Recientemente la Congregación para la Doctrina de la Fe en la carta Placuit Deo y el Papa Francisco en la exhortación Gaudete et exultate han alertado frente a las nuevas formas de pelagianismo y de gnosticismo que desvirtúan el mensaje cristiano. Ante este panorama se impone la necesidad de un discernimiento, de que nos preguntemos qué técnicas o métodos que tienen su origen en otras tradiciones religiosas pueden incorporarse en una praxis cristiana de la oración y en qué condiciones.

No podemos ignorar otro fenómeno que hemos vivido en el seno de la Iglesia estas últimas décadas: la aparición de ciertas corrientes teológicas que han favorecido desde dentro la asimilación acrítica de estos métodos y caminos espirituales: ciertas teologías del pluralismo religioso han relativizado el valor de las enseñanzas de Jesús sobre Dios, ya que consideran que estamos ante una «forma más» de hablar de la divinidad y consideran que la verdad sobre Dios no la encontramos en el cristianismo, sino en lo que es común a todas las religiones. Esto ha llevado a la relativización de la acción misionera de la Iglesia y de la espiritualidad específicamente cristiana. Algunas cristologías presentan a Jesús como un simple hombre en quien estaría presente la divinidad de un modo cuantitativamente más intenso y entienden su misión como «mostrar» un camino para llegar a Dios que cualquier humano podría recorrer por sí mismo, con lo cual queda reducido a un ejemplo de lo que todos podemos hacer por nuestras propias fuerzas. Otros confunden la salvación con el progreso de la humanidad o con un simple estar bien consigo mismo. La tarea del discernimiento llega de este modo, a los fundamentos teológicos de la cuestión.

Plantearse estas cuestiones no es enfrentarse a los creyentes de otras religiones ni despreciar el diálogo interreligioso. En las Orientaciones doctrinales sobre la oración cristiana que ha publicado la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española no encontramos valoración negativa sobre las otras religiones ni una minusvaloración del diálogo interreligioso. Sí que hay implícita una advertencia a entenderlo y practicarlo correctamente, ya que la finalidad del dialogo es conocer mejor las otras tradiciones religiosas, escuchar las razones para creer que tienen los creyentes de esas religiones, enriquecernos mutuamente por lo que podemos aprender los unos de los otros, y luchar para que las diferencias religiosas no pongan en peligro la convivencia entre las personas, de modo que no se utilice el nombre de Dios para justificar la violencia.

Para afrontar el desafío pastoral de la nueva evangelización y posibilitar la experiencia de Dios como algo previo a la comprensión de las verdades cristianas y a la aceptación de las exigencias morales, es necesario redescubrir aquellos elementos esenciales de la plegaria cristiana que no pueden faltar en cualquier iniciación a la oración y que son inseparables del contenido de la fe, porque para la Iglesia la fe y la oración son inseparables. En este sentido, no hay que olvidar que la cuarta parte de estas Orientaciones doctrinales es la más importante y la que deberían tener en cuenta todos aquellos a quienes está especialmente dirigido el documento («sacerdotes, personas consagradas, catequistas, familias cristianas, grupos parroquiales y movimientos apostólicos, responsables de pastoral de los centros educativos, quienes están al frente de cases y centros de espiritualidad»).

En este apartado IV de la nota se comienza presentando la oración del Señor como modelo de la oración del cristiano. La oración de Cristo no es más que la expresión de su relación filial con el Padre, una relación que le lleva a vivir su misión de tal forma que en Él no hay la más mínima disociación entre «amor» y «obediencia». El cristiano ora porque en Cristo ha sido hecho un «hijo de Dios». Su oración es, al igual que la del Señor, la expresión de su relación filial con Dios. Por ello oramos también como Cristo nos enseñó. El Padrenuestro es el criterio de toda auténtica oración cristiana. Dios es también la meta de la oración: oramos para llegar a Dios. Mientras caminamos en este mundo y todavía no lo vemos cara a cara, el encuentro con Dios se vive creciendo en la fe, en la esperanza y en la caridad, que son las virtudes por las que nuestra vida se orienta hacia Él. La oración, que forma parte de la vida de quien está en camino hacia la Patria definitiva, mantiene vivas estas virtudes y nos ayuda a crecer en ellas. No es un «estar bien con uno mismo» el objetivo de la oración cristiana, sino crecer en las virtudes que nos llevan a Dios.

En este apartado IV es importante lo que se dice sobre la forma eclesial de la oración. La eclesialidad no es un elemento secundario o un añadido de la fe del que se pueda prescindir: en la Iglesia hemos conocido a Cristo, hemos aprendido a ser cristianos y gracias a ella nos mantenemos en la fe. Tampoco puede ser un elemento marginal en la iniciación a la vida de oración. El Catecismo de la Iglesia Católica, citado en el nº 33, nos ofrece el marco adecuado para entender los números siguientes. En ellos se recuerdan aquellos elementos esenciales que la Iglesia ha ido madurando a lo largo de los siglos y que han hecho de ella una maestra de espiritualidad: la Sagrada Escritura, con especial mención de los salmos; la liturgia, especialmente la Eucaristía; las formas de piedad y de devoción que han arraigado en el Pueblo de Dios; las distintas formas de oración (vocal, meditación y contemplación); la tradición de los grandes maestros de espiritualidad; el ejemplo de la Santísima Virgen María, madre y modelo eminente de la Iglesia… Especialmente importante es la afirmación que encontramos en el nº 37: «Cualquier misticismo que, rechazando el valor de las mediaciones eclesiales, oponga la unión mística con Dios a la que se realiza en los sacramentos, especialmente en el bautismo y la eucaristía o que lleve a pensar que los sacramentos son innecesarios para las personas “espirituales”, no puede considerarse cristiano».

Los obispos de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la CEE, al publicar esta nota, «queremos ayudar a las instituciones y grupos eclesiales para que ofrezcan caminos de espiritualidad con una identidad cristiana bien definida», respondiendo a los retos pastorales que hemos indicado al comienzo, «con creatividad y, al mismo tiempo, con fidelidad a la riqueza y profundidad de la tradición cristiana».

benavent_firma✠ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

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