Santa Misa en el V Domingo de Cuaresma

Homilía del
Card. D. Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

cañizares29032020

S.I. Catedral Basílica de Santa María, Valencia
Domingo, 29 de marzo de 2020

En este quinto domingo nos vamos aproximando a la etapa final del camino de esta larga e intensa Cuaresma, de verdadera penitencia impuesta por el estado de alarma decretado a raíz de la pandemia del coronavirus. Estamos ya casi en la Semana Santa del silencio. Como en los dos domingos anteriores últimos, el Evangelio de éste ilumina la realidad en la que estamos de la pandemia y la realidad del Bautismo, que ocupa un lugar tan central en la Noche Santa de la Vigilia Pascual. En el contexto litúrgico cuaresmal el relato del acontecimiento de la resurrección de Lázaro, además de ser signo y anuncio de la pascua del Señor, presenta también una dimensión bautismal. Los dos domingos anteriores la liturgia nos presentaba el agua y la luz como realidades bautismales. Hoy la resurrección de Lázaro nos presenta el bautismo como el nacer a una vida nueva y un incorporarnos a la victoria de Cristo sobre la muerte, fruto del pecado.

Cristo es la resurrección y la vida: bautizarse no es otra cosa que, por la acción del Espíritu Santo, incorporarse a Cristo, a la Vida que es Cristo, renacer a la vida nueva para vivir en Cristo y con Él. A veces nos cuesta creer en las palabras claves de este domingo “Yo soy la Resurrección y la vida”. Nada más verdadero ni más real que esto; ahí está la raíz de nuestra fe y de nuestra esperanza, el fundamento del futuro y del presente.

Ezequiel, con la imagen de la reanimación de los huesos calcinados, anuncia la reconstrucción de Israel y proclama una vida nueva para el pueblo, hecho ruina y escombros. A ese pueblo que vive sin esperanza en el destierro, anuncia el retorno a la patria, la reconstrucción nacional, una nueva vida para el pueblo, un nuevo y real futuro para él. Y a este nuevo pueblo de la humanidad actual le abre a la esperanza de la vida y de la recomposición y renacimiento frente al desmoronamiento actual que se abrirá paso y llegará de la misericordia de Dios.

Cristo restituye a Lázaro a la vida. Ante la muerte, Jesús es la vida; ante el desmoronamiento, destrucción y desintegración del hombre, de la Humanidad, ante su aniquilación de muerte, Jesús es su nuevo futuro, su reconstrucción, su nueva vida. Resucita a Lázaro, lo devuelve a la vida: Jesús devuelve la vida al hombre, a la Humanidad. para realizar el milagro pide creer en El. Volver a la vida es imposible sin la fe.

La resurrección de Lázaro es anticipo de la resurrección de Cristo y de todos aquellos en los que habita el Espíritu. Jesús vivificará nuestros cuerpos mortales. Jesús es la nueva vida. Creer en El significa participar en su resurrección. Su resurrección es la garantía y promesa de nuestra resurrección. Escuchamos esto ante un mundo de muerte, ante una cultura de muerte, que, se diga lo que se diga, genera un mundo de muerte, y lo escuchamos en una situación que tantos estragos de muerte está ocasionando el coronavirus: Ahí tenemos además de esto el execrable crimen del aborto al que no se tiene ningún derecho y que  tantas muertes de seres no nacidos está produciendo, y las provocadas por la eutanasia bajo el amparo de la ley u otros motivos encubiertos, también nuestros días Hay que reconocer que no todo es vida en nuestro mundo. Hay hambres e injusticias, hay violencia, hay desamparo e indefensión de la vida, cada vez menos protegida ante tantas injusticias como se están produciendo también ahora ¿Puede haber solución?

Cristo es la vida y está con nosotros comunicando lo que Él es: Él es la vida que se da y entrega por amor, el camino que conduce a la vida por amor. Es la vida que vence a la misma muerte. Es la vida que permanece una vez para siempre y para todos. Creer en El y convertirse a su  palabra es aceptar su estilo de vida y permanecer en unión con El. La gran novedad consiste en apropiarse esta vida nueva, acomodarse a sus exigencias, y despojarse del hombre viejo para revestirse del hombre nuevo, Jesucristo.

Vivimos del Espíritu Santo. Aceptar la vida de Dios es ser consecuentes con la fe y dejarnos guiar por el Espíritu, no por los criterios egoístas. El Espíritu, que resucitó a Jesucristo y ha puesto morada en nosotros, por el bautismo, y nos resucitará también a nosotros.

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