El fin del ser humano

Carta de
Mons. D. Manuel Herrero Fernández, OSA

Obispo de Palencia

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El fin del ser humano, sea varón y mujer, no es la muerte, no es la fría losa de un sepulcro, o la tierra leve en una tumba. Considero que contra ese planteamiento hay algo en cada uno de nosotros que se revela, porque ¿quién no quiere vivir, vivir bien, vivir con los seres queridos, vivir feliz, vivir siempre? «Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición, incluso antes de sea plenamente anunciada» (San Agustín, De las costumbres de la Iglesia, 1q,3,4). Incluso los que se suicidan van buscando la muerte, pero por huir del dolor, de la frustración y del sin sentido.

La fe cristiana considera que «todos los hombres, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen y, redimidos por Cristo, gozan de la misma vocación y destino eterno» (GS, 29). En el Credo decimos: Creo… en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Dios nos llama a compartir el destino de Cristo, ser coherederos con él (cfr. Gal 4, 4-7). Esa es la voluntad de Dios, su plan y proyecto (cfr. Ef 1, 1-10). Depende de cada uno el responder a ese anhelo y amor de Dios o no; depende de nuestra responsabilidad tener gloria o tener condenación. «El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús, ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna» (Cat. Igl. Cat. 1020). Dicho con otras palabras: anhelamos el cielo, vivir para siempre con Cristo, estar con él, donde está él, reinar con él, ver a Dios tal cual es, comunión de vida y amor con la Santa Trinidad, con la Virgen María, los ángeles y los santos. A todo eso nos referimos cuando decimos cielo.

La Sagrada Escritura emplea imágenes diversas para hablar de nuestro destino: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, la Jerusalén celeste, el paraíso: «Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le amán» (Cat. Igl. Cat. 1023.1029). En el cielo «allí desaparecerá el gemido y el dolor. Allí no hay oración sino alabanza, aleluya; amén; voz concorde con los ángeles, allí no habrá contemplación, sino descanso, y amor sin tedio» (San Agustín, Comentario al salmo 85, 11). Esta será nuestra actividad: la alabanza de Dios. Amar y alabar. Dejarás de alabar si dejas de amar. Pero no cesarás de amar, porque está Aquel a quien has de ver, que no te causará ningún cansancio. Te saciará y no te saciará” (Salmo, 85, 7).” Allí descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos sino llegar al Reino que no tendrá fin? (S. Agustín. Ciudad de Dios, 22,30).

Alguno preguntará: ¿Y no nos aburriremos, no nos cansaremos haciendo siempre lo mismo como nos aburrimos y cansamos en esta vida mortal de muchas actividades? Es verdad que hay actividades que nos cansan, pero la vida eterna no. ¿Nos cansamos de tener salud, de estar sanos? ¿Nos cansamos de amar y ser amados, de estar con los que nos aman y con cuya compañía disfrutamos? ¿No es verdad que no? Pues mucho más con Dios.

¿Qué hacer, cómo dar pasos hacia la vida eterna? Conviene que de vez en cuando pensamos en la vida eterna. Estamos tan metidos en las cosas y problemas de cada día que perdemos esta perspectiva. «No nos satisface todo lo que tiene fin, por muy largo que sea; y por lo mismo, no puede llamarse largo. Si somos avaros, lo seamos de la vida eterna. Desead la vida que no tiene fin. Se entregue de lleno a esto vuestra codicia. ¿Deseas tesoros sin límites? Codicia la vida eterna sin fin». (San Agustín, Comentario al salmo, 90, 2).

«Solo Dios basta», nos dirá Santa Teresa de Jesús. «Ninguna cosa puede bastarte si no es quien te ha creado. Donde quieras que pongas la mano hallarás miseria, sólo puede bastarte quien te hizo a su imagen… Sólo en Dios puede haber seguridad, y donde puede haber seguridad habrá como una hartura insaciable. Porque ni te hartará de modo que quieras dejarlo, ni te ha de faltar nada que puedas echar de menos» (San Agustín, Sermón 125,11). «Si se ama la vida, adquirámosla allí donde no se termina con la muerte» (San Agustín, Carta 127,5). Busquémosla en Cristo que es el camino, para llegar a la verdad y la vida (Jn 14, 6). Sigamos a Cristo, conozcamos a Cristo, amemos a Cristo y como Cristo. Cree, espera y ama. Sobre todo, amemos, porque «al caer la tarde, nos examinarán del amor» (S. Juan de la Cruz).

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