Fiesta del “Corpus Christi”

Carta del cardenal D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

Junio 2022

El día 19 celebramos la fiesta del “Corpus Christi” o en castellano la solemnidad del “Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo”. Nos resulta probablemente más familiar la denominación latina que la del calendario litúrgico. Desde hace bastantes años la Conferencia Episcopal Española y el Gobierno acordaron, teniendo en cuenta otras fiestas de carácter civil y el Estatuto de los trabajadores, que se celebrara esta fiesta el domingo siguiente al jueves en que tradicionalmente se celebraba (“el sexagésimo día después del domingo de Pascua”). Aunque hubo inicialmente alguna incomodidad, ya está asimilado el cambio, respetando situaciones particulares. Es verdad que aquellos versos ampliamente conocidos “Tres jueves hay en el año que relumbran más que el sol, Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”, han sido relegados a la memoria.

El Corpus Christi es una fiesta que debe mantener su rango celebrativo en la conciencia de los fieles y de las comunidades cristianas. La solemnidad de la celebración de la Eucaristía, la procesión con los signos tradicionales, la convocatoria de Congresos Eucarísticos, como en Valladolid celebramos hace algunos años, manifiestan su lugar destacado.

La Eucaristía es junto con el Bautismo y la Confirmación “los sacramentos de la iniciación cristiana” (Catecismo de la Iglesia Católica 1322-327). La Eucaristía es culminación de la iniciación y fundamento permanente de la vida de los cristianos; la asamblea eucarística dominical es central. Desde el principio de la historia de la Iglesia los cristianos nos reunimos para celebrar la muerte y resurrección del Señor. En el Domingo (Dominicum), Día del Señor, la Iglesia del Señor se reúne para celebrar el Memorial del Señor. La iniciación por su mismo sentido reclama continuidad. Iniciar y continuar son correlativos. Por esto, nos produce particular preocupación el abandono, por parte de muchos, de la Eucaristía inmediatamente después de la primera comunión y de la confirmación. Esta situación, que ampliamente padecemos, interroga a quienes presiden la comunidad, a los catequistas y a los padres ya que sin su apoyo la continuidad está en serio peligro. Un cristiano aislado es fácil candidato a la deserción; el apoyo mutuo y la dimensión fraternal de la fe es siempre vital y, actualmente, teniendo en cuenta la pluralidad y el enfriamiento religioso, es más necesaria aún.

Ante la fiesta del Corpus Christi deseo proponer unas reflexiones a continuación, teniendo en cuenta la naturaleza de la Eucaristía y la situación actual de la Iglesia entre nosotros.

1.- La Eucaristía es una acción litúrgica, que se remite a la institución por Jesús en la última Cena con sus discípulos, según vemos en el Nuevo Testamento: “Haced esto en conmemoración mía” (cf. Mt. 26, 26-29; Mc. 14, 22-25: Lc. 22, 19-20: 1 Cor. 11, 23-25). Con el mandato de memoria Jesús nos encargó celebrar fielmente la Eucaristía (cf. Sacrosanctum Concilium 47). La Eucaristía es fuente y cima, centro y corazón de la Iglesia y de la vida cristiana. La Iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen de la resurrección del Señor, celebra cada ocho días el Día del Señor, el día primero de la semana, al día siguiente del sábado. El domingo somos convocados para la celebración eucarística en que escuchamos la Palabra de Dios y recibimos el Cuerpo sacramental del Señor (cf. Sacrosanctum Concilium 106). En la catequesis, en la educación cristiana, en la conciencia y en la práctica de los fieles cristianos es básica; todo debe converger y fluir de esa fuente que mana de generación en generación.

2.- La Eucaristía es Pan de vida eterna, es alimento de inmortalidad. En la comunión recibimos el Cuerpo real y sacramental de nuestro Señor Jesucristo, como Él prometió: “yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn. 6, 51). La multiplicación de los panes para que no desfallecieran los oyentes de Jesús era sólo una introducción al verdadero pan de vida. El maná que comieron los antepasados en el desierto en camino a la tierra de la promisión era sólo una “sombra” y un anticipo del auténtico pan de vida que Jesús ofrece (Jn. 6, 1 ss.). En la celebración eucarística los participantes nos sentamos a una doble mesa, la de la palabra de Dios y la del altar. La misma mesa nos exige vivir en fraternidad y ser evangelizadores. En la escuela de Jesús entregado por nosotros aprendemos el amor sacrificado y a proclamar con palabras y obras el Evangelio del amor, de la paz y de la esperanza.

3.- La presencia real y sacramental de Jesucristo en la Eucaristía es supuesta como fundamento para que lo que celebramos y recibimos tenga base y no quede como en el aire. Precisamente la fiesta del Corpus Christi, aunque conecta con la última Cena de Jesús con sus discípulos antes de padecer, tiene su origen histórico muchos siglos más tarde cuando esa presencia de Jesús en el pan y el vino consagrados fue interpretada de una manera reductiva, perdiendo el alcance que el Señor le dio y la Iglesia ha vivido hasta esa provocación herética. Jesús nos ofrece en el pan su cuerpo: “Esto es mi cuerpo”; no dijo “esto es signo y símbolo de mi cuerpo”. Sin la verdad del cuerpo sacramentalmente presente del Señor no lo recibiríamos auténticamente. El mismo Señor se hace nuestro alimento, que trasciende el sentido del maná y nos conduce a la verdad del encuentro con el Señor entregado por nosotros y vivo para siempre.

Del reconocimiento en la fe de la presencia real del Señor en la Eucaristía deriva la exigencia de tratar esmerada y diligentemente el Pan eucarístico. Indico algunos aspectos que manifiestan la fe en el Señor presente en la Eucaristía. El fundamental es éste: Postrémonos ante Él en adoración y digamos como Tomás: “Señor mío y Dios mío” (Jn. 20, 28). La Adoración Nocturna y la Adoración Eucarística Perpetua son organizaciones eclesiales que ponen en relieve esa dimensión y son al mismo tiempo llamada a todos nosotros. El sacerdote que preside la celebración de la Eucaristía debe mostrar que está en su presencia y administra los misterios del Señor. Una anécdota de la vida de San Juan de Ávila cuenta que acercándose a un sacerdote que celebraba desconsideradamente la Misa le dijo: “trátale bien que es hijo de buena madre”. Podemos los sacerdotes transparentar la concentración atenta o la superficialidad dispersa al celebrar la Eucaristía. Cuando recibimos la comunión sacramental, en la mano o en la boca según prefieran los comulgantes, prestemos respetuosa y creyente atención al Señor. A las palabras del sacerdote o del que distribuye la comunión “el Cuerpo de Cristo”, digamos con el corazón y los labios “Amén”.

Queridos hermanos, os deseo una celebración fiel y gozosa del Corpus Christi con las actitudes espirituales y corporales adecuadas.

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✠ Ricardo Blázquez Pérez
Cardenal-Arzobispo de Valladolid

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