Creyente y testigo: “Con vosotros soy cristiano, para vosotros soy obispo”

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

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Domingo 12 de enero de 2020

Queridos diocesanos:

Soy consciente de que una de las principales misiones del obispo es confortar en la fe a los que creen y suscitarla en los que no creen. Pero estoy persuadido también de que nadie conforta o suscita la fe de los demás sin exponer la propia fe.

No es fácil hablaros de mi propia fe. Cada uno de nosotros la vivimos desde nuestra propia condición personal y nuestra propia respuesta a Dios. Por otra parte, sé que la fe se muestra más con la vida diaria que con las palabras.

Mi fe no es muy diferente de muchos de vosotros, sacerdotes, religiosos y creyentes de nuestras comunidades. “Con vosotros soy cristiano, para vosotros soy obispo” (San Agustín). Si en esta carta hablo de mi fe como obispo es para compartirla con vosotros y ayudarnos mutuamente a valorarla, purificarla y fortalecerla cada vez más.

El corazón de mi fe: el Dios de Jesucristo. Creo en el Dios de Jesucristo. Esto no significa afirmar de manera general la existencia de Dios, como se puede hacer desde la razón y desde la filosofía, sino reconocerle y acogerle como Dios Padre real en mi vida. Reconozco vital y gozosamente a Dios revelado en Jesucristo como origen, guía y meta del hombre y del mundo.

Este reconocimiento de Dios lo cambia todo. Este Dios de Jesucristo decidió hace muchos años la orientación de mi vida y da hoy sentido y contenido a mi trabajo y afán diarios. En el centro de mi vida no estoy yo, ni mi familia, ni la Iglesia a la que sirvo. Está Dios. He aquí algo que quisiera que fuera más real cada día en mi vida.

Para mí, acoger a este Dios y acogerme a Él, no significa entregarme a la pasividad ni guarecerme infantilmente de los problemas de la vida, para buscar refugio en Él. Muy al contrario, la adhesión filial y confiada a Dios me urge a acoger su proyecto sobre mí y sobre el mundo, para colaborar de manera humilde, pero responsable en su acción salvadora en medio de los hombres.

Quiero también comunicaros que mi fe da unidad y coherencia interior a mi vida de obispo solicitada por tantos problemas exteriores y por tan diversos y contradictorios afanes interiores. Esta misma fe es fuente de mi alegría. No tengo pudor en deciros que estoy gozoso de creer en Dios.

Cuanto mejor respondo a la llamada de la fe, con mayor claridad percibo que la fe es una gracia, un don y no una conquista mía. No soy yo el que tiene la fe, como se tienen las cosas en las manos. Es la fe la que me tiene a mí y me sostiene.

Debilidad y pruebas de mi fe. También como obispo vivo la fe no a plena luz, sino en penumbra. No en una seguridad exenta de dudas, pero sí en la certidumbre de quien espera ver la luz definitiva. Mi fe no es inmune, sino tentada.

Con alguna frecuencia, un activismo exagerado me conduce a olvidar en la práctica las preguntas fundamentales de todo creyente: ¿para quién vivo? ¿para quién trabajo? Entonces la paz y la alegría que fluyen de la fe se me palidece, cuando, ansioso e inquieto por la suerte de mis trabajos pastorales o por la trayectoria de la sociedad y de la Iglesia, no recuerdo que Dios está presente y operante en el interior de mis trabajos, en el seno de la Iglesia y en el corazón mismo de la sociedad.

Mi fe se siente también interpelada y purificada por las pruebas. También yo añoro señales más tangibles de que Dios está cerca. Espontáneamente deseo una fe menos oscura, más visitada por el paso sensible de Dios, más confortada por el éxito de las tareas que emprendo en su nombre. Pero Dios calla discretamente hasta pasar casi desapercibido. También yo, como obispo, sé algo de la soledad del creyente, tendido entre el silencio de Dios y la extrañeza del mundo.

También me interpela con frecuencia la increencia de las personas honradas y buenas. Herederos de una mentalidad según la cual nadie puede ser increyente sino por culpa propia, registro extrañado que existe entre nosotros gente honesta que no cree en Dios ni se plantea siquiera la pregunta. ¿Cómo es posible, si Dios es fundamento, guía y destino del hombre, que éste no lo encuentre en el interior de una vida honesta?

Mi fe se siente también saludablemente azotada por las tibiezas, componendas, complicidades y mediocridades de la misma comunidad cristiana. Nuestras comunidades de la Diócesis en su conjunto no suscitan, al menos en la medida deseable, la inquietud religiosa de los alejados ni son una luz que orienta la búsqueda de los ya inquietos. Sé incluso que la imagen de la Iglesia y de los cristianos aparece como piedra de escándalo para bastantes. ¿Cómo una comunidad llamada a ser signo del Dios vivo, puede resultar en la práctica tan opaca? ¿Cómo puede llegar hasta ser percibida como contrasigno? ¿Es la institución eclesial la que ahuyenta, o es la falta de vigor e incoherencia de la fe de los creyentes las que hacen a la comunidad irrelevante como signo interpelador?

Esta es mi fe con el contrapunto de sus luces y sus sombras, con sus certidumbres y sus pruebas. Esta es la fe que hoy he querido compartir con vosotros en esta carta pastoral. Me alegraría saber que, al confesarla, contribuyo a arraigarla entre vosotros.

Con mi afecto y bendición,

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