El Señor vendrá

Carta del
Card. D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

ricardo blazquez perez

Diciembre 2019

La Iglesia celebra en el tiempo litúrgico del Adviento, que termina en la fiesta de la Navidad, dos venidas del Señor con las correspondientes actitudes de los fieles: La expectación secular de la venida del Mesías según la promesa de Dios, que nació en Belén acogido con adoración y gozo, y la venida al final de los tiempos esperada con vigilancia y fidelidad. Las dos venidas se enlazan y comunican entre sí. El que ha venido y vendrá es el Mesías, Jesucristo. El que ha venido “para redimirnos y darnos ejemplo de vida” vendrá de nuevo en la majestad de su gloria. Como profesamos en el Credo: “Nació de Santa María Virgen” y “vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos”. Quiero detenerme particularmente en esta última venida.

Nuestro Señor Jesucristo vendrá de nuevo a juzgar a los vivos y a los muertos. Dios ve no sólo lo exterior sino también el corazón. Estamos y estaremos en su presencia patentes sin la posibilidad de escondernos ni de escapar. El juicio de Dios es una advertencia; es un juez benigno, conoce de qué condición somos; y al mismo tiempo podemos decir que la misericordia infinita de Dios no es impunidad. Confiamos escuchar de Él: “Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor”. (Mt25, 21.23.)

La fe en Dios Creador y la esperanza en la Vida eterna se conectan como el origen y la consumación. Así profesa la Iglesia; “Creo en Dios, Padre todopoderoso” y “espero la resurrección de los muertos y  la vida eterna”. Con el rechazo de Dios se arranca del corazón del hombre la esperanza en la vida eterna. De la esperanza mana una fuente inextinguible de sentido para la vida temporal, ya que sin meta no hay camino sino vagar de una parte para otra desorientado. Dios y la Vida eterna son como las coordenadas en las que está inscrita nuestra vida. La fe en Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo y la esperanza en la Vida eterna están unidas estrechamente en el Evangelio. El mismo Dios que crea de la nada, resucita de la muerte (cf. Rom 4, 17). Él es nuestro origen y también nuestra patria.

Desde la esperanza en la Vida eterna recibimos diariamente ánimo para cargar con la cruz y para mantenernos en la fidelidad. Por la resurrección de Jesucristo hemos sido regenerados para una esperanza viva, reservada en el cielo; “por ello nos alegramos, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas” para aquilatar como el oro la autenticidad de nuestra fe (cf. Ped. 1, 6-7). Forma parte de nuestra vida cristiana la esperanza que va más allá de la muerte. El barco de nuestra vida está anclado en la eternidad, en el puerto definitivo de la morada de Dios. Queridos hermanos en la fe, mantengamos encendidas nuestras lámparas esperando la venida del Señor, al final de la historia y para cada uno de nosotros al término de nuestra vida. Permitidme que pormenorice mi exhortación por destinatarios: Cristianos que cargáis diariamente con la cruz de la fidelidad en el matrimonio y la familia, en el trabajo y profesión, vírgenes y célibes, en la vida contemplativa, en el servicio pastoral, con el paso de los años, en el dolor y la soledad, “mantente fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Apoc. 2, 10).  Ante la perspectiva de la venida definitiva de Jesucristo digamos con las últimas palabras del último libro de la Sagrada Escritura: “¡Ven, Señor Jesús!” (Apoc. 22, 20), las mismas con que aclamamos en la celebración de la Eucaristía: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”.

Mantengamos estrechamente unidas la fe en Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo resucitado de entre los muertos y la esperanza en la Vida eterna, cuyas puertas nos ha abierto Dios en la resurrección de su Hijo y nuestro Señor Jesucristo. ¿No da la impresión de que a veces se debilita, se amortigua,  se enfría la esperanza de la vida eterna?

Lo que termino de decir es una llamada a revitalizar nuestra vida cristiana. Pero es también un anuncio que debemos a nuestro mundo, que padece entre otras una enfermedad que daña la esperanza.

Me permito citar unas palabras del Concilio Vaticano II tan hondas como atinadas, tan verdaderas como hermosas en su formulación. “Ante la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su culmen. El hombre no sólo es atormentado por el dolor y la progresiva disolución del cuerpo, sino también, y aún más, por el temor de la extinción perpetua. Juzga certeramente por instinto de su corazón cuando se horroriza y rechaza la ruina total y la desaparición definitiva de su persona. La semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la materia, se rebela contra la muerte” (Gaudium et spes, 18). La muerte no es el adiós definitivo ni la aniquilación de la persona. Podemos hacer nuestra, con la perspectiva propia de la fe, la expresión de un poeta latino pagano: “Gran parte de mí sobrevivirá” (“magna pars mei superstes erit”).

Jesucristo resucitado con su muerte nos ha liberado de la muerte y del temor que acompaña inevitablemente al hombre que piensa, siente y está abierto al futuro (cf. Heb. 15, 56-57: 2, 14-15). Aunque la humanidad ha conseguido ampliar la expectativa de la vida (en nuestra área socio-cultural; no en tantos pueblos que son parte de la familia humana), aunque a los noventa años lleguen muchos y superen bastantes los cien, se haya ineludiblemente el hombre se halla ante el interrogante de su destino. Pues bien, el tiempo de Adviento es propicio para cultivar la esperanza en la Vida eterna que irradia luz para recorrer serenamente el itinerario de la vida temporal.

¡Que Santa María de la esperanza nos mantenga en la espera!

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