Jesucristo reina desde la cruz

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

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Domingo 24 de noviembre de 2019

Queridos diocesanos:

La solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, que se celebra en este domingo 24 de noviembre, es la culminación del año litúrgico. La fiesta nos presenta a Cristo como centro del Cosmos y de la Historia: el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin.

El Concilio Vaticano II expresa magníficamente el sentido de la festividad con un texto fascinante de la Constitución Gaudium et Spes: “El Señor es el fin de la historia humana, ‘el punto focal de los deseos de la historia y de la civilización’, el centro del género humano, la alegría de todos los corazones, la plenitud de sus aspiraciones” (GS 45).

El prefacio de la Misa de la solemnidad nos da la clave de interpretación de la realeza misteriosa de Cristo: “Porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del Universo a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndolo con óleo de alegría, para que ofreciéndose a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz, consumara el misterio de la redención humana, y, sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu Majestad infinita un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida; el reino de la santidad y la gracia; el reino de la justicia, el amor y la paz”.

El Rey y Juez, Jesucristo, nos examinará del amor El código, la ley y el programa de examen para el juicio no serán otros que el amor. Se cumple aquello de San Juan de la Cruz: “En el atardecer de la vida seremos examinados de amor” (San Juan de la Cruz). El hecho de que Cristo se identifique con los pobres, los marginados, los que sufren, y además los llame sus hermanos menores, nos descubre cuán lejos está de la doctrina y conducta de Jesús toda idea triunfalista. Su soberanía de Rey del Universo, que hoy celebramos, es muy especial, porque su reino no es de este mundo. Por eso Jesús desbarata nuestras categorías, según las cuales tendemos a identificar la autoridad y el poder con el dominio y no con el servicio.

Todo el que ama al hermano, especialmente al que sufre por una u otra causa, es heredero del Reino de Dios. No es la ideología ni las palabras lo que salva o condena, sino las obras. Jesús lo advierte: No todo el que dice “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros.

Desde el momento de la venida de Jesús al mundo, el Reino de Dios está presente entre nosotros, si bien todavía no se ha manifestado en toda su plenitud. Así también el juicio de Cristo está ya realizándose en el presente de nuestra vida. El dictamen final no será más que hacer pública la sentencia que día a día vamos pronunciando nosotros mismos con nuestra vida de amor o desamor.

Seremos juzgados según la aceptación o el rechazo de Cristo a quien no vemos en carne y hueso, pero que se identifica con cuantos sufren en la tierra de los hombres. El capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, que habla del juicio final, es no sólo una página de caridad, sino sobre todo, una página cristológica. Cristo está presente realmente en el prójimo. El prójimo es así la pantalla de nuestra vida, el vídeo para leer nuestra conducta, el espejo para recomponer nuestra figura, porque “quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4, 20).

En la oración del Padrenuestro pedimos que venga a nosotros tu Reino. Esperamos que Dios restablezca su Reino por medio del retorno final de Cristo. Pero esta petición no distrae a la Iglesia y a los cristianos de su misión en el mundo, sino que nos compromete en la transformación de la sociedad. Como afirma el Concilio Vaticano II: “Quien con obediencia a Cristo busca ante todo el Reino de Dios, encuentra en éste un amor más fuerte y más puro para ayudar a sus hermanos y para realizar la obra de la justicia bajo la inspiración de la caridad” (GS 72).

Todos los cristianos participamos del oficio real de Cristo y estamos llamados a servir al Reino y a difundirlo en la historia. Vivimos la realeza cristiana, mediante la lucha espiritual para vencer el pecado, y en la propia entrega de la vida, para servir, en la justicia y en la caridad, al mismo Jesús presente en todos los hombres, especialmente entre los más pobres.

Dios nos llama a pertenecer al Reino de su Hijo Jesucristo, al que confesamos como nuestro Rey y Señor, al que amamos, obedecemos y seguimos por encima de todos los señores y poderes de este mundo, viviendo la libertad de los hijos de Dios, en la firme esperanza y en gozo de la eterna bienaventuranza.

Con mi afecto y bendición,

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