Santa Misa de acción de gracias y despedida de la Diócesis de Cartagena

Homilía de Mons. D. Sebastián Chico Martínez
Obispo auxiliar de Cartagena y electo de Jaén

S.I. Catedral de Santa María, Murcia
Domingo, 21 de noviembre de 2021

Queridos D. José Manuel, D. Francisco y D. Miguel Ángel, mis hermanos en el episcopado.
Estimados sacerdotes.
Apreciados religiosos y religiosas, seminaristas de nuestros tres seminarios.
Queridos fieles. Hermanos y amigos todos.

Como dice el canto, así quiero empezar mis palabras, en esta celebración de acción de gracias y de despedida de mi diócesis materna, ante mi marcha a la Diócesis de Jaén: «No pongáis los ojos en nadie más que en Él… No esperéis a nadie, a nadie más que a Él… No busquéis a nadie, a nadie más que a Él… Porque solo Él nos puede sostener».

Terminamos hoy el año litúrgico con una gran solemnidad, una gran fiesta, Jesús es Rey del Universo. Nuestra peregrinación a lo largo de todo el año, nuestra profundización en el misterio de Dios, nos lleva a profesar esta verdad.

Así lo dice Él mismo ante la solemne interpelación de Pilatos: «¿Tú eres rey?». «Sí, soy Rey». Pero su reino no es de este mundo. Jesús es Rey. El Jesús pobre, sencillo, incomprendido y martirizado ha sido glorificado por Dios y se ha convertido en el verdadero centro del universo, en el principio viviente de la humanidad nueva, la humanidad de los santos, de los mártires y de las vírgenes, la humanidad de los justos, de los amigos e hijos de Dios. Él es el Justo a quien Dios bendice y ha glorificado.

A esta realidad llega, porque es el Hombre nacido desde las entrañas del Dios creador, porque ha sido fiel hasta la muerte, porque ha vencido el poder del mal, porque ha sido glorificado por el Padre en la resurrección, y porque desde el cielo es como el centro de gravedad de nuestra vida, de la vida de cada hombre, de la sociedad y de la historia entera. Y esto para siempre y en toda la anchura y altura de la tierra.

Cristo es Rey y nosotros formamos su familia, su pueblo, su Iglesia, porque conocemos y reconocemos su realeza y hemos sido unidos a ella por el Bautismo.

Reconocer a Jesús como Rey es, sobre todo:

– Desear que nuestra vida se adecúe a su palabra, a su ejemplo, a su seguimiento y servicio.

– Aceptarle como modelo y principio universal de nuestra vida y de la humanidad entera. En Él está revelado y ofrecido el verdadero camino de la humanidad para todas las personas del mundo. Estamos convencidos de que todo lo que se quiera construir al margen de Jesús, piedra viva, o en contra de Él, es pura vanidad, castillos de papel, o casa edificada sobre arena… que no tiene consistencia.

– Es asumir, como responsabilidad personal, ayudar a todos los hombres cercanos y lejanos, nuestros prójimos, a conocerle, y a descubrir en Él la verdad y la salvación de su vida.

Cuando rezamos el Padrenuestro decimos «venga a nosotros tu reino». No solo es el deseo de participar un día de la plenitud de su gloria, sino el deseo de empezar ya a degustarlo, a vivirlo. Y esto sucede en la medida en que vivimos verdaderamente nuestra oración, el arrepentimiento de nuestros pecados, la adhesión a la fe, la fuerza de la Eucaristía y la purificación de nuestros deseos. Siendo todo esto la fuente de esta vida verdadera, donde nos sentimos más libres ante las cosas de este mundo; más fuertes contra toda clase de tentaciones; más decididos a amar y a servir; mejor dispuestos para crear comunión y fraternidad; y más capaces de hacer el bien a los demás en el nombre del Señor.

Esta tarde, en esta Eucaristía de acción de gracias por mi ministerio sacerdotal y episcopal, que he vivido junto a vosotros durante estos años, os digo que desde siempre he sentido pasión por el Señor, Él ha sido y es el Rey de mi vida, la fuerza interior que impulsa mi camino, que me llama a seguirle a Él y a prolongar su misión.

He sentido y siento la cercanía de Dios en mi entrega, en el servicio. Cercanía que he contemplado especialmente junto a mis hermanos sacerdotes y a mi obispo, compartiendo la tarea pastoral desde aquellos servicios que he desempeñado a lo largo de estos 20 años, y que me han enseñado a desear ser un sacerdote fiel y un buen pastor, a sentir el calor de la fraternidad y el celo por buscarla.

Doy gracias a Dios que me ha dado a Jesús, el centro y el todo de mi vida, que me ha regalado el don de su amor, el Espíritu Santo, que confirma que pertenezco a este gran Rey, que estoy totalmente unido a Él y comparto de una manera especial, como apóstol su misión; que me hace fuerte en la respuesta de toda mi vida, sintiendo celo por servirle. Y, de una manera especial, le doy gracias por la gran misericordia que ha tenido y tiene conmigo… Me he identificado muchísimas veces como el hijo menor de la parábola, Dios me ha acogido y perdonado; también con el mayor, me ha hecho consciente del don fraternal. Pero, especialmente, he sentido su misericordia al querer de mí que me configure con el tercero de los hijos, el que narra la historia, con Cristo, el ternero cebado, el alimento de la gran fiesta familiar.

Agradezco a D. José Manuel, nuestro obispo, la cercanía y el cariño que siempre me ha manifestado. Ha sido para mí, es, un padre, un hermano y un maestro. Gracias por acogerme junto a usted, especialmente en estos últimos años, como su obispo auxiliar. Me siento dichoso de haber iniciado mis primeros pasos junto a usted y que aquel 11 de mayo fuera usted el ordenante principal de esa maravillosa cadena, de la sucesión apostólica, que nos enraíza en los Apóstoles del Señor. Siento si en algún momento no he estado a la altura de la ayuda que usted y nuestra Diócesis me han demandado. Le estoy muy agradecido por todo lo que me ha dado y por su disponibilidad para seguir compartiendo su fraternidad, su cariño y sabiduría conmigo, aunque sea desde la distancia. Como decía en mis palabras, de anuncio de mi nueva misión, agradezco a D. Francisco Gil, arzobispo emérito de Burgos, el testimonio de su disponibilidad, servicio y del “poso” de su sabiduría y experiencia, así como la satisfacción y la alegría de una vida entregada. ¡Qué suerte he tenido de conocerle y sentirme también como un hijo suyo!

Gracias a vosotros, queridos hermanos sacerdotes, donde he crecido como presbítero y de donde he nacido como obispo y he dado mis primeros pasos como tal. Voy a Jaén siendo consciente de que soy un fruto de este magnífico presbiterio. Me siento orgulloso de ser uno de vosotros. Todos los días he rezado por vosotros, por vuestra santidad y fidelidad a tanto amor que Dios ha derramado en nuestras vidas, llamándonos a esta inmensa vocación. Rezad por mí para que siempre sea una buena herramienta de la viña del Señor, que no le estorbe y cumpla siempre su voluntad.

A vosotros, queridos seminaristas mayores y menores, gracias por vuestro testimonio de vida y por la frescura de vuestra respuesta. Pido, de una manera especial, por vuestros rectores y formadores, para que el Señor los cuide y les conceda la sabiduría e inteligencia necesarias para acompañaros en este maravilloso camino del discernimiento y de la entrega. No tengáis miedo, sed valientes, Dios os llama a la vocación más noble que el hombre ha conocido: siendo de Cristo. Hacer presente a Cristo en medio de este mundo con todo vuestro ser, dándoos las herramientas necesarias para llevarlo sacramentalmente al mundo.

Queridos religiosos, gracias por vuestra oración, vuestra cercanía y fraternidad. ¡Cuánto me habéis enseñado! No sé «cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho» a través vuestro. Me habéis formado, sobre todo este último año, siendo vuestro obispo delegado, en una dimensión fundamental de mi episcopado: conocer más profundamente la espiritualidad de la vida religiosa. ¡Cuánta riqueza y santidad he podido contemplar en vuestros rostros y en vuestras comunidades! De una manera especial quiero hacer llegar mi cariño y mi oración a todas las monjas de clausura de nuestra Diócesis, que en oración continua nos sostienen. Me habéis sostenido en estar pegado al corazón de Cristo. Gracias por tanto amor.

Todos vosotros, queridos fieles de esta mi Iglesia madre de Cartagena, habéis sido la razón de ser de mi vida y de mi ministerio, la porción de la viña del Señor que me encomendó para cuidar. Os quiero de verdad, he rezado cada día por vosotros, presentando a Dios vuestras necesidades. Me he alegrado ante vuestras alegrías. Contemplando vuestros rostros, son muchos los momentos que vienen a mi memoria donde, bien desde el ámbito personal o eclesial, hemos rozado juntos el cielo. Pero, también me he dolido ante vuestras penas, he llorado junto a vosotros y he sufrido ante vuestros sufrimientos y tristezas. Nunca olvidaré la etapa tan dura que hemos vivido, como consecuencia de la maldita pandemia. Nos dejasteis entrar, a los obispos, en vuestras casas, a través de los medios de comunicación, con la celebración de la Eucaristía y, como en tantas ocasiones nos habéis manifestado, hemos formado parte de vuestros hogares y fuimos aliento para llevar adelante el miedo, la debilidad y la enfermedad. Sabed que siempre estaré sosteniéndoos con mi pobre oración, especialmente a los que os sentís solos, abandonados, o sufrís por cualquier circunstancia. Saludad y dadles un fuerte abrazo a vuestros enfermos e impedidos, a los que tan cerca siento, cuando regreséis esta noche a casa.

No quiero terminar sin agradecer a mi familia la cercanía y el apoyo que siempre me han dado, a mis hermanos, a mis cuñadas, a mis sobrinos y de una manera especial a mi madre, así como a mi padre que sé que siempre está intercediendo desde el cielo por nosotros. Os puedo asegurar que, de una forma u otra, ellos también comparten mi servicio y mi entrega, apuntalándome con su amor, sobre todo en los momentos complicados de mi vida. Gracias familia y siempre vivamos lo que nos hemos dicho: la humildad y sencillez que Dios nos pide en nuestra vida.

Dios, a través del Santo Padre, el Papa Francisco, me ha llamado nuevamente, a dejarlo todo y a seguirle. No es fácil desarraigarse uno de su tierra, de sus cosas, de sus seguridades, pero siento que la gracia de Dios me fortalece y me alienta impulsándome a la fiel respuesta, dándome cuenta que poco a poco mi corazón ya está enraizándose en esa hermosa tierra de Jaén. Allí a partir del día 27 tenéis a un hijo, a un hermano, a un amigo y a un apóstol. Deseo llevar, en mi maleta de toda mi vida, la sencillez, la cercanía y la transparencia con la que me habéis ayudado a crecer todos estos años.

Son muchos los ecos que esta tarde, en esta celebración, me están recordando el día de mi ordenación episcopal, nuestra catedral, vuestros rostros, muchos de vosotros fuisteis voluntarios, el coro, pero sobre todo me siento sobrecogido, al darme cuenta que aquel maravilloso día, como regalo de todos los murcianos, me acompañó nuestra patrona, la Virgen de la Fuensanta, y que hoy (por las circunstancias que vivimos), en mi marcha de casa, está Ella para despedirme. Sé que «tendrá su luz siempre encendida, la mesa puesta y la puerta siempre abierta». ¡Qué seguridad nos da nuestra Madre! A Ella os encomiendo y pido que os cuide y os proteja a todos… En sus manos os pongo junto a mi ministerio episcopal.

¡Gracias de corazón por todo lo que me habéis dado!

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