Santa Misa con motivo de la Peregrinación Diocesana al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles

Homilía de
Mons. D. Sebastián Chico Martínez
Obispo auxiliar de Cartagena

chico09112019

Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, Cerro de los Ángeles
Sábado, 9 de noviembre de 2019

Saludo a mi hermano D. Francisco Gil Hellín, Arzobispo Emérito de Burgos.

A D. Ginés García Beltrán, Obispo de esta Diócesis de Getafe, que hoy nos acoge en este hermoso santuario, le hago llegar, a través de mi persona, el cariño, la cercanía y la fraternidad, de D. José Manuel Lorca Planes, nuestro Obispo diocesano, así como nuestra felicitación por este Año Jubilar que el Santo Padre, el Papa Francisco, ha concedido con motivo de la efeméride que estamos celebrando. Estamos convencidos de que son muchos los frutos que están brotando de los latidos de todas las peregrinaciones y actividades que se están desarrollando ante tal acontecimiento. Os agradecemos vuestra acogida y el gran esfuerzo que estáis realizando para que esta “gracia jubilar” llegue a tantos lugares de nuestra Iglesia universal.

Hermanos sacerdotes que participáis en esta Peregrinación Diocesana, felicidades por vuestra presencia y por el sí a vuestra vocación. ¡Gracias por ser sacerdotes! Sois “el amor del corazón de Jesús”, como repetía con frecuencia el santo Cura de Ars, pues llamados por Dios, identificados con Él por el sacramento del Orden, vivís para hacer visible el amor de Cristo a los hombres… Sois “grieta” de este Divino Corazón, por donde se derrama su amor misericordioso a través de vuestro ministerio sacerdotal.

Queridos seminaristas, mi aliento y mi oración, para que el Señor os conceda perseverancia en vuestra formación y en vuestra entrega. ¡Qué nobleza de respuesta ante la llamada que habéis recibido! Nuevamente, me hago eco de las palabras del patrón del clero universal, que decía: “Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor”.

Un fuerte abrazo para cada uno de vosotros, querida familia diocesana, que juntos hemos peregrinado, hasta este Cerro de los Ángeles, centro geográfico de nuestro país, donde fue consagrada España al Sagrado Corazón de Jesús, hace cien años. Consagración que, en esta celebración, cada uno de nosotros, y en nombre de nuestra Diócesis, queremos renovar. Sois muchos los que habéis respondido a la llamada de nuestro Obispo, D. José Manuel: familias, religiosos y religiosas, jóvenes, ancianos, responsables de pastoral… Os felicito por el esfuerzo que habéis tenido que hacer para estar aquí, pues habéis madrugado mucho esta mañana, como aquellas mujeres que acudieron temprano al sepulcro, donde habían depositado el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, y se encontraron con la gran alegría de la resurrección. Estoy convencido de que estamos viviendo un momento de alegría, pues hemos peregrinado a “la fiesta del amor”, donde nos hacemos conscientes de que “Él nos ha amado primero”, y, también estoy convencido, de que el Señor derramará su gracia en todos nosotros y acogerá con gran misericordia las oraciones que queremos depositar en su corazón, haciendo surgir abundantes frutos de santidad en nuestras vidas.

En el lenguaje bíblico el “corazón” indica el centro de la persona, la sede de sus sentimientos y de sus intenciones. En el corazón del Redentor adoramos el amor de Dios a la humanidad, su voluntad de salvación universal, su infinita misericordia. “Por tanto, rendir culto al Sagrado Corazón de Cristo significa adorar a aquel Corazón que, después de habernos amado hasta el fin, fue traspasado por una lanza y, desde lo alto de la cruz, derramó sangre y agua, fuente inagotable de vida nueva” (Benedicto XVI, Ángelus, 5 de junio de 2005).

Hoy, al mirar a Cristo y contemplar su Corazón traspasado, vemos la seriedad de su amor y su fidelidad a este amor. Detrás del Corazón de Jesús está el amor de Dios, que se remansa en Él, que se humaniza, que llega a nosotros humanizado en mil gestos cercanos y conmovedores, hasta derramarse en la cruz. ¡Dios no nos ha amado de broma! Luego, que nuestra fe, nuestro amor a Él, tampoco sea de broma.

Mirar su corazón es llenarnos de alegría y de esperanza, es dar sentido a nuestra vida y fortalecernos para seguir adelante, ante las distintas dificultades con las que nos podamos encontrar en nuestro día a día.

Jesús representó a su Padre, y a sí mismo, en la figura del Buen Pastor que cuida de todas las ovejas, que busca a las perdidas, que las carga sobre sus hombros, que da la vida por ellas. Su amor se muestra en la alegría de la recuperación: “Cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento, y dice: felicitadme, he encontrado la oveja que se me había perdido” (Lc 15, 5-7). Jesús nos ama, nos sigue personalmente, nos ha encontrado y nos ha cargado sobre sus hombros en la cruz. Y ha sanado nuestras heridas. “Sus heridas nos han curado”.

Especialmente en este día de peregrinación y jubileo, miremos hacia Dios Padre y agradezcamos su amor misericordioso. Miremos hacia Cristo y veamos la seriedad de su amor, que le llevó a entregarse en la cruz por nosotros. Y miremos al Espíritu, el Amor de Dios que ha sido infundido en nuestros corazones desde el día de nuestro Bautismo. Y vivamos así envueltos en el amor del Dios Trino. Es el amor que nos fortalece para seguir adelante en nuestro peregrinar, hasta llegar a nuestra casa del cielo, el seno de la Santísima Trinidad.

En el culmen de esta peregrinación, vamos a renovar nuestra fe en Dios, que tanto amó al mundo que entregó a su Hijo único (Jn 3,16) para nuestra salvación. Y así, en esta respuesta de “renovación de fe”, consagremos nuestras vidas al Corazón de Cristo, con el deseo de siempre volver a Él, de tener los mismos sentimientos que Él (Flp 2,5), de permanecer en Él, sabiendo que nunca nos abandonará y siendo conscientes de que en su Corazón, en su Amor, es donde encontraremos el verdadero descanso de nuestra vida: “Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados” (Mt 11,28).

Pero, también, ante el daño cometido por nuestros pecados y los pecados de todos nuestros hermanos, los hombres, venimos arrepentidos y con el deseo de convertir nuestro corazón y de reparar aquello por lo que ha sido ensombrecido su amor. Seamos conscientes de que no encontraremos mejor realidad para ofrecer a Dios, como compensación, que al mismo Cristo, su sacrificio, la celebración de la Santa Eucaristía. Vivamos esta celebración con agradecimiento, uniendo nuestras vidas en la entrega de Cristo al Padre. Que el Señor nos acoja como ofrenda agradable por la vida recibida y los dones derramados en ella.

Al mirar el Corazón traspasado de Jesús, que nos da ánimos y nos alienta, también sentimos el estímulo y el compromiso de ser transmisores, portadores de ese mismo amor a los demás, allí donde nos podamos encontrar: en nuestra familia, en el trabajo, en la universidad, en nuestra sociedad, en nuestro presbiterio, en nuestra comunidad eclesial, en nuestra Diócesis. Debemos ser vasijas que derramen el agua fresca del amor de Dios. El Papa Francisco nos dijo, en una homilía en Santa Marta, que “las obras de misericordia son precisamente el camino de amor que Jesús nos enseña en continuación con este amor de Dios, grande… El Señor no nos pide grandes discursos sobre el amor; nos pide ser hombres y mujeres con un gran amor o con un pequeño amor, lo mismo, pero que sepamos hacer estas pequeñas cosas por Jesús, por el Padre”.

Pidámosle al Señor que “encienda en nosotros el fuego de la caridad, que nos mueva a unirnos más a Cristo y a reconocerle presente en los hermanos” (Colec.) y a nuestra Madre, la Virgen María, que nos enseñe en lo más profundo de nuestro corazón a conocerle y a amarle cada día más, y a dejarnos transformar por Él, hasta poder decir como Pablo “no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gl 2,20).

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