Santa Misa en la Solemnidad de la Anunciación del Señor

HOMILÍA SOLEMNIDAD DE LA ENCARNACIÓN DEL SEÑOR
Catedral Solsona, 25 de marzo de 2022

1.- El misterio de la Encarnación

La fiesta que estamos celebrando en este día conmemora el hecho más extraordinario de toda la historia de la humanidad. En un momento concreto de la historia de los hombres, en un lugar definido, allá en el pequeño pueblo de Nazaret, en la casa de María, el Verbo se ha hecho carne, Dios ha asumido la naturaleza humana. Ya no es un Dios lejano, sino muy cercano. Es “Emmanuel”, como anunció Isaías, un Dios con nosotros, un Dios con el hombre. Sólo quien ama de verdad puede llegar a comprender este misterio: que todo un Dios quiera hacerse compañero de camino del ser humano y asumir su fragilidad, sus sufrimientos y también sus esperanzas. Es la locura de amor de un Dios que no permanece impasible ante los hombres, sino que se hace uno de nosotros para llenarnos con su luz y su gracia.

Hemos escuchado del evangelista san Lucas el relato de este acontecimiento, que ha sido posible por el “sí” confiado de una joven doncella de Nazaret. “Hágase”, dijo con valentía. Y en su seno comenzó a habitar el Hijo del Altísimo. El Dios poderoso, creador de cielo y tierra, pidió permiso a una criatura suya para hacerse presente de un modo nuevo y sorprendente en este mundo. Y en María encontró una mujer a la escucha, pendiente de Dios, que no temió responder: “Aquí está la esclava”.

2.- Gratitud

Este misterio nos invita, ante todo, a la gratitud. Pensar en la Encarnación de Dios produce en nuestro corazón una gran alegría y un sentimiento de acción de gracias. No deberíamos cansarnos de cantar este misterio: Dios ha acampado entre nosotros y con su venida nos llena de gracia y de vida. Desde este día, Dios y el hombre son compañeros inseparables de camino, de manera que no es posible amar a Dios sin amar también al hombre, pero tampoco es posible despreciar al ser humano sin despreciar también a Dios. En el seno de María se han unido lo humano y lo divino.

3.- Hágase

Esta fiesta nos invita también a aceptar en nosotros la voluntad de Dios, que muchas veces resulta sorprendente. Como a María, el Señor nos dice: “no temas”. No tengamos miedo de Dios, de darle todo a Dios, de ponernos por completo en sus manos. La carta a los Hebreos nos recordaba que esta fue la actitud de Jesús, quien se ofreció sin condiciones al Padre y repite: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Lo hemos repetido también en el salmo. Con el salmista hemos dicho al Señor: no quieres sacrificios ni largos rezos, lo que tú quieres es que mi voluntad se ajuste a la tuya, que en mi libertad elija hacer lo que tu deseas, porque eso es mi bien.

4.- Que se detenga el mal

La Encarnación ha traído la vida y la esperanza al mundo. Cuando el Verbo se hace carne, llena de luz y vida a toda la humanidad. Pero queda en nuestras manos acoger su venida o rechazarla. En el prólogo de su evangelio, habla San Juan de aquellos que acogieron el misterio y son hechos hijos de Dios pero también de quienes lo rechazaron. “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron”.La invasión de Ucrania y la guerra nos ha hecho especialmente conscientes de la capacidad que tiene el ser humano de volverse contra Dios, de rechazar sus planes. Porque la guerra no es sólo un atentado contra el hombre; en el fondo toda guerra es una rebelión contra Dios, un rechazo de sus planes de paz, de su voluntad sobre nosotros.

Por eso, ante esta y ante todas las guerras que enfrentan a los seres humanos y sólo traen destrucción y muerte, hemos de pedir perdón a Dios. Y también hemos pedido a María que nos enseñe a vivir como ella nuestra consagración a Dios. Con María, nos unimos a la consagración que Cristo hace al Padre y manifestamos nuestro deseo de vivir siempre haciendo su voluntad. Así cada uno de nosotros seremos verdaderos artesanos de la paz y la reconciliación.

Finalmente, hemos puesto en el corazón inmaculado de María nuestro deseo de paz. Ante la imagen venerada de Nuestra Señora de Fátima repetimos: que se detenga el mal de la guerra y que cese toda injusticia contra los hombres. “Cor Immaculat, ajudeu-nos a vèncer l’amenaça del mal, que tan fàcilment s’arrela als cors dels homes d’avui”.

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