Ante el Día del Seminario. “Pastores misioneros”

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

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Domingo 15 de marzo de 2020

Queridos diocesanos:

Todos los años en torno a la fiesta de san José, el esposo fiel de la Virgen María y custodio del Redentor, celebramos el Día del Seminario. El lema de este año es ‘Pastores misioneros’. Responde a la identidad ministerial. Los sacerdotes, en cuanto que participan del sacerdocio de Cristo, Cabeza, Pastor, Esposo y Siervo (PDV 15), son llamados en verdad “pastores de la Iglesia”; y en cuanto enviados por Cristo, con los apóstoles (Mt 28, 19ss), son esencialmente misioneros dentro de una Iglesia toda ella misionera. Los sacerdotes son discípulos, llamados, consagrados, enviados, porque son misioneros.

Necesidad. Las vocaciones sacerdotales son necesarias en la Iglesia, porque “sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia y de su misión en la historia, esto es, la obediencia al mandato de Jesús: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19) y “Haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19; 1 Cor 11, 24), o sea, el mandato de anunciar el Evangelio y de renovar cada día el sacrificio de su cuerpo entregado y de su sangre derramada por la vida del mundo (PDV 1).

El problema del número suficiente de sacerdotes afecta de cerca a todos los fieles, no sólo porque de él depende el futuro religioso de la sociedad cristiana, sino también, porque este problema es el índice justo e inexorable de la vitalidad de la fe y amor de cada comunidad parroquial y diocesana, y es testimonio de la salud moral de las familias cristianas. Donde son numerosas las vocaciones al estado eclesiástico y religioso, se vive generosamente de acuerdo con el Evangelio.

Urgencia. El tema reviste, además, una urgencia especial, porque estamos atravesando una crisis persistente de vocaciones al sacerdocio en el Seminario, una especie de travesía del desierto, que constituye una verdadera prueba en la fe tanto de los pastores como de los fieles. Hemos de ser realistas y tener el valor de reconocer que la sequía vocacional, además de ser fruto de múltiples causas reales de tipo demográfico, económico, social, cultural, religioso, institucional, etc., responde también a deficiencias de nuestra vida personal, a la debilidad en la fe de nuestras comunidades parroquiales y religiosas, a omisiones y falta de interés en nuestra acción pastoral.

Ante esta situación que nos preocupa, aunque no nos angustia, porque la falta de vocaciones es ciertamente la tristeza de cada Iglesia, la pastoral vocacional exige ser acogida, sobre todo hoy, con nuevo vigor y decidido empeño por todos, especialmente por los sacerdotes.

Cultura vocacional. Para hacer frente al problema de las vocaciones hace falta acrecentar nuestra esperanza en la fidelidad de Dios, que nos dará pastores según su corazón (cfr. Jer 3, 15) y confiar en la gracia de Dios, suplicando al dueño de la mies que envíe obreros a su mies (cfr. Lc 10, 2). Pero, por nuestra parte se requiere crear una cultura vocacional, es decir, cultivar el campo favorable para que la semilla de la vocación arraigue, crezca y florezca. Este campo viene caracterizado por la gratitud, la apertura a lo trascendente, la disponibilidad para el servicio, el afecto, la comprensión, el perdón, la responsabilidad, la capacidad de tener ideales, el asombro y la generosidad en la entrega. La cultura vocacional nos urge a todos, obispo, sacerdotes, religiosos y fieles laicos a un compromiso coral. Nadie puede inhibirse.

Compromiso alegre de los sacerdotes. La cultura vocacional requiere el ejemplo y el testimonio alegre de los sacerdotes, que sepan y quieran guiar a los niños, adolescentes y jóvenes como compañeros de viaje. Sacerdotes que propongan a los futuros pastores con alegría y valentía la belleza de la vocación sacerdotal. Sacerdotes que muestren la fecundidad de una vida entusiasmante, que da plenitud a la propia existencia, por estar fundada en Dios que nos amó primero (Cf. 1 Jn 4, 19). San Juan de Ávila, patrono del clero secular español y nuevo doctor de la Iglesia universal, escribía a los sacerdotes: “Lo que se os puede decir, hermanos, es que si sois clérigos, habéis de vivir, hablar y tratar y conversar, de tal manera que provoquéis a otros a servir a Dios” (San Juan de Ávila, Plática 6). Así el testimonio alegre será fuente de nuevas vocaciones al sacerdocio y la pastoral vocacional se convertirá en preocupación por dejar sucesores.

Valor del Seminario Menor. “Como demuestra una larga experiencia, la vocación sacerdotal tiene, con frecuencia, un primer momento de manifestación en los años de la preadolescencia o en los primerísimo años de la juventud. La Iglesia, con la institución de los seminarios menores, toma bajo su especial cuidado, discerniendo y acompañando, estos brotes de vocación sembrados en los corazones de los muchachos” (PDV 63). Cuando hablamos de “brotes”, “gérmenes”, “semillas”, aplicados a la vocación, no nos referimos a una realidad ya plena, sino que es una realidad en proceso, que exige crecimiento y necesita cuidado, acompañamiento y formación, pues vivida a la intemperie, difícilmente podrá desarrollarse.

Para ello, nuestra diócesis de Zaragoza junto con las diócesis de Aragón propone como lugar idóneo para acompañar esa semilla el Seminario Menor Metropolitano de San Valero y San Braulio, que es una comunidad educativa diocesana erigida según las normas de la Santa Sede para cultivar los gérmenes de vocación sacerdotal de quienes, en edad temprana, presentan indicios de esta vocación y se inclinan por el sacerdocio diocesano secular.

Encomendamos el cuidado de nuestros seminaristas mayores y menores al patriarca san José, que cuidó en Nazaret de Jesús, que “iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52).

Con mi afecto y bendición,

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