Santa Misa en el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Homilía de Mons. D. Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

S.I. Concatedral de Santa María, Castellón de la Plana
S.I. Catedral-Basílica de Ntra. Sra. de la Asunción, Segorbe
Domingo, 10 de abril de 2022

Comienza la Semana Santa

1. Con el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor comienza la Semana Santa, en la que un año más celebramos los misterios santos de nuestra redención: la pasión, muerte y resurrección del Señor. Es la meta a la que nos venimos preparando durante la cuarentena cuaresmal. La alegría y la cruz sintetizan la celebración de este domingo.

Jesús entra en Jerusalén….

2. En la procesión hemos revivido lo que sucedió el día en que Jesús entró en Jerusalén montado en un pollino. Una multitud de discípulos lo acompaña con palmas y cantos, extiende mantos ante él y eleva un grito de alabanza: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas” (Lc 19,38). Se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón de los discípulos muchas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, sencilla, pobre y olvidada. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro misericordioso de Dios y se ha inclinado para curar el cuerpo y el alma. Así es el corazón de Jesús: atento a todos, entonces y hoy. Él ve nuestras debilidades, y conoce nuestros pecados. Grande es su amor. Y, así, con este amor, entra en Jerusalén y nos mira a todos nosotros. Es una escena llena de luz, de alegría, de fiesta y de esperanza.

Como entonces, también nosotros hemos acompañado al Señor con cantos, palmas y ramos; hemos expresado así la alegría de saber que el Señor está presente en medio de nosotros, que viene a nosotros como un hermano y amigo. Y también como rey, es decir, como faro luminoso de nuestra vida. Jesús es Dios, pero se ha abajado a caminar con nosotros. El nos ilumina en nuestro camino, nos cura y nos salva. Él es nuestra Salvación y nuestra Esperanza. Este es el motivo de nuestros cantos y de nuestra alegría cristiana.  La que brota de sabernos amados personalmente y para siempre por Dios en Cristo Jesús, su Hijo. Un cristiano nunca se puede dejar vencer por el desánimo. Nuestra alegría no nace de tener cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús. Él está entre nosotros y con nosotros. Nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, incluso cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables. Él está con nosotros. Dejémonos encontrar y amar por Él.  Sabemos que Jesús nos acompaña y nos carga sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar en este mundo nuestro. No nos dejemos robar la esperanza, que nos da Jesús (Papa Francisco).

… para morir en la Cruz…

3. Jesús entra en Jerusalén para morir en la Cruz. Tras la procesión de palmas nos hemos adentrado en la celebración de la Eucaristía, en la que hemos proclamado en el relato de la Pasión. 

La multitud lo aclama como rey. Y Él no se opone, no la hace callar (cf. Lc 19,39-40). Entra montado en un pollino. No viene rodeado por una cohorte o por un ejército, símbolo de poder y de fuerza. Quien lo acoge es gente humilde, sencilla, que ve en Jesús al Mesías, al Salvador. Jesús no entra en la Ciudad Santa para recibir los honores reservados a los reyes de la tierra, a los poderosos, a quien domina; entra para ser azotado, insultado y ultrajado, como anuncia Isaías en la Primera Lectura (cf. Is 50,6); entra para recibir una corona de espinas, una caña, un manto de púrpura: su realeza será objeto de burla; entra para subir al Calvario cargando un madero. Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz.

… por amor a toda la humanidad

4. Jesús no va a la cruz obligado por fuerzas superiores a él. “Cristo se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp 2, 8). Buscando siempre la voluntad del Padre, Jesús comprende que ha llegado su hora. Y la acepta con la obediencia libre del Hijo al Padre y por un infinito amor a los hombres. Jesús va a la cruz por amor a nosotros; lleva nuestros pecados a la cruz, y nuestros pecados le llevan a Jesús a la cruz: fue triturado por nuestras culpas, nos dice Isaías (cf. Is 53, 5).

Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, el de todos nosotros, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios. Cuántas heridas inflige el mal a la humanidad hasta el día de hoy. Guerras, violencias, la sed de dinero, el amor, al poder, la corrupción, las divisiones, los crímenes contra la vida humana y contra la creación. Y también nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación. La pasión de Jesús continúan en el mundo actual, y los renueva cada persona que, pecando, lo rechaza y prolonga el grito: “No a éste, sino a Barrabás. ¡Crucifícalo!”.

Al contemplar a Jesús en su pasión y muerte, vemos los sufrimientos de toda la humanidad. Cristo, aunque no tenía pecado, tomó sobre sí lo que el hombre no podía soportar: la injusticia, el mal, el pecado, el odio, el sufrimiento y, por último, la muerte. En Cristo, el Hijo del hombre humillado y sufriente, Dios ama, perdona y salva. En la cruz, el Hijo de Dios nos reconcilia con Dios y con los hermanos,  y restablece la comunión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. La cruz es el abrazo definitivo de Dios a toda la humanidad. Desde ese abrazo de Cristo en la cruz, el mal, el pecado y la muerte no tienen la última palabra. La última palabra la tiene el amor y la vida de Dios. La cruz ha roto las cadenas de nuestra soledad y de nuestro pecado, y ha destruido el poderío de la muerte. Jesús, en la cruz, siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Este es el bien que Jesús nos hace a todos en el trono de la cruz. La cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados, para amar como Él nos ha amado.

La Semana Santa nos invita a acoger este mensaje de la cruz. Al contemplar a Jesús, el Padre quiere que aceptemos seguirlo en su pasión, para que, reconciliados con El en Cristo, compartamos con El la resurrección.

La Semana Santa: expresión de nuestra fe cristiana

5. Como cada año, estos días santos quieren conducirnos a la celebración del centro de nuestra fe: Cristo Jesús y su misterio Pascual. Este es el centro de todas las celebraciones de esta Semana Santa, en la liturgia, las procesiones y representaciones de la pasión. Dejémonos encontrar por Cristo Jesús, que sale una vez más a nuestro encuentro. Dejemos que se avive nuestra fe  en El y en su obra de Salvación. Ayudemos a otros a acercarse a Jesús y a encontrarse o reencontrarse con Él para dejarse amar, sanar, perdonar y salvar por Dios, para recuperar la alegría del Evangelio, la alegría que da el saberse amados por Dios. Este es el núcleo central de nuestra fe, éste es el núcleo esencial de nuestra Semana Santa, que no puede quedar olvidado, desdibujado o diluido.

Celebremos estos días con devoción y recogimiento. En ellos se hace presente lo más grande y profundo que tenemos y creemos los cristianos. Que nuestra participación en las celebraciones renueven y acrecienten nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor.  Así se lo pido a María que supo estar al lado de su Hijo Jesucristo. Que Ella, como buena Madre, nos ayude a ser fieles seguidores de su Hijo. Amén.

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