Sevidores de la Iglesia en camino

Carta del cardenal D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

Marzo 2022

En la fiesta de San José celebramos desde hace muchos años la Jornada del Seminario en nuestras diócesis. La conexión entre la memoria litúrgica de San José, esposo de la Virgen María y padre adoptivo de Jesús, y el seminario es la siguiente: Así como en el hogar de Nazaret Jesús creció, fue educado y desde allí salió para cumplir la misión que el Padre le había confiado, de manera semejante en la familia del seminario son formados los seminaristas para el ministerio sacerdotal. Después de haber concluido hace unos meses el año de San José, al que nos convocó el Papa Francisco, con renovada confianza invocamos su custodia sobre nuestros seminarios.

Ante todo quiero dar gracias a Dios porque continúa llamando a jóvenes para el sacerdocio; en situaciones de penuria vocacional, valoramos con particular gratitud este precioso don de Dios, que no es conquista nuestra. Felicito cordialmente a los seminaristas con afecto y esperanza; los acompañamos en su itinerario vocacional hasta su ordenación sacramental y después formamos parte del mismo presbiterio como hermanos. En esta oportunidad quiero manifestar mi agradecimiento a los formadores del Seminario. La Diócesis entera –presbíteros, diáconos, catequistas, parroquias, familias, comunidades cristianas- mostremos nuestro apoyo al Seminario; en la oración y en la fraternidad cristiana ocupará un puesto preferente. Podemos probablemente afirmar que la vitalidad de una Diócesis tiene un test singular en el cuidado de las vocaciones sacerdotales. Recurriendo a un adagio tradicional podemos decir que se trata de lo nuestro, de lo que a todos nos afecta íntimamente.

El lema que este año ilumina y acompaña la Jornada del Seminario es el siguiente: “Sacerdotes al servicio de una Iglesia en camino”. En el marco del itinerario sinodal, en el que estamos participando, celebramos el Día del Seminario. El Sínodo es el contexto vital de la Jornada por las vocaciones sacerdotales.

La palabra “sínodo” es una palabra griega, compuesta a su vez de otras dos también griegas. La preposición “con” (syn) y el sustantivo “camino” (odos). A la luz de esta etimología podemos decir que la Iglesia es fraternidad y peregrinación; hacemos camino juntos, caminamos en compañía, compartimos la ruta. La Iglesia está formada por cristianos que buscan unidos la patria del cielo (cf. Lumen Gentium, 9). Un símbolo de la Iglesia en camino puede ser el recorrido de los dos discípulos de Emaús y Jesús que se les unió (cf. Lc. 24, 13-36). Entre luces y sombras, entre las tribulaciones de la historia y los consuelos de Dios, caminamos unidos, ayudándonos y alentándonos unos a otros. En este contexto histórico y eclesial se forman los seminaristas y recorren todos el camino de la vida. El sacerdote es hermano con otros hermanos y es también servidor de los cristianos congregados en la Iglesia. Los sacerdotes debemos estar cerca de todos los hombres, para escuchar para hablar desde la empatía que da el Evangelio y para reflejar la presencia del Señor. En la conversación del camino los discípulos de Emaús descargaron sus frustraciones, escucharon al caminante aún desconocido que les explicaba las Escrituras y compartieron en la posada la mesa al anochecer. Con la Palabra de Dios y con la Eucaristía el sacerdote muestra que a la luz de Jesucristo resucitado hay siempre motivos de esperanza. La vocación a la que el Señor invita a los seminaristas es bella y preciosa en medio de la Iglesia y de la humanidad.

En el lema aparece lo que constituye siempre la vocación “Sacerdotes al servicio de la Iglesia”. Podemos subrayar según las circunstancias un aspecto u otro, pero el núcleo es el mismo. La palabra ministerio sacerdotal significa servicio de los sacerdotes. Los dones, los carismas, las vocaciones diferentes tienden al bien de todos. “Como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios, poned al servicio de los demás el carisma que cada uno ha recibido” (1 Ped. 4, 10). El ministerio sacerdotal, la vida consagrada, el matrimonio cristiano, tomar parte en la catequesis, colaborar en Cáritas… son formas variadas de servir

Los sacerdotes somos ministros en una triple dirección, como aparece en San Pablo con frecuencia. El sacerdote es siervo de Jesucristo, que le ha llamado, se ha fiado de él y le ha encomendado una misión de confianza. Ante todo, queridos hermanos sacerdotes, nos debemos a Dios (cf. 1 Cor. 12, 4-11); por ello necesitamos comunicar con Él diariamente a través de la oración, para refrescar la relación con quien nos envía a cumplir la misión sin desistir y sin perder de vista a los destinatarios. “Que la gente vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Cor. 4, 1). Se nos ha encargado el servicio de la predicación del Evangelio, de la celebración de los Sacramentos, de mantener la unidad de la Iglesia. Se ponen en nuestras manos realidades santas para transmitirlas servicial y apostólicamente a otros.

En tercer lugar, el sacerdote es servidor de los demás a ejemplo de Jesús, que estaba “en medio de sus discípulos como el que sirve” (cf. Lc. 22, 27). Nuestro modelo es Jesús que vino no a ser servido sino a servir y a entregar la vida en favor de los demás (cf. Mc. 10, 42-45). En el Evangelio aprendemos la sublime lección de ser humildes servidores y no orgullosos dominadores. En el seguimiento de Jesús asimilamos unos valores que invierten los criterios del mundo. Cito unas palabras de un Sínodo sobre la formación y vida de los presbíteros, que recoge también el mensaje de los Obispos para la Jornada del Seminario: “El sacerdocio, junto con la Palabra de Dios y los sacramentos, a cuyo servicio está, pertenece a los elementos constitutivos de la Iglesia. El ministerio del presbítero está totalmente al servicio de la Iglesia” (PDV n. 16).

El sacerdote, digamos recopilando lo anterior, es siervo de Jesucristo, ministro de la Palabra de Dios, de los Sacramentos y de la unidad en la Iglesia por el amor, y es servidor de los fieles cristianos.

Invito a todos a que redescubramos más y más el ministerio sacerdotal; pidamos a Dios que los sacerdotes seamos fieles a la misión encomendada y que gastemos generosamente la vida sirviendo a los demás. Del servicio brota un gozo incesante en medio de los trabajos y las pruebas. Hoy pedimos particularmente para que los seminaristas disciernan con la ayuda de otros su vocación al sacerdocio, para que maduren en ella y que todos vayamos soñando ya con su vida entregada al ministerio que Jesucristo, fiándose de ellos, les otorgará en su ordenación. Santa María y San José interceded por nuestro Seminario.

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✠ Ricardo Blázquez Pérez
Cardenal-Arzobispo de Valladolid

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