Ama a Dios. Ama al hermano

celso morga escudo

Carta pastoral de
Mons. D. CELSO MORGA IRUZUBIETA
Arzobispo metropolitano de Mérida-Badajoz
en el año dedicado a la Caridad

AMA A DIOS. AMA AL HERMANO

INTRODUCCIÓN

En este curso, dedicado a la caridad en nuestra Diócesis, extraigo este párrafo de mis hermanos en el episcopado de la CEE, que creo expresan cuanto deseo exponeros en esta carta: «La Iglesia existe para evangelizar, nuestra misión es hacer presente la buena noticia del amor de Dios manifestado en Cristo; estamos llamados a ser un signo en medio del mundo de ese amor divino. El servicio caritativo y social expresa el amor de Dios; es evangelizador, y muestra de la fraternidad entre los hombres, base de la convivencia cívica y fuerza motriz de un verdadero desarrollo. Si Dios es amor, el lenguaje que mejor evangeliza es el del amor. Y el medio más eficaz de llevar a cabo esta tarea en el ámbito social es, en primer lugar, el testimonio de nuestra vida, sin olvidar el anuncio explícito de Jesucristo» (CEE, Iglesia, servidora de los pobres, 41).

Pretendo presentaros esta buena noticia del amor de Dios, deseando que tanto nuestras comunidades como cada uno personalmente seamos signos de este amor de Dios en nuestras relaciones personales y sociales, en nuestros ambientes cercanos, en nuestros pueblos y ciudades y, cómo no, en las realidades más lejanas y necesitadas.

A la luz de la encíclica del Papa Benedicto XVI Deus caritas est, y de la exhortación apostólica del Papa Francisco, Evangelii Gaudium, así como del documento de los obispos españoles Iglesia, servidora de los pobres, y de las aportaciones de nuestra Cáritas Diocesana, quiero trasmitiros cómo el lenguaje que más evangeliza es el amor, y cómo este amor ha de ser organizado en nuestras comunidades para hacerlo eficaz en nuestro servicio a los más pobres, como nos dice el Papa Benedicto XVI.

La carta está estructurada en cuatro partes. La primera se centra en el amor que Dios nos tiene («Dios es Amor»), fundamento de nuestro ser y de toda nuestra vida. La segunda, la respuesta que hemos de dar al amor de Dios, amándole a Él y amando a nuestros hermanos. En la tercera parte desarrollo más brevemente cómo este amor, esta caridad, necesita ser organizada como una de las partes fundamentales de la tria munera de la Iglesia. Y la cuarta la dedico a Cáritas, con los retos que se nos presentan para nuestra Archidiócesis y nuestras comunidades parroquiales y reconociendo agradecidamente el servicio que tantos voluntarios y trabajadores están realizando.

He querido enviaros esta carta al inicio de la Cuaresma, para que en este tiempo acojamos la llamada a la conversión al Dios Amor, que nos invita a vivir en el amor y la compasión como nos dice el Papa Francisco en el mensaje cuaresmal de este año: «Poner el Misterio pascual en el centro de la vida significa sentir compasión por las llagas de Cristo crucificado presentes en las numerosas víctimas inocentes de las guerras, de los abusos contra la vida tanto del no nacido como del anciano, de las múltiples formas de violencia, de los desastres medioambientales, de la distribución injusta de los bienes de la tierra, de la trata de personas en todas sus formas y de la sed desenfrenada de ganancias, que es una forma de idolatría».

  1. DIOS NOS AMA PORQUE ÉL ES AMOR

«En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,10).

Me gustaría tener palabras profundas que llegaran a vuestro corazón a la hora de hablaros del amor de Dios, palabras que os invitaran a la contemplación y a la adoración, siguiendo la gran encíclica del Papa Benedicto XVI Deus caritas est (Dios es amor).

En su encíclica, el Papa emérito nos recordaba lo más nuclear, decisivo y original de la fe cristiana: Dios es Amor, en sí mismo y para nosotros. El Papa volvía a lo absolutamente esencial y primario de toda la revelación: Dios es Amor, y se nos manifiesta como Amor. La revelación no intenta decirnos lo que Dios es en sí mismo, sino lo que Él es para nosotros. Al decir que «Dios es Amor» (1 Jn 4, 16), queremos afirmar simplemente que Dios nos ama. Y que el amor es la única razón y el motivo único de toda su actuación con respecto a nosotros. Claro está que, al manifestarnos lo que Dios es para nosotros, nos dice también, y al mismo tiempo, lo que Dios es en sí mismo. Su comportamiento con nosotros revela, de hecho, su verdadera identidad.

«Dios es amor, y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). «Estas palabras —como dice Benedicto XVI— expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino» (DCE 1).

Ese es el hecho primario y más fundamental. Todo parte de ahí y todo encuentra ahí su última razón de ser. Existimos porque somos amados. ¡Vivo porque me han regalado la vida. No la he merecido ni he tenido que esforzarme por recibirla, sino que me la han dado gratuitamente! Dios nos conserva en el ser por amor, nos elige y nos llama en Cristo por amor. El hecho de ser amados constituye la raíz viva de todo lo demás, porque todo brota lógicamente de ella y de ella recibe su savia vivificadora. Como afirma el Concilio Vaticano II, «el hombre existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador» (GS 19). No hay más Dios que el Dios que ama, y no hay más hombre auténtico que el que se sitúa en ese Amor y permanece en él como en una morada de donde saca fuerza, vida y sentido.

1.1. La expresión máxima del amor de Dios es Jesucristo

La máxima expresión del amor que Dios es y del amor que Dios nos tiene se llama Jesucristo. Él es la manifestación suprema, la epifanía y la demostración definitiva de que Dios es amor y nos ama. «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 9-10). «Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo único» (Jn 3, 16). «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rom 5, 8).

Jesús nos revela a Dios en su más genuina identidad, en su verdad más profunda, en su plena autenticidad, que es la misericordia: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre» (Papa Francisco, Misericordiae vultus, 1). El amor de Dios «se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su Persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión» (Misericordiae vultus, 8).

El Evangelio es la Buena Noticia de la ternura porque en él Jesús se nos revela como la compasión de Dios hecha carne, gesto, caricia, relación, que no se impone, sino que se expone a la acogida y a la libertad humana, que no suple lo humano, sino que cuenta con ello. Una ternura que no está reñida con la indignación y el sentido crítico, como cuando nos urge a ser astutos como serpientes y sencillos como palomas (Mt 10,16), o cuando nos urge a amar a los enemigos (Mt 5,42-43). Una ternura que se nos revela en un Jesús que llora de amor por el amigo perdido (Jn 11,1-45) o de impotencia ante la dureza de corazón de una ciudad que es el símbolo del poder y la ortodoxia implacable (Lc 19,41-48). La ternura y la compasión configuran la vida y la misión de Jesús.

Así es el Dios Amor que nos revela Jesús y así nos ama Dios. Él nos ama porque Él es el Amor, y es muy digno del amor amar. El amor de Dios no supone, sino que crea en nosotros la bondad y la belleza. Su mirada nos hace buenos y gratos a sus ojos, porque imprime en nosotros la imagen del Hijo de sus complacencias. Por eso, conocer de verdad a Cristo y creer en Él es conocer verdaderamente a Dios y creer en su Amor. «Nosotros —confiesa Juan— hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4, 16).

¡Cuánta alabanza y agradecimiento hemos de tener a Dios porque si lo amamos es porque primero hemos sido amados por Él! Lo primero de todo es que somos amados. Dios tomó la iniciativa para amarnos, Él siempre toma la iniciativa. «En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó». La iniciativa no es nuestra, sino suya.

1.2. El amor de Dios derramado en nuestros corazones: El Espíritu de Dios

Jesús «vio rasgarse el cielo» y experimentó que «el Espíritu de Dios bajaba sobre él». El Espíritu le unge para que anuncie la Buena Noticia a los pobres y vaya por el mundo ofreciendo vida y esperanza (cf. Lc 4,16-22). Por eso Jesús se dedica a anunciar la Buena Nueva del Evangelio, perdona a los pecadores, cura a los enfermos y hace que la vida sea más humana.

Tanto ama el Padre al mundo que le da a su Hijo y, por el Hijo se da a sí mismo en el Espíritu, que es el que nos incorpora a la vida de Dios. El Espíritu de Jesús nos enseña desde nuestro interior lo que es ser hijos de modo semejante a como lo es el Hijo eterno: «Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de Hijo que clama: ¡Abba! (Padre). Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios» (Gal 4,6-7).

Benedicto XVI nos dirá que «el Espíritu es esa potencia interior que armoniza su corazón con el corazón de Cristo y los mueve a amar a los hermanos como Él los ha amado, cuando se ha puesto a lavar los pies de sus discípulos (cf. Jn 13, 1-13) y, sobre todo, cuando ha entregado su vida por todos (cf. Jn 13, 1; 15, 13). El Espíritu es también la fuerza que transforma el corazón de la Comunidad eclesial para que sea en el mundo testigo del amor del Padre, que quiere hacer de la humanidad, en su Hijo, una sola familia. Toda la actividad de la Iglesia es una expresión de un amor que busca el bien integral del ser humano: busca su evangelización mediante la Palabra y los Sacramentos, empresa tantas veces heroica en su realización histórica; y busca su promoción en los diversos ámbitos de la actividad humana. Por tanto, el amor es el servicio que presta la Iglesia para atender constantemente los sufrimientos y las necesidades, incluso materiales, de los hombres» (DCE 19).

Dejemos que el Espíritu de Dios produzca en nosotros ese «nuevo nacimiento» (Jn. 3,3.5.7.), que nos capacite para vivir en el amor generoso y gratuito que procede de Dios mismo y es semejante al de Dios. El amor supone el don del Espíritu, supone la unión con Dios. Fruto del Espíritu es el amor, el gozo, la paz… (Gal 5,22).

1.3. ¿Cómo nos ama Dios?

Dios nos ama a nosotros «por nosotros mismos», buscando sólo nuestro bien. El Concilio Vaticano II afirma que la persona humana es la única criatura terrestre «a la que Dios ama por razón de ella misma» (GS 24). Dios nos ama a nosotros porque somos nosotros. Y somos nosotros porque nos ama, ya que su amor nos crea y nos recrea primero (Cf. 1 Jn 4, 10.19). El amor de Dios no pone condiciones, su misericordia nos desborda. Ni la magnitud de nuestras necesidades, la oscuridad de nuestro pasado, la reincidencia de nuestras debilidades, o las escasas expectativas de un futuro sensiblemente más fiel por nuestra parte, detienen a Dios. Él ofrece siempre una nueva oportunidad. Sólo le detiene un obstáculo: el endurecimiento de nuestro corazón. No es que Dios desista de salvarlo. Él sigue cavando en torno a la higuera estéril y esperando que dé fruto (cf. Lc 7,6-9). Pero no fuerza nunca por fuera una puerta que se le cierra por dentro. Invita de nuevo, discretamente, a través de mil mensajes contenidos en nuestra vida cotidiana.

Dios nos ama gratuitamente. La esencia de la gratuidad es «dar sin esperar nada como contrapartida». Así ha sido la acción de Dios en nuestro favor: gratuita, de balde, sin mirar de reojo, como si su alegría fuese sólo dar sin esperar. Por eso, la gratuidad es la misma esencia del cristianismo. Todo lo que nos llega de Dios lleva el sello de lo no merecido, ni ganado, sino de lo regalado y de lo gratuito. Lo expresó muy bien san Bernardo: «El amor se basta por sí mismo, agrada por sí mismo y por su causa. Él es su propio mérito y su premio. El amor excluye todo otro motivo y otro fruto que no sea él mismo. Su fruto es su experiencia. Amo porque amo; amo para amar» (Sermón 83, 4-6).

Dios nos ama personalmente, todo lo que de Él procede es amor. Dios ama a todos y a cada uno de manera personal, se dirige a cada uno, a cada una, de tú a tú. Para Dios, cada persona es única, Él nos ama y quiere lo mejor para nosotros. El amor de Dios se manifiesta en su creación, crea al ser humano por amor y desea que vivamos eternamente junto a Él. Dios nos conoce a cada uno y nos llama por el nombre: «No temas te he llamado por tu nombre, tú eres mío, eres precioso a mis ojos, eres estimado y yo te amo. No temas que yo estoy contigo» (Is 43,1-5). Podemos dudar de muchas cosas, comenzando por nosotros mismos. Pero, honradamente, no podemos dudar de ser amados por el Amor. Dios ama a cada persona en particular y la ama por ella misma y para ella misma, aunque siempre en relación con las demás personas. Su amor nunca separa ni aísla. Su amor une y congrega siempre; crea siempre lazos, crea verdadera comunidad. Es la mística de vivir juntos (cf. EG, 87).

Dios nos ama con amor firme y estable de Padre. «Los montes se moverán y las colinas se moverán, pero mi amor de tu lado no se apartará y mi alianza de paz no se moverá, dice el Señor que tiene compasión de ti» (Is 54,10). «En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Conocemos estas parábolas, tres en particular: la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la del padre y los dos hijos (cf. Lc 15,1-32). En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón» (Misericordiae vultus, 9).

Dios es esposo y padre de su pueblo. No se cansa de esperar y buscar a su esposa extraviada con otros amantes: «Voy a volver a enamorarla. La llevaré al desierto y le hablaré al corazón… Ella me responderá como en los días de su juventud… Te desposaré conmigo para siempre en justicia y en derecho, en amor y en ternura. Te desposaré en fidelidad y tú reconocerás al Señor» (Os 2,16-22). Dios nos ama con amor tierno e incondicional, como el de una madre. Nos ama y acepta tal como somos, con cualidades y defectos. La ternura y fidelidad de Dios están arraigadas en la condición misma de Dios: Dios no nos juzga y nos perdona. El amor de Dios, como el de una madre, es incondicional. «¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque esas llegasen a olvidar, Yo no te olvido» (Is 49,15-16). «La misericordia no es contraria a la justicia, sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer» (Miricordiae vultus, 21).

1.4. Un mensaje que nos envuelve en la esperanza

En esta sociedad en la que estamos interconectados, pero no vinculados, en la que el individualismo se va afianzando entre nosotros, en una sociedad en la que nos encontramos con tantas personas que experimentan que no son amadas, personas a las que se les valora no por lo que son, sino por lo que tienen (dinero, títulos, poder…), este mensaje es tan esperanzador: ¡Dios nos ama! No solamente que nos ama, sino que ¡me ama! ¡Él a mí! ¡Dios a mí! Este mensaje nos envuelve en la esperanza, porque sé que Dios me ama. Por más insignificante que yo sea a los ojos de los demás y a mis propios ojos, soy objeto de su amor. El amor de Dios es la roca firme en la que apoyamos nuestra esperanza.

Todo este mensaje nos llena de gozo. Ser alguien para alguien y, en definitiva, ser y saberse amado de verdad con amor estrictamente personal, es una experiencia no sólo gozosa, sino también creadora de autenticidad, porque es principio activo de autorrealización. Y esto vale, sobre todo, cuando ese Alguien se escribe con mayúscula, porque sólo Él es capaz de colmar infinitamente los infinitos anhelos del corazón humano. Benedicto XVI ha recordado: «El amor de Dios por nosotros es una cuestión fundamental para la vida» (DCE 1).

Pero este amor requiere ser recibido, abrir las puertas al Amado, porque el amor no se impone. El amor se ofrece. Pertenece a la dignidad misma del amor que no se imponga. Y pertenece a esa misma dignidad y a su nobleza el que la persona haga el gesto de abrirse a ese amor, de acogerlo libremente, de creer y de consentir activamente en él. Por eso, el amor es lo más fuerte y, al mismo tiempo, lo más débil del universo. Lo más fuerte, porque se está ofreciendo permanentemente, sin posible cansancio, porque nunca se decepciona ni se bate nunca en retirada, porque es siempre fiel, ya que es enteramente gratuito y no busca una respuesta, aunque siempre la espera. Y el amor es también lo más débil, porque nunca emplea la fuerza para imponerse, nunca violenta la vida de nadie, y es pura y paciente esperanza.

Lo que Dios nos pide es que creamos en su Amor, que nos dejemos amar por Él. ¡Dejaos amar por Él!, abrid vuestro corazón a Él, dedicad tiempo a la adoración de Dios, contemplad y saboread su amor. Se necesitan esos tiempos largos de oración y de reflexión para poder ser consciente de ese amor tan gratuito de Dios, para poder ver en la misma vida cotidiana cómo siempre nos está ofreciendo su amor a través de las personas y de los mismos acontecimientos.

Termino este apartado recordando aquello que ya nos decía Benedicto XVI: «Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (DCE 1). Os invito a una praxis pastoral que se centre en el acontecimiento del encuentro personal con Jesucristo, y os pido a los sacerdotes y agentes de pastoral que no dejéis de transmitir este mensaje tan lleno de vida y esperanza.

  1. AMA A DIOS Y AMA AL HERMANO

«El que no ama; no ha conocido a Dios; porque Dios es amor» (1 Jn 4,8).

Al fariseo que le pregunta a Jesús cuál es el mandamiento principal de la Ley, Jesús le contesta, remitiéndose al Antiguo Testamento (Dt 6, 5 y Lev 19, 18): «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primer mandamiento y el más importante. El segundo es semejante a este: Amarás al prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se basa toda la ley y los profetas» (Mt 22,37-40). No son dos mandamientos, sino uno solo.

La Revelación de Jesús es un mensaje triple y único: a) Dios es amor; b) Amarás a Dios; c) Amarás al prójimo. Y las tres afirmaciones, en el fondo, son la misma. El amor al prójimo es mediación y expresión del amor a Dios. El amor a Dios y el amor al prójimo representan dos caras de la misma moneda. El amor a Dios es fuente y horizonte último del amor al prójimo. El que ama al prójimo ama siempre a Dios; el que ama a Dios no puede no amar al prójimo.

Cuando realmente se ama, es lo mismo que se ame al prójimo «por Dios» o que se ame a Dios «por el prójimo».

2.1. Ama a Dios

El amor a Dios no se basa en la admiración, en el reconocimiento de su majestad… El amor a Dios es una respuesta: Amo a Dios porque me siento querido por Él. Ahí está la raíz del «mandamiento» y la esencia de la Buena Noticia. En el fondo, la Buena Noticia no es más que esto: «Dios te quiere, como te quiere tu madre, pero en infinito». «Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder también con el amor. Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este “antes” de Dios puede nacer también en nosotros el amor como respuesta» (DCE 17).

El amor que gratuitamente recibimos, y que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones (cf. Rom 8, 5), crea en nosotros no sólo la doble certeza de ser amados y de poder amar con ese mismo amor, sino también la capacidad real y la apremiante urgencia de amar a Dios y a los hombres, al Padre y a los hermanos.

El hecho de ser amados, de saber que somos amados y de dejarnos amar, consintiendo activamente en ese amor, es fuente viva y principio eficaz y, también, la mejor pedagogía para aprender a amar. «Puesto que es Dios quien nos ha amado primero, ahora el amor ya no es sólo un “mandamiento” —como afirma Benedicto XVI—, sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro» (DCE 1). «El mandamiento del amor es posible sólo porque no es una mera exigencia: el amor puede ser mandado porque antes es dado» (DCE 14).

El experimentar que soy amado es una experiencia interior, no un conocimiento intelectual. La conversión no es un cambio de ideas, una decisión tomada por cálculo. La conversión es la consecuencia de un profundo sentimiento: sentirse querido por Dios cambia la vida, cambia el corazón. Ese cambio es la conversión, que provoca en nosotros la actitud (no solo el sentimiento) de amar.

Y amo a Dios abriéndole mi corazón, acogiendo su Palabra, adorándole, haciendo que Él sea mi único Dios, discerniendo su voluntad para llevarla a cabo en mi vida. Le amo cuando celebro con gozo los sacramentos y mantengo tiempos y espacios para dialogar con él íntimamente. Amar a Dios requiere degustarle, escucharle, estar en silencio ante Él y orar en lo escondido. El que adopta esta actitud de amor y confianza ante Dios, no ora, como expresan los obispos españoles (cf. CEE, Dios es amor, 45), con un sentido utilitarista, sólo para conseguir cosas. La oración cristiana es antes que nada alabanza de la inmensa bondad de Dios, es descubrimiento de su infinita misericordia y es, por eso, conversión a Él.

Quien ama a Dios cumple sus mandamientos (1 Jn 5,2b), hace lo que es agradable delante de Él; vive como hijo, confiando en Él (cf. Mt 6,23-34), dejando en las manos de Dios su futuro, fundamentando toda la existencia en Él. El amor a Dios le lleva a despreocuparse de sí mismo, ocupándose y desviviéndose por lo único necesario: el Reino de Dios (cf. Lc 17,7; Mt 6,33). Esta confianza y despreocupación traspasa de tal manera el ser de la persona que llega a rechazar la instrumentalización de Dios para sus fines (cf. tentaciones de Jesús en el desierto: Mt 4,5-7), pues un Dios que se dejase instrumentalizar sería, en el fondo, un Dios paternalista, más aún, una proyección de la necesidad de falsa seguridad y de éxito egoísta del hombre. Por eso, el amor a Dios exige entrega, abandono, sacrificio, obediencia (cf. Heb 5,7-9) con la certeza de su amor infinito y absoluto por nosotros, a pesar de que las apariencias parecen decir justamente lo contrario. Se trata de hacer vida en cada creyente la «teología del abba» (Mc 14,36).

Necesitamos tener experiencia de Dios, de ser amados y de amar a Dios, quizá sea uno de los retos más importantes que tenemos en estos momentos en nuestras comunidades. Y la experiencia de Dios no consiste en actos aislados: fogonazos de certeza que invaden la conciencia del creyente, efusión de afectos y sentimientos que puedan inundarlo en un momento determinado. Tales actos pueden ocurrir y ocurrirán de ordinario en las personas que progresan en la realización de su adhesión y consentimiento al Misterio de Amor, como vivencias momentáneas y esporádicas de cada adhesión de la persona. Pero la experiencia de Dios es más bien el resultado del recorrido al saberme amado por Dios, itinerario que recorre el hombre cuando, consintiendo a su origen, encarna en su vida ese consentimiento y adquiere la sintonía, la familiaridad del propio Dios y con Dios, que le permiten descubrirlo en todas las realidades del mundo, en todos los acontecimientos de la historia y en todas las experiencias de la propia vida. La experiencia de un Dios uno y trino, que es unidad y comunión inseparable, nos permite superar el egoísmo para encontrarnos plenamente en el servicio al otro.

2.2. Ama a tu hermano

«Quien dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano es un mentiroso» (1 Jn 4,20).

El amor de Dios es el fundamento del amor interhumano. «Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este “antes” de Dios puede nacer también en nosotros el amor como respuesta» (DCE 17). Esta conexión de «Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza» (Dt 6,5) y de «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lev 19,18) aparece en Mc 12, 29-31 y paralelos.

Sólo desde la certeza inviolable y desde la gozosa experiencia de ser amados por Dios, podemos nosotros amar de verdad. Y amar con el mismo amor que recibimos, con el mismo amor —gratuito, personal y entrañable— con que somos amados. Ser amados por Cristo —realización y expresión máxima del amor de Dios a nosotros— nos capacita para amar y nos urge a amar «como Él ama». Benedicto XVI lo ha subrayado al afirmar que «el cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo y movido por este amor —caritas Christi urget nos (2 Co 5,14)—, está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo. Esta actitud nace ante todo de la conciencia de que el Señor nos ama, nos perdona, incluso nos sirve, se inclina a lavar los pies de los apóstoles y se entrega a sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad al amor de Dios» (Mensaje Cuaresmal 2013).

La razón de la caridad fraterna se sitúa para Juan en el ámbito de la paternidad de Dios y de la filiación del cristiano: «Y tenemos de Él (de Dios) este mandamiento: que el que ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4,21). El amor se convierte en signo y prueba de fe (1 Jn 3,10; 4,7ss). Sin amor al prójimo no existe relación con Dios. La observancia de los mandamientos consiste en amar (cf. 1 Jn 14,23 ss).

Jesús presentará a sus discípulos como dos criterios centrales que no podemos olvidar: «amar al prójimo como a uno mismo» (Mc 12, 31) y «amaros los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12), que a su vez remite a «como el Padre me amó» (Jn 15, 9).

El que ama, no elige al prójimo. Se hace prójimo, como lo hizo el buen samaritano. Basta que veas a una persona en la enfermedad, en la exclusión o el dolor para suprimir la distancia. Estoy llamado a hacerme cercano, hacerme ver, hacerme presente, ponerme a su disposición. El otro ha de percibir: «estoy aquí, puedes contar conmigo». Pero ese «contar conmigo» no significa solamente hacer cosas para él, sino ayudarle a que las haga él mismo, ayudarle a descubrir sus dones y capacidades, a que sea responsable de su vida y a que comprenda el sentido que tiene, en la medida que sea capaz.

El amor ha de llevarnos, dice el Papa Francisco, a la mística de vivir juntos: «Sentimos el desafío de descubrir y transmitir la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de tomarnos de los brazos, de apoyarnos, de participar de esa marea algo caótica que puede convertirse en una verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación… Salir de sí mismo para unirse a otros hace bien. Encerrarse en sí mismo es probar el amargo veneno de la inmanencia, y la humanidad saldrá perdiendo con cada opción egoísta que hagamos» (EG 87).

En esta mística de vivir junto he de ser yo quien se acerca al otro venciendo la resistencia y las repugnancias de todo género. Hemos de romper las barreras de las ideologías, de los gustos, de las afinidades, de las venganzas y de los prejuicios. Amar al prójimo quiere decir, precisamente, abolir las distancias que puedan separarme de él.

El amor nos hace amar lo «no amable», y ama más allá de ser amado por el otro: «si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?». Es necesario mirar para hacer el bien siempre y en todos. Por eso, Jesús dirá: «Cuanto queráis que hagan con vosotros, hacedlo vosotros primero»» (Mt 7,12). El amor se extiende también al enemigo (cf. Lc 6, 27,36). El mandato de Jesús incluye amar a aquellos que no buscan nuestro bien, es decir, gente que desea que el mal recaiga sobre nuestras vidas, e incluso gente que busca cada oportunidad para ponernos la zancadilla; enemigos son los que hablan mal de nosotros, que nos calumnian y nos tratan mal, aquellos que nos han herido o hieren en la vida. Por eso, este amor al enemigo llega a constituir el aspecto más genuino de la propuesta evangélica, que nos descubre cómo el amor de Dios, que Él nos ofrece para ser acogido en nuestro corazón y para ser realizado desde nuestra libertad, supera toda lógica que llamamos humana.

Y el amor nos lleva también a la búsqueda del bien común: es un amor social, que no ha de ser entendido solamente como una mera disposición favorable hacia los demás. Más que predisposición, es acción por el bien ajeno. Implica interés, compromiso y responsabilidad por las personas concretas y por las condiciones en que esas personas viven. Es un concepto que aúna amor y justicia: «La caridad que ama y sirve a la persona no puede jamás ser separada de la justicia: una y otra, cada una a su modo, exigen el efectivo reconocimiento pleno de los derechos de la persona, a la que está ordenada la sociedad con todas sus estructuras e instituciones» (San Juan Pablo II, ChL, 42).

Deseo que en este curso llevemos a cabo un discernimiento personal y comunitario para ver cómo es nuestro amor, cómo vivimos la fraternidad y la comunión, cómo nos hacemos prójimos de los otros, para llevar a cabo el mandamiento de Jesús: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así también os améis vosotros los unos a los otros» (Jn 13,34). Jesús ha manifestado su amor con el gesto simbólico del lavatorio de los pies (Jn 13,1-17) y lo mostrará sobre todo con su muerte por nosotros (Jn 15,13; 1 Jn 3,16). Que nuestro amor misericordioso, como el del Padre (cf. Lc 6,36) se manifieste no sólo en sentimientos y palabras, sino en hechos: «La fe sin obras está muerta» (St 2,17).

«La fe actúa por el amor» (Gál 5,6), un amor afectivo y efectivo, un amor tierno y compasivo, un amor acogedor y hospitalario; un amor incondicional y personal; un amor que toma la iniciativa para ir al otro, acercarse a las periferias existenciales; un amor que busca lo mejor para el otro, que sale de sí mismo y se da sin reservas, especialmente a los más vulnerables y excluidos. Es un amor que se abaja, que no mira desde arriba, trata al otro de amigo a amigo.

A vosotros, queridos sacerdotes, os aliento a vivir la caridad pastoral, que es como ya nos decía el santo Papa Juan Pablo II: «el principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero en cuanto configurado con Cristo Cabeza y Pastor es la caridad pastoral, participación de la misma caridad pastoral de Jesucristo: don gratuito del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, deber y llamada a la respuesta libre y responsable del presbítero… La caridad pastoral es aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y en su servicio. No es sólo aquello que hacemos, sino la donación de nosotros mismos lo que muestra el amor de Cristo por su grey. La caridad pastoral determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo de comportarnos con la gente. Y resulta particularmente exigente para nosotros» (PDV 23).

2.3. Ama y sirve al enfermo

Muy encarecidamente os invito a amar y servir tiernamente a los enfermos. La pastoral de la salud, que hemos de llevar a cabo en todas nuestras parroquias, tiene como objetivo prolongar la acción de Jesús con los enfermos, como expresión de la ternura de Dios hacia quien sufre. Los agentes sanitarios cristianos deben convertirse en una caricia de Dios para sus hermanos enfermos, decía Benedicto XVI.

Esta atención a los enfermos forma parte del mandato de Jesús a su Iglesia y a sus seguidores: «Los envió a proclamar el reinado de Dios y a curar a los enfermos» (Lc 9, 2). Toda la comunidad, y en su nombre la Delegación y los equipos de la pastoral de la salud, ha de tener como objetivo principal el de visitar, acompañar, escuchar y ayudar a las personas enfermas, ancianas o limitadas que viven en la comunidad parroquial, bien se encuentren en los hospitales, residencias, o en sus casas particulares.

Hay que acompañarlos y acercarse a ellos con profundo respeto y alegría, en actitud de servicio, con autenticidad, de forma desinteresada y gratuita, con gestos más que con palabras… Hay que ayudarlos a vivir la esperanza cristiana, caminando con ellos y sus familias en sus sufrimientos, sus angustias, sus esperanzas, sus rechazos y sus dolores.

Os agradezco sinceramente el servicio que estáis realizando tantas personas en las comunidades parroquiales, en los hospitales, en las residencias de mayores y en otras instituciones, porque sois el espejo de una Iglesia misericordiosa, sois promotores de salud y de esperanza, sois signos de salvación para sanos y enfermos.

2.4. Ama al pobre y al excluido

En una realidad como la de nuestra región extremeña, con unos índices muy altos de pobreza y de paro, con unos pueblos que progresivamente se van quedando vacíos, con grandes problemas para la gente de nuestros campos, a los que me quiero unir muy especialmente a través de esta carta, y para los jóvenes con futuro incierto, así como la situación de abandono de nuestros barrios marginales, de los migrantes y refugiados, tenemos que recordar y hacer hincapié que el Dios del amor misericordioso (cf. Os 11,9; Is 63, 16; Jer 31,29) aparece en la Biblia realizando justicia a los oprimidos: Él hace justicia a los pobres (cf. Ex 6,6-7; Jer 9,23; Os 10,12). El clamor de los pobres, de la muchedumbre de humillados y oprimidos llega a sus entrañas. El «clamor de los oprimidos» y Yahvé como «el que escucha» ese clamor, atraviesa toda la Biblia: las tradiciones históricas, la predicación de los profetas y, especialmente, la oración de los Salmos.

Dios toma partido por los pobres, nos dice el Papa Francisco. Por eso, el «pobre es una categoría teológica» (Evangelii Gaudium, 198), es presencia viviente de Cristo. Francisco pronunciará aquella frase que definirá su pontificado: «¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!», significando con ella que no estamos ante una opción facultativa entre tantas otras posibles, sino ante una opción fundamental en la vida del cristiano y de la Iglesia en su conjunto, pues la falta de solidaridad para con el pobre «afecta directamente a nuestra relación con Dios» (EG 187).

Hemos de poner nuestra mirada en Jesús, el Buen Samaritano, que sabe que el Reino de Dios está presente entre los pobres y necesitados del camino. Él ha salido a buscar a los pecadores, a los perdidos de la tierra, a los pobres y excluidos. Él proclama la llegada inminente del Reinado de Dios como Buena Noticia de salvación para los pobres y pecadores: manifiesta su amor a los pobres con palabras y con hechos: «Los ciegos ven, los cojos andan…» (Mt 11,5).

Los pobres son la presencia del Dios viviente en nuestras vidas: «Lo que hagáis con uno de estos hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). En el rostro de los pobres, excluidos y marginados se encuentra el rostro del «varón de dolores, despreciado y desestimado…» (Is 52,13- 53,12), es decir, del Siervo de Yahvé. Lo que hagamos por cualquiera de ellos lo estamos haciendo por el mismo Jesús (cf. Mt 25,31-45). Es en los pobres donde Dios nos llama de forma apremiante a hacernos próximos, mostrarles nuestra cercanía real y cordial, valorarles en su bondad propia y en su modo de vivir la fe, reconocer su belleza, que está más allá de su apariencia, no utilizarles para nuestros intereses personales o políticos, y acompañarlos en su proceso de liberación luchando también por su dignidad negada.

Las causas generadoras de la pobreza no han de limitar nuestro amor solo a las relaciones interhumanas, ni quedarse solamente en una ética individualista, que ya criticaba el Concilio Vaticano II: «La profunda y rápida transformación de la vida exige con suma urgencia que no haya nadie que, por despreocupación frente a la realidad o por pura inercia, se conforme con una ética meramente individualista. El deber de justicia y caridad se cumple cada vez más contribuyendo cada uno al bien común según la propia capacidad y la necesidad ajena, promoviendo y ayudando a las instituciones, así públicas como privadas, que sirven para mejorar las condiciones de vida del hombre» (GS 30).

Tenemos «el reto de ejercer una caridad más profética. No podemos callar cuando no se reconocen ni respetan los derechos de las personas, cuando se permite que los seres humanos no vivan con la dignidad que merecen. Debemos elevar el nivel de exigencia moral en nuestra sociedad y no resignarnos a considerar normal lo inmoral. Porque la actividad económica y política tienen requerimientos éticos ineludibles, los deberes no afectan sólo a la vida privada. La caridad social nos urge a buscar propuestas alternativas al actual modo de producir, de consumir y de vivir, con el fin de instaurar una economía más humana en un mundo más fraterno» (CEE. Iglesia, servidora de los pobres, 45).

Así entendido, el compromiso con el otro afecta a cada persona en su realidad vital, asumiendo intentar transformar las estructuras sociales de pecado, en estructuras de gracia: «¡Dadles vosotros de comer! (Mc 6,37) implica tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y promover el desarrollo integral de los pobres, como los gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontremos» (EG 188).

Por eso, debemos tener en cuenta que «nuestra caridad no puede ser meramente paliativa, debe de ser preventiva, curativa y propositiva. La voz del Señor nos llama a orientar toda nuestra vida y nuestra acción “desde la realidad transformadora del Reino de Dios”. Esto implica que el amor a quienes ven vulnerada su vida, en cualquiera de sus dimensiones, “requiere que socorramos las necesidades más urgentes, al mismo tiempo que colaboramos con otros organismos e instituciones para organizar estructuras más justas”» (CEE, Iglesia, servidora de los pobres, 42).

Y no olvidemos, como dice el Papa Francisco (cf. Evangelii Gaudium, 200), que los pobres también están necesitados de nuestra solicitud espiritual. Comprobamos con dolor que «la peor discriminación que sufren es la falta de atención espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe; necesitan a Dios y no podemos dejar de ofrecerles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de los Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe. La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria».

2.5. El amor a la casa común

Estamos llamados a vivir en comunión con todo lo creado. El Papa Francisco nos recuerda en la Encíclica Laudato siAlabado seas, mi Señor») «que nuestro cometido dentro de la creación, así como sus deberes con la naturaleza y el Creador, forman parte de la fe» (n. 64). «Nuestra casa común es también como una hermana con la que compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos».

Nuestra tierra, «maltratada y saqueada», clama y sus gemidos se unen a los de todos los abandonados del mundo (Cf. LS 2). El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos. Por eso, el Papa nos llama a todos —individuos, familias, colectivos locales, gobiernos…— a una «conversión ecológica», es decir, a cambiar de ruta asumiendo la urgencia del desafío por el cuidado de la «casa común».

Hemos de volver a recordar, como nos dice el Papa, las enseñanzas bíblicas del libro del Génesis, que «contienen, en su lenguaje simbólico y narrativo, profundas enseñanzas sobre la existencia humana y su realidad histórica. Estas narraciones sugieren que la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra. Según la Biblia, las tres relaciones vitales se han roto, no sólo externamente, sino también dentro de nosotros. Esta ruptura es el pecado. La armonía entre el Creador, la humanidad y todo lo creado fue destruida por haber pretendido ocupar el lugar de Dios, negándonos a reconocernos como criaturas limitadas» (LS 66).

En nuestra vida personal y comunitaria busquemos la armonía con Dios, con los otros, con la tierra y con todo lo creado. Cuidemos el medio ambiente, y aseguremos una mejor calidad de vida, cambiemos nuestros estilos de vida, planteémonos cómo llevar a cabo un consumo austero y razonable, eduquémonos en hábitos que conduzcan al respeto y cuidado de la casa común, defendamos las políticas que inciden en un desarrollo sostenible, reflexionemos sobre el sentido de la economía y su finalidad, busquemos una «ciudadanía ecológica», potenciemos las redes comunitarias, y todo ello a través de una «conversión ecológica», como nos plantea el Papa (cf. LS 216-221).

Vivimos en esta hermosa tierra extremeña —tal vez aún por descubrir para muchos de los que hace tiempo la habitamos—, cuya variedad de contrastes impacta y asombra a todo foráneo que la descubre. De Plasencia a Monesterio; de Badajoz a Guadalupe, el paisaje se transforma y los cambios estacionales ofrecen una paleta de colores que cualquier artista envidia para materializar su insondable hermosura como ya lo hicieron Zurbarán y tantos otros agraciados con intuición para descubrir y capacidad de plasmar la belleza natural que pone en valor esta tierra haciendo de ella un verdadero locus amoenus.

Aprendamos a amar y cuidemos este medio privilegiado en que vivimos, conscientes de que la mano amorosa de Dios, que lo creó, solicita la nuestra para preservarlo. Traigamos a la memoria las proféticas palabras del P. Henri de Lubac: «No es verdad que el hombre, aunque parezca decirlo algunas veces, no pueda organizar la tierra sin Dios. Lo cierto es que sin Dios no puede, en fin de cuentas, más que organizarla contra el hombre» (cf. El drama del humanismo ateo).

III. EL SERVICIO DE LA CARIDAD

El Amor recibido de Dios es el motor de cada cristiano y de la comunidad. Hemos sido ungidos por el Espíritu del Amor y nos compete hacerlo vida por nuestra identidad cristiana. Y esta caridad no ha de ser solamente individual ni puede dejarse a merced y buena voluntad de cada cual, es tarea de toda la comunidad: «El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a la Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad» (DCE 20). Se trata no de una tarea opcional, sino tarea esencial: «la caridad es una dimensión esencial, constitutiva, de nuestra vida cristiana y eclesial» (CEE, La Iglesia, servidora de los pobres, 54).

Todos sabemos que la acción caritativa-social es acción evangelizadora junto a la Palabra y el culto. Benedicto XVI nos ha dicho que «hay tres aspectos de la acción evangelizadora inseparables: la naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygmamartyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonía). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia» (DCE 25 a).

Palabra, Sacramentos y Caridad no son acciones yuxtapuestas. Cada una de estas tres dimensiones constituye la evangelización, no pueden ir separadas, se complementan mutuamente, unas llevan a las otras y todas son evangelización y de todas es responsable la comunidad. Ninguna comunidad realiza íntegramente su misión si no anuncia el evangelio, si no celebra la fe y ora, si no sirve con amor a los hermanos más necesitados. Toda la comunidad cristiana es la que catequiza, la que celebra, la que vive en la comunión y la que debe vivir la caridad. Pero, como nos ha repetido muchas veces el Papa Francisco, «la credibilidad de la Iglesia pasa por el camino del amor misericordioso y de la compasión que se abre a la esperanza».

Nuestra caridad no solamente ha de ser afectiva, también debe ser efectiva, creíble y sacramental. La caridad necesita una organización para que el servicio a los más pobres sea ordenado, implique a la comunidad y responda de forma efectiva a las necesidades sociales del momento (cf. DCE 20). El compromiso personal de servicio a los pobres, que está llamado a realizar todo cristiano, sólo se comprende y adquiere sentido si se inscribe y sitúa al interior y como parte del compromiso de toda la comunidad cristiana: «la Iglesia nunca puede sentirse dispensada del ejercicio de la caridad como actividad organizada de los creyentes y, por otro lado, nunca habrá situaciones en las que no haga falta la caridad de cada cristiano individualmente, porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor» (DCE 29).

Este servicio organizado lo vienen realizando en nuestra Archidiócesis diversas organizaciones, congregaciones e instituciones, aunque la Iglesia ha querido que sea Cáritas Diocesana, presidida por el Obispo, el cauce ordinario y oficial de la Iglesia particular para la acción caritativa y social (cf. CEE, La caridad en la vida de la Iglesia. Propuestas para promover la diakonía de la caridad).

Antes de hablar de Cáritas, quiero tener presente a todos los movimientos, instituciones eclesiales, cofradías y hermandades, que os esforzáis diariamente por hacer realidad la ayuda a los pobres; al voluntariado de Manos Unidas, que a través de sus campañas y de sus proyectos de promoción y desarrollo nos vienen recordando constantemente cuál es la situación de pobreza e injusticia en nuestro mundo, haciendo que vivamos la universalidad del amor. ¡Que Dios os bendiga por vuestro servicio! También quiero tener presente a los voluntarios que en nuestra cárcel de Badajoz estáis acompañando a los presos y los atendéis espiritual y socialmente. Y cómo no, a las religiosas y los religiosos que en los diversos campos de la acción social os comprometéis gratuitamente, siendo iconos del Jesús encarnado entre los pobres, especialmente quiero agradecer a la Sociedad de San Vicente de Paúl por alentar a la Iglesia en la caridad. ¡Cuánto os debemos a todos por el gran servicio que realizáis estando en esos pesebres vivientes en los que cuidáis y dais de comer (en todos los sentidos) a los más pobres y vulnerables de nuestra sociedad!

Me detengo ahora a hablaros de Cáritas, que es la organización eclesial llamada a expresar el Amor de Dios, siendo cauce eclesial privilegiado y concreto de la comunión y la diakonía con los más pobres y, por tanto, contribuyendo de modo eficaz al proceso evangelizador del pueblo de Dios en nuestra Diócesis.

Cáritas no ha de perder nunca de vista que tiene su fuente en el Misterio mismo de Dios-Amor, que ha salido a nuestro encuentro en Jesús. Su identidad y tarea es hacer visible, patente el Amor preferencial de Jesús por los más pobres, alentar y encauzar este amor en su comunidad, haciendo que sea lo más eficaz posible al servicio de los que tienen menos.

Se entiende, por tanto, que, en última instancia, Cáritas, antes de ser una organización eclesial, es una dimensión de toda la Iglesia y de todos en la Iglesia. Cáritas es la organización oficial de la Iglesia al servicio de los pobres, que anima, acompaña, coordina, programa y busca con creatividad respuestas y acciones significativas a la situación social en la que nos movemos. Posee una mística que nunca ha de perder.

Cáritas, por tanto, contribuye a la misión eclesial de evangelizar a los pobres, cuando hace «en y con» la comunidad cristiana:

— Una acción que no pierda la perspectiva de su identidad.

— Una clara opción de dar testimonio del Amor de Dios a través de sus agentes de pastoral.

— Una actividad que muestre a los hermanos más necesitados la misericordia liberadora de Dios.

— Un engranaje sólido y firme de la misión caritativa y social con el resto de las acciones eclesiales.

Desde esta perspectiva, para dinamizar adecuadamente la dimensión caritativo-social de la evangelización es imprescindible que Cáritas tenga una presencia transversal en el conjunto de la pastoral y en las diversas iniciativas de tipo socio-caritativas de la Iglesia, respetando siempre el carisma y la autonomía de cada una de ellas (Manos Unidas, Congregaciones Religiosas, Pastoral Penitenciaria, Pastoral de la salud, etc…). No puede, por tanto, estar aislada del resto de las dimensiones. Ha de integrarse y articularse en la pastoral de la comunidad y de la Diócesis, siendo lugar de encuentro y de coordinación de las acciones caritativo-sociales en el seno de la comunidad parroquial y diocesana.

Es necesario hacer un esfuerzo imaginativo que se traduzca en cauces y propuestas concretas, que hagan posible que en una comunidad los grupos animadores de los distintos sectores pastorales (liturgia, catequesis, etc…) mantengan en sus actividades la dimensión social y la opción por los pobres. También supone que la Diócesis y sus órganos de coordinación tengan siempre como eje vertebrador la caridad y la opción por los pobres.

Toda esta tarea exige una cordial apertura a la coordinación, no para que todos hagamos lo mismo, sino para que todos actuemos con visión de conjunto acerca de la caridad y la justicia, superando recelos y sospechas que tantas veces esterilizan y paralizan nuestros pasos comunes.

La coordinación de la acción socio-caritativa es el mejor signo de comunión de la Iglesia en su tarea evangelizadora, porque manifiesta una comunidad que vive el amor fraterno, que se presenta como anticipo del amor y servicio, que anunciamos para el Reino definitivo.

  1. CÁRITAS HOY

Querría dedicar esta última parte de mi carta a los retos que, concretamente, nuestra Cáritas de Mérida-Badajoz debe afrontar ahora y en el tiempo más cercano. Para ello, comenzaré apoyándome en el Informe FOESSA, sobre la exclusión y el desarrollo social en Extremadura, presentado en octubre del año pasado. Os animo, además, a que lo leáis detenidamente y lo valoréis adecuadamente. Creo que es una de las mejores aportaciones que, como Iglesia diocesana, hemos hecho a la sociedad extremeña. Dicho informe presenta, como buena noticia, la mejora de la situación de la mayoría de la población extremeña. Sin embargo, nos alerta, al mismo tiempo, sobre el aumento de la desigualdad y la persistencia de la exclusión severa en nuestra región, con el dato que me duele profundamente de la presencia de la exclusión social, la segunda más elevada de España. Tenemos que estar presentes en esta realidad, como siempre lo hemos hecho, para paliar sus síntomas y eliminar sus causas.

En esta tarea os recuerdo uno de los lemas que Cáritas ha usado en sus últimas campañas, «Tu compromiso transforma el mundo». Estamos llamados a transformar el mundo y Cáritas Diocesana de Mérida-Badajoz —así como el conjunto de nuestra Iglesia Diocesana— tiene ante sí el reto de caminar hacia esa transformación. Como nos recuerda el Papa Francisco, «mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo» (EG 202).

Entre las diversas causas de la exclusión, que es mucho más que una insuficiencia de recursos, porque lo importante para nosotros es el desarrollo integral de la persona, encontramos el empleo. No solo la falta de éste —una de las heridas de nuestra sociedad extremeña— sino también la precariedad. Se constata cómo tener un puesto de trabajo no libra a las personas del riesgo de pobreza o de exclusión y observamos cómo una quinta parte de los trabajadores de Extremadura viven excluidos. ¿Qué tipo de trabajo se está creando? ¿En qué basamos la inclusión social? Son preguntas que tendremos que responder tanto en Cáritas como en el conjunto de la sociedad y debemos procurar que nuestra voz se oiga en la consecución de un trabajo decente, que permita a las personas tener un nivel de vida digno que les sirva para vivir insertos en la comunidad.

4.1. Cáritas ante una sociedad desvinculada y con incertidumbre

Comunidad, una de las mayores necesidades del mundo actual. Vivimos en una sociedad desvinculada, donde las personas progresivamente somos considerados individuos, sin relación entre nosotros, e incluso mercancías en una sociedad mercantilizada que aplica el mercado a todas las relaciones humanas y basa las decisiones en el interés, en el propio beneficio. Nuestro principal tesoro es la capacidad de generar comunidad, de cuidar al otro, al vecino, incluso si es desconocido como hizo el Buen Samaritano.

Si antes os decía que un rasgo de la sociedad actual es la desvinculación, otro rasgo es la incertidumbre. Tendremos que estar atentos a una realidad muy cambiante, donde nos faltan indicios para adelantar el futuro. Como uno de los hitos de este año dedicado a la Caridad en nuestra Diócesis, nuestra Cáritas lleva desarrollando un proceso de reflexión desde el año pasado, proceso que ha movilizado a un número muy importante de agentes. Estoy convencido que esta manera de trabajar puede ser ejemplo de cómo reflexionar y decidir aquellas cuestiones que nuestra Iglesia Diocesana afrontará en los próximos años.

Nuestra Cáritas ha iniciado este proceso de cambio por una triple razón. En primer lugar, está cambiando porque tenía que cambiar. A veces tenemos que dejar de hacer lo que siempre se ha hecho —y se ha hecho de la mejor manera posible— para hacer lo que es necesario. Lo importante no es hacer un listado de acciones concretas, sino encontrar las líneas fundamentales en las que trabajar y, sobre todo, construir un nuevo modelo de compartir decisiones y responsabilidades. Una sociedad cambiante puede exigir decisiones rápidas y es crucial saber quién y cómo tomarlas.

En segundo lugar, es preciso renovar la esperanza y la fuerza del Evangelio. Es frecuente que la rutina nos lleve a la acedia, algo que el Papa Francisco recoge en Evangelii Gaudium «llamados a iluminar y a comunicar vida, finalmente se dejan cautivar por cosas que sólo generan oscuridad y cansancio interior, y que apolillan el dinamismo apostólico» (EG 83). Necesitamos un impulso para recobrar nuestro compromiso evangelizador.

Por último, debemos asegurar la sostenibilidad en el tiempo de nuestra Cáritas. Construir, como leemos en el Evangelio, nuestra casa sobre roca para que los cambios en el entorno no impidan la acción en el futuro y permita mejorar lo que hasta ahora se ha hecho. Me alegra que se hayan dado pasos en ese sentido ya, pero advierto la necesidad de distinguir siempre entre estar presentes donde debemos estar y no hacer solo aquellas cosas que son financiadas con la manera de estar y actuar que exija quien financie.

4.2. Retos de Cáritas

Querría terminar esta descripción de nuestra Cáritas hoy con los principales retos que a mi juicio se presentan. Uno de ellos es interno y está relacionado con el compromiso social de la comunidad y el reforzamiento de la dimensión espiritual de nuestras comunidades y de nuestra acción caritativo-social.

Como hemos visto, «en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros» (EG 177). Animo a nuestra Iglesia diocesana, a nuestras comunidades parroquiales, a que sean verdaderas comunidades transformadoras, a cumplir el mandato de Jesús: «Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo». Para ello, la animación comunitaria de Cáritas Diocesana deberá reforzarse, teniendo siempre presente que son las comunidades y no los técnicos, los protagonistas. Esta mayor comunión no debería darse solo en lo organizativo o en la tarea, sino también en lo económico. Deseo que se produzca una verdadera Comunicación Cristiana de Bienes que permita atender las necesidades y sostener la animación comunitaria.

Por otra parte, la acción caritativo-social no es mero activismo, sino la expresión del Amor de Dios a los hombres. No debemos convertir al cristianismo en una especie de ONG, quitándole esa mística luminosa que tan bien vivieron los santos (cf. GE 100).

El segundo, y último, reto corresponde a una Iglesia en salida y abierta al mundo, como debería ser la nuestra. Además, es la tarea pendiente en la que Cáritas Diocesana de Mérida-Badajoz tiene mucho por hacer aún: la incidencia. Consiste en la tarea profética de denunciar las injusticias y sus causas, de proponer maneras alternativas de organizar la sociedad, de transformar las estructuras: en definitiva, de colaborar en la construcción del Reino de Dios. Esto será posible con un mayor compromiso y una mayor formación en aquellas cuestiones relacionadas con la Doctrina Social de la Iglesia. No dudo de que es una tarea difícil en la que apareceremos como personas contracorriente al presentar la lógica del don frente a la del mercado, pero os recuerdo el Sermón de la Montaña: «Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos».

Quisiera que en este curso pastoral todos nos esforzáramos en nuestra Diócesis para revitalizar todas nuestras Cáritas parroquiales y para crearlas allí donde aún no existen. Recordad los sacerdotes, como nos decía el santo Papa Juan Pablo II, que estáis llamados a ser testigos de la caridad de Cristo: «Es necesario que el presbítero sea testigo de la caridad de Cristo mismo que «pasó haciendo el bien» (Hch 10,38); el presbítero debe ser también el signo visible de la solicitud de la Iglesia que es Madre y Maestra. Y puesto que el hombre de hoy está afectado por tantas desgracias, especialmente los que viven sometidos a una pobreza inhumana, a la violencia ciega o al poder abusivo, es necesario que el hombre de Dios, bien preparado para toda obra buena (cf. 2 Tim 3,17), reivindique los derechos y la dignidad del hombre» (Pastores Davo Vobis, 67). Os invito a que presidáis y acompañéis a los equipos de Cáritas en las parroquias. No dejéis de formar y cultivar la espiritualidad de la caridad en sus miembros, y ayudad a descubrir la dimensión evangelizadora de la caridad.

Doy las gracias a todos los voluntarios y a los trabajadores de Cáritas por todo vuestro servicio impagable a los pobres. Como decía el Papa Benedicto XVI estáis llamados a «ser instrumentos de la gracia para difundir el amor de Dios» (CIV 5). Recordad que el amor de Dios es enteramente gratuito, busca solo el bien y el interés del pobre. Poned lo mejor de vosotros mismos y de vuestras posibilidades a favor del pobre.

  1. CONCLUSIÓN

Culmino esta carta recogiendo una larga cita de Cáritas Internacionalis, que expresan muy bien cuanto he querido exponeros en la misma:

«Hablamos de Dios cuando nuestro compromiso hunde sus raíces en la entraña de nuestro Dios y es fuente de fraternidad; cuando nos hace fijarnos los unos en los otros y cargar los unos con los otros; cuando nos ayuda a descubrir el rostro de Dios en el rostro de todo ser humano y nos lleva a promover su desarrollo integral; cuando denuncia la injusticia y es transformador de las personas y de las estructuras; cuando en una cultura del éxito y de la rentabilidad apuesta por los débiles, los frágiles, los últimos; cuando se vive como don y ayuda a superar la lógica del mercado con la lógica del don y de la gratuidad; cuando se vive en comunión; cuando contribuye a configurar una Iglesia samaritana y servidora de los pobres y lleva a compartir los bienes y servicios; cuando se hace vida gratuitamente entregada, alimentada y celebrada en la Eucaristía; cuando nos hace testigos de una experiencia de amor de la que hemos sido hechos protagonistas, y abre caminos, con obras y palabras, a la experiencia del encuentro con Dios en Jesucristo» (Aportación de Cáritas Internationalis al Sínodo sobre la Nueva Evangelización para la transmisión de la fe, 2012).

Que María, la Madre del amor y de la misericordia nos acompañe para que todos podamos redescubrir el amor del Padre Dios y de su Hijo. Nadie como María ha conocido la profundidad del misterio del amor de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. «María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca  se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús» (Misericodiae Vultus, 24).

En Badajoz, a 26 de febrero de 2020, Miércoles de Ceniza.

morga_firma Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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