Santa Misa en la festividad de San Juan de Ávila

Homilía de Mons. D. José María Yanguas Sanz
Obispo de Cuenca

Queridos hermanos sacerdotes:

Nos hemos reunido para celebrar la fiesta de San Juan de Ávila, doctor de la Iglesia, Patrono del clero español, “orgullo” del clero español, si me permitís añadir, algo que ciertamente no es un título, pero sí un sentimiento común de todos los sacerdotes españoles. El Maestro Ávila es una de las estrellas de esa espléndida constelación de santos españoles que nuestro Patrono forma con otras figuras señeras que honran la historia de la Iglesia y de nuestra nación, y de las que, en algunos casos, fue consejero, maestro y guía: Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Ignacio de Loyola, Pedro de Alcántara, Francisco de Borja, Francisco Javier, Juan de Dios, Tomás de Villanueva…

1. Le tocó vivir tiempos de profundos cambios y de grandes novedades, de plenitud y de crisis al mismo tiempo. No hacía mucho que se había inventado la imprenta que hizo posible que saberes hasta entonces escondidos en manuscritos al alcance de muy pocos pudieran ser objeto de estudio por parte de muchos. El descubrimiento de América había dilatado extraordinariamente los confines del mundo conocido y suponía un desafío con múltiples caras para la monarquía española y para la tarea evangelizadora de la Iglesia. Pronto se oirían voces dentro de esta que producirían desgarros en su túnica, todavía hoy no reparados. La reforma protestante daría lugar a luchas y tensiones entre las naciones cristianas de magnitud hasta entonces desconocida. La presencia de los turcos en el mediterráneo constituía una continua amenaza para la cristiandad. El Concilio de Trento iba a ser punto de partida de una nueva vitalidad eclesial que daría lugar a la reforma católica. El nuevo humanismo amenazaba con querer hacer del hombre el centro del universo, y generaría una poderosa corriente subjetivista que pondría en jaque convicciones religiosas fundamentales.

Cuando un nuevo mundo está fermentando, a caballo de los siglos XV –todavía medieval en no pocos aspectos- y XVI –con su innegable novedad en otros muchos- viene al mundo Juan de Ávila, apóstol de Andalucía, predicador incansable, gran reformador, creador de una escuela sacerdotal. Un hombre culto, pues había estudiado leyes en Salamanca durante cuatro años y, más tarde, artes y teología en Alcalá, gozando de la oportunidad de escuchar a grandes maestros de la teología. Culto y buscador de Dios. Durante algunos años vivió vida oculta de oración y penitencia en su propio hogar; después nada frenó ya su celo apostólico sostenido por su rica doctrina teológica y conocimiento de la Escritura, que emergerá en su predicación, en la sabiduría de sus consejos, en su condición de guía espiritual y de maestro de maestros.

2. Tiempos nuevos y por eso de algún modo inciertos. Nuevos retos y nuevas exigencias pastorales. Juan de Ávila los afrontó con la única receta válida para todos los tiempos y situaciones: la de la búsqueda sincera, comprometida, sin ambages ni compromisos, de la perfección de la vida cristiana y sacerdotal; y con el empeño resuelto por la evangelización de tierras en las que todavía, no hacía mucho, resonaban las palabras de las “suras” del Corán.

Juan de Ávila se empeñó en la gran reforma que estaba necesitando la Iglesia y que el Concilio de Trento, con los sínodos que le siguieron en las distintas naciones cristianas, trataría de llevar a la práctica. A través del obispo de Granada, don Pedro Guerrero, envió al concilio de Trento, en su segundo y tercer períodos, dos Memoriales o Informes sobre la necesaria reforma del clero, y más tarde hizo llegar al concilio provincial de Toledo de 1565, a través del obispo de Córdoba, don Cristóbal de Rojas, sus Advertencias en orden a la aplicación fiel y correcta del concilio de Trento. No se mordió la lengua el santo en sus Informe ni puso paños calientes a la delicada situación en que se encontraba el clero y la Iglesia en España. Pero apuntó soluciones y caminos para hacerlas realidad.

3. Ayer celebramos el domingo del Buen Pastor. Acabamos de escuchar este breve pasaje del evangelio de san Juan, tomado del capítulo 10, que presenta a Jesús como modelo de Pastores, anunciado y prometido en el Antiguo Testamente. En efecto, el profeta Jeremías, en momento de gran tribulación del pueblo de Dios, había prometido: “Os daré pastores, según mi corazón, que os apacienten con ciencia y experiencia. Os multiplicaréis y creceréis en el país” (3, 15-16); más tarde, el profeta Ezequiel presentará a Dios como modelo de todo buen Pastor: “Yo mismo apacentaré mis ovejas y las haré reposar –oráculo del Señor-. Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada, vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma; pero a la que está fuerte y robusta la guardaré: la apacentaré con justicia (34, 15-16).

En el Nuevo Testamento Jesús se presenta a sí mismo como modelo de los Pastores según el corazón de Dios. Todas las cualidades y virtudes del buen Pastor quedan resumidas en estas palabras suyas: “Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas” (Jn 10, 11); y para que no queden dudas, repite dos veces la misma idea: “yo doy mi vida por las ovejas” (ibidem, 10, 15); y casi inmediatamente dice: “por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla” (ibidem, 10, 17).

La entrega total hasta dar la vida es la disposición fundamental que, a imitación de Jesús, debe adornar a los Pastores. Es lo que distingue al pastor asalariado y al buen pastor. El asalariado busca salvarse del ataque del lobo, aunque perezcan las ovejas; piensa ante todo en sí mismo, porque, en definitiva, no le importan las ovejas ni que el lobo entre en el redil y robe, mate y haga estragos. Las ovejas no son la razón de su vida. Está en otras cosas. Es un asalariado, un mercenario, trabaja con el único interés de ganar dinero. El Maestro Ávila era consciente de los males que procuraban a la Iglesia este género de Pastores. Como él decía en su Memorial segundo al Concilio de Trento, Causas y remedios de las herejías, 8: “ordenanza es de Dios que el pueblo esté colgado, en lo que toca a su daño o provecho, de la diligencia y cuidado del estado eclesiástico, como está la tierra de la influencia del cielo (…) Lo cual tanto con más verdad se verifica entre el sacerdocio y el pueblo cuanto más necesaria es al pueblo la presencia sacerdotal que el temporal regimiento”.

Pero para ser buenos Pastores es imprescindible ser buenas ovejas. Al respecto afirma Jesús: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y me conocen, y me siguen, ninguna perecerá para siempre y yo les doy la vida eterna”. Conocer a Jesús es amarle, como él nos conoce y nos ama. Solo quien ama a alguien lo conoce de verdad. Escuchar a Jesús, conocerle, amarle, seguirle. Para ser discípulo suyo, es necesarios escuchar al Maestro; de lo contrario nadie puede llamarse discípulo; luego hay que seguirle, es decir, llevar a la práctica sus palabras, dejarnos guiar por ellas, acomodar a ellas nuestro modo de ver las cosas, de juzgarlas, de hacerlas. De lo contrario mereceríamos el reproche del Señor: “¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo?” (Lc 6, 46), pues: “Quien dice, yo le conozco y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso” (1Jn 2, 14).

Pidamos hoy por la intercesión de san Juan de Ávila que el Señor nos conceda saber guiar al Pueblo de Dios por las sendas de una vida santa, ser buenos Pastores de su rebaño, dispuestos a entregar la vida, el tiempo y las energías para su bien, para que tenga vida eterna. Amén.

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