Carta con motivo de la Solemnidad de Todos los Santos y de la Conmemoración de los fieles difuntos

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Carta con motivo de la Solemnidad de Todos los Santos
y de la Conmemoración de los fieles difuntos

Cuando escuchamos la palabra “Iglesia”, o cuando la pronunciamos en la profesión de fe dominical, ¿en qué realidad estamos pensando?

¿Dónde van nuestra mente y nuestro corazón?

¿Qué es —o mejor dicho quién es— la Iglesia? ¿Qué idea tenemos?

La respuesta auténtica a estas simples, pero fundamentales,  preguntas solo puede conducir a la realidad agustiniana del Cristo total, a la Iglesia entendida no solo como una realidad humana, sino en su identidad divina-humana. La Iglesia es siempre Ecclesia de Trinitate; por tanto, debemos tener siempre presente su dimensión celestial, tanto en relación con el Misterio Trinitario, y en particular con la Cabeza que es Cristo, como en el abrazo sincrónico y diacrónico con todos los hermanos salvados, que ya han dejado este mundo.

Esta realidad teándrica de la Iglesia se expresa admirablemente en la Liturgia que, en su sabiduría, une la Solemnidad de Todos los Santos con la Conmemoración de los fieles difuntos, haciéndonos casi percibir, a través del calor de la Liturgia y de la claridad de la catequesis que de ella se deriva, el abrazo presente de Dios y de nuestros hermanos.

En estos días santos, tanto en la reflexión personal, a la que nos impulsa universalmente la conmemoración afectuosa de nuestros queridos difuntos, como en la custodia de la meditación y la oración, estamos llamados a extraer abundantemente del tesoro inagotable de la Comunión, que tiene una particular declinación en la realidad de la Indulgencia.

Cooperar con la participación en la Eucaristía, con la propia oración, con la propia penitencia y la práctica de la limosna, con las obras de misericordia, a la gran obra de redención realizada por Cristo, significa dejarse insertar por la gracia, con la ayuda de la libertad, en la obra misma de la Trinidad, que, desde la creación hasta el Escathon, pasando por la primera alianza y la redención obrada por el Hijo, llama a todos los hombres a la comunión plena con ellos mismos.

La indulgencia es, análogamente hablando, el “todo en el fragmento”, ya que en él se resumen las dimensiones creativas, redentoras y escatológicas.

Aprovechar en estos días santos el tesoro de la misericordia de la Iglesia, mediante el ejercicio piadoso de la Indulgencia, aplicable a uno mismo o a un fiel difunto, significa también renovar la fe mediante el sacramento de la Reconciliación, la Comunión sacramental recibida con la debida disposición y la profesión del Credo de la Iglesia, junto con la oración según las intenciones del Sumo Pontífice. Con estos gestos sencillos y concretos, cada fiel reafirma su plena comunión con la Iglesia, renovando la aceptación de todos los bienes espirituales y sobrenaturales, que de ella se derivan.

Al mismo tiempo, como con todo acto humano —y aún más para los actos que afectan la esfera religiosa—, al cumplirlo, la fe se fortalece: doblando las rodillas humildemente en el confesionario, confesando con todo el corazón todos los pecados e implorando la Divina Misericordia, no solo los fieles aceptan la gracia sobrenatural de la Reconciliación, sino que con este gesto también reafirman su propia fe, viéndola así reforzada y fortalecida, objetivamente por la vía de la gracia y personalmente en virtud de la concurrencia de su propia libertad.

Por lo tanto, ¡vayamos, de hecho corramos al confesionario en estos días santos! Acojamos humilde y devotamente, alegre y generosamente, el don de la Indulgencia plenaria y ofrezcámoslo, con gran generosidad, a nuestros hermanos, quienes, tras haber cruzado el umbral del tiempo, ya no pueden hacerlo por sí mismos, pero aún pueden recibir mucho de nuestra caridad. Así, nuestra relación de amor con ellos continúa y se fortalece.

La Indulgencia es una declinación efectiva y accesible de la fe en la communio sanctorum, en la comunión de los santos, que da un gran respiro a nuestra existencia terrenal, y nos recuerda, con extraordinaria eficacia, que nuestras acciones tienen un valor infinito, tanto porque son acciones humanas —y solo el hombre es capaz de realizar gestos auténticamente libres—, como porque, en este caso específico, son acciones humanas que tienen un valor sobrenatural.

Sea generosa siempre, pero especialmente en estos días santos, la disponibilidad de confesores; la escucha generosa y buena y la participación orante en este lavado de regeneración, que trae una lluvia de gracia sobre la Iglesia, tendrá méritos infinitos ante el trono del Altísimo. ¡Puedes obtener más méritos en horas y horas de confesionario, que en muchas reuniones “de organización” de las que todos conocemos la utilidad y el resultado…! En estos días, en el confesionario, ¡cuántas ocasiones de consuelo, de aliento, cuántas lágrimas pueden secarse, lo que brinda oportunidades para poder ilustrar la realidad de la vida eterna, estimular el perdón, la ternura en las obras de misericordia, para hacer comprender el sentido de la peregrinación diaria! ¡Pongamos todo nuestro corazón en el ministerio de la escucha, del consuelo, de la orientación, del perdón!

Los días venideros deben ser una auténtica experiencia de renovación espiritual, en la que, redescubriendo la verdad de nuestra fe, declinada también en la sencillez de los actos que sugiere la tradición espiritual, podamos ver nuestros corazones abiertos a acoger, una y otra vez, los dones de gracia que el Espíritu siempre concede a la Iglesia, seguros de que también el compromiso que pueden implicar las obras de misericordia dará frutos abundantes en nuestra vida personal, en la vida de la Iglesia y para el bien del mundo.

Que la bienaventurada Virgen María, Madre de la Misericordia, Reina de todos los santos, Puerta del Cielo, sostenga el trabajo incansable de tantos sacerdotes dignos de alabanza; sea mediadora de gracia para los corazones de los fieles de quienes Ella es Abogada e implora desde la Clemencia divina el regalo invaluable de la entrada al Paraíso de tantos hermanos nuestros. ¡Su felicidad es nuestra felicidad!

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Mauro Card. Piacenza
Penitenciario Mayor

Noviembre 2019

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