Santa Misa en la Solemnidad de Nuestra Señora de la Almudena

Homilía del cardenal D. Carlos Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid

Plaza de la Almudena, Madrid
Martes, 9 de noviembre de 2021

Señores cardenales D. Antonio María Rouco y D. Aquilino Bocos; Sr. Nuncio de Su Santidad en España, Mons. Bernardito Auza; Excmo. Sr. Obispo de Getafe; queridos obispos auxiliares: D. Juan Antonio, D. José, D. Santos y D. Jesús; queridos sacerdotes; queridos hermanos:

El año pasado, nuestra patrona, la Virgen de la Almudena, no pudo salir a la calle. Por la situación sanitaria celebramos una Misa en el interior de la catedral con aforo limitado y, aunque fuisteis muchos los que vinisteis a verla al templo en su fiesta, nos faltaba algo… El hecho de celebrar esta Misa aquí, en esta explanada, y tener después una procesión en su honor es una alegría. Implica que hemos dejado atrás lo peor de la pandemia y, además, es una ocasión para que más madrileños se acerquen a nuestra Madre y descubran a esta mujer tan excepcional que, con una confianza absoluta, prestó la vida entera para dar rostro humano a Dios.

En el último año y medio nos hemos descubierto frágiles y llenos de miedos; nuestra vulnerabilidad nos ha suscitado dudas y perplejidades, y han salido a relucir las grietas de nuestros estilos de vida y de los modos de organización de nuestras sociedades. Al vernos inmersos en una crisis sanitaria, económica y social, agravada por otros problemas como los ambientales o los alimentarios, ha resonado a la fuerza el recordatorio que hace el Papa en Fratelli tutti de que «nadie se salva solo» y de que «únicamente es posible salvarse juntos». Ha emergido con claridad la necesidad que el ser humano tiene de luz, de vida y de amor, y, de esa forma, vemos la conveniencia de construir una cultura del cuidado.

La Virgen María, a quien Jesús nos dio como Madre en sus últimos instantes en esta tierra, es una Maestra que no enseña a afrontar los retos que tenemos por delante y a abrir siempre caminos de esperanza.

1. Santa María vive y nos invita a vivir la experiencia de comunión, participación y misión. La vida de María se resume en una expresión: «Escucha y acoge la Palabra de Dios». Esta escucha y acogida de la Palabra de Dios la lleva a vivir desde tres realidades –comunión, participación y misión– que también para nosotros son importantes, sobre todo ahora que han arrancado los trabajos de la fase diocesana del Sínodo de los Obispos.

La comunión con Dios la expresa María en el canto del magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador». ¡Qué fuerza tiene escuchar a María decir lo que Ella vive! Proclama la grandeza de Dios, vive en la alegría porque Dios nos salva, vive en la humildad porque sabe que estamos en manos de Dios y es consciente de que Él hace grandes obras a través de nosotros si ponemos la vida en sus manos. Dios realiza proezas, enaltece a los humildes, a quienes lo reconocen y se abren a Él. Además, María asume con todas las consecuencias participar en la encarnación, en dar rostro humano a Dios en las entrañas de esta historia. Las palabras con las que permite que los hombres conozcamos el rostro de Dios las repetimos muchas veces: «Hágase en mí según tu Palabra». Y también atraviesa regiones montañosas para compartir la Buena Noticia y nos alienta siempre a hacer «lo que Él os diga».

2. Santa María nos enseña y nos invita a poner a Dios en el centro de nuestra vida y de la historia. La presencia de Dios en medio de la historia que vamos haciendo los hombres nos da una Luz tan profunda que nos hace ver las sombras que aparecen en este mundo y en nuestras propias vidas. Caminemos con Santa María, con la novedad que Ella nos ofrece y aporta. ¿Se puede pensar el presente y el futuro de nuestra casa común y de nuestro proyecto común sin Dios? Al margen de Dios, ¿se pueden hacer proyectos sobre una realidad que ha sido diseñada por Él y no por los hombres? Se puede creer o no en Dios, pero no es lícito promover que sea retirado de la historia de los hombres.

En situaciones de crisis como la actual es necesario arrimar el hombro y abrir el corazón. Esto implica acercarnos a nuestros hermanos, escucharlos, compartir vida con ellos y atender sus necesidades. Hemos de mirar a nuestras gentes, a las familias que atraviesan dificultades, a los jóvenes que no encuentran trabajo, a los ancianos que requieren ternura, a los más pobres que descartamos y muy a menudo dejamos a un lado del camino… Al poner a Dios en el centro somos conscientes de que tenemos un Padre, de que somos hijos y eso nos convierte en hermanos de los demás, y así vemos lo que es importante y lo que es secundario. La Virgen María supo poner a Dios en el centro, vivió una vida de entrega y hoy sigue acompañándonos.

3. Santa María nos invita a vivir en misión permanente. En una época como la que estamos viviendo, muchos tienen la tentación de aislarse, de juntarse únicamente con los que son parecidos a ellos, de quedarse paralizados, pero la Virgen nos enseña a salir a los caminos reales por los que transitan los hombres y llevarles, no sin dificultades ni altibajos, la Buena Noticia. Cuando uno tiene un encuentro con el Señor como lo tuvo María, se descubre amado y siente la necesidad de entregar este amor a otros. No perdamos la oración. En diálogo con Dios, al percibir su ternura, descubriremos que Él escribe en el corazón. Y así entenderemos que, para diseñar una nueva época, nosotros también hemos de escribir en el corazón de los hombres. Hemos de entregarnos a la misión. Imitemos a nuestra Madre abriendo caminos.

En este camino nos haremos conscientes, como apuntaba al principio, de que tenemos un destino común. Nos abriremos a un proyecto que es mucho más grande que el que hacemos los hombres por nuestra cuenta y con nuestras fuerzas, a un proyecto donde se reconoce la dignidad de todas y cada una de las personas como hijas de Dios.

Alegraos y gozad, queridos hermanos. ¿Habéis caído en la cuenta de las palabras que el Señor nos ha dirigido a través de la profecía de Zacarías hace unos momentos? Nos ha dicho a nosotros, a la Iglesia, al Pueblo de Dios: «Alégrate y goza, […] que yo vengo a habitar dentro de ti» (Zac 2, 14-17). Viene a darnos su Luz, su Amor, su Verdad, su Camino, su Vida. Que Dios haya venido a nuestra historia y tome rostro humano, que nos acompañe paseando por este mundo, llena de alegría nuestra vida. Somos su Pueblo; nos ha dicho que «esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos». Somos su Pueblo; está con nosotros, enjuga nuestras lágrimas y todo lo hace nuevo. Dejemos que sea Él quien nos guíe. No releguemos a Dios, volvamos a ponerlo en el centro de nuestra vida como hizo nuestra Madre; dejemos que nos diga la dirección en la que debemos ir los hombres para hacer de este mundo un mundo lleno de justicia, de verdad, de paz y de vida. Esas palabras del libro del Apocalipsis que acabamos de escuchar se hacen verdad cuando dejamos que entre Dios en nuestra vida: «Ya no habrá muerte ni luto, ni llanto, ni dolor. […] Todo lo hago nuevo» (cfr. Ap 21, 3-5a).

Santa María de la Almudena, ruega por nosotros. Amén.

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