Adviento. «Fratelli tutti»

Carta de Mons. D. Francisco Cerro Chaves
Arzobispo de ToledoPrimado de España

Domingo, 29 de noviembre de 2020

Adviento es un tiempo que, vivido desde la fe, nos abre a la esperanza, para vivir en la caridad, para dar y darse a una humanidad que sufre y vive en momentos difíciles. Un Adviento en el que sólo desde Jesús podemos recobrar la esperanza.

El Papa Francisco nos ha regalado la preciosa encíclica «Fratelli tutti», que junto a la «Laudato Si», son los pulmones con los que el Papa quiere, desde el Evangelio vivido por la Iglesia y con la coherencia de los santos, ser buena noticia para una humanidad a la que le cuesta encontrar caminos de fraternidad y solidaridad. Sólo desde el amor de Jesús, podemos responder a la tristeza inmensa en que vive nuestra humanidad, sin la esperanza de una fiesta que no acaba de encender sus luces, sino que apaga cada vez más la fiesta de la Vida.

Tres palabras sacadas de la encíclica «Fratelli tutti» nos marcan la ruta de la esperanza, que conduce a Belén y a vivir, con la Sagrada Familia de Nazaret, unas relaciones nuevas, para dar respuestas a los problemas en que vive inserta nuestra tierra.

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Comienzo del Adviento, tiempo de esperanza

Carta de Mons. D. Eusebio Hernández Sola, OAR
Obispo de Tarazona

Domingo, 29 de noviembre de 2020

El Adviento es siempre es una invitación a vivir en la esperanza, este año se debe hacer más fuerte, debido a las dificultades que vivimos. La esperanza es una virtud teologal. Nos dice el Catecismo (1812): “Las virtudes humanas se arraigan en las virtudes teologales que adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina (cf 2 P 1, 4). Las virtudes teologales se refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino”.

Cuando el Catecismo (1818) nos explica la virtud teologal de la esperanza, nos dice: “La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad”.

Estas palabras nos deben ayudar en este tiempo que nos ha tocado vivir. Dios ha puesto en nuestro corazón el “anhelo de la felicidad”, este anhelo debe ser purificado, para que sea no según nuestros intereses egoístas, si no con el deseo de un bien común.

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Comenzamos el Adviento

Carta de Mons. D. Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Domingo, 29 de noviembre de 2020

Al comenzar el tiempo de Adviento, la liturgia de la Iglesia nos invita a recorrer el camino espiritual que nos conducirá a la celebración de la Navidad y nos prepara para que la vivamos con autenticidad cristiana. Seguramente este año no podremos vivir estas fiestas del mismo modo que en años anteriores. Muchas de las tradiciones que forman parte de nuestro patrimonio religioso y cultural propio de estas fechas, como los pesebres vivientes, las cabalgatas de Reyes, e incluso los encuentros con la familia y los amigos, será difícil que puedan realizarse. El ambiente externo que alegra las calles de nuestros pueblos y ciudades e ilusiona a niños y mayores será distinto. Quizá tendremos la misma sensación que en otras fiestas de este año.

Esto no significa que no celebraremos la Navidad. Seguramente no tendremos el mismo ambiente festivo caracterizado por tantos elementos externos que frecuentemente nos pueden distraer de lo que es esencial para los cristianos, pero esto nos puede llevar a una mayor sencillez y a centrarnos en lo que celebramos: la buena noticia de que el Hijo de Dios ha venido a nuestro mundo.

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Adviento. El Señor viene en cayuco

Carta de Mons. D. Jesús Fernández González
Obispo de Astorga

Domingo, 29 de noviembre de 2020

Queridos diocesanos:

Este domingo 29 de noviembre da comienzo el tiempo litúrgico del Adviento, tiempo de esperanza activa en el que llenar nuestras vidas con el aceite del discernimiento, descubrir la llegada del Salvador, compadecernos y paliar su pobreza, arroparle y rescatarle del frío y de la soledad.

Durante las últimas semanas, están llegando a las Islas Canarias miles de inmigrantes que están siendo hacinados en condiciones indignas. Los primeros en llegar eran predominantemente subsaharianos; últimamente, llegan también de Marruecos. Huyen de las guerras, el hambre, la persecución religiosa y se ven empujados por mafias que se encargan de pintarles un mundo idílico que no van a encontrar en esta orilla, al tiempo que les obligan a pagar cantidades ingentes de dinero que tienen que mendigar. Al parecer, están aprovechando un momento favorable en las corrientes marinas y son moneda de cambio de Marruecos que, de forma recurrente, presiona a la comunidad europea para defender sus propios intereses y, en este caso, para presionar también a España por su posición ambigua ante el problema de El Sahara.

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Santa Misa en la solemnidad de san Saturnino, obispo y mártir

Homilía de Mons. D. Francisco Pérez González
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Iglesia Parroquial de San Saturnino, Pamplona
Domingo, 29 de noviembre de 2020

SAN SATURNINO ESPERÓ, VIGILÓ Y AMÓ AL SEÑOR

La Solemnidad de San Saturnino coincide este año con el primer domingo de Adviento, que es el tiempo en que los cristianos nos disponemos para acoger al Señor que vino una vez, naciendo en Belén, que viene a nuestro encuentro para habitar en medio de nosotros y que vendrá a juzgar a vivos y muertos, como confesamos en el Credo. Es el tiempo de esperanza en el que nos sentimos interpelados a permanecer en una espera vigilante y activa. La realidad gozosa de que Dios viene a nuestro encuentro es el mensaje central del Adviento. La liturgia nos lo repite y nos lo asegura una y otra vez, como para ayudarnos a vencer nuestra natural apatía. Dios viene, viene a estar con nosotros, a habitar en medio de nosotros, en el corazón de cada uno para deshacer las distancias que nos dividen entre nosotros y, muy especialmente las que nos separan de Dios.

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Un adiós fraterno y jubiloso

Carta de Mons. D. Fidel Herráez Vegas
Administrador apostólico de Burgos

Domingo, 29 de noviembre de 2020

Hoy es el último día que me asomo a esta ventana, desde la que cada domingo he tenido ocasión de saludaros para desearnos siempre un feliz día del Señor. Agradezco sinceramente los medios técnicos que han hecho posible estas comunicaciones semanales, facilitando el encuentro sencillo entre el Obispo y su Iglesia, entre el Pastor y su pueblo. Así, a lo largo de estos cinco años, he querido acercarme a vuestros hogares para compartir con vosotros unas palabras de la liturgia dominical, una celebración o un documento de la Iglesia, un comentario de la vida diocesana, una reflexión para iluminar la actualidad desde el Evangelio…, un deseo, en definitiva, de animarnos a vivir más profundamente la fe, siendo mejores cristianos cada día, mejores hijos de Dios y mejores hermanos entre nosotros y con todos. Esa ha sido la misión que con la ayuda de Dios y como un sencillo instrumento en manos del único Pastor, Jesucristo, he procurado vivir, acompañando el caminar de nuestra querida Iglesia en Burgos, cuyo cuidado y servicio pastoral se me confió.

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La pasión de esperar, certeza de una promesa

Carta de Mons. Fr. Jesús Sanz Montes, OFM
Arzobispo de Oviedo

Domingo, 29 de noviembre de 2020

Queridos hermanos y amigos: paz y bien.

En una de sus confesiones más sinceras, el premiado escritor italiano Cesare Pavese, quiso abrir su corazón para compartir a bocajarro lo que le embargaba esa alma que él juzgaba poco creyente. Maestro de la pluma, fino narrador de las entretelas humanas, tenía un algo, un no-sé-qué… que le dejaban balbuciendo continuamente hasta reconocer que de aquello que realmente le interesaba no sabía nada, entendía muy poco, dejándole como pobre mendigo ante sus propias palabras, tan celebradas por quienes otorgaban galardones literarios.

Al venir de recoger un premio de literatura, algo así como nuestro premio Nadal, quiso escribir con un desgarro impresionante unas notas íntimas. Las recoge Luigi Giussani en una página memorable de su libro El sentido Religioso: «“Lo que un hombre busca en los placeres es un infinito, y nadie renunciaría nunca a la esperanza de conseguir esta infinitud”. La observación de Pavese encuentra en su Diario otras confirmacio­nes dramáticas. Cuando el escritor obtuvo el premio literario ita­liano más conocido, el premio Strega, comentó: “también has conseguido el don de la fecundidad. Eres dueño de ti mismo, de tu destino. Eres célebre como quien no trata de serlo. Pero todo esto se acabará. Esta profunda alegría tuya, esta ardiente saciedad, está hecha de cosas que no has calculado. Te la han dado. ¿A quién, a quién, a quién darle las gracias?”… 

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La espera

Carta de Mons. D. Joan Planellas Barnosell
Arzobispo de Tarragona y Primado

Estimados y estimadas:

Este domingo iniciamos un nuevo año litúrgico. A pesar de la pandemia, procuraremos que nuevas coronas de Adviento iluminen nuestras iglesias y, poco a poco, ir creando y reencontrando el ambiente gozoso de Navidad. Estas cuatro semanas nos hablan de una actitud fundamental, a veces poco cultivada, que es la espera. Y es que así como en Cuaresma subrayamos una preparación penitencial de cara a la conversión, en Adviento la preparación se parece más a la antesala de la gran fiesta de Navidad. Esperamos el nacimiento del Señor, pero no esperamos pasivamente, sin poner nada de nuestra parte. La antesala donde nos han invitado a permanecer no es una sala de espera aburrida y monótona donde pasar el tiempo, sino el espacio donde cultivar y profundizar, tanto personal como comunitariamente, una serie de virtudes.

Un primer campo a cultivar es la paciencia, una virtud cada vez más escasa en nuestro mundo occidental, dominado por la urgencia, la inmediatez y las prisas. Hoy en día, esperar tiene una connotación casi negativa, de pérdida de tiempo. Y, en cambio, a nadie se le escapa que las cosas realmente importantes de la vida necesitan un tiempo de gestación absolutamente imprescindible para posibilitar su madurez y plenitud.

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Velemos y vigilemos

Carta de Mons. D. Francisco Pérez González
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Domingo, 29 de noviembre de 2020

Hay una cierta confianza en creer que la vida está en nuestras manos y que depende de nosotros el tiempo que nos toca vivir. ¡Es muy falso y muy poco objetivo! La vida depende de Dios y no sabemos el momento que nos llamará. Ahora bien, es de sabios, dejarse enseñar y ser humildes para reconocer que no somos dueños de la vida. “Estad atentos, velad: porque no sabéis cuándo será el momento” (Mc 13, 33). Los momentos que nos toca vivir son momentos de frenesí y de prisas. Son momentos de seguridades ficticias pues cuando menos se piensa nos llegan circunstancias inesperadas. El discípulo debe velar: “Quiso ocultarnos esto para que permanezcamos en vela y para que cada uno de nosotros pueda pensar que este acontecimiento se producirá durante su vida (…). Ha dicho muy claramente que vendrá, pero sin precisar en qué momento. Así todas las generaciones y siglos lo esperan ardientemente” (San Efrén, Commentarii in Diatessaron 18,15-17). Es una espera para nada traumática sino ilusionante ante el Señor que nos acompaña en todo momento puesto que nos ha prometido recorrer el mismo camino con nosotros.

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Estrenamos el tiempo de la esperanza

Carta de Mons. D. Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

Domingo, 29 de noviembre de 2020

Queridos fieles:

Entramos en el tiempo de la es-peranza; entramos en el tiempo del Adviento; entramos en el tiempo de la vigilancia.

En efecto, en este primer domingo, el Señor nos exhorta: “Estad atentos. ¡Velad!” (Mc 13,33) y nos presenta la simpática figura del portero. El papel del portero es importante porque si él se duerme o se despista, pueden entrar ladrones en la casa o volver el propio señor y no enterarse de ello. San Agustín, explicando este evangelio a sus cristianos de Hipona, les decía: “Vela con el corazón, vela con la fe, con la caridad, con las buenas obras” (Sermón, 93). Velar, por tanto, para nosotros, los cristianos, significa querer a los demás; mirar a todos con cariño y comprensión, sobre todo a los que más lo necesiten; detectar prontamente las necesidades de los que nos rodean, reconocer en el prójimo al Señor que ya llega y no quiere encontrarnos desprevenidos.

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