Jesús acoge a las mujeres

Carta de
Mons. D.  Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca

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Domingo 20 de octubre de 2019

Queridos diocesanos:

El evangelio de Lucas cuenta que Jesús iba de aldea en aldea anunciando el reino de Dios y que un grupo de mujeres le seguían: “estaban con él los doce y algunas mujeres curadas de espíritus malos y de enfermedades” (Lc 8, 1-3). Conviene subrayar que la condición de las mujeres es la misma que la de los Doce: formaban una comunidad unida a Jesús. Pero tenían una función especial: ayudaban y servían a aquel grupo que había abandonado su propia familia para seguir a Jesús. Cuando San Marcos habla del grupo de mujeres que observaban “desde lejos” la crucifixión, dice que “cuando estaba en Galilea, lo seguían y le servían” (Mc 15, 41). Aparecen en este texto dos verbos importantes, que caracterizan la condición de discípulo: seguir (akolouthein) y servir (diakonein). Como vemos, en el grupo que sigue a Jesús hay algunas mujeres, que tenían una parte activa en el mismo.

Jesús realiza con ello un gesto provocador para sus contemporáneos. Era inconcebible para un rabino admitir mujeres en su escuela, pues eran tenidas por menores de edad. Al admitir a las mujeres en su seguimiento, Jesús quiere restituirles en su dignidad. Otro ejemplo significativo es su conversación con la Samaritana, una mujer extranjera, a la que Jesús enseña profundas verdades religiosas (Jn 4, 1-45). Con Jesús, las mujeres llegan a la mayoría de edad y vencen la segregación de aquella cultura.

En la lista de mujeres discípulas de Jesús que nos ofrecen los evangelios, se menciona siempre en primer lugar a María de Magdala (Mc 15, 40; 16, 1; Lc 8, 2; 24, 10), lo que indica que tenía un puesto preferente. Su gran prestigio entre las comunidades cristianas se debe a que ella, juntamente con otras mujeres, se mantuvo firme al pie de la cruz y fue después la primera testigo de la resurrección.

La actitud de Jesús hacia las mujeres revela también su deseo de incorporarlas al grupo de sus seguidores. El evangelio de Marcos cuenta la curación de una mujer que tiene descontrolado el flujo menstrual (Mc 5, 21-43). Las prescripciones del Levítico (15, 19-24) la convertían en impura. Ella, pensando que quedaría curada, toca a Jesús. Y Jesús la mira y le dice “hija, tu fe te ha salvado”, invitándola a experimentar la misericordia de Dios y dejar de sentirse excluida. También a la mujer encorvada (cf. Lc 13, 10-17) Jesús la llama, la coloca en el centro de la sinagoga y le impone las manos, sacándola de la posición de aislamiento y de inferioridad a la que le había conducido su enfermedad. No menos significativo es el episodio de la pecadora que entra en la casa del fariseo para perfumar a Jesús (cf. Lc 7, 36-50). La mujer entró sin dignidad ni consuelo y salió dignificada, reconocida y perdonada.

Esta actitud de Jesús tiene que ayudarnos a revisar el papel que las mujeres tienen en la Iglesia. Muchas mujeres desempeñan un papel insustituible en nuestras comunidades cristianas, pero nos cuesta escuchar su voz y darlesespacio en los procesos de toma de decisiones. Decía el último Sínodo de Obispos: “La ausencia de la voz y de la mirada femenina empobrece el debate y el camino de la Iglesia, quitando al discernimiento una valiosa contribución” (Documento final, 55). Por eso pedía realizar con urgencia “un cambio ineludible” y abrir espacio a “la presencia femenina en todos los niveles de los órganos eclesiales, incluidos los cargos de responsabilidad, y la participación de las mujeres en los procesos de toma de decisiones eclesiales, respetando el papel del ministerio ordenado”. Y añadía: “Es un deber de justicia, que se inspira tanto en el modo como Jesús se relacionó con los hombres y las mujeres de su tiempo, como en la importancia del rol de algunas mujeres en la Biblia, en la historia de la salvación y en la vida de la Iglesia” (Documento final, 148).

✠ Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca

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