Santa Misa en el V Domingo de Cuaresma

Homilía de
Mons. D. Julián Ruiz Martorell
Obispo de Huesca y de Jaca

ruizmartorell29032020

Real y Parroquial Basílica de San Lorenzo, Huesca
Domingo, 29 de marzo de 2020

V CUARESMA (A) 2020

Queridos hermanos sacerdotes, querido hermano diácono, queridos hermanos televidentes:

La liturgia de los domingos de Cuaresma nos ha presentado necesidades vitales: sed, luz. El domingo pasado alguien salió de su ceguera. Hoy hay quien sale del sepulcro. El domingo pasado Jesús aparecía como la luz. Hoy proclama: “Yo soy la resurrección y la vida”. Lázaro llamado a la vida es un hecho. La resurrección es un punto central de la fe

La fe en la resurrección incide de una manera determinante en nuestro camino, en la orientación que hemos de dar a nuestra vida, en las opciones que hemos de tomar.

La resurrección de Lázaro es de un tipo distinto a la de Jesús. Jesús resucita hacia delante, hacia la vida eterna; Lázaro, por el contrario, resurge hacia atrás, hacia la vida de antes. Jesús, resucitado, deja el mundo; Lázaro permanece en este mundo. Una vez resucitado, Jesús ya no muere más; Lázaro sabe que deberá morir todavía. La de Lázaro es, por lo tanto, una resurrección provisional, terrena. Pero, mientras tanto, él es restituido al cariño de sus seres queridos. Es un hombre nuevo. Sabe que hay algo más fuerte que la misma muerte.

Los relatos del Evangelio no existen sólo para ser leídos, sino también para ser vividos. La historia de Lázaro se escribió para decirnos esto: hay una resurrección del cuerpo y una resurrección del corazón; si la resurrección del cuerpo ocurrirá “en el último día”, la del corazón sucede, o puede hacerlo, cada día.

Éste es el significado de la resurrección de Lázaro, que la liturgia ha querido subrayar con la elección de la primera lectura de Ezequiel sobre los huesos secos. El profeta tiene una visión: contempla una inmensa vega de huesos secos y comprende que representan la situación vital del pueblo, que está desesperado y abatido. El pueblo repite: “Se ha desvanecido nuestra esperanza, todo se ha acabado para nosotros”. A ellos se dirige la promesa de Dios: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos… Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos, pueblo mío, comprenderéis que soy el Señor. Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis”. En este caso tampoco se trata de la resurrección final de los cuerpos, sino de la resurrección actual de los corazones a la esperanza. Aquellos cadáveres, se dice, se reanimaron, se pusieron en pie y eran “un enorme, inmenso ejército”. Era el pueblo de Israel que volvía a esperar, tras el exilio.

De todo esto deducimos algo que sabemos por experiencia: que se puede estar muertos… incluso antes de morir, mientras aún estamos en esta vida. Se trata de aquel estado de total ausencia de energía, de esperanza, de deseo de luchar y de vivir que no se puede llamar con nombre más indicado que éste: muerte del corazón.

A todos aquellos que por las razones más diversas (fracaso, traición, desengaño, apatía, desmoralización, desmotivación, pérdida de seres queridos, ruinas económicas, crisis depresivas, incapacidad de salir del alcoholismo, de la droga) se encuentran en esta situación, la historia de Lázaro debería llegar como repique de campanas en la mañana de Pascua.

¿Quién puede darnos esta resurrección del corazón? Para ciertos males las palabras de aliento no son suficientes. También en casa de Marta y María había “judíos llegados para consolarlas”, pero su presencia no había cambiado nada. Es necesario “mandar a llamar a Jesús”, como hicieron las hermanas de Lázaro. Invocarle, como hacen las personas sepultadas por una avalancha o bajo los escombros de un terremoto, que llaman con sus gemidos la atención de los rescatadores.

Frecuentemente las personas que se hallan en esta situación no son capaces de hacer nada; ni siquiera tienen fuerzas para orar. Están como Lázaro en la tumba. Se necesita que otros hagan algo por ellos. En labios de Jesús encontramos una vez este mandamiento dirigido a sus discípulos: “Curad enfermos, resucitad muertos” (Mt 10,8). ¿Qué quería decir Jesús? ¿Debemos resucitar físicamente a los muertos? Si así fuera, en la historia pocos santos pusieron en práctica ese mandato de Jesús. No; Jesús se refería, también y sobre todo, a los muertos de corazón, los muertos espirituales. Hablando del hijo pródigo, el padre dice: “Estaba muerto y ha vuelto a la vida” (Lc 15,32). Y no se trataba ciertamente de muerte física, porque había regresado a casa.

Aquel mandato: “Resucitad muertos”, se dirige por lo tanto a todos los discípulos de Cristo. ¡También a nosotros! Entre las obras de misericordia que aprendimos de niños, hay una que dice: “enterrar a los muertos”; ahora sabemos que existe también la de “resucitar a los muertos”.

La segunda lectura habla claramente de victoria sobre la muerte. Ya no estamos bajo el dominio de la carne, sino del Espíritu, y el Espíritu de Dios es un Espíritu que nos resucita, que nos hace vivir una nueva vida: una vida que se nos dio ya en el momento del bautismo, pero que se desarrollará plenamente en la resurrección de los muertos al final de los tiempos.

Jesús es capaz de comunicar una nueva vida, de vencer la muerte. Él mismo se define: “Yo soy la resurrección y la vida”. En el evangelio según san Juan encontramos siete expresiones de este tipo: “Yo soy el pan de vida; Yo soy la luz del mundo; Yo soy la puerta de las ovejas; Yo soy el Buen Pastor; Yo soy la resurrección y la vida; Yo soy el camino, la verdad y la vida; Yo soy la vid. Todas tienen un contenido relacionado con la vida y les sigue una exigencia y una promesa.

Jesús es resurrección y vida. Y afirma: “Quien vive en mí no morirá para siempre”. Después de un contenido revitalizador (“Yo soy la resurrección y la vida”), encontramos una exigencia y una promesa. La exigencia es creer en Él y aparece en dos ocasiones: “el que cree en mí”, “el que está vivo y cree en mi; la promesa también se repite dos veces: “aunque haya muerto, vivirá”, “no morirá para siempre”. Jesús es fuente de vida, comunica una vida nueva, hace resurgir y nos segura la vida eterna.

El amor ha vencido a la muerte. Jesús venció a la muerte yendo contra la muerte. La superó con la fuerza del amor. La muerte es como pasar el umbral y salir el sol.

También nosotros estamos invitados a ofrecer nuestra vida, con una gran esperanza en el corazón. Sabemos que Jesús nos da ya desde ahora una vida mejor, que es una vida de fe, en la esperanza y en el amor. Debemos acogerla con generosidad, confianza y gratitud a Dios.

En estas especiales circunstancias que estamos viviendo y sufriendo, hemos de ser testigos cualificados de la vida, mensajeros del evangelio de la vida, promotores de la cultura de la vida.

Seguimos rezando por todos los que están experimentando el zarpazo del Covid-19. Oramos por el eterno descanso de quienes han muerto y los encomendamos a la eterna misericordia de Dios. Rezamos por sus familiares y cuidadores para que encuentren luz y consuelo. Suplicamos al Señor que proteja a todos los agentes sanitarios que se entregan incondicionalmente a los demás. También lo hacemos por los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, por los agentes de la autoridad; por quienes continúan en sus puestos de trabajo para el bien de todos; por las familias, para que vivan en armonía; por los enfermos, los necesitados, los más vulnerables; por las personas que padecen las consecuencias de la soledad o de la edad avanzada. Que hasta todos llegue la palabra de Jesús, que nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida”.

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