¡Verdaderamente ha resucitado!

Carta del cardenal D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

Abril 2022

La palabra “Pascua” es originalmente un vocablo hebreo “Pesaj”, que designa la fiesta principal judía y cristiana. Los judíos en la “pesaj” conmemoran la salida de Egipto, es decir, la liberación de la esclavitud que como pueblo Israel padecía, Jesús la celebró anualmente como israelita fiel. Los cristianos celebramos la resurrección de Jesucristo que es la fiesta suprema y más antigua de la Iglesia. En la última Cena con sus discípulos anticipó Jesús el cambio del contenido nuevo, en el marco de la fiesta de Pascua (cf. Jn. 13, 1; Mt. 26, 17; Mc. 14, 12-16; Lc. 22, 14 ss.). La Iglesia en la fiesta anual de la Pascua y en el Domingo que es la pascua semanal celebra el memorial de la resurrección de Jesucristo, el paso de la muerte a la Vida (cf. Sacrosanctum Concilium 102 y 106). Este año celebramos la Vigilia Pascual la noche del día 16 y el domingo día 17 comienza la cincuentena pascual, hasta la fiesta de Pentecostés, el domingo 5 de junio. Como celebramos a lo largo del año muchas fiestas y, además, en la sociedad se nos proponen sin cesar numerosas jornadas para subrayar la importancia de realidades humanas y sociales básicas, en esta situación es necesario que lo principal no se allane al nivel de otros motivos cristianos y sociales. Lo primordial es fundamental y lo derivado es de menor orden e importancia.

¿Qué celebramos los cristianos en la Pascua de nuestro Señor Jesucristo? Con varias expresiones podemos responder: La resurrección es la victoria de Jesús que venció a la muerte; es la actuación de Dios Padre contradiciendo el veredicto de los que mataron a Jesús por blasfemo y revolucionario. Es el tránsito de la muerte a la vida, el paso de la tristeza, desconcierto y dispersión de los discípulos al gozo, la certeza sobre la verdad de Jesús y la reunificación en torno al Señor; es la superación del miedo por la intrepidez, de la desesperanza por la seguridad alentadora, de la soledad por la compañía. Es la salida de un grupo atemorizado a una misión incontenible. Con la resurrección de Jesús recibida por la fe comienza un mundo nuevo en medio de la historia de la humanidad y de cada persona.

Cuando la Iglesia anuncia y celebra la resurrección de Jesús utiliza frecuentemente el adverbio “verdaderamente” (vere) para significar que la resurrección del Señor es un acontecimiento real, no imaginario ni inventado; no es tampoco retorno sin más a la vida temporal sino entrada en la Vida nueva y eterna; no es un sueño utópico para dinamizar la actuación de los hombres de cara al futuro; no es un resurgir primaveral de la vida después de la muerte y letargo del invierno. Realmente ha resucitado: “Era verdad, ha resucitado el Señor” (Lc. 24, 14; 1 Cor. 15, 5-6). En la Liturgia canta la Iglesia: ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!”. La solidez de la fe y de la esperanza cristianas se fundamentan en la verdad de la palabra y de las obras, de la vida y de la muerte, de la resurrección y de las apariciones del Resucitado.
Por la resurrección de Jesús hemos pasado a través de la fe a una forma de vivir realmente nueva. Dios Padre, “mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva” (1 Ped. 1, 3). San Pablo pide que la paz de Cristo resucitado reine entre nosotros: “Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo” (Col. 3, 12-14).

La resurrección de Jesús es una fuerza real y anuncio de esperanza para nosotros, que caminamos con los pies en la tierra y no somos peatones de las nubes. ¿Por qué ante los mismos acontecimientos unas personas se sienten hundidas y desesperadas, abatidas y resignadas, mientras otras levantan el corazón, soportan las pruebas y recobran un nuevo vigor? La esperanza cristiana es una actitud ante la vida que nunca se da por vencida ya que apoyada en Jesucristo resucitado resiste contra todos los signos de desesperanza (cf. Rom. 4, 18-25).

En nuestro mundo hay muchos motivos de inquietud, que amenazan nuestra esperanza. La esperanza cristiana no equivale a talante jovial, ni a un temperamento optimista; no cierra los ojos a lo que ocurre ni desconoce nuestra fragilidad. Celebramos este año la Pascua de Resurrección de nuestro Señor Jesucristo con la mirada puesta ante la guerra terribles de la guerra de Ucrania y otros conflictos en muchos países del mundo. Hemos padecido durante dos años la pandemia que ha causado tantas víctimas y ha dejado heridas sangrantes muy hondas; por unos factores u otros todos somos más pobres y muchos se debaten entre la miseria y la supervivencia; hay un horizonte laboral para muchas personas sobre todo jóvenes muy poco alentador; la Iglesia lucha entre fallos y aciertos, pecados y deseos de renovación; las comunidades cristianas sufren la difícil transmisión de la fe a las nuevas generaciones y la penuria vocacional; muchos matrimonios se rompen con las consecuencias en su familia y en la sociedad. Los proyectos de superación de las crisis sociales no consiguen generar entusiasmo para la vida en común y los intereses de todos. No podemos negar que hay signos desalentadores, pero por encima de todo Dios en Jesucristo nos ha abierto las puertas de una vida nueva.

Deseamos que el hoy de la celebración pascual ilumine el hoy de nuestra existencia personal y colectiva, social y eclesial.

En la Plaza Mayor de nuestra ciudad convergen tres concentraciones de ciudadanos y fieles cristianos en la Semana Santa. El Viernes santo escuchamos a mediodía el Sermón de las Siete Palabras, que pronunció el Señor desde la cruz y son preciosas lecciones para nosotros. Por la noche el mismo Viernes Santo pasa por la plaza la impresionante Procesión General de la Pasión del Redentor, con treinta y tres “pasos” admirables. El Domingo de Pascua concluye la procesión en la misma Plaza Mayor a mediodía. ¡Acojamos el mensaje de la pasión y muerte de Jesús con respeto, fe y piedad! ¡Que la luz de la Resurrección ilumine nuestras oscuridades! ¡Feliz Fiesta de Resurrección!

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✠ Ricardo Blázquez Pérez
Cardenal-Arzobispo de Valladolid

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